Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 7
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“Dicen que en la vida todos tenemos un secreto inconfesable, un arrepentimiento irreversible, un sueño inalcanzable y un amor inolvidable”.

Lemus

L emus quedó perplejo, tuvo que mirar a Melik a su lado y verlo igual de estupefacto que él para darse cuenta que no había escuchado mal

—Él nos pasó la información del camión.

Su boca se abrió totalmente del asombro, ¿cómo es que ella no les dijo nada de eso antes?

—Sé que tienes más preguntas —dijo Rose dirigiéndose directamente a él. Se escuchaba más cansada de lo que se veía —, pero ya son más de la una de la madrugada y creo que todos estamos agotados, mañana podemos seguir con esto.

Había cierta necesidad en las palabras de ella, una urgencia por finalizar el tema que logró hacerlo asentir en su dirección. Aun cuando Melik lo estaba viendo sin dar crédito a su reacción.

—Perfecto, entonces todos a dormir, hay cuartos listos para ustedes. Mañana terminaremos la charla y hablaremos del festejo —agregó Rose.

—¿Festejo?

Rose se giró y los miró a todos con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Pues claro. No todos los días se engaña al Régimen, por supuesto que vamos a festejar.

Rose

Un pequeño pájaro revoloteaba en sus manos, tenía una de sus alas ligeramente más inclinada hacia abajo que la otra; la niña supuso que se había lastimado, por lo que se encomendó la tarea de cuidarlo hasta que se recuperara.

Llevaba mucho tiempo pidiendo una mascota y creía que, si sus padres veían que podía cuidar del ave, entonces la considerarían lo suficientemente grande para darle la suya, tal como tenían Gabe y su hermano.

—¿Qué tienes ahí? —La voz de un niño casi le hace soltar al pequeño pájaro. Cuando inclinó el rostro se encontró con aquellos ojos azules como el mar— ¿Eso es un pájaro?

Rose no estaba segura si quería compartir a su pequeño amigo con nadie, pero, de nuevo, aquellos ojos que siempre la impresionaban, estaban viendo con emoción el pájaro, por lo que, sin pensarlo de más, abrió sus manos y le dejó ver el pequeño de plumas azules y blancas que se escondía allí.

Los ojos del niño se abrieron y sus labios formaron una sonrisa que ella imitó de inmediato.

—Es hermoso, ¿verdad? —El niño no contestó,  seguía viendo al ave mientras pasaba uno de sus dedos por el plumaje azul—, voy a pedirle a papá que me deje quedármelo.

Como si aquello lo hubiese invocado, la voz de su padre, seguida de otras más; que supuso eran los padres de su amigo; se escucharon en el jardín, y justo cuando Rose iba a correr para mostrarle su nueva mascota, el niño se la arrebató de las manos y, sin siquiera dudarlo, le partió el cuello.

Su gritó tuvo que haberse escuchado en toda la casa.

El día había sido una completa locura: el camión, la iglesia, los secretos saliendo a la luz.

Demasiado, aunque, a decir verdad, los últimos dos meses no habían sido distintos.

Y ahora, casi a las dos de la madrugada, llevando su camisón de dormir preferido; que no era más que un vestido a tiras de seda color crema que acababa justo en el inicio de sus muslos; no lograba cerrar los ojos.

Seguía dando vueltas en su cama por cuarta vez, intentando que Morfeo se apiadase de ella y la arrastrase al mundo de los sueños. Giraba sobre su espalda cuando alguien tocó la puerta.

Se sentó en la cama como un resorte y el nerviosismo se apoderó de su cuerpo pensando que tal vez lo había imaginado, pero no pasaron ni cinco segundos cuando el golpe en la puerta se repitió.

Ella saltó de la cama para abrir, y el pensamiento de un par de ojos grises pidiendo explicaciones atravesó su mente.

Dudó antes de agarrar el pomo y hacerlo girar, pero cuando al fin se decidió y abrió la puerta, el sentimiento entre decepción y alivio la invadió, pues quien estaba frente a ella era Enzo.

—¿Esperabas a alguien más?

Imaginó que su rostro debía mostrar lo confundida que se sentía, así que trató de recomponerse lo más rápido que pudo.

—No, por supuesto que no. —Se apresuró a contestar—. De hecho, no esperaba a nadie a las dos de la mañana.

—Lo sé, lo siento —dijo en voz baja el castaño, dando un paso dentro de la alcoba—. Pero tú y yo tenemos que hablar, Rose.

El ambiente estaba tenso, ella sabía que tenían una conversación pendiente, pero no esperaba tenerla en ese momento, mucho menos luego de todas las revelaciones del día, estaba sobrepasada.

De hecho, hacía unos meses habría sido ella quien lo buscara para aclarar las cosas, pero ahora ya no se sentía de la misma manera.

Si, seguía queriendo escuchar una explicación, pero el dolor y el vacío que le habían quedado con su partida ya no estaban.

Dejó salir el aire que acumulaba en sus pulmones, caminó directo a su cama y se sentó cruzando los pies.

—Te escucho.

Enzo siguió sus pasos y se recostó junto a ella con cierta cautela, como un niño tratando de no espantar un pájaro. El gesto le dolió, el ver en lo que ambos habían quedado le estaba doliendo más que el abandono.

—Te he echado de menos. —La mano de Enzo se fue acercando a la suya.

Ella se limitó a mirarlo a los ojos antes de apartar la mano.

—No puedes hacer esto, Enzo. No es justo.

—Por favor, Rose, solo déjame explicarte. —Había urgencia en su voz y su mano volvió alcanzar la de ella y esta vez no lo apartó—. Por favor.

—Te fuiste —dijo al fin, liberando las palabras que había tenido atascadas durante meses en la garganta—. Te fuiste por más de ocho meses, en un viaje que se suponía, era de los dos.

Sus palabras salieron directas, como un golpe sobre una herida ya abierta, dejando a Enzo indefenso.

La mirada de dolor que surcó su rostro solo logró hacerla sentir peor.

Ella no intentaba lastimarlo, pero tampoco podía fingir que nada había pasado, que el tiempo no había corrido y que a final de cuentas él no la había abandonado.

—Traté de protegerte.

Rose lo miró fijamente. Esa era la frase escrita en la única nota que le dejó tras su partida: “Lo hago para protegerte”. Podía sentir su sangre hirviendo al volver a escucharlo.

—¡Nunca te pedí que me protegieras, y tampoco debiste dejarme!

Sin poder quedarse quieta se levantó de un golpe de la cama, y se dirigió hasta el extremo opuesto a donde Enzo se encontraba.

Rose odiaba que siempre se excusara bajo ese pretexto. Se suponía que ambos irían a visitar las distintas ciudades cercanas para recoger información sobre el Régimen y de paso, pasar por las demás casas seguras.

Muy pocas veces; luego de la muerte de sus padres durante el levantamiento; Rose se había permitido sentir algo por alguien.

La pérdida de sus amigos, la traición y el dolor de primera mano siendo una niña endurecieron su corazón.

Pero cuando al fin lo abrió, cuando creyó que había encontrado a alguien para ella, nunca esperó que él la abandonara.

Tal vez exageraba, puede que no fuera nada, pero ese viaje había sido importante para ella, significaba el inicio de todo.

Sin embargo, solo le sirvió para descubrir que no estaba lista para volver a quedarse sola.

—Eso ya lo sé, me tocó aprenderlo de la peor manera. —Con mucha cautela Enzo se puso de pie y fue acercándose a ella—. Solo quiero que me perdones.

No se dio cuenta de en qué momento Enzo llegó de nuevo frente a ella y sostuvo sus mejillas suavemente.

Rose era consciente de su pulso acelerado, se sentía mareada; era una sensación demasiado familiar; una sensación que hizo que su cuerpo despertara ante la urgencia de sentir algo, lo que fuera.

Y el muro que tenía a su alrededor, ese que había hecho piedra a piedra con sangre y sudor,  cayó poco a poco con la cercanía y calidez de su cuerpo.

—Maldita sea, Rose. Sabes que te amo. —Y con eso unió sus labios a los de ella en un beso necesitado.

Ella se dejó llevar por el beso, sus labios eran suaves, delicados.

Él la había tratado siempre de esa manera, como si fuera una rosa que necesitaba ser protegida del mundo y ella lo amó por eso, realmente lo hacía, porque en medio de un mundo tan cruel él era toda la seguridad que tenía.

Pero las cosas estaban cambiando, ya nada era como antes.

Estaba lista para dar pelea, ya no necesitaba que la mantuviera alejada del peligro, sino a alguien que se adentrara en el peligro junto a ella.

Y fue justo eso lo que la hizo tomar impulso y cortar el contacto.

—No. —La voz se le escuchaba agitada y las mejillas las tenía encendidas—. No puedo hacerlo.

Enzo la miraba con los ojos llenos de agonía. Y en su interior podía sentir como su corazón se estrujaba. Ella lo amaba, claro que sí, pero ya no lo hacía de la manera en que él quería.

—Rose, por favor.

—Me pediste que te perdonara, y ya lo hice, hace mucho tiempo —dio dos pasos lejos de él—. Realmente me alegra que estés aquí, no sabes cuanto, pero no puedo hacer esto.

—Rose... —Ella levantó una mano para evitar que siguiera hablando, no podía soportarlo, si él se rompía ella lo haría con él.

—No puedo no quererte Enzo, no después de todo lo que hemos pasado, pero debes entender que ya no es como antes. Tú lo decidiste así el día que te fuiste, no yo —agregó casi en un susurro.

Sentía que el mundo le daba vueltas, no era su intención lastimarlo, a pesar de todo, él había sido su apoyo y su amigo antes que su pareja. Y por el amor que aún le tenía era que las cosas no podían ser como antes. En esos últimos meses algo había cambiado; ella había cambiado.

Sin decir palabra, Enzo le dio la espalda, caminó hasta la puerta de la habitación y la atravesó sin mirar atrás.