12
Melisandre
N o, no, no… ¿Cómo fue que no lo reconoció?
El anciano al que estaba curando se removió en su puesto y estaba por discutir, con el que ahora sabía con pánico era el General Randall, cuando ella le dio un apretón en el brazo y negó con la cabeza.
Sabía perfectamente que si el hombre decía algo en su defensa todo terminaría mucho peor para ambos.
—Vamos a revisarlo entonces, general —logró que su voz saliera firme, conteniendo todo el miedo, nervios y el fuerte golpeteo de su corazón que sentía contra sus costillas.
—Buena chica. —Randall le dio una sonrisa con todos sus dientes que hizo que se le helara la sangre.
Melisandre se incorporó con las piernas temblando y se dispuso a caminar junto al general, cuando sus ojos se cruzaron con los de Melik y fue entonces cuando todo empeoró.
Melik
La plaza estaba hecha un desastre. Había heridos dispersos por todo el lugar, las personas estaban histéricas y algunas eufóricas ante la llegada de los misteriosos “ladrones del pueblo” como los empezaban a llamar.
Estaba de lleno ayudando a los heridos, no había estudiado medicina ni era enfermero como su hermana, pero tenía un conocimiento amplio sobre curar heridas gracias a las incontables peleas de Lemus.
Melisandre estaba a unos cuantos metros de él, de vez en cuando paseaba la mirada por donde ella estaba para fijarse que no se le diera por cometer ninguna locura.
Era consciente del impacto que tuvo en su hermana ver a las víctimas del ataque del ejército.
Estaba a punto de dirigirse hacia una pareja mayor que se veían un poco aturdidos, cuando vio a su hermana colocarse de pie frente a un militar.
«¿Qué demonios está pasando?», ni siquiera tuvo que pensarlo cuando empezó a correr directo hacia ella.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó con los dientes apretados, dirigiéndose a su melliza. Mel lo veía con los ojos muy abiertos, mientras lentamente negaba con la cabeza.
—Todo está bien, solo voy a revisar su herida. —Su hermana trató de tranquilizarlo señalando hacia donde el uniformado se encontraba.
Melik clavó sus ojos en el militar. El uniformado estaba observando divertido toda la escena y al notar sus ojos fijos en él, se señaló una herida minúscula que tenía en el labio; el rostro del hombre se le hacía levemente familiar.
—Tú no vas a revisarle nada —dijo, y aumentó la presión sobre el brazo de su hermana.
Dio media vuelta aun con Melisandre del brazo, pero antes de poder avanzar, otro soldado le impidió el paso.
A sus espaldas el uniformado soltó una sonora carcajada mientras se acercaba a ellos, cuando se volteó para encararlo, vio como los rasgos del hombre se habían endurecido y las facciones solo mostraban maldad.
Fue en ese momento que lo reconoció: Geoffrey Randall.
Sintió que el verdadero pánico le recorría el cuerpo.
—Veo que te has dado cuenta de con quién estás tratando. —El hombre se estaba degustando con el miedo que Melik tenía reflejado en el rostro—. Ahora suéltala — y concluyó—: es una orden.
Tragó saliva y vio como Mel le suplicaba con la mirada que la soltara y lo dejara así, pero no podía, se negaba a dejarla en manos de ese animal.
—No —dijo sin soltar a su melliza.
El general lo examinó por un momento, sus ojos parecían comerse toda la vida a su paso. En eso, el rostro se le partió en dos con una sonrisa y una fuerte palmada resonó al aire.
—Tienes pelotas muchacho, eso te lo reconozco.
—No había dejado de sonreír hacia él—. Pero también estás siendo un idiota; sabes que hay peores maneras de hacer que venga conmigo, así que sé inteligente y suéltala.
De esa manera la tendrás de regreso en pocos minutos. De lo contrario… podría no ser así.
El terror y la ira se apoderaron de él, debía soltarla, tenía que dejarla ir, pero entonces ¿qué garantiza que la regresaría viva? Para nadie era un secreto lo que estos hombres hacían.
—Melik, por favor —susurró Mel a su lado—. Voy a estar bien.
Pero antes de que pudiera abrir la boca alguien a sus espaldas se le adelantó.
—Melik, suéltala. —La voz de Lemus llegó alta y clara a sus oídos.
Su hermano colocó una mano sobre su hombro y en un movimiento casi imperceptible le dio un ligero apretón. No pudo evitar quedarse viéndolo con los ojos desorbitados, Lemus era el menos indicado en decirle que la dejara ir. De hecho, a él le extrañaba que no estuviese tratando de matar al general.
—Estoy seguro de que el General lo único que quiere es que Melisandre lo revise un instante, pues está bastante ocupado encargándose de esa pandilla nueva de la que todos hablan.
—Lemus miró directo al general, un desafío silencioso brilló en sus ojos—.
No querrá dejar de lado sus obligaciones por un pequeño corte, ¿no es así, general Randall?
El rostro del hombre se transformó en una mueca de disgusto, mientras los miraba a los tres con total desagrado; al final sus ojos se fijaron en Melik y al instante una sonrisa minúscula nació en su rostro.
—Por supuesto —aseguró, sin apartar la mirada de él.
Poco a poco fue soltando a su hermana hasta que estuvo completamente libre.
—Buen chico —dijo el General viéndolo divertido y tendiendo una mano a su hermana—. Vamos, creo que me está empezando a molestar más el labio. —Hizo una señal hacia sus hombres y se empezó a alejar.
Melisandre les dedicó una última mirada antes de seguir al hombre hacia el edificio de ladrillo de diez pisos más allá de la plaza, camino al bosque donde estaba el puesto de vigilancia del Régimen. En ese momento su corazón partió con ella.
—¿Qué mierda creías que estabas haciendo? —El grito ahogado de Lemus lo trajo de regreso— ¡Acaso no te das cuenta con quién te estás metiendo!
—Es que no lo reconocí. —Iba a vomitar, él definitivamente estaba por vomitar— ¿Y si le hace algo?
La mirada furtiva de Lemus se suavizó al instante, y sus ojos grises miraron preocupados en la misma dirección en que él estaba viendo.
—No va a hacerle nada, Melik. Tiene demasiados ojos puestos en él y un problema mucho mayor entre manos. Sería un estúpido si le pone un dedo encima.
Melik asintió lentamente con la cabeza, estaba aturdido y no dejaba de pensar en que hubiese pasado si no hubiera reconocido al hijo de perra de Geoffrey Randall.
Era el hijo del gran Gobernador quien, por cierto, se auto proclamó de esa manera luego de haber derrocado a la monarquía, mejor conocido como el causante de todo el sufrimiento y pobreza del pueblo; y como si esto no fuera suficiente, dicen que el hijo se volvió peor que el padre…
ese era el hombre al que estuvo a punto de golpear.
Alguien llamó a Lemus desde lo lejos pidiendo su ayuda, su hermano parecía renuente a alejarse de él, así que, sabiendo que tenían que seguir ayudando, juntó su frente con la suya y murmuró un leve “no haré una locura” para tranquilizarlo.
Era un gesto que venían haciendo desde niños el uno al otro.
Al separarse, Lemus le dio un apretón en el brazo antes de ir donde lo llamaban. De mala gana empezó a caminar a donde anteriormente se encontraba revisando a los heridos, cuando sintió el frío cañón de un revólver presionando sobre su espalda.
—Tú vienes con nosotros, rubio.
Melik se giró torpemente para encontrarse de frente al militar que anteriormente le había impedido el paso.
Era un tipo joven, de cabello castaño y ojos cafés, con contextura gruesa, y que ahora lo estaba viendo como si fuera su presa; a su lado había otro militar.
Era bastante alto, de piel morena y con unos impresionantes ojos claros que lo veían de manera extraña, parecía fastidiado con toda la situación.
Antes de poder decir algo sintió un golpe en su cabeza y entonces todo se puso negro.
Lemus
Había estado ayudando a la gente a recoger lo que los militares habían roto y sacado de sus casas y se sorprendió al notar como todos estaban cuchicheando sobre los misteriosos ladrones que lograron engañar al Régimen, entre las hipótesis y los comentarios pudo ver algo que antes no tenían, una cosa que había quedado olvidada hace muchos años atrás: esperanza.
Los más viejos se sentían entusiasmados, recordaban con añoranza el pasado, pero los más jóvenes, aquellos que no recordaban bien cómo era todo, se veían algo atemorizados, aun así, se podía ver en ellos un atisbo de esperanza porque las cosas pudieran mejorar.
Ya estaba comenzando a anochecer, se había reunido cerca de su casa con su abuela Ruth y algunos de sus conocidos escuchando las teorías que los hombres, ya entrados en años, daban sobre lo ocurrido.
—Creo que se trata de una de las bandas del norte, esas con las que los militares siempre están peleando —dijo el más viejo de los presentes.
Era un anciano rebelde que solía visitar su casa todos los domingos para comer del pastel de carne de su abuela, el viejo solía contarles durante horas historias de los tiempos antes del régimen, él no era tan joven como para no recordar, pero aun así se sentaba cada domingo a escuchar.
—¡Qué va! —contestó el de la derecha—. Esos lo único que se atreven a hacer es poner grafitis y ensuciar las ciudades; estos deben ser otros. —El anciano frunció el ceño antes de agregar—. Además, estos al parecer usan unas máscaras, no los pasamontañas baratos de los otros.
No pudo evitar sonreír ante el comentario recordando lo escéptico que estuvo cuando Rose propuso lo de las máscaras; se negaba a ponerse sobre el rostro la cara de un animal, pero ella, siendo como era, insistió en que de esa manera dejarían una huella en la gente. Ahora lo creía.
Estaba por unirse a la conversación cuando divisó a Melisandre que venía caminando hacia donde él se encontraba, traía el rostro pálido y desde donde estaba podía ver el temblor que recorría su cuerpo.
«Si ese maldito le puso un solo dedo encima, lo mato».
—¿Qué sucede, cariño? —Ruth estuvo de inmediato sobre Mel.
—¿Te hizo algo? —Su voz salió ronca y más gruesa de lo normal. Estaba apretando tanto los puños que podía sangrar—. Mel si te hizo algo tienes que decírmelo.
Ya estaba pensando en las cientos de formas para hacer que Randall se arrepintiera, estaba saboreando el momento de ponerle las manos encima, cuando Melisandre comenzó a negar con la cabeza al mismo instante en que las lágrimas brotaron de sus ojos.
La impotencia comenzó a hacer estragos en él al no entender qué le pasaba.
—Es Melik… el… —sollozó tratando de seguir hablando, pero la sola mención de su hermano había sido suficiente para dejar a Lemus petrificado.
—Cariño, trata de calmarte —dijo Ruth con la preocupación presente en sus palabras— ¿Qué ha pasado con Melik?
—Yo terminé de curar al general, y empecé a buscarlos a ustedes, pero entonces…. Entonces el anciano al que había estado curando anteriormente se acercó a mí y me dijo que vio a dos soldados llevando a Melik hacia los campamentos cerca al bosque.
Mel lo miró con los ojos hinchados y llenos de lágrimas, su labio inferior temblaba sin receso.
Lemus se acercó rápidamente a ella y la estrechó entre sus brazos, susurrando al oído una y otra vez que todo estaría bien.
A su lado podía ver el rostro aterrorizado de Ruth y cómo luchaba por mantener las lágrimas a raya.
Todos sabían lo que pasaba cuando el Régimen se llevaba a alguien.
Pero él no lo permitiría, no a Melik, no iban a quitarle más, se negaba a aceptarlo.
Sabía que el altercado no quedaría así, que el general buscaría la manera de vengarse, pero creía que tendría tiempo de buscar una salida, esto había sido más rápido de lo que pudo pensar. Sin embargo no cambiaba nada, su determinación seguía siendo la misma de siempre. Protegería a su familia.
—Vamos a buscarlo y lo sacaremos de allí.