Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 8
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Lemus

—¿A dónde van las personas cuando mueren, mamá?

Tenía la cabeza recostada sobre el regazo de su madre, ambos se encontraban sentados en el tejado de su casa residencial en Londres, ese era su lugar secreto, ni siquiera su padre los interrumpía ahí.

Su madre acariciaba su cabello, que ya estaba un poco por debajo de la barbilla, mientras llevaba sus ojos grises, iguales a los suyos, hasta él.

—Mira hacia arriba, cariño, y dime qué ves.

Lemus obedeció a su madre y llevó la mirada hasta el cielo, que, a pesar de la capa de niebla de Londres, brillaba con el tintineo de las estrellas.

—Veo estrellas en el cielo —dijo, volviendo la vista nuevamente a su madre.

Ella le estaba dando una sonrisa tan grande y hermosa, que él sintió como su corazón se hinchó un poco dentro de su pecho.

—Ese es el lugar al que vamos. Cuando partimos nos convertimos en estrellas, y desde lo alto guiamos e iluminamos el camino de aquellos que amamos y que aún están aquí abajo.

Una opresión distinta a la que sintió antes se apoderó de su pecho.

—No quiero que tú seas una estrella, quiero que ilumines mi camino desde aquí abajo.

—Me falta mucho, mucho tiempo para serlo, niño mío. Pero algún día lo seré y te aseguro que para ti voy a ser la estrella que más brille.

La mañana siguiente de la misión, Lemus no pudo evitar pensar que esa había sido la mejor noche en mucho tiempo.

Y no se debía únicamente a la cama en la que durmió; que era inmensa, o el colchón tan suave como el mismísimo cielo; en realidad toda la habitación era asombrosa, sino más bien al hecho de que por primera vez desde la llegada del régimen se había sentido libre.

Pudo actuar cómo su corazón le pidió, justo cómo su madre siempre le dijo, y por unos minutos se sintió tan cerca de ella cómo cuando estuvo viva.

Sin embargo,  no iba a negar que la alcoba al estilo de la realeza no le ayudó del todo.

Por un momento lo llevó a los recuerdos de su infancia, cuando su padre lo llevaba al palacio y se hospedaban en la zona de empleados, aunque debía admitir que aquí tenía una vista mucho mejor.

La ventana le daba la vista completa del bosque; pero eso no era lo mejor de todo, el premio final era el baño que parecía sacado de una revista, cuando lo vio, no pudo evitar soltar una sonora e intensa carcajada.

—Esto debe ser una maldita broma —dijo, al ver la enorme tina empotrada en la mitad de la estancia donde podían caber al menos tres personas.

Sin pensarlo dos veces desabrochó sus pantalones y se los quitó tan rápido como pudo, se sacó la camisa y disfrutó de un muy merecido baño al estilo de la realeza.

Después del día anterior eso era como una pequeña recompensa.

Sin embargo, ni siquiera la espuma, las esencias o el tamaño de la tina podían hacer que dejara de pensar en todas las revelaciones del día anterior: tenían un infiltrado en el régimen.

Rose trabajaba para un levantamiento, el padre trabajó con la realeza.

Eran demasiadas cosas que asimilar y aun así su mente se detenía especialmente en la forma en la que ella lo miraba o en lo que esa mirada le hacía sentir. Tenía que parar.

Con un gruñido alejó ese último pensamiento de su cabeza y salió de la tina decidido a explorar el lugar, pero cuando entró al cuarto un sonido proveniente del bosque llamó su atención.

Se acercó a la ventana y encontró en medio de los árboles; sobre un columpio improvisado, a Rose.

Viéndola desde la distancia se percató que no parecía la intrépida, sarcástica y desesperante mujer que él conocía.

En ese momento lo que veía era a una chica que parecía estar cargando un peso demasiado grande sobre sus hombros.

Desde la ventana pudo ver como Rose inclinó la cabeza hacia atrás como quien quiere aspirar todo el aire hacia sus pulmones, su cabello casi pudo tocar la tierra bajo sus pies, y al verle el rostro se percató de algo más.

Tenía algo distinto, era como si estuviera viendo a la verdadera Rose por primera vez, sus facciones estaban relajadas, no había sonrisa burlona en sus labios, sin embargo, parecía triste.

Sin ser consciente de lo que hacía, alcanzó su ropa en los pieceros de la cama, se cambió lo más rápido posible y salió escaleras abajo, camino al bosque.

No estaba muy seguro de qué iba a decir una vez estuviera frente a ella, de hecho no sabía si ella querría que él le dijera algo, pero por alguna razón sentía la enorme necesidad de cerciorarse de que estaba bien.

La noche anterior había visto algo en su mirada que lo tenía inquieto, y no saber qué era lo estaba enloqueciendo.

Odiaba no poder distinguir los sentimientos en sus facciones, ella era tan, pero tan difícil de leer.

Rápidamente bajó las escaleras, atravesó el majestuoso pasillo que lo había hecho rabiar, para al fin salir por la puerta trasera e ir hacia donde estaba.

Ella ni siquiera se movió al escuchar sus pasos.

—¿Disfrutando la vista?

Rose giró la cabeza hacia él y luego volvió la mirada de nuevo al interior del bosque, aunque no miraba nada en realidad.

—Quiero estar sola, Lemus. —Tenía sus manos aferradas al columpio, y en voz baja agregó—: por favor, vete.

Lemus consideró irse, pensó que estaba siendo ridículo y que lo mejor era dejarle su espacio; lo correcto era respetar su pedido.

Pero en sus adentros sabía que algo andaba mal con ella, y el hecho de que hubiera utilizado las palabras “por favor” con él, solo se lo confirmaba.

Además, nunca se había detenido a hacer lo correcto; así que, arriesgándose, dio un paso hacia adelante hasta estar hombro a hombro con ella, y se encargó de llevar la vista más allá de los árboles, tal como la pelirroja estaba haciendo.

—Aún no puedo creer que en los tres meses que llevamos de conocernos, te hayas guardado este lugar para ti sola.

Pudo notar que Rose lo miró con el rabillo del ojo y parecía estar debatiéndose si decir algo al respecto o no.

—Primero debía saber si podía confiar en ti —respondió al fin, pero de inmediato pareció pensarlo mejor, porque agitó su cabeza y se corrigió—. En ustedes, quiero decir.

—Bueno, parece que pasamos la prueba, ¿eh? —levantó una ceja en su dirección y le sonrió tan socarronamente como hacía siempre que quería hacerla rabiar, pero ella se limitó a darle un pequeño asentimiento.

Estaba empezando a desesperarse. Rose seguía sin mirarlo directamente a los ojos, y fue ese simple gesto; el hecho de que no hubiera reproches, ni comentarios burlones; lo que hizo que las palabras salieran solas de sus labios, sin que pudiera o quisiera frenarlas.

—¿Qué pasa, bella? dime qué es lo que está mal.

No logró, ni por asomo, disimular la preocupación en su voz, esa preocupación que ni él mismo sabía de dónde provenía y que normalmente estaba reservada para su familia.

Ellos nunca habían estado en excelentes términos, siempre uno en el cuello del otro, siempre una competencia más que una amistad.

Sin embargo, había algo en ella que hacía que él se sintiera distinto, era como un sentimiento de familiaridad que lo hacía querer mantenerla a salvo.

Esta vez sí volteó a verlo, sus ojos lo estaban examinando a profundidad y esa mezcla de amarillo y verde parecía consumirlo y colarse en sus huesos.

—No tengo nada, solo quiero estar sola. —Un destello de rabia brilló en sus pupilas.

—No sabía que fueras tan mala mentirosa —contraatacó él.

Necesitaba hacerla hablar, y si enojada era la única manera en que lo haría… bueno, entonces se lo ponía realmente fácil, pues él vivía haciéndola enojar.

—Y yo no sabía que lo que a mí me pasara fuera de tu incumbencia —soltó ella, dándole al fin la cara—. Ni siquiera somos amigos.

Lemus sonrió ante ese último comentario.

—No. Somos cómplices, ¿no es así? —Un dejo burlón tiñó sus palabras.

Él aún no podía creer que ella le hubiera dicho a Sophia que no eran amigos.

Joder, llevaban tres meses conviviendo y si, peleaban más de lo que hablaban, pero siempre creyó que eso era parte de su relación, de su amistad.

Se veían casi todos los días y no todo era malo.

Habían reído, bebido y hablado casi hasta el amanecer sobre el mundo antes del régimen, pero, que para ella todo eso no fuese más que el medio para un fin, le dolió, mas, no iba a admitirlo.

Había sido como un disparo directo, no solo a su orgullo, sino a su corazón.

Rose dudó antes de contestar a su pregunta, y por un segundo pudo jurar que una ráfaga de dolor atravesó su rostro antes de volver a observar la nada.

—Sí, eso es lo que somos.

La desesperación comenzó a brotar de su interior. Él no era particularmente conocido por su santa paciencia y ahora mismo estaba a punto de perderla.

—Rose —habló casi en un susurro, se colocó frente a ella y agarró los dos extremos del columpio improvisado hasta dejarla en medio de sus brazos, obligando así a que lo viera—, sé que no es de mi incumbencia, pero también sé que a veces es más fácil abrirse con extraños que con los amigos más cercanos.

Ella posó sus ojos en él y lo observó en silencio, lo miraba como si estuviera descifrando sus gestos. Había algo en sus expresiones que eran como un déjà vu para él. Estaba deseando saber qué era lo que estaba pasando por su mente.

Estaba a punto de insistir en que hablara cuando, casi en cámara lenta, Rose extendió la mano hacia su rostro y tomó un mechón suelto de su cabello para ponerlo tras su oreja.

No se lo esperaba. Le sorprendió notar como ese simple gesto logró hacer que su pulso se acelerara.

Sin embargo, no se atrevió a mover un solo músculo del cuerpo, permaneció inmóvil en todo momento, temeroso de hacerla huir nuevamente a dónde estuviera su mente hacía un instante.

Cuando sus ojos se encontraron con los de la chica, ella se percató de lo que acababa de hacer y retiró rápidamente la mano; el rubor se apoderó de su rostro.

Él no dijo nada al respecto, no iba a hacer nada que pudiera hacerla irse.

—Bella, permíteme ser tu cómplice en esto. —Estaba grabando cada rasgo de su rostro, cada gesto en el que era ella y a la vez alguien completamente distinta a la que conocía.

En los ojos de Rose parecía estarse llevando a cabo una guerra campal en la que se decidiría si hablar con él o no. Cuando empezó a retirar sus manos del columpio, ella habló.

—Es doce de octubre —dijo en voz baja—. Hoy sería el cumpleaños de mi madre.