13
Melik
E l dolor de cabeza era insoportable, sentía la parte inferior de la nuca húmeda.
Aturdido, intentó llevar la mano hasta el lugar y fue ahí cuando se dio cuenta de que no podía mover los brazos, estaba apresado.
Poco a poco fue abriendo los ojos mientras inspeccionaba la situación; se encontraba atado a una silla dentro de lo que parecía ser un puesto de campaña.
Podía sentir como la sangre le brotaba de la parte inferior de la cabeza. Sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad del lugar hasta que pudo visualizar en el fondo una sombra acercándose hacia él. Al ver el uniforme el recuerdo de lo ocurrido llegó de inmediato.
—Vaya, pensé que nunca ibas a despertar. —La voz prontamente tuvo dueño. Frente a él estaba el castaño uniformado de hacía un rato.
—¿Qué está pasando? —intentó zafarse de los amarres de las manos, pero lo único que logró fue lastimarse más las muñecas ya dolidas.
—Sencillo, tú vas a aprender a mantener la boca cerrada cuando el General te hable. —El hombre le hablaba con total tranquilidad, mientras seguía acercándose a él—. Esto va a ser muy divertido —agregó con una sonrisa indolente—. Bueno, no para ti.
Y en ese momento, antes de siquiera tener tiempo de procesar sus palabras, el puño impactó sobre su mejilla.
Sintió una ráfaga de dolor atravesar su rostro y la humedad viscosa de la sangre empezó a esparcirse por su piel.
Sin tiempo de reaccionar, otro puño llegó, pero esta vez sobre su sien.
La vista se le nubló por unos segundos debido al golpe y sintió que estaba a punto de perder la conciencia por el aturdimiento.
Como un mantra se empezó a repetir una y otra vez en su mente que él no terminaría así, que saldría de ese lugar y volvería a ver a sus hermanos.
—¿Dónde se fueron tus pelotas? —El uniformado estaba extasiado, casi saltando sobre sus pies, y eso solo reafirmaba lo que ya sabían sobre lo enferma que estaba esa gente.
—Suéltame y lo averiguarás —gruñó, forzando una vez más las cuerdas que ataban sus manos.
—Realmente no aprendes a callarte.
Esta vez sí esperaba el golpe; el puño llegó directo a su quijada y la boca se le fue llenando de sangre poco a poco. Como pudo escupió, mientras la tos se apoderaba de su garganta.
—No es muy valiente propinar una golpiza, si el contrincante está amarrado ¿dónde están tus pelotas, soldado?
Sabía que debía quedarse callado, pero nunca había sido exactamente bueno en hacer lo que se debía.
Eso era cortesía de haber crecido con Lemus.
Ya podía ver el puño acercándose nuevamente a su rostro, pero en ese momento la puerta se abrió y el segundo soldado hizo acto de presencia.
El que estaba golpeándolo, aún con el puño levantado, se giró y observó a su compañero con el ceño fruncido.
—¿Dónde te habías metido? Te has perdido toda la diversión.
El moreno se veía totalmente indiferente a la golpiza que Melik estaba recibiendo. Se limitó a pasear la mirada de él al soldado; había algo en la manera en que lo miraba, como si quisiera decirle algo que no lograba entender.
—Sí, eso veo —dijo el moreno señalando a Melik con la cabeza, y comenzó a caminar perezosamente hacia ellos.
—Pero bueno, nunca es tarde para empezar.
El moreno le respondió con una sonrisa y dio un paso hacia el frente, tenía la mirada clavada en los ojos de Melik. Era una mirada fría y calculada. Cuando estuvo prácticamente encima de él, inclinó el cuerpo hacia abajo y en voz muy baja susurró:
—Perdón por esto.
Antes de que pudiera entender a qué se refería, el puño del hombre había sacado todo el aire de sus pulmones.
En medio del dolor, pudo escuchar un grito de aprobación desde el fondo de la habitación.
Era muy posible que sus costillas no hubieran quedado intactas.
Con mucha dificultad fue incorporándose cuando el sonido de una interferencia hizo a todos girar sus rostros hacia los radios de los soldados, justo un segundo antes de que una voz familiar comenzara a hablar a través de los aparatos.
La voz se escuchó tan clara, enojada y sarcástica como siempre.
—Buenas noches a todos, ciudadanos de Nottingham, y en especial, buenas noches a usted, mi querido General Geoffrey.
Esto último sonó casi en un ronroneo, un susurrado y provocador ronroneo proveniente de Rose.
De alguna manera esa chica endemoniada había logrado piratear la frecuencia de los radios militares, aunque, teniendo en cuenta toda la tecnología de la casa segura, no sabía qué era lo que le sorprendía.
Trató de mantener su rostro neutral y se entretuvo viendo las expresiones de los soldados.
Mientras, el que le había dado una golpiza, parecía totalmente desconcertado, y no paraba de cambiar las frecuencias sin éxito alguno, pero en todos se escuchaba la voz de Rose.
El moreno estaba impasible y Melik se percató de que una sonrisa amenazaba con tirar de sus labios.
Algo no era normal en ese soldado. El hombre tuvo que haber sentido sus ojos clavados en él porque volteó a mirarlo y nuevamente esa maldita mirada estaba en sus ojos. En un movimiento casi imperceptible sonrió y le hizo un guiño. «¿Qué mierda es lo que está pasando aquí?».
—Verá general, me siento realmente decepcionada de usted, esperaba que fuera un poco más inteligente.
—Seguía la voz de Rose a través de la radio—.
¿Destruir las pertenencias de la gente buscándome?
No, no, no. Si tuve la astucia para cargarme uno de sus camiones, pensé que supondría que también la tendría para esconderme.
—¿Quién carajos es esa mujer? —La incredulidad teñía las palabras del primer soldado, además de una clara mueca de miedo y desespero que se formó en su rostro.
—Pero bueno, ya le daremos más oportunidades para que mejore. Ahora le quiero dar un obsequio, para usted y todos los ciudadanos… disfrútenlo.
Y con eso la señal se fue y los radios volvieron a la normalidad. Se escuchaba a los soldados alarmados gritando unos a otros desde las distintas sintonías, Melik estaba a punto de soltar una carcajada cuando un sonido parecido a una explosión proveniente de afuera le hizo dar un respingo.
—Tenemos que ir a ver qué está pasando. —Esa era la frase más larga que había escuchado del moreno.
Su compañero parecía estar en shock y solo dio un leve asentimiento antes de dirigirse a la salida.
Cuando el moreno estuvo en el umbral se giró hacia él el tiempo suficiente para dedicarle una sonrisa amplia antes de desaparecer al otro lado de la puerta.
Su cerebro no estaba en condiciones de procesar qué carajo significaba aquello.
Intentó, una vez más, zafarse de los amarres, pero se sentía cansado y el dolor en su rostro solo aumentaba al igual que el de sus costillas.
Estaba a punto de rendirse a la inconsciencia cuando la puerta volvió abrirse y Rose apareció en la entrada.
Se veía temeraria enfundada en una cazadora negra con capucha, pantalones ajustados y el cabello suelto y alborotado que le enmarcaba el rostro, oculto con la máscara de zorro. Melik nunca había estado tan feliz de verla.
Ella al entrar más en la habitación pareció desconcertada al verlo, pero luego le regaló una sonrisa traviesa mientras se retiraba la capucha.
—Disculpa la tardanza, guapo —dijo y de un solo tajo cortó los amarres de sus manos y piernas.