Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 15
25%

15

Rose

E lla y los demás atravesaron silenciosamente la plaza.

Lo único que se alcanzaba a escuchar era el sonido de sus pisadas y los leves jadeos que emitía Melik al respirar.

El lugar había quedado prácticamente desierto luego de que el General enviara sus hombres a cazarla; por momentos podía sentir los ojos de Lemus fijos en ella; desde que salieron de la base donde estaba Melik, él no había dejado de mirarla de manera extraña y eso la estaba poniendo de los nervios, pero antes de que pudiera lanzarle alguno de sus comentarios, el repique de campanas que anunciaban la medianoche se escuchó a lo lejos.

—Debemos darnos prisa.

Aún sin hablar aceleraron el paso hasta llegar a la casa de Lemus y los mellizos.

El lugar era hogareño, de dos pisos en ladrillo rojo, con amplias ventanas en la planta de abajo y un pequeño diván sobre la planta alta; antes de siquiera tocar, la puerta se abrió de golpe y la silueta de una mujer se vio en la entrada.

Era mayor, de unos setenta años, con tez clara y cabello castaño.

Los ojos los tenía de un gris profundo y varias arrugas decoraban su rostro.

Rose la identificó como la abuela de Lemus: Ruth.

—¡Oh, Dios mío! Melik —La mujer se puso pálida, y en menos de un segundo llegó a donde el rubio se encontraba.

—Estoy bien. —Las palabras de Melik salieron atropelladas de sus labios—. Se ve peor de lo que es. Estoy bien.

Ruth frunció el ceño, se notaba que no creía una sola palabra de lo que Melik acababa de decirle. Sin embargo, lo agarró de la cintura con cuidado y lo ayudó a entrar en la casa; Melisandre entró junto a él, seguida de Lemus.

En ese momento se dio cuenta de que quedó atrapada en el toque de queda con la ciudad llena de soldados.

Lo mejor habría sido dejarlos llevar a Melik mientras ella regresaba a la iglesia.

Dejó salir un suspiro resignado y fijó su atención en los tejados de las casas, calculando con qué ruta se demoraría menos en llegar a la iglesia.

Había aprendido a saltar de un tejado a otro durante su entrenamiento en las casas seguras, al quedar huérfana.

Distinto a lo que cualquiera podía creer ella no había pasado su tiempo ahí rezando.

Los reyes y la orden, como se llamaban el conjunto de casas seguras, tenían personas entrenadas: espías y soldados que, según le cuenta el padre Sirilo, habían estado al servicio de la realeza por siglos y habían acudido al palacio a defender la familia real hace ya diez años.

La mayoría había muerto ese día y los que quedaron se habían encargado de acoger, reclutar y entrenar a todos los huérfanos que pudieran. Ella estaba entre esos.

Desde entonces, lo había estado haciendo durante años, cumpliendo misiones y perfeccionando la técnica.

Con el tiempo había llegado a perfeccionarlo tanto que se le hacía tan fácil como caminar.

Pero, debía admitir que se sentía algo adolorida después de haber ido a toda prisa cuando se enteró de lo sucedido…

o más bien, de lo que ella creía que sucedía.

Y eso sin contar el pequeño enfrentamiento que tuvo con un par de soldados antes de encontrar a Melik.

—¿No piensas entrar? —La voz de Lemus la hizo dar un respingo.

Volteó hacia la entrada de la casa y lo encontró observándola con curiosidad.

—Voy a volver a la iglesia —contestó, volviendo a mirar los tejados—. Si atravieso todos los de la zona norte, lograré pasar de largo a los soldados y llegaré en menos de una hora.

—No vas a atravesar nada —la cortó Lemus viéndola con el ceño fruncido—. Ahora mete tu trasero en la casa antes de que te congeles.

Ella colocó los brazos sobre sus caderas y se volteó para encararlo.

—Tú no me dices que hacer, FitzGerald. —señaló con su dedo índice—. Además, esta es su casa, no la mía.

Lemus la estaba viendo notablemente irritado.

Ella sabía que estaba siendo irracional, que lo mejor era entrar y resguardarse de los soldados aquí, pero no quería.

Sentía que se estaba involucrando demasiado y la verdad era que tenía miedo.

Cuando Lemus se acercó a ella con claras intenciones de hacerla entrar.

Rose inteligentemente retrocedió un paso.

—Esta es la casa de todo el que la necesite. Y ahora mismo jovencita, necesitas entrar. —La voz de Ruth los hizo quedarse atónitos a ambos—. Está helando acá afuera, y los soldados están por todas partes, así que pasarás la noche aquí. Ahora, entren —ordenó la mujer con tono firme.

Lemus la miró divertido, invitando a replicarle a la anciana que seguía viéndolos desde la entrada; mientras ambos entraban a la casa lo único que consiguió hacer en su contra fue sacarle la lengua, pero eso solo hizo más grande su sonrisa.

Una vez dentro la calidez de la casa se le filtró en los huesos.

Observaba todo con cierta nostalgia. Desde la muerte de sus padres ella nunca había vuelto a estar dentro de alguna casa familiar que no fueran las casas seguras, pero no era lo mismo.

No quería ser desagradecida con aquellos que la habían ayudado tanto, pero sabía que el calor humano que desprendían los hogares no se encontraría jamás en ningún otro lugar.

Con cautela se acercó un poco a las paredes para apreciar los retratos que colgaban de ellas, era algo tan normal pero que a sus ojos parecía extraordinario, no recordaba cuándo fue la última vez que vio fotos familiares de esa manera; de su familia no tenía casi nada, todo lo había perdido.

Lo más preciado era el relicario con diminutas fotos de su familia que cargaba junto a la llave de la corona en el cuello.

En uno de los cuadros de la pared se veía a un niño pequeño alzando un balón de fútbol sobre su cabeza, tenía la ropa totalmente sucia y le faltaban algunos dientes.

Pero esos grandes ojos grises y esa sonrisa hacían que pudiera reconocerlo donde fuera.

—Era el campeonato escolar. —El aliento de Lemus rozó su oreja, y se sorprendió al no haberlo sentido llegar—. Acabábamos de quedar campeones.

Rose se quedó viendo un poco más la fotografía. Esa gran sonrisa que enmarcaba el rostro de un Lemus que en ese entonces era pura inocencia y felicidad y que no se esperaba todo el dolor que tendría que soportar poco después.

—Eras adorable. —La voz le salió más débil de lo que pretendía.

Él la observó en silencio un momento, como si estuviera adivinando el rumbo que habían tomado sus pensamientos, pero, un segundo después, una sonrisa ladeada se formó en su rostro.

—¿Era? —La veía como si se hubiese vuelto loca— ¿Es que acaso eres ciega, mujer? Soy adorable.

Esa vez no pudo evitarlo, y dejó salir una risa libre y espontánea. Fue una sensación extraña, refrescante. Reírse sin tener que fingirlo; y además hacerlo abiertamente ante gente que era prácticamente reciente en su vida. Fue como dejar que cayera parte del velo que cubría su corazón.

—Sí, claro, lo que tú digas FitzGerald —le dijo, pero en el fondo agradecía la distracción, que supiera cómo funcionaba entre ellos y lo intentara.

Cuando regresaron con los demás, Melisandre había improvisado una camilla con la mesa del comedor, y Melik se encontraba acostado sobre ella dejando que su hermana lo curara, mientras que Lemus hacía cualquier otra cosa para evitar ver las heridas.

Ella sabía que no se trataba de la sangre, era el hecho de que fuera Melik lo que lo hacía insoportable de ver para él.

Desde la cocina, Ruth venía con un par de bandejas trayendo comida. Entonces, el estómago de Rose rugió en respuesta.

—Déjeme ayudarla. —Se colocó de pie sin esperar una respuesta, tomó la bandeja en sus manos y la llevó hasta la mesa de centro.

—Eres muy amable, cariño.

La mujer la miraba de manera cariñosa, como si la conociera de siempre, y eso hacía que el pecho de Rose se contrajera en añoranza de aquello que ya no podía tener.

—¿Por qué no te quitas el abrigo y descansas un rato?

No se había percatado de que seguía llevando la gabardina. Poco a poco comenzó a quitársela, hasta que sintió una punzada de dolor atravesarle el hombro. Fue como si le estuvieran enterrando una estaca.

—¿Estás bien? —Ruth había puesto su atención en el hombro dolorido.

—Sí, sí, no es nada —contestó, y trató de quitarle importancia con la mano.

—Déjame ver. —En un parpadeo tuvo a Lemus a su espalda.

¿En qué momento había llegado hasta allí?

Cuando se dio la vuelta, la réplica que estaba por soltar murió en sus labios y no pudo evitar distraerse, pues, Lemus acababa de salir del baño y estaba llevando únicamente un pantalón de chándal que caía desde sus caderas, y el cabello mojado le goteaba sobre el rostro y la espalda.

No pudo evitar darle un repaso, él era demasiado guapo para ver y ni siquiera ella podía negarlo.

Con su piel acaramelada, era todo líneas y ángulos y un torso marcado al descubierto que ahora tenía de frente. Sí, especialmente un torso muy marcado.

—Mi cara está acá arriba, bella. —Pura diversión era lo que había en esas palabras.

Inclinó el rostro, y puso todo su esfuerzo para evitar el sonrojo que gritaba por salir. Si eso pasaba, él nunca dejaría que lo olvidara. Entonces decidió centrar su vista en los ojos grises de Lemus e hizo un puchero exagerado a modo de disculpa.

—Ya lo sé, pero es que tu cara es taaan aburrida.

—Ja, ja. Qué graciosa, ahora muéstrame el hombro.

—No tengo nada, ya dije que estoy bien.

Estaba mintiendo, sabía lo que se encontraría cuando se quitara la gabardina, pero ella ya había visto su rostro contorsionado de culpa por Melik y no tenía dudas de que encontraría la manera de sentirse culpable también por ella y no quería eso. Él ya cargaba suficiente.

Comenzó a subir nuevamente la gabardina cuando la mano de Lemus se apretó sobre la suya.

—Déjame ver, bella, o te juro que te quito yo la gabardina.

—Parecen dos niños pequeños —intervino Ruth entre divertida y molesta—. Querida, déjame revisarte el hombro.

De mala gana terminó de quitarse el abrigo. Quedó únicamente vistiendo una blusa a tiras negra, ajustada al cuerpo, que dejaba sus brazos y tatuajes al descubierto.

Los tatuajes habían sido para ella la única manera de poder expresarse en una época de tristeza.

Se había encargado de llevar en su cuerpo todo lo que le recordara la familia, el hogar que perdió: tenía las flores favoritas de su madre marcadas en la columna, una puesta de sol que se asomaba en la parte trasera de su hombro; el momento favorito del día de su padre, pero ahora, en la parte alta de su hombro derecho; al lado de un rosal que cubría todo, y debajo de la pareja de golondrinas hecha en tinta bajo su clavícula; se veía un enorme moratón que llegaba hasta el inicio de su espalda.

Al girar el rostro para ver a Lemus se encontró con la imagen viva de la preocupación que muy lentamente le fue abriendo paso a la rabia. Incluso ella se sintió encoger como una niña pequeña ante esa mirada.

—Estoy bien, se ve peor de lo que es. —Se apresuró a decir, recordando las palabras que Melik había dicho hace poco.