Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 10
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Rose

T arde o temprano se iban a enterar, y tal como les había dicho la noche anterior, estaba dispuesta a explicarles todo.

Y eso era justo lo que haría; habían demostrado ser de confianza y aunque no lo hubiese aceptado en voz alta, le agradaban todos ellos y eso le aterraba.

Ella no sabía cómo tener amigos, los últimos que tuvo, aparte de Enzo, fue cuando tenía quizás unos ocho años y las cosas no habían terminado bien.

Así que ahí estaban, camino a la casa nuevamente, con todos los ojos puestos en ella, bueno casi todos; no había pasado por alto que Enzo la evitaba, y estaba segura de que tenía que ver con la conversación que habían tenido en la madrugada.

En la mañana, al despertarse, pasó por su alcoba y no lo vio, en ese momento sintió un peso en su pecho y su pulso se aceleró con el simple hecho de pensar que se había ido otra vez.

Pero, ahora él caminaba varios pasos delante de ella evitando cualquier tipo de contacto visual.

Y, por otro lado estaba Lemus y lo que acababa de ocurrir.

Ni ella misma estaba segura de qué había sido eso entre ellos hacía un momento.

Toda esa situación le era nueva y el que las cosas la tomaran por sorpresa la hacía sentirse en desventaja.

—Mientras más conozco a los hombres, más quiero a Misifuz —murmuró por lo bajo procurando que ninguno de los chicos la escuchara. Sin embargo, una risa ahogada proveniente de Melik le indicó que el rubio sí la había escuchado. Ella se giró a mirarlo y él le hizo un guiño que la hizo sonreír.

Ya dentro de la casa pasaron por la sala de estar, atravesaron todo el pasillo hasta llegar a las escaleras de madera en forma de caracol y justo cuando iba a levantar su mano, Enzo la detuvo, sus dedos rodearon su muñeca y por fin sus ojos se posaron en ella.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer?

Rose colocó su mano sobre la de él y le dio un leve apretón antes de asentir con la cabeza. Enzo no parecía contento con su decisión pero de todas maneras retiró su mano del agarre y se alejó unos pasos.

—Lo que van a ver ahora mismo es confidencial —empezó a decir mientras encaraba a todos sus compañeros—, nadie sabe de esto aparte del padre y los que vivimos aquí, así que si no pueden o no saben mantener un secreto, díganlo ahora.

El silencio se apoderó de los cinco. Lemus la estaba mirando con una interrogante en su rostro y cuando parecía que estaba a punto de decir algo, para sorpresa de todos, fue Melisandre quien habló.

—Puedes confiar en nosotros. Y estoy segura que hablo por los tres cuando te digo que mantendremos lo que sea que nos vayas a mostrar en secreto.

Rose le regaló una sonrisa; le agradaba Melisandre, la consideraba un recipiente de honestidad y bondad. No eran las mejores cualidades para este oficio, pero si para una gran mujer.

—De acuerdo.

Llevó su mano hacia uno de los extremos de la escalera y levantó una de las tablas dejando al descubierto una pequeña abolladura en forma de corona, se sacó un collar que colgaba de su cuello y colocó el medallón en la abertura bajo la tabla, al instante se escuchó un pequeño clic y el lateral de la escalera se abrió ante sus ojos.

—¡Santa madre! —exclamó Melik con los ojos abiertos como platos, mientras veía como una puerta se abría ante ellos.

Lemus también tenía los ojos muy abiertos, la curiosidad brillaba en esas pupilas grises mientras la observaba en silencio.

No podía evitar pensar en Lemus como un depredador, él parecía calcular cada paso que daba y a pesar de su carácter atrevido, ella sabía que era mucho más inteligente de lo que aparentaba.

—No hagan que me arrepienta de esto —dijo a ninguno en particular y terminó de girar la llave en sus manos—. Entren.

El lugar, a diferencia del resto de la casa, no era lujoso ni estaba decorado al estilo de la realeza, este consistía en un gran espacio, muy amplio, con todas las paredes insonorizadas, en el centro había una larga mesa rectangular y algunos sillones y muebles recostados en las paredes en las que se veían algunas puertas que llevaban a dos alcobas, que eran usadas como refugios para casos extremos.

Al fondo estaba lo bueno. Tenían un televisor de última tecnología de al menos sesenta pulgadas, era el mismo tipo utilizado por el régimen.

Además, había otros cinco más pequeños a los lados junto a varios computadores, proyectores, transmisores, radios también de alta tecnología y cámaras de todo tipo que proyectaban en esos momentos distintos sectores de la ciudad y la capital en cada una de las pantallas.

En un parpadeo todos estuvieron de frente a los diferentes monitores que mostraban sitios estratégicos donde el régimen solía reunirse.

—Esto es increíble. —Lemus no había dejado de ver las pantallas que mostraban las afueras del palacio en Londres, donde residía el Gran gobernador, y ella recordó que a él le gustaba la tecnología.

—A pesar de tener un informante tratamos de tener los ojos puestos en ellos lo máximo que podamos, aquí en la ciudad no hay tantas cámaras porque en estos sectores sus movimientos son mínimos —explicó, mostrándose, tal vez, demasiado emocionada.

Pudo seguir contándole al respecto de no haber sido por el grito ahogado de sus compañeros, al voltearse se encontró con sus ojos fijos en las cajas de alimentos y medicinas que estaban ubicados en una de las esquinas más alejadas del salón.

—Esos son los suministros que robamos —dijo Lemus acercándose ahora a las pilas de cajas y tomando una entre sus manos.

—Te dije que no iban a encontrar nada —trató de usar su tono más divertido para quitar un poco de hierro a la situación—. Podemos empezar a repartirlos a las personas en unos días, cuando las cosas se hayan calmado un poco.

—¿Cómo lo haremos? —El entusiasmo en la voz de Melik, logró sacarle una sonrisa.

—Ustedes no harán nada —intervino Enzo más tajante de lo necesario, no se había movido de la entrada desde que ingresaron al salón—. Van a estar en sus casas haciendo lo que suelen hacer y Rose y yo nos encargamos de entregarle a la gente las cosas.

Lemus soltó la caja que estaba sosteniendo y muy lentamente fue encarando a Enzo. Sí, definitivamente parecía un depredador, decidió.

Ella se colocó inteligentemente en medio de ambos de manera casual.

—Me puedes recordar, ¿en qué momento llegamos a esa decisión? Porque realmente no lo recuerdo —espetó Lemus con los dientes apretados.

—Lo estamos haciendo justo ahora. —Esta vez fue ella quien contestó por la salud física de todos—.

No me mires así —dijo a Lemus, quien estaba viéndola con el ceño fruncido y los labios apretados—, es lo más inteligente; a Enzo y a mí prácticamente no nos conocen, mientras que ustedes han vivido toda la vida aquí, sería sospechoso si desaparecen justo cuando los suministros empiezan a aparecer.

Rose sabía que había ganado la batalla, por mucha rabia que Lemus tuviera debía aceptar que tenía razón. Sin embargo, por lo apretada que tenía la mandíbula y la mirada asesina que estaba lanzando a Enzo, ella podía suponer que le estaba costando bastante trabajo aceptarlo.

—Tiene razón. —Gracias a Dios Melik intercedió por ella—. Es una buena estrategia —agregó encogiéndose de hombros.

Lemus volteó la cabeza hacia ella y luego hasta donde estaba Enzo, al final les regaló a ambos un leve asentimiento. Esa era la mayor aceptación que obtendrían de su parte ese día.

Sin saber bien por qué, sintió ganas de borrar el ceño fruncido de su rostro, quería de vuelta la emoción de hace uno segundos, así que se acercó hasta donde se encontraba y, en voz lo suficientemente baja para que solo él la escuchara, le dijo:

—Déjame ser tu cómplice en esto. —Vio como el reconocimiento se asomaba en sus ojos y relajaba sus facciones.

—Después espero saber los detalles de cómo lo harán —dijo él, empleando el mismo tono bajo que ella, antes de dirigirse al resto—. Ahora nosotros iremos a la ciudad a ver qué tan grave es la situación.

Ella le sonrió y antes de darse cuenta Lemus estaba de cara a ella, sosteniendo gentilmente su rostro antes de estampar un beso en su mejilla.

Lo primero que pensó es que esos labios eran tan infinitamente suaves como lo supuso la primera vez que lo vio, y lo segundo, era que cuando volteara se iba a encontrar con algo que preferiría no ver; eso lo sabía porque sentía esos ojos cafés fijos en su espalda, taladrándola.

Poco a poco se dio vuelta y sus pensamientos fueron tomando forma, un par de ojos estaban observándola desde el otro extremo,  una avalancha de sentimientos se divisaba en esas pupilas: rabia, dolor y arrepentimiento.

—Enzo, no es…

—Los acompaño a la puerta, hay un coche que pueden utilizar para irse.

Enzo no se giró ni una sola vez hacia ella cuando los cuatro atravesaron el umbral de la puerta, y no fue hasta que dejó de oír sus pasos, que se permitió liberar el aire que no era consciente de estar reteniendo.