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“Bajo las condiciones de la tiranía,
es más fácil actuar que pensar”.
—Hannah Arendt
Geoffrey Randall
L a espaciosa y lujosa habitación se encontraba totalmente en silencio, lo único que se escuchaba era la pesada respiración del general mientras se movía de un lado a otro.
Todo lo sucedido en menos de una semana lo tenía en un estado casi colérico, no conseguía entender en qué momento las cosas empezaron a desviarse, cuando se aflojó la correa.
Pero de lo que sí estaba seguro es que correría sangre.
Su gruñido de frustración reverberó en el silencio de la alcoba.
—Son unos don nadie.
Eso era lo que el General Geoffre Randall pensaba de todos los de ese lado del país.
Gente estúpida pero necesaria que vivía en el sector 3, en este caso conocido como Nottingham.
Conformándose con las sobras del gobierno, y aun así, la noche anterior, se las habían ingeniado para cargarse uno de sus camiones más grandes dejando inconscientes a dos de sus hombres.
De ellos ya se estaba encargando, no aceptaba equivocaciones y lo único que esos dos demostraron con lo ocurrido fue su rotunda inutilidad.
Él sabía que el problema no estaba en las municiones o medicinas robadas, no. Iba mucho más allá. Esto haría que la gente empezara a creer que podía levantarse, que tenían alguna oportunidad en contra del régimen y no era así.
Frente a él, tenía el retrato digital de los ladrones que había mandado a hacer nada más encontrar a los soldados.
Fue patético tener que ver a dos hombres inconscientes en medio de la carretera junto a un camión vacío, hombres que supuestamente habían sido entrenados.
Y más patético aún tener que difundir imágenes de “se busca” de personas llevando máscaras de animales.
Su disgusto solo iba en incremento cuando veía los rostros en los folletos que muy seguramente ya habían empezado a pegar por toda la ciudad y a mostrar en cada uno de los canales televisivos del país.
Su padre iba a regodearse con esto, nunca dejaría que lo olvidara.
Un escalofrío le recorrió de solo pensar en las represalias que tendría que pagar si no solucionaba la situación, por eso tenía que encontrarlos antes de que él interviniera.
Dos golpes en su puerta fueron la distracción perfecta para dejar de mirar los retratos y un “adelante” le hizo tener en dos segundos a uno de sus soldados personales frente a él, erguido y en posición de mando.
El soldado aunque trataba de disimularlo tenía una mueca de miedo fijada en el rostro, una que a él le resultaba patética.
Aceptaba que era muy beneficioso ser temido, eso le estaba ayudando a abrirse campo hacia su verdadero objetivo, pero eso no quitaba el fastidio que sentía cuando veía el miedo en los ojos de muchos en la base militar.
Había estado conviviendo con estos hombres por años y aun así no dejaban de parecer ratones asustados cuando lo veían, mejor ni decir lo que pasaba frente a su padre.
Él, mejor que nadie, sabía que una vez que se demuestra no hay marcha atrás, le otorgas al causante de tu miedo el poder de destruirte.
—Soldado, ¿todo listo?
—Sí, señor. El equipo salió en la madrugada y a primera hora han empezado a irrumpir las viviendas, tal como lo solicitó.
Una media sonrisa dio asomo en sus labios. La gente no iba a ver a estos ladrones como nada más que una desgracia para ellos, él se encargaría de que así fuera.
—Muy bien, entonces vámonos. Es hora de unirnos al show.
Melisandre
Lo primero que notaron al entrar en la ciudad, a bordo del jeep que Enzo les prestó, fue el caos. Se escuchaban los gritos de las personas, el llanto, y por más loco que pareciera, la risa. Cuando tuvieron una imagen completa de la escena quedó atónita; sintió como la piel se le puso de gallina.
Había una gran aglomeración de militares repartidos por todas partes, en el suelo se encontraban cajones, sillas, mesas, cajas, y muchas otras pertenencias de los ciudadanos hechas trizas; los soldados colocaban folletos frente a los rostros de las personas mientras les gritaban una serie de preguntas que no alcanzaba a entender.
Poco a poco la velocidad del auto fue disminuyendo y antes de darse cuenta estaba bajando frenéticamente del vehículo, con su hermano y Lemus pisándole los talones; aún se encontraban a una distancia prudente de todo el desastre, así que cuando entraron trataron de actuar con normalidad, pero nada en esta situación era normal.
El corazón se le detuvo por un segundo al ver a un grupo de ancianos con golpes en sus rostros y brazos; su interior hirvió con ira, estaba a punto de perder los estribos contra el animal que era responsable de ello, cuando sintió el agarre firme de una mano sobre sus hombros.
—Ni siquiera lo pienses —le dijo Melik adivinando lo que estaba pasando por su cabeza—. No desperdicies tu tiempo con esa escoria, es mejor invertirlo en ayudar a los heridos.
Dedicó una última mirada de odio hacia los soldados antes de dirigirse hacia donde estaban los heridos.
Antes de irse de la iglesia, Enzo se había acercado a ella y le había dado unas pocas medicinas y antisépticos por si llegaban a necesitarlos cuando entraran a la ciudad, sin que fueran demasiados para llamar la atención, teniendo en cuenta que ella era enfermera, ahora agradecía tener algo a la mano con qué ayudar.
Cuando llegó frente a los ancianos el repudio por el Régimen solo iba en incremento; uno de los hombres tenía el rostro reventado y la sangre brotaba de una herida abierta que parecía hecha con un bastón de metal; de esos que usaban los soldados para socavar.
Por un instante se sintió culpable de toda la situación, si ellos no hubiesen…
Desechó ese pensamiento en el acto, no era momento para pensar en ello.
Ahora mismo solo estaba deseando más que nunca hacerlos pagar por lo que habían hecho, lo que siempre hacían.
Se inclinó frente al hombre e introdujo su mano dentro del bolso.
—Permítame que revise su herida, soy enfermera —le dijo, con un intento de sonrisa tranquilizadora.
El anciano la miró por unos segundos antes de cerrar sus ojos y asentir, el cansancio estaba claro en sus facciones, y Melisandre sabía que no solo era físico.
Las personas de más edad, esas que conocieron un mundo distinto a ese, lleno de miseria y abandono, se perdían en los recuerdos de lo que Inglaterra fue, y era entendible que ahora se encontraran cansados de seguir viviendo de los sueños.
—Por favor, adelante —habló casi en un susurro.
Llevó sus manos hasta el rostro del hombre y empezó a revisar la herida con sumo cuidado, en ese momento alguien se inclinó a su lado y le tendió una botella de agua. Era Lemus.
—Para que puedas limpiarla —le dijo, antes de tenderle al hombre sentado frente a ella una bolsa de frituras y un refresco, que no tenía idea de dónde había sacado.
El anciano pareció dudarlo por un instante, pero luego extendió su mano cogiendo lo que le brindaban.
Dirigió su vista hacia su hermano de crianza, ella sabía lo difícil que era para él toda esa situación.
Desde pequeños, Lemus había sido quien más se preocupaba por mantenerlos siempre a salvo, porque tuviesen suficiente comida y medicinas.
Porque fueran todo lo felices que este mundo desastroso les dejará ser y aunque no lo demostrara con su actitud altiva, todo esto lo afectaba incluso más que al resto.
Lemus le dio una última mirada antes de retirarse a ayudar al resto de personas.
No era consciente del temblor en sus manos hasta que las extendió para destapar la botella, inmediatamente obligó a su cuerpo a calmarse, lo último que necesitaba era lastimar más al hombre frente a ella.
Destapó la botella y se acercó un poco más para poder verter el líquido sobre el rostro.
Una vez hecho pudo apreciar mejor la herida, la cual necesitaba ser atendida con urgencia y lo único con lo que contaba era con algunos implementos para tomarle puntos mariposa, los cuales no servirían de manera permanente, pero ayudarían en el momento.
Mientras terminaba de suturar la herida en el rostro del hombre, tuvo la sensación de que alguien la estaba observando.
Ladeó su cabeza para buscar a Melik o Lemus con la mirada pero estos se encontraban ocupados ayudando a algunos habitantes del sector; fue entonces cuando los ojos del anciano se posaron en algo a sus espaldas y su rostro se puso pálido.
Antes de escuchar cualquier cosa ya se imaginaba lo que estaba observando.
—Tienes unas manos bastante hábiles —dijo una voz a sus espaldas que adquirió forma cuando un uniformado la rodeó hasta terminar frente a ella—. Me servirían bastante bien en estos momentos —agregó, señalando su labio, en el que se veía una pequeña cortada.
Todo el cuerpo se le tensó cuando el soldado, que llevaba más medallas en su uniforme de lo habitual, se acercó a ella.
Podía tener unos veintisiete años, el cabello lo llevaba corto color azabache y sus ojos eran como dos océanos, la curvatura de su nariz era perfecta y entonaba con sus pómulos afilados; pero nada de esa belleza lograba disipar la maldad que se filtraba por sus poros y se hacía evidente en la sonrisa retorcida que curvaba sus labios.
—Tal vez puedas ayudarme —prosiguió el hombre, señalando una pequeña cortada en su labio y sonriendo ante el mutismo de ella.
—No creo que sea necesario. —Melisandre se enderezó, recuperando la compostura—. Eso apenas y es un rasguño.
La cara del hombre cambió y la falsa amabilidad fue reemplazada por la rabia. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero al sentirse aterrada bajo el filo de esa mirada.
—Creo que no me he explicado bien —dijo el uniformado dando un paso aún más cerca. A esas alturas ya estaba a una mano de distancia—. Soy el general Geoffrey Randall y solicito de sus servicios… médicos. —La vista del hombre paseó perezosamente por ella detallando su cuerpo de pies a cabeza.