9
Lemus
S intió su pecho contraerse. Entendía completamente lo que ella estaba pasando, cuando él perdió a sus padres no soportaba tener a nadie cerca, no soportaba a nadie en las fechas especiales; aun después de tantos años le era difícil.
Y en ese momento se dio cuenta de que realmente no conocía a Rose.
—Lo lamento —dijo, aun sin quitar los brazos de las cuerdas del columpio—. Sé lo difíciles que estas fechas pueden ser para personas como nosotros que hemos perdido tanto.
Y en esa ocasión, sintiéndose valiente, fue su turno de recoger un mechón de cabello rojizo que volaba sobre el rostro de ella y colocarlo detrás de su oreja. Rose siguió su mano en todo momento como un felino al acecho, pero no lo apartó.
—El dolor no se va —prosiguió—. Siempre va a estar contigo aquí. —Llevó un dedo hasta el lado izquierdo del pecho de ella, justo sobre su corazón, y dio un pequeño toque—. Igual que los recuerdos, siempre estarán contigo.
Al decir eso, Rose apretó sus ojos y sus manos se cerraron en puños sobre las cuerdas del columpio. Nunca la había visto así, tan fuera de sus cabales, ella siempre parecía estar en control de sus emociones.
—Pero se hace soportable, aprendes a vivir con él, solo debes quedarte con los momentos buenos —agregó, queriendo que ella volviera a verlo.
Y tal vez fue por lo frágil que ella se veía, pero se escuchó diciendo algo que no le había dicho a nadie—: mi madre decía que al morir sería una estrella que brillaría desde lo alto para guiarme.
Estoy seguro de que tu madre brilla cada noche por ti, y lo hace más fuerte que todas.
Esa vez, cuando lo hizo, cuando Rose lo miró, sí pudo descifrar algo en su mirada: había dolor, tanto pero tanto dolor, que el pecho de Lemus se contrajo de solo verla. También había desesperación en ellos, pero sobre todo, había rabia.
—Quiero venganza —dijo Rose con la voz ronca—. Y sólo después que la tenga me encargaré de aprender a vivir con el dolor.
No esperaba esa respuesta. La observó por un instante, la determinación estaba clara en sus facciones igual que en sus palabras.
Y en ese momento tuvo la completa certeza de que aunque Rose quería ayudar a los que más lo necesitaban, era mayor la necesidad de venganza por lo que les hicieron a sus padres.
Lemus supo, sin que nadie se lo dijera, que ella no descansaría hasta lograrlo.
—Escogiste la fecha del golpe por el cumpleaños de tu madre, ¿no es así? —dijo, acercándose un poco más a ella.
Rose le dedicó una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero que aun así se veía que era auténtica, y cuando estuvo a punto de contestarle una voz a sus espaldas la interrumpió.
—Eh… Perdonen que los interrumpa chicos —Melik se aclaró la garganta al hablar—, pero tenemos un problema.
Inmediatamente Lemus separó sus manos del columpio y giró su cuerpo hacia su hermano. A su lado Rose se levantó del columpio y caminó hasta su lado colocando ambas manos en sus caderas.
—¿Qué tipo de problema?
Lemus notó, fascinado, como la máscara volvía a ocupar su lugar en el rostro de Rose. Y no pudo evitar sentir cierto regocijo al darse cuenta de que ella se había abierto solo para él, como si fuera una especie de secreto compartido, una complicidad solo entre ellos.
Melik
Se había despertado la mañana después del asalto con el exquisito olor del pan recién hecho, hacía mucho tiempo que no lo percibía y prácticamente lo obligó a salir de la cama con la boca hecha agua.
Se apresuró a darse una ducha en el lujoso baño que estaba adherido a su habitación y después de cambiarse bajó las escaleras hasta que se encontró en la entrada de la cocina.
Una mujer de unos cincuenta años lo recibió esbozando una gran sonrisa; llevaba un delantal de flores rodeando su cuerpo y el cabello recogido con una coleta en la nuca, estaba sacando una bandeja del horno la cual era la responsable del delicioso olor, y para su sorpresa, Melisandre ya se encontraba sentada en una de las sillas cerca a la mujer.
—Tú debes ser Melik —dijo la mujer sonriéndole—. Yo soy Sophia, es un placer conocerte. —Hizo un ademán con la mano para invitarlo a sentarse.
—El placer es mío —tomó asiento junto a su hermana y le dio un beso en la coronilla cuando estuvo a su lado.
—¿Descansaste?
—He dormido como un bebé —respondió sin apartar la vista de la bandeja del pan que sacaban del horno. El olor lo estaba volviendo loco.
—Puedes apartar los ojos de la comida, no se va a desaparecer. —Melisandre chasqueó los dedos frente a sus ojos y puso los suyos en blanco.
Sophia rió sutilmente y dejó una bandeja llena de pan sobre la mesa, junto a dos platos con huevos revueltos y una jarra de zumo de naranja; los miró a ambos con cariño brillando en sus ojos y por un instante esa mirada le hizo recordar a los ojos de su madre, la forma en que ella lo veía cada mañana, y sintió un peso posarse en su pecho.
Vio a Melisandre y, por la mirada perdida, supo que ella estaba pensando lo mismo que él.
Sus padres habían muerto durante el golpe de estado.
Su padre en el castillo real y su madre una semana después a causa de una infección por herida de bala que no pudieron tratar correctamente al estarse ocultando.
Los hospitales estaban cerrados para los rebeldes.
Fue entonces cuando Lemus los llevó con él.
—Deberían comer. Tienen que estar hambrientos.
La voz de Sophia lo hizo salir de los recuerdos y moviendo la cabeza de arriba a abajo ambos respondieron al unísono.
—Muchas gracias.
La comida estaba deliciosa y no es que en su casa no fuese así, es solo que el pan recién hecho era un lujo que ellos no podían darse, algunas veces su abuela, como le gustaba llamar a Ruth, lo hacía ella misma con avena molida, pero no era lo mismo.
Este desayuno en la mesa de una iglesia o lo que fuera, le sabía a su infancia, sabía a los domingos de picnic con sus padres.
No había terminado de saborear el pan cuando su celular comenzó a sonar mostrando el nombre de Ruth en la pantalla.
La noche anterior le habían dicho que se quedarían por fuera y que no debía preocuparse por ellos, que estarían con una amiga, pero bueno, la mujer era familia de Lemus, así que ya veía que la vena protectora salía de ahí.
Esbozó una sonrisa y tomó la llamada.
—Hola Ruth, ya casi vamos pa… —Las palabras fueron muriendo en sus labios, sus ojos buscaron con desesperación a su hermana.
Melisandre se había colocado justo frente a él
—¿Qué pasó Melik?… ¡Dios, habla de una vez!
—Vamos para allá. —Al colgar su cerebro no terminaba de procesar toda la información—. Tenemos que ir por Lemus. Ahora.
Al Régimen no le había gustado para nada que robaran uno de sus camiones, pero, tal como esperaban, mandaron militares a rodear la ciudad.
Con lo que ellos no contaban, era con que empapelarían cada rincón con carteles de “SE BUSCA” con el retrato de los ladrones, y que aparecerían en las noticias nacionales.
A pesar de las máscaras eso era un problema.
Estaban atrayendo más atención de la que esperaban.
Melisandre no hizo ninguna pregunta y subió a recoger todas las cosas mientras él se dirigía al bosque; donde Sophia, con cara de preocupación, le aseguró que se encontraba Lemus.
No había dado más de cinco pasos fuera de la iglesia cuando encontró a su hermano.
—¿Qué demonios? ¿Esos son Lemus y Rose?
Su sorpresa fue inmediata al verlos. Sin embargo, en el fondo, sabía que algo así terminaría pasando. La tensión era abrumadora cuando estaban juntos. Ambos necesitaban urgentemente que alguien los encerrara en un cuarto acolchado.
—Eh… Perdonen que los interrumpa chicos, pero tenemos un problema.
No pasó por alto cómo Lemus se separó de Rose apenas lo escuchó. Ella en cambio caminó con paso majestuoso, como si lo que él acababa de ver fuese la cosa más normal entre ellos dos. A él como que le encantaba un poco la actitud de la mujer.
—¿Qué tipo de problema? —Rose tenía ahora la atención fija en él.
—El tipo que incluye nuestras caras decorando la ciudad.
—Explícate. —El ceño de Lemus se había fruncido notablemente.
Les contó con lujo de detalle cada cosa que Ruth le había dicho en la llamada; aunque su abuela no sabía que eran ellos los de los carteles, había querido advertirles.
Melik suponía que algo tendría que sospechar.
Mientras les hablaba podía notar el tinte desesperado en sus palabras, ese que ni él mismo podía disimular.
Al terminar, dos pares de ojos lo estaban mirando expectantes.
—Y eso es un problema porque… —Rose lo estaba viendo como si se hubiera vuelto loco, o estuviese exagerando. Y aunque tal vez sí estaba exagerando, solo un poco, lo despreocupado de su actitud le molestó.
—Es un problema porque se suponía que queríamos hacer esto de manera clandestina, no con nuestras caras sirviendo de empapelado de la ciudad.
—La irritación estaba palpable en sus palabras—.
Y hay algo más, al parecer están revisando las casas para ver si encuentran las cosas robadas o algún rastro de los ladrones.
Eso sí pareció llamar la atención de Rose. Su ceño se frunció ligeramente y por un instante pudo ver un atisbo de lo que parecía preocupación en su mirada. Aunque sinceramente con ella nunca se sabía.
—Nuestras caras no están empapelando nada, teníamos máscaras, ropa distinta a la que usamos a diario, no vieron nuestros rostros. —La voz de Lemus se escuchó tranquila, pero él sabía que por dentro estaba igual o incluso más preocupado que él. Lo conocía.
—Sí, pero solo es cuestión de tiempo para que vengan a revisar la iglesia y estaremos jodidos.
Nunca había sido muy bueno para mantener los nervios o los sentimientos a raya y justo ahora estaba a punto de enloquecer. No tanto por él sino por su hermana, no quería ni imaginarse lo que podrían hacerles si los descubren.
—Entonces debemos estar agradecidos de que no encontrarán nada. —Rose tenía una media sonrisa decorando sus labios, el ceño fruncido había desaparecido.
Melik se la quedó viendo incrédulo mientras sus ojos se encogían como dos rendijas y el entendimiento llegaba a él.
—Tú sabías que esto pasaría.
—No, no lo sabía, pero tenía mis sospechas.
Pudo escuchar el sonido de su mandíbula cuando cayó desencajada de su boca.
—¡Ya tengo todo! —Melisandre apareció a sus espaldas con Enzo, traían los bolsos y pertenencias de todos.
La mirada preocupada de Mel se paseó de su hermano a Lemus y de este hacia la pelirroja quien tenía los ojos fijos en Enzo, este por su parte la estaba evitando a toda costa. «¿Qué demonios habrá pasado entre estos dos?».
—¿Qué está pasando? —La pregunta de su hermana lo trajo de regreso.
Justo cuando se disponía a explicar la situación, la voz de Rose cortó el silencio e hizo que todos los ojos se voltearan a verla.
—Hay algo más que debo mostrarles.
Enzo comenzó a negar con la cabeza. Él se estaba cansando de tanto misterio. No solo robaron un camión del Régimen, sin saberlo estaban trabajando con un grupo de rebeldes que apoyaban a la ex monarquía, y además planeaban algo muy parecido a un golpe de estado, sino que resultaba que había más.
—¿Qué demonios está pasando ahora? —Lemus se adelantó a la pregunta que estaba por decir Enzo.
—No creo que sea una buena idea —dijo Enzo mientras ignoraba la pregunta de Lemus a la vez que, por primera vez desde que llegó, miraba hacia donde estaba Rose.
Le intrigaba saber qué era lo que se traían esos dos, y más aún donde quedaba su hermano en toda la ecuación.
—Confío en ellos —respondió Rose y por tonto que fuera a él le gustó escuchar eso—. Síganme.