Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 14
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“Vivimos en ciudades que nunca has visto en pantallas, no es muy bonito, pero sabemos cómo ser libres”.

—Lorde

Lemus

—¿A dónde van las personas cuando mueren, mamá?

Tenía la cabeza recostada sobre el regazo de su madre, ambos se encontraban sentados en el tejado de su casa residencial en Londres, ese era su lugar secreto.

Su madre acariciaba su cabello, que ya estaba un poco por debajo de la barbilla, mientras llevaba sus ojos grises, iguales a los suyos, hasta él.

—Mira hacia arriba, cariño. Y dime qué ves.

Lemus obedeció a su madre y llevó la mirada hasta el cielo que a pesar de la capa de niebla de Londres, brillaba con el tintineo de las estrellas.

—Veo estrellas en el cielo— dijo, volviendo la vista nuevamente a su madre.

Ella le estaba dando una sonrisa tan grande y hermosa que él sintió como su corazón se hinchó un poco dentro de su pecho.

—Ese es el lugar al que vamos. Cuando partimos nos convertimos en estrellas, que desde lo alto guiamos e iluminamos el camino de aquellos que amamos y que aún están aquí abajo.

Una opresión distinta a la que sintió antes se apoderó de su pecho.

—No quiero que tú seas una estrella, quiero que ilumines mi camino desde aquí abajo.

—Me falta mucho, mucho tiempo para serlo, niño mío. Pero algún día lo seré y te aseguró que para ti voy a ser la estrella que más brille.

Esa mujer era imposible de predecir. No podía creer lo que había hecho ni mucho menos lograba entender cómo se había enterado de lo que había pasado con Melik. Él ni siquiera había tenido tiempo de plantearse la posibilidad de pedirle ayuda cuando todo había explotado.

Los militares se estaban removiendo incómodos, paseando distraídos por las calles sin saber qué hacer con exactitud,  viéndose unos a otros con cara de pánico a la espera de que su General apareciera.

Eso jugó a su favor. Le permitió moverse junto a Melisandre con mucha más facilidad por la plaza y más allá de esta sin que los detuvieran.

Estaban a punto de cruzar en una intersección cuando el General Randall apareció caminando con violencia hacia sus hombres.

Consiguieron ocultarse por muy poco detrás un poste que, curiosamente, estaba totalmente empapelado con letreros de “SE BUSCA” y un muy mal retrato de los enmascarados.

Desde donde estaba oculto podía ver la ira del general en todo su esplendor.

Su rostro era todo un poema: estaba rojo de la ira y sus ojos eran puro hielo.

Daba órdenes a sus soldados de dispersarse y buscar a Rose por cielo y tierra si era necesario.

Eso lo hizo removerse inquieto. La angustia se filtró en la boca de su estómago y una pregunta comenzó a rondar una y otra vez por su cabeza.

¿Qué pasaría si la encontraban?

—Ella va a estar bien. —Bajó la vista y se encontró con los ojos de Mel—. Es lo suficientemente astuta para no dejarse atrapar.

Se quedó mudo un instante. Mel tenía razón, Rose era condenadamente lista, puede que fuera toda una pesadilla andante, pero era inteligente como ella sola y él lo sabía, pero entonces ¿por qué sentía una presión en el pecho al pensar que podían capturarla?

¿Qué demonios le estaba pasando? Le sostuvo la mirada a su hermana considerando sí negarle su preocupación o no, pero no tenía sentido.

Mel lo conocía demasiado bien y lo había descubierto.

Antes de poder decir algo se escuchó por última vez la voz de Rose antes de que la señal volviera a la normalidad.

Un segundo después el general explotó de cólera:  comenzó a gritar a todos los soldados que averiguaran quién era esa mujer y la trajeran ante él; las siguientes palabras del hombre hicieron que a Lemus le helara la sangre.

—¡La quiero viva! ¿entienden? Tráiganla viva, que yo la haré desear estar muerta.

Un impacto desde las afueras de la ciudad los sacudió a todos solo unos instantes antes de que el cielo se tiñera de los colores de la bandera de Inglaterra.

Eran fuegos artificiales. Rápidamente las calles volvieron a llenarse de gente que señalaban y veían asombrados el cielo iluminado.

Hacía mucho tiempo que ese tipo de cosas no se disfrutaban en la ciudad, poco a poco las personas fueron empezando a aplaudir y hacer vítores de alegría, lo que hizo enojar mucho más al General.

—¡Encuéntrenla! —El grito de Geoffrey llenó el espacio e hizo retroceder a más de uno de los ciudadanos que llegaban a la plaza.

Aprovechando la distracción agarró a Mel por el brazo y la arrastró con él hasta donde creía que se encontraba Melik: La base del régimen.

Corrieron los siguiente cincuenta metros y cuando llegó abrió la puerta de un empujón y se preparó para sacar el arma que había estado guardando desde el golpe al camión, pero, al entrar, el edificio estaba en absoluto silencio.

El puesto de recepción, donde se suponía debía estar el soldado vigilante, estaba vacío, al parecer todos habían salido en busca de Rose ante la cólera de su General.

Con pasos cautelosos fueron avanzando y antes de doblar el sonido de una puerta se escuchó por el pasillo contiguo.

Sin pensarlo colocó a su hermana a su espalda, saco su arma y se lanzó hacia allí.

Sin embargo, cuando llegó a la habitación, listo para empezar a disparar,  quedó mudo: Rose se encontraba arrodillada junto a Melik que estaba atado a una silla.

Ella tenía sobre la cabeza, a modo de cintillo, la máscara de zorro mientras desataba a su hermano.

Al escucharlos entrar se puso en pie en un parpadeo con un revólver apuntando hacia ellos; verla junto a Melik hizo que el nudo que llevaba en el pecho se soltara poco a poco; ella bajó las armas al reconocerlos y Melisandre corrió directo hacia su hermano, un segundo después él se encontraba tras ella.

No estaba listo para ver lo que le habían hecho a Melik.

Los golpes… tenía el rostro reventado, su cien estaba abierta casi hasta el pómulo y la sangre cubría la mayor parte de su rostro.

Verlo así fue un golpe directo a su corazón, él debió saber que lo harían, que no esperarían, debía quedarse a su lado y evitar que esto pasara.

Sintió su sangre calentarse: iba a matarlos.

Los haría pagar por haberlo lastimado, por haberse atrevido a ponerle un solo dedo encima.

Melik le dedicó una sonrisa temblorosa mientras que le repetía una y otra vez que se encontraba bien. Sabía que estaba mintiendo.

Tuvo que alejar la vista un momento para poder respirar, para que no viera en su rostro la ira que sentía y se encontró con que Rose lo estaba observando. Se había quedado apartada y tenía el ceño fruncido, estaba paseando sus ojos concienzudamente por él como si estuviera buscando algo.

Dejó que Melisandre terminara de revisar a su hermano y empezó a caminar hacia donde ella se encontraba.

No se esperaba lo que halló en su mirada al verla de frente: preocupación.

Estaba seguro de eso, él mismo había tenido esa mirada en su rostro miles de veces.

Ella estaba preocupada por él y ni siquiera podía entender por qué, cuando era Melik el que estaba herido, sin embargo, él no iba a negar que saberla preocupada por él hacía que una sensación cálida le invadiera el cuerpo, él podía darle un poco de lo mismo.

—¿Estás bien, bella?

Ella lo miró un instante más,  reparando en cada centímetro de su rostro.

Nunca se había sentido tan desnudo ante una mirada cómo se estaba sintiendo en esos momentos.

La había encontrado observando antes, pero nunca así, no de manera tan intensa.

Sin embargo, solo fue cuestión de segundos para que la máscara de indiferencia cubriera su rostro.

Pero no sin que notara cómo sus músculos se relajaron.

—Perfectamente, tú al parecer conseguiste mantenerte entero.

Sonrió al escucharla. Esa era la manera en que ella trataba de preguntarle cómo estaba sin hacerlo directamente.

Iba a responderle cuando un gemido dolorido a sus espaldas llamó su atención.

Mel estaba ayudando a Melik a ponerse de pie.

En menos de un parpadeo estuvo a su lado para sostener el peso en sus brazos.

—Estás vuelto mierda —murmuró cariñosamente, tratando de disimular su preocupación—. ¿Qué fue lo que pasó exactamente?

—Geoffrey Randall, eso pasó. —La voz de Melik solo denotaba enojo, ni siquiera dolor, solo pura y física rabia—. El muy cobarde mandó a dos hombres a que me golpearan por lo que pasó en la plaza. —Melik buscó a Rose con la mirada—. Si no hubieras hecho lo que hiciste estaría peor… gracias.

Rose solo le dio una pequeña sonrisa. Por alguna razón se veía incómoda con la situación.

—Hablando de eso —intervino Lemus mirando también a la pelirroja—, ¿cómo demonios te enteraste que tenían a Melik?

Ella miró de forma alternada a ambos chicos y podía jurar que un leve sonrojo se había posado en sus mejillas.

—Les dije que tenía un informante, él se comunicó conmigo cuando se enteró.

Yo le había dado sus fotografías cuando nos aliamos, por si algo como esto llegaba a pasar —contestó dirigiéndose a la puerta y guardando la máscara entre la gabardina antes de poner la capucha sobre su cabeza—. Debemos irnos.

—¿A dónde lo llevaremos? —preguntó Melisandre— ¿Vamos a la iglesia?

Rose negó con la cabeza.

—Es muy arriesgado, sospecharían si no los ven por aquí, es más fácil asumir que ustedes salieron a buscarlo, lo encontraron golpeado y lo llevaron a casa.

—Tiene razón —dijo él, que no deseaba separarse de su hermano esta noche—, llevémoslo a casa.

Geoffrey Randall

La pólvora manchaba sus dedos y el leve olor a humo proveniente de los fuegos artificiales bailaba por su nariz como si estuviera burlándose de él.

Estaba colérico, nunca nadie se había atrevido a burlarse de él de la manera en que esa mujer lo había hecho.

Lo dejó en ridículo, no sólo delante de sus hombres, sino de toda la muchedumbre que vive en ese estúpido sector.

Sin embargo, debía aceptar que todo el juego del gato y el ratón le resultaba, muy en sus adentros, algo refrescante.

Lo ponía colérico la situación, sí, pero no iba a negarse, ni aceptar delante de nadie, que le entretenía la novedad del asunto.

Hacía muchos años que no veía más que miedo a su alrededor y el saber que una mujer estaba tras todo esto lo hacía aún más entretenido. Excitante.

Ahora, era claro que no estaba sola, eso lo supo desde los reportes del robo.

Quien quiera que hubiera iniciado los fuegos artificiales no era más que una distracción, que los hizo correr hacia la zona abandonada de la ciudad, cayendo en su estúpido juego.

Desde que había entrado al régimen dejó claro que no soportaría ni aguantaría ningún tipo de insubordinación, sus hombres lo habían aprendido a las malas y la gente de la ciudad ya estaba adiestrada por su padre.

El viejo podía ser una mierda, pero él no iba a negar que era eficaz.

El país lo había convertido en un rebaño mansamente adiestrado a punta de miedo, algo que aunque le resultaba patético, había hecho su trabajo más sencillo y había permitido que pudiera dedicar el tiempo necesario a sus intereses, sus verdaderos intereses.

—Señor, tenemos marcas de llantas de motocicleta yendo al sur, ¿desea que creemos un escuadrón de caza?

Randall no fingió la sonrisa que jugueteó en sus labios. Sabía lo que se encontrarían al seguir los rastros de la motocicleta, él sabía que seguirlo era lo que ellos estaban esperando que hiciera.

—No habrá nada al final del rastro. Es solo otra distracción.

Ahora la pequeña sonrisa en su rostro se había convertido en una completa, y una suave carcajada estaba peleando por salir de sus labios.

—Su padre debía estar furioso— Nunca había tenido ningún desafío real en los ocho años que llevaba como general y no pensaba desaprovechar el momento para jugar y hacerlo a su manera.

—Entonces, ¿qué desea que hagamos, señor? —El miedo en la voz del soldado lo llevó a verlo con una sonrisa ladeada, esa sería la misma sensación que le haría sentir a los responsables de lo sucedido. Iba a disfrutar haciéndolos pedazos.

—Vuelvan a la ciudad y no se vayan. Se van a convertir en un recordatorio constante de que con el régimen nadie se mete.

El uniformado parecía que estaba a punto de decir algo más, pero él levantó una mano frente a su rostro y sacó el móvil que había empezado a vibrar dentro de su pantalón. No tenía que ver la pantalla para saber de quién se trataba.

—Padre.

La línea estaba silenciosa al otro lado, casi creía que le había colgado, pero sabía que no era así, que él estaba ahí y que el silencio no era más que otra arma de intimidación en su arsenal.

—Escúchame bien, Geoffry. —La voz gruesa y rasposa cortó el silencio con la precisión de una bala—. No sé en qué momento dejaste que la ciudad se volviera un circo, pero por tu bien te sugiero que lo arregles. No voy a permitir que destruyas lo que tanto tiempo me costó crear ¿entiendes?

—Entiendo, padre. —Sabía que esperaba una respuesta, siempre lo hacía, no había retórica en él, todo era literal.

—Ya es momento de que empieces a demostrar que no eres un bueno para nada, te he dado años para hacerlo, pero hasta ahora no has sido más que mediocre. Quiero resultados, y los quiero pronto.

Esa vez el silencio si anunciaba que se había ido. Pero la amenaza se quedaría con él, siempre lo hacía, era así cómo funcionaba.