Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 17
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“La confianza de los inocentes

es la más útil herramienta del mentiroso”.

—Stephen King

Rose

—N o tienes que hacerlo, baja de ahí.

Rose miraba con pánico como el niño, ignorando sus palabras, seguía trepando a lo más alto del roble que reposaba en su jardín, tratando de alcanzar la pañoleta rosa que se le había escapado de su coleta y se quedó enredada casi en lo más alto del árbol.

Sabía que en parte era su culpa que él estuviese haciendo eso.

Ella había llorado al perderla porque era un regalo de su madre, y cuando él dijo que no podía cogerla, que no alcanzaba,  lo había llamado gallina.

Le había dicho que sus muñecas eran más valientes que él y que de seguro ellas sí podrían recuperarla.

Entonces él le había contestado que la traería de vuelta.

—Voy a recuperarla para ti. —Los cabellos castaños claros del niño revoloteaban sobre su rostro al ritmo del viento, a Rose siempre le había encantado que él no llevara el cabello corto cómo los demás.

—¡Vas a matarte! —gritó cuando le vio perder el equilibrio por un momento, pero él estaba a punto de agarrar su pañoleta.

El niño giró el rostro hacia ella, y le regaló una sonrisa traviesa cuando recuperó el equilibrio.

Eso siempre conseguía hacerla sonreír, pero antes de que ella pudiera corresponder el gesto lo vio resbalar, e intentar, sin éxito, sostenerse de una de las ramas.

Cayó al mismo tiempo que un grito desgarró su garganta.

El rostro de su amigo estaba bañado en sangre, un brazo le colgaba sin fuerza y Rose no sabía qué hacer.

Detrás de ella se escucharon pasos apresurados, y cuando volteo vio a sus padres correr.

Un apretón en el hombro la hizo volver la vista al frente solo para ver el paño rosa, ahora manchado de sangre, frente a sus manos.

Los ojos grises del niño revelaban cuánto le estaba doliendo la herida, sin embargo, una sonrisa temblorosa atravesó sus labios al verla.

—Te dije que la recuperaría.

Rose despertó alterada, y no era debido a la luz del sol que se filtraba en la habitación. Ella tenía mucho tiempo sin tener ese tipo de sueños. Tenía mucho tiempo sin recordar. Sentía un nudo atorado en la garganta que por más que tragaba no se iba.

Además, seguía sintiendo la pesadez y el cansancio de la noche anterior.

Se habían quedado hasta entrada la madrugada planeando distintas maneras de vengarse del Régimen.

Debían hacer un segundo golpe pronto, mientras la gente aún tuviera la esperanza viva, porque estaban seguros de que no tardarían en acobardarse nuevamente ante el contraataque del régimen, que sin duda alguna, darían.

Cuando finalmente trazaron el inicio de lo que sería su nuevo golpe, ya habían dado las tres de la mañana.

El sonido de pasos y voces provenientes de la planta inferior fue su señal para saber que era hora de irse.

Se puso de pie de un salto, pero justo antes de salir se percató de lo que estaba llevando puesto: Una camisa negra con mangas largas, demasiado ancha para ella, que tapaba su delgado cuerpo, y un par de medias del mismo color que le llegaban hasta la rodilla.

Lentamente se dio vuelta y se miró en el pequeño espejo que colgaba de la pared; la camisa le llegaba justo bajo los muslos, sintió en ella el olor a madera y bosque tan característico de Lemus, y, sin saber bien el por qué, empezó a sentir un sonrojo en sus mejillas.

Sacudió la cabeza para calmar a su traicionero cuerpo, y a toda prisa se cambió de ropa para bajar a reunirse con el resto.

Apenas llegó a la planta inferior las voces tomaron más fuerza, y esta vez era mucho más sencillo saber a quién pertenecían.

—No creo que debas ir a trabajar hoy. —Melisandre estaba riñendo a su hermano mientras guardaba sus instrumentos médicos en un pequeño botiquín.

—Ya te dije que estoy bien —contestó Melik—. Además no puedo estar faltando, necesitamos el dinero.

Entró un poco más en la cocina, que es de donde provenían las voces, y aclaró su garganta para hacerse notar. En el acto, tres pares de ojos se posaron en ella.

—Buenos días. —Su voz salió nerviosa, pero teniendo en cuenta que todos la veían como si fuera un extraterrestre, era normal.

—¿Cómo sigue tu hombro, bella? —Lemus se le acercó y sin esperar realmente una respuesta retiró la tela de la blusa y pasó sus dedos por el golpe.

Ella soltó un quejido lastimero que la dejó avergonzada, porque no sabía si era del dolor o del hormigueo que se apoderó de su interior apenas los dedos de Lemus entraron en contacto con su piel.

—Ya está un poco mejor —dijo retirándose del tacto por el bien de su cordura—. Y por favor, ya deja de llamarme bella.

Lemus plantó sus ojos en ella. No parecía feliz con su respuesta.

—Voy a traerte más hielo, y la pomada que te di anoche para que te vuelvas a aplicar y la lleves contigo.

No hubo tiempo de réplica, porque en un parpadeo ya él había dado media vuelta y se había perdido dentro de la cocina en busca del hielo. Ella no podía apartar los ojos del lugar por donde había ido.

—Espero que te gusten las tortitas —intervino Melik, mirándola divertido y extendiendo un plato hacia ella.

—Oh, no era necesario que lo hicieras.

—Tonterías —habló Melisandre tras su hermano—. Después de lo de ayer debes estar hambrienta, así que no seas tímida y come.

Melisandre había estado disculpándose toda la madrugada por lo que había pasado, por haberla culpado de lo ocurrido.

Rose le había dicho que no se preocupara, que lo entendía, pero sospechaba que las tortitas hacían parte de un nuevo plan de disculpa silenciosa.

Dejó salir un suspiro y se encaminó al comedor.

Nada más sentarse apareció Lemus llevando, tal como dijo, una bolsa de hielo en una mano y la pomada en otra.

No dijo una sola palabra cuando tomó lugar a su lado y con mucha delicadeza desnudó el hombro golpeado para poner el hielo.

Ella se había quedado congelada y estaba segura de que tenía el rostro sonrojado, lo que le hacía preguntarse: ¿por qué no lo estaba apartando?

Él parecía tan sorprendido cómo ella en el momento en que se sostuvieron la mirada, pero antes de que alguno pudiera decir algo, Mel y Melik hicieron su aparición en el comedor, cada uno cargando un plato lleno de tortitas.

Melik se veía un poco mejor que la noche anterior.

Aun así, su rostro seguía mostrando golpes y cortes frescos.

El de la sien era particularmente horroroso, y aunque ya le habían cogido puntos seguía estando violáceo.

Además, le costaba un poco de trabajo caminar debido a sus costillas.

Tal vez Melisandre si tenía razón, y él debería quedarse a descansar.

—¿Seguro de que estás bien para ir a trabajar? —No pudo retener la pregunta.

De inmediato Melisandre lo miró, e incluso Lemus le vio con preocupación desde su lugar.

—Sí. Los puntos me duelen un poco, pero los analgésicos ayudarán. En estos momentos es mejor no mantenerse oculto, en especial con la misión de hoy.

Bueno, esa había sido una buena respuesta. Asintió en su dirección porque no tenía nada que refutar al respecto. La atención de Lemus estuvo de inmediato sobre ella.

—¿Estás lista para lo de hoy? —La voz de Lemus salió cuidadosa, como un gato tanteando el terreno.

Ese era el día de la entrega. Repartirían entre los ciudadanos la mercancía que habían robado, teniendo prioridad por los sectores que se vieron más afectados, inicialmente esperarían un poco más, pero después de lo que había hecho el Régimen la noche anterior era seguro que las personas debían estar más necesitadas que nunca de provisiones.

—Lo estoy.

—No deberías hacerlo sola; sigues teniendo el hombro lastimado.

Él se ofrecería como voluntario para la tarea si se lo pedían. Ella podía verlo en su mirada; sin embargo, eso no era necesario. Tenían un plan y debían seguirlo.

—Enzo irá conmigo. Voy a estar bien.

Y con esas palabras el tema murió. Cuando estaba por terminar el desayuno preguntó a Melisandre por Ruth, quería agradecerle por todas las atenciones que había tenido. Por un momento le hizo recordar cuando ella tenía un hogar.

—Salió al mercado a comprar algunas cosas.

Cuando acabaron, los mellizos se despidieron de ella con un abrazo. Melik le lanzó un guiño y miró a su hermano, lo que hizo que Rose pusiera los ojos en blanco antes de salir a aparentar toda la normalidad que pudieran.

—¿Quieres que te acerque a la iglesia? —Esa era la voz de Lemus a sus espaldas.

—No es necesario, voy caminando. —Con cuidado de no lastimarse se enfundó en su gabardina y agarró sus pertenencias.

Desde el otro lado del salón, Lemus puso los ojos en blanco mientras se enfundaba en su propia chaqueta, y agarraba las llaves del jeep que Enzo les había dado.

—Disculpa mi error. —Se llevó una mano al pecho exagerando los movimientos—. Voy a llevarte a la iglesia, punto.

Esta vez fue su turno para blanquear los ojos. Al paso que iba quedaría ciega antes de los veinte.

—¿Acaso no tienes que trabajar?

—Soy socio del taller, no pasa nada si llego un poco tarde. Pero eso ya lo sabías, ¿no es así?

Rodó los ojos por quinta vez en lo que iba de la mañana.

Él podía ser imposible cuando quería: cómo un niño pequeño con exceso de azúcar.

Como si supiera lo que estaba pensando, Lemus amplió más su sonrisa y le abrió la puerta de la calle con pleitesía haciendo una reverencia exagerada.

Sin poder evitarlo dejó escapar la risa mientras recogía sus cosas y salía de la casa.

—Mandón —murmuró al pasar junto a él.

Los ojos de Lemus se iluminaron como luces de navidad al escucharla.

—Terca —contestó cerrando la puerta tras ellos.

Ella le sonrió en respuesta.

Debían atravesar la ciudad para llegar a la plaza donde dejaron el jeep.

Las calles aún se veían sucias y llenas de las pertenencias de alguien.

Había más soldados de lo normal y personas con uniformes de aseadores en cada esquina ocupándose del desastre.

Acababan de doblar la esquina cuando se encontraron de frente un enorme mural en el que se veían dibujados un zorro, un lobo y un león.

En la cima del dibujo se encontraba la palabra «LIBERTAD» escrita en rojo.

Estaba estupefacta. Tuvieron que haberse arriesgado a incumplir el toque de queda para hacer aquello. No pudo evitar brincar en su lugar mientras señalaba a Lemus con un dedo.

—¡Ja! y tú que decías que las máscaras eran estúpidas. —El triunfo decoraba cada palabra que decía.

—Me equivoqué. —Se encogió de hombros, pero no dejó de sonreír.

A pesar de todo lo que había ocurrido, la sonrisa no se le borró ni un segundo del rostro en lo que quedaba de camino. Podía ver que Lemus le daba miradas disimuladas cada tanto, pero no le dijo nada, ni tampoco borró su propia sonrisa.

Cuando al fin llegaron al jeep, Lemus abrió la puerta del copiloto para ella antes de sentarse tras el volante y colocar el vehículo rumbo al bosque. Justo hacia la iglesia, donde la imagen de un Enzo desesperado les dio la bienvenida.