Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 18
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Rose

A ntes de que pudiera terminar de bajar del Jeep Enzo le estaba gritando:

—¿Por qué has demorado tanto?

—Buenos días a ti también, Enzo —le contestó, terminando de bajar del vehículo.

—Lo lamento, es que me tenías preocupado.

Rose lo miró en silencio. La noche anterior habían hablado por teléfono para confirmar que todo había salido bien, pero aun así necesitaba verlo con sus propios ojos.

Tenía el rostro preocupado, el cabello revuelto y el ceño fruncido, aunque, fuera de eso, parecía ileso.

Sin pensarlo, acortó la distancia y lo rodeó, apretándolo contra ella.

—Estoy bien —murmuró en su oído sin soltarlo—. Me alegra que también estés bien.

Todo el cuerpo de Enzo pareció relajarse con esa simple acción, y en menos de un segundo ya le estaba correspondiendo el abrazo. Al separarse, Enzo fijó su vista en Lemus, que se encontraba recostado al jeep viéndolos sin decir una sola palabra.

—¿Me podrían explicar qué fue lo que pasó ayer? —Enzo paseó la vista entre Rose y Lemus.

—Melik se enfrentó a Geoffrey —soltó ella, masajeando sus sienes.

La boca de Enzo cayó abierta y su rostro no demostró más que pura incredulidad.

—¿Qué hizo qué?

—Fue para proteger a Mel —intervino Lemus.

La expresión de Enzo cambió fugazmente, sin embargo, Rose lo notó. La leve manera en que su ceño se frunció.

—¿A qué te refieres? —Sin poder evitarlo esta vez, en la voz de Enzo se filtró un poco la preocupación— ¿Ella está bien?

—Sí, lo está. —Rose lo miró y le sonrió de manera tranquilizadora—. El que recibió una buena golpiza fue Melik —agregó en voz baja—. El imbécil de Geoffrey lo mandó a golpear.

La cara de Enzo en esos momentos era inspiradora. Los ojos los tenía muy abiertos y los paseaba de ella a Lemus, quien al escuchar lo de Melik había adquirido un semblante salvaje.

—¿Qué es este escán…? —Las puertas de la iglesia se abrieron y la figura del padre Sirilo apareció ante ellos—.

Oh, Rose. Hija, me alegra que hayas vuelto.

Lemus, siempre es un placer verte, muchacho —agregó acercándose a ambos—.

¿Por qué no entramos y me cuentan cómo les fue anoche?

—continuó, señalando la casa al mismo tiempo que entraba.

Los tres siguieron los pasos del padre y se reunieron en el mismo salón que la vez anterior, cuando les había presentado la casa segura a los demás.

No tardó en contar con lujo de detalles lo ocurrido en la ciudad, con Lemus haciendo observaciones cada tanto de lo que vivió antes de su encuentro. Desde la llegada del Régimen hasta el secuestro y paliza de Melik. Al terminar, los ojos del padre no mostraron más que rabia contenida.

—Son unos monstruos. —El padre se había puesto de pie—. Si los reyes siguieran vivos, nada de esto pasaría —agregó casi en un murmullo.

Su cuerpo entró en tensión al nombramiento de los reyes. Ese era un tema delicado para tocar. El Régimen tenía prohibida toda alusión a ellos. Además, existía más de una razón por la que no era buena idea hablar de eso. Menos justo ahora.

—Estoy de acuerdo con usted en que son unos monstruos —intervino Lemus con su voz cautelosa, como siempre; era un felino a punto de atacar—. Pero yo no estaría tan seguro de que con la monarquía fuese diferente.

Por unos segundos todos permanecieron en silencio. No se atrevió a llevar la mirada más allá de donde el padre se encontraba, con los ojos fijos en Lemus, por el bien de todos decidió intervenir.

—Bueno, supongo que eso nunca lo sabremos.

—Eso no es del todo verdad —intervino el padre, botando a la basura toda posibilidad de abandonar el tema. Esos ojos viejos y llenos de sabiduría se posaron en Lemus—. ¿Te gustaría escuchar la historia jamás contada, muchacho?

Geoffrey Randall

Un desastre. En eso se había convertido todo en menos de tres días.

Randall no iba a descansar hasta tenerlos a todos encerrados o bajo tierra, no podía permitir que lo arruinaran.

Ese era el momento menos indicado para tener problemas, el trabajo de años al fin estaba dando frutos.

Y todo lo que había soportado: los desprecios de su padre, susurrar ideas hasta al fin convencer al viejo malnacido, ¿para que ahora un grupo de marginados llegasen a arruinarlo? No, no lo permitiría.

Había regresado a su base en Oxford: sector 6.

No quería llegar a Londres aún sin tener respuestas de los ladrones para su padre, pero tampoco se quedaría en el sector 3.

No, para eso tenía un arsenal lleno de soldados a los que nos les importaría diezmar la ciudad entera con tal de obedecerlo, y él tenía otros planes más urgentes para resolver.

Caminó por su residencia de la base hasta llegar al escritorio que ocupaba la pared completa del lado derecho y presionó el pequeño botón en la parte inferior del mismo.

De inmediato una luz azulada se apoderó de la estancia y en la pared de enfrente apareció una proyección discriminada de un mapamundi.

Inglaterra estaba señalada dentro de un círculo rojo con cada uno de sus sectores resaltados y un trazo intermitente viajaba desde ahí hasta el continente de América, justo en Estados Unidos.

Una sonrisa empezó a formarse en su rostro al pensar en el grupo de espionaje que había arribado en América hacía ya un mes. Eran sus espías, no los de su padre. No iba a dejar que ni siquiera el viejo lo arruinase si al final decidía echarse para atrás.

Él le había advertido de la alianza que varios países tenían en contra de ellos y no había querido escuchar, lo había descartado cómo siempre, feliz de estar gobernando ese país miserable.

Pero no pensaba ser cómo su padre, no. Poseía mejores cartas que el terror para ganarse el favor de la gente, y sabía que, cuando el pueblo creía que se les tenía en cuenta, todo funcionaba mejor.

Él era excelente en el juego del engaño.

Sus espías sembrarían el caos en Estados Unidos, filtrarían información y pruebas falsas sobre tortura, malversación de fondos, experimentos científicos y todo aquello que se le pudiera ocurrir, para que luego Inglaterra, o mejor dicho él, se presentase como su salvador.

Pero, para que todo saliera según el plan necesitaba que la gente de aquí se mantuviera en su línea. No podía tener nada fuera de lugar, ellos eran el tiquete de oro hacia la conquista.

Lemus

Desde la primera vez que fue a la iglesia y descubrió el retrato de los antiguos reyes colgados en la pared de la sala de reuniones, se había sentido intrigado por saber la razón por la cual seguían conservando el cuadro.

Podía entender que era una casa segura que servía a la monarquía.

Había incluso entendido brevemente la explicación de Rose sobre “la clave”, que era como llamaban al conjunto de casas seguras de los reyes, pero ellos ya no existían, no quedaba ningún sobreviviente, el Régimen se había encargado de que así fuera.

Por eso cuando el padre Sirilo le preguntó si quería escuchar la historia jamás contada, no dudó en aceptar.

Sin embargo, parte de la curiosidad se debía a la actitud que tuvo Rose cuando el sacerdote hizo la oferta.

Se tensó notoriamente y después de eso se dedicó a evitar de cualquier manera cruzar miradas con él.

—Tal vez deberías sentarte. —El padre señaló una de las sillas que rodeaba la gran mesa.

Obedeció en silencio, tomó lugar en la mesa y enlazó sus manos sobre la superficie; junto a él se sentó Enzo, que estaba más callado de lo que ya era costumbre.

—Tú debiste ser muy joven cuando todo ocurrió. —La pregunta, o más bien afirmación del padre, lo tomó de sorpresa.

—Sí, tenía trece años, casi catorce. —Se removió en su asiento. Hacía mucho tiempo que no hablaba de lo que ocurrió aquella vez, con nadie. Había cerrado ese capítulo de su vida mucho tiempo atrás.

El sacerdote asintió a modo de comprensión y por una milésima de segundo sus ojos viajaron hacia donde la pelirroja se encontraba.

—¿Qué es lo que tú recuerdas sobre los reyes? No lo que te contaron o lo que has oído, dime lo que recuerdas.

Lemus se desconectó de donde estaba, concentrándose en sus recuerdos sobre la familia real.

Recordaba que su madre era muy devota a ellos; era dueña de una tienda de antigüedades, le fascinaba viajar por el mundo y se encargaba de informar a los reyes cada vez que le llegaba o conseguía algo que podría ser de su interés.

Su padre, junto con el de Mel y Melik, trabajaban directamente para el palacio.

El suyo era la mano derecha del rey, algo así como un asesor, y el de los mellizos, era el jefe de vigilancia.

Recordaba grandes banquetes, fiestas en salones, viajes e innumerables visitas al palacio.

Pero, también recordaba cómo las cosas fueron cambiando.

La gente comenzó a quedarse sin empleo, su madre tuvo que cerrar su tienda y la comida empezó a faltar, mientras que en el palacio seguían con todas sus comodidades.

—Recuerdo —habló por fin, levantando la cabeza para mirar al padre—, el palacio por dentro, las veces que mi padre me llevó de visita, recuerdo a los príncipes y como pasaba la tarde jugando con ellos.

—Esa era una verdad a medias, tenía presente a los príncipes pero los recuerdos ahora eran algo borrosos, se había encargado de bloquear todo aquello referente a la realeza de su mente—.

Los grandes banquetes que allí servían, la devoción de mi madre a los reyes y el respeto que mi padre les tuvo.

Hizo una pausa con los ojos fijos en sus manos sobre la mesa, antes de volver a mirar al padre.

—Pero también recuerdo como la tienda de mi madre tuvo que cerrar, mis vecinos se fueron quedando sin dinero y los desalojaron de sus casas.

Recuerdo a la gente aglomerándose fuera del palacio, pidiendo una ayuda que nunca recibieron.

Pero sobre todo, recuerdo que mi padre murió protegiéndolos y que mi madre fue ejecutada por traición mientras yo me escondía tras una pared sin poder hacer nada para evitarlo.

Tenía las manos cerradas en puños, los nudillos podían verse blancos mientras la ira florecía en su interior, como cada vez que hablaba del tema.

El recuerdo de su madre luchando con el ejército, la manera en que había mirado hacia el lugar donde lo había obligado a ocultarse; en el interior de una pared falsa.

Las lágrimas en sus ojos, la desesperación y finalmente el sonido del disparo que le puso fin a su vida.

Aún se levantaba agitado en las noches con lágrimas en sus ojos, y cada vez su rencor por la realeza y el régimen se hacía más grande.

Se había esmerado tanto por enterrar todo aquello.

No era que él quisiera olvidar a sus padres, no.

Simplemente quería tener la opción de elegir qué recuerdos mantener con vida, y cuáles no.

Y ciertamente el de sus muertes no era uno para recordar, mucho menos sabiendo que estuvo tan cerca de su madre y no pudo hacer nada.

En un tiempo vivió pensando en la venganza, justo como Rose lo hacía, pero luego aprendió que la vida solo es un rato y que la venganza termina por consumir a las personas, sin embargo, eso no hacía su enojo menos fuerte.

—Los reyes le dieron la espalda a su gente —continuó. Su voz estaba más afectada de lo que habría querido demostrar, mientras que su vista estaba perdida en esos años de dolor—. Y nos obligaron a aceptar al Régimen. Aún después de muertos son los causantes de esto.

En ese momento todos quedaron en silencio.

En algún punto de su relato, Rose se había volteado hacia donde él estaba.

Tenía los ojos cristalinos y lo estaba mirando de una manera que no supo descifrar; como casi siempre le ocurría con ella.

Pero lo que sí sabía es que era una mirada distinta a todas las que le había dado.

—No hagas juicios apresurados,  muchacho. Recuerda: las palabras tienen poder. Y con ellas puedes fortalecer o destruir a una persona. —Determinación pura era lo que teñía esa voz—. Ahora es mi turno de contar lo que no sabes de la historia.