16
Rose
R uth también parecía bastante alarmada. Ella no sabía qué hacer con la atención que estaba recibiendo, no recordaba qué hacer.
—¿Cómo pasó esto? Dios Rose, debe estar doliendo como el infierno ¿Por qué no me habías dicho nada? —El solo hecho de que le hubiese dicho Rose y no “bella”, ya decía suficiente sobre su preocupación.
Lemus se acercó mucho más, demasiado, y ella se encontró aguantando la respiración.
Con sumo cuidado le rozó el dedo índice por el borde de su hematoma.
Fue imposible no encogerse un poco. Tenía razón: le dolía como el infierno, pero a su vez era como un analgésico tenerlo así de cerca y no entendía la razón.
Se sorprendió viendo fijamente su rostro: la curva recta de su nariz, el ceño fruncido de preocupación, las pestañas gruesas que ahora mismo rozaban sus pómulos, los labios carnosos apretados en una fina línea...
—¿Fue un soldado? —Tuvo que parpadear dos veces para poder procesar la pregunta antes de contestar rápidamente:
—No. —Solo en esos momentos notó como los puños de Lemus empezaban a verse blancos de tanto apretarlos, así que agregó—: Cuando me enteré de lo que ocurría salí lo más rápido que pude.
Y como sabía que no podría traer la moto, vine por los tejados de las casas.
En una especialmente alta me resbalé y caí sobre mi brazo.
Lemus parecía estar debatiéndose entre creer o no lo que decía. Al final suspiró resignado, justo cuando Melik soltaba una risa baja.
—¿Viniste por los tejados? —preguntó Ruth, algo confundida, antes de mirar a su nieto y añadir—: no me quiero enterar.
Lemus sonrió a su abuela y luego la miró a ella, su expresión se había suavizado mucho, pero no sabía qué hacer con esa mirada. Nunca había estado tan confundida.
—Siéntate en la sala, voy a traerte hielo —ordenó antes de dar media vuelta y dirigirse a la cocina.
Obedeció sin chistar. En realidad no era momento para discutir, y si a eso se le agregaba el hecho de que se sentía como si un camión le hubiese pasado por encima, entonces lo mejor era hacer caso.
Recostó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos por un instante.
No pasó mucho tiempo cuando sintió que el mueble se hundía a su lado, y arrugó la cara cuando el hielo hizo contacto con su piel.
Aun así, no abrió los ojos sino hasta que escuchó a Lemus hablar.
—Gracias. —La palabra fue apenas un susurro, pero ella la escuchó perfectamente.
Giró el rostro hacia él, que aun sostenía la bolsa de hielo contra su hombro.
Había tantas emociones en esa mirada que no sabía en cuál enfocarse primero.
Pero pudo ver que entre esas estaba la culpabilidad.
Lo supo por la manera en que sus pupilas viajaban apresuradas sobre su hombre y volvían a sus ojos.
—¿Por qué? —preguntó ella también en un susurro, sin querer cortar esa pequeña intimidad que se había asentado entre ellos.
—Por haber venido por Melik. —Su mirada la atravesaba.
Nunca se había sentido tan intimidada y atraída como lo hacía cuando estaba ante la mirada de Lemus—.
Te lastimaste por venir a ayudar a mi hermano, y sé que no nos consideras tus amigos, pero quiero que sepas que estoy muy agradecido.
Yo… yo no sé qué hubiese hecho si lo perdía.
Tragó. Tuvo que hacerlo para poder bajar el nudo que estaba construyéndose en su garganta.
Se había quedado inmóvil, nunca lo había visto tan vulnerable.
Siempre que hablaban se trataba de una discusión tras otra o mera coquetería, y debía admitir que eso le dolía.
No sabía por qué, pero ver la manera en que le estaba hablando, lo abatido que estaba…
simplemente la hacía sentir enferma; puso su mano sobre la de él y le dio un leve apretón.
—No lo vas a perder —le dijo, aún sin soltar su mano—. Ya perdimos demasiado antes, no volverá a pasar.
Se quedaron unos minutos en silencio, mientras él colocaba hielo en su brazo. No era incómodo, solo fue un silencio, y entonces ella supo, no, sintió, que algo estaba cambiando. Lemus no había dejado de mirarla, volvió a hablar y le preguntó:
—¿Cómo sabías que era él? Aún si habías dado nuestras descripciones o mostrado una fotografía, había una posibilidad de que te equivocaras, o que tu contacto se hubiera confundido.
Esa era una conversación que prefería evitar.
El calor llegó a sus mejillas en anticipación a lo que estaba a punto de decir.
Rose había dado sus descripciones y mandó sus fotografías con el claro mensaje de que debían eliminarlas una vez las viera su contacto.
Eso, para evitar que pudieran filtrarse, y por esa misma razón, no especificó nunca a quién pertenecía cada rostro.
—No lo sabía. —Hizo una mueca ante los nervios claros en su voz y agregó en un murmullo—. De hecho, me equivoqué.
—¿Qué quieres decir con que te equivocaste? —Él también estaba hablando bajo, como si anticipara lo que se venía.
Rose no dijo nada, solamente se quedó viéndolo fijo, y entonces notó el momento exacto en que el entendimiento pasó por sus ojos.
—Tú… tú pensaste que era yo. —Sus pupilas brillaban. Sus ojos eran de un gris más profundo.
No podía hablar, no sabía cómo saldría su voz, así que se limitó a asentir con la cabeza. Por primera vez se quedó sin palabras, o más bien, estaban ahí, pero las sentía atoradas en su garganta y se negaban a salir. Tuvo que respirar tres veces antes de intentarlo.
—Cuando me avisaron, dijeron que era un hombre de ojos claros y que se había enfrentado al general.
—Ella omitió intencionalmente la parte en que le dijeron que era el hombre apuesto—.
Me dijo que era uno de los de las fotos —explicó Rose, jugueteando con los dedos de sus manos—.
Realmente no pensé en ese momento en Melik, él suele ser más calmado, en cambio tú… bueno, tú eres…. No eres pacifico.
Él le estaba sonriendo, todo en su rostro había cambiado.
Sus gestos seguían siendo igual de suaves, pero la forma en que la miraba …
Sabía que las cosas no volverían a ser iguales, lo sentía.
Algo había cambiado y estaba asustada, no solo de lo que acababa de reconocer, sino de aquello que trataba de ignorar: Su propio desespero al creerlo capturado.
Cuando Lemus levantó una mano frente a ella sus ojos siguieron el movimiento, él le apartó con delicadeza un mechón de cabello hasta llevarlo tras su oreja. Tal como hizo en el columpio, y, al igual que en esa ocasión, ella no estaba respirando.
—No, no soy calmado, bella.
Se quedaron viéndose por unos segundos. Su corazón comenzó a latir con más fuerza. Un hormigueo se desencadenó en todo su cuerpo. Entonces Lemus cortó el contacto y la decepción la llenó; movió la bolsa de hielo ahora derretido frente a ella, indicando que iría por más.
Pero ella lo frenó, había algo que quería decirle, bueno, en realidad muchas cosas. Pero una en especial la estaba carcomiendo desde hace días.
—Espera. —Lo sujetó del brazo, evitando que se levantara—. Sobre lo que dijiste antes, eso de que yo no los consideraba amigos… —Tragó y levantó la mirada—. Yo… yo creo que estaba equivocada.
Entonces él le sonrió y fue una sonrisa de esas que te dejan paralizada. Se acercó más a ella y dejó que sus labios rozaran el lóbulo de la oreja.
—Eso ya lo sabía, solo esperaba que tú lo descubrieras. —Sin decir más, se fue a la cocina dejándola más confundida que nunca.
Ruth apareció junto a Lemus, que traía una nueva bolsa con hielo, para despedirse y desearles buenas noches. De inmediato todos empezaron a hablar de lo que había sucedido. Mel ayudó a su hermano, y, cuando llegaron a la sala, se lanzaron sobre los sillones que estaban frente a ellos.
—¿Por qué discutiste con Geoffrey? —La pregunta salió ansiosa de sus labios. Había querido preguntarlo desde que lo encontró.
—No lo reconocí. —Se veía avergonzado y enojado mientras le contestaba—. Él quería que Mel le curara una estúpida herida y yo me negué a dejarla ir sola con él.
Rose miró a la mencionada, no había dicho nada desde que entraron a la casa. Ahora entendía por qué.
—No es tu culpa —dijo mirando a Mel—. Lo que le pasó a tu hermano no es culpa tuya.
Como si la hubiesen sacado de una ensoñación, Melisandre se giró hacia ella. Aunque tenía los ojos hinchados por causa del llanto, la mirada que le estaba dando no era amistosa para nada, y Rose no pudo disimular su asombro ante el ceño fruncido y los labios apretados que le dedicaba.
—Claro que no lo es. —respondió de forma cortante—. Es tuya. Si no nos hubieses convencido para hacer ese estúpido golpe nada de esto habría pasado.
Lo sintió como una bofetada. Ellos sentían que había sido su culpa, suya.
Todo llegó a ella como una avalancha: Melik había sido golpeado, casi torturado y habían despojado a las personas de sus cosas por su culpa.
Pudo haber destruido una familia. La certeza de que se había equivocado al contactarlos se posó como una segunda piel sobre ella.
No debió involucrarlos en eso, por esa misma razón siempre había actuado sola. Siempre.
Sin mediar palabra se puso de pie para volver a la iglesia; tenía que salir de ahí. Le explicaría al padre que todo fue un error y lo convencería de seguir adelante por su cuenta.
—No lo hagas. —Lemus tenía el rostro serio, al tiempo que la detenía con la mano enroscada en su antebrazo.
—¿Hacer qué? —Un susurro fue lo que salió de sus labios.
—Arrepentirte —dijo en voz baja atrayéndola hacia él, cuidando de no lastimar el hombro herido y asegurándose de que no fuera a irse a ninguna parte.
En un segundo su atención pasó hacia Melisandre que tenía los ojos cada vez más rojos—.
Lo que ocurrió hoy aquí solo tiene un culpable y ese es el Régimen.
Tú más que nadie, Mel, sabes que ellos no necesitan una excusa para golpear a la gente, dime, ¿a cuántos heridos has curado en este mes o la última semana?
El labio inferior de Melisandre tembló y las lágrimas emprendieron una carrera por sus mejillas. Melik se acercó más a ella y la rodeó con los brazos, mientras lanzaba una mirada de reproche a Lemus.
Rose estaba más que segura de que tenía que irse. Cómo pudo se zafó del agarre en su brazo y cuando se giró para salir solo alcanzó a dar dos pasos cuando una mano, mucho más pequeña que la anterior, la tomó del brazo.
—No van a dejar de buscarte. —Melisandre la veía con los ojos muy abiertos. A pesar del reproche de hace un momento, podía ver que había preocupación en su mirada, y más que eso, desesperación—. Él no va a descansar hasta encontrarte, Rose.
—Ya lo sé —contestó con toda la calma que el cuerpo le permitía, y volvió a girar hacia la sala donde estaban todos.
Lemus ya estaba de pie, parecía a punto de ir a buscarla si llegaba a salir de la casa.
—Puedo arreglármelas bien sola, lamento haberlos metido en todo esto. No fue correcto.
Estaba a punto de girarse otra vez, pero el agarre de Melisandre se hizo más fuerte. Ella la miró con el ceño fruncido, tenía el rostro incendiado y los grandes ojos verdes fijos en ella.
—No quise decir lo que dije, lo lamento. Yo solo… estoy asustada. —Eso último fue un susurro salido de sus labios. Le temblaban tanto que Rose temió que le estuviera sucediendo algo—. Ellos en verdad no dejarán de buscarte, Rose. No vamos a dejarte sola.
Como para reforzar sus palabras, Lemus se acercó hasta donde estaban y reemplazó la mano de su hermana por la suya. La tomó con más delicadeza de la que nunca le había visto, y la llevó hasta su puesto en el sofá nuevamente. Junto a él.
—No vas a irte, y ya vamos a pensar qué hacer si te buscan.
Tragó, y tragó, y tragó, pero el nudo en su garganta no se iba. Sin embargo, como pudo los miró a todos y les dio una pequeña sonrisa ladeada.
—Me buscará, de eso estoy segura. Pero para encontrar algo primero debes saber que estás buscando
—Los fuegos artificiales, fue Enzo ¿verdad? —preguntó Mel intentando de a poco recomponer la compostura.
Rose le dio un leve asentimiento.
—Por eso no traje la moto, él la iba a necesitar más que yo para salir de allí.
Melisandre la miró fijo, sus facciones estaban endurecidas y sus ojos, aún rojos, se veían determinados.
—Quiero que paguen —dijo sorprendiéndolos a todos—. Por Melik, los ancianos, por todos.
Rose miró a la que desde ahora consideraba su amiga, y le regaló una sonrisa completa esta vez.
—Oh, créeme, van a pagar. Nosotros nos encargaremos de eso.