Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 6
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Enzo

R ealmente anhelaba volver a casa. En los meses que había pasado lejos había echado mucho de menos su hogar y en especial a Rose.

Nunca habían estado tanto tiempo separados y estos últimos meses se sintieron como una eternidad.

No veía la hora de hablar con ella y aclarar las cosas, pues desde que volvió todo giraba en torno a la misión y los nuevos “aliados”, así que no habían tenido un momento a solas aún.

Y en el bosque, desde que se fue en la motocicleta con ese sujeto, no había quedado tranquilo. Por eso, cuando al fin estuvieron en la iglesia, se apresuró a entrar lo más rápido posible.

Los mellizos se habían quedado perplejos del asombro analizando la estancia, de la cual aún no les habían hablado, de hecho estos nuevos aliados no sabían prácticamente nada de ellos o de lo que era este lugar en realidad.

Ambos hermanos de cabellera rubia y belleza delicada parecían una pieza más de la decoración.

Él les prometió respuestas cuando llegaran a su destino, donde ya el resto debía estar esperándolos, y fue así como atravesaron la sala en silencio, avanzaron más allá de las escaleras hasta toparse con unas puertas dobles de madera; cuando estuvieron frente a ellas tocó, no importaba que fuera su casa, siempre era mejor tocar.

Solo pasaron cinco segundos para que se abrieran de par en par y un hombre de avanzada edad les diera la bienvenida.

—Ya estaba empezando a preocuparme —dijo el padre Sirilo mientras atraía a Enzo en un cálido abrazo.

El sacerdote, quien lo había criado desde que era casi un bebé,  era de contextura delgada y tenía su cabello rubio, corto y salpicado de canas por todas partes; con unos grandes y vivaces ojos cafés que resaltaban su rostro en el que ya se le dibujaban algunas arrugas; síntomas de la edad.

—Lo lamento, vinimos tan rápido como pudimos —se excusó entrando en la estancia—. Estábamos evitando las calles principales.

El cura le brindó una sonrisa cómplice, al mismo tiempo, giró sus ojos hacia los mellizos que seguían viendo todo desde su sitio. Pero, antes de poder invitarlos a pasar, una voz resonó desde el interior del salón.

—¿Qué están esperando para entrar? Les prometo que nadie los va a morder.

Era Rose, y tenía los ojos fijos en él. Esos que para Enzo eran como oro y llamas que tanto extrañaba. En ese instante se olvidó por completo del público que los rodeaba, se dirigió con un par de zancadas hacia donde ella estaba y la estrechó con fuerza contra su pecho.

—Ya estamos todos. —El sonido tosco de una voz proveniente de la esquina lo hizo soltarse de Rose—. Creo que ahora puedes explicarnos dónde demonios estamos.

No le gustaba para nada la manera en que ese tipo, Lemus,  le hablaba a Rose, y, aunque sabía perfectamente que ella podía defenderse sola, no pudo evitar decir:

—Modera tu tono.

Lemus se limitó a mirarlo con expresión divertida, pasando la vista de él a Rose, antes de dirigirse a ella.

—Vaya, no sabía que contabas con un defensor personal, bella.

La paciencia comenzaba a escurrirse fuera de su cuerpo.

—¡Ay! por favor, solo cállate, Lemus. —Rose interrumpió y enfrió la rabia que comenzaba a crecer en su cuerpo.

—Creo que los tres deberían callarse, están comportándose como un par de niños, por amor de Dios —dijo Melisandre y se sentó casualmente en uno de los asientos que estaban vacíos al lado de Lemus. Ella parecía ser la única sensata.

—Coincido completamente con la señorita. —El padre Sirilo había cerrado la puerta y los estaba viendo a todos con el ceño fruncido.

La vergüenza lo invadió en cuanto el silencio reinó en el lugar. Realmente había actuado como un niño pequeño o un perro marcando territorio, aun cuando sabía que no había ninguna razón para hacerlo; el padre se acomodó en su asiento, paseando la vista por todos antes de decir:

—Ahora sí, pregunta lo que quieras, muchacho —dijo, haciendo un ademán con la mano para darle la palabra a Lemus.

Lemus

Había tantas cosas que quería preguntar en esos momentos que su cerebro no podía concentrarse en encontrar solo una.

Para empezar estaba el hecho de que eso no era en definitiva una iglesia, luego le seguía la cantidad exorbitante de lujos que había dentro del lugar, pero la cereza del pastel, y lo que lo tenía con los nervios de punta, era el enorme cuadro que estaba colgado a sus espaldas.

Al llegar, Rose los había dirigido por los pasillos hasta que finalmente pararon frente a unas puertas dobles de madera.

La habitación era amplia, tenía en el centro una gran mesa ovalada rodeada de sillas y al fondo había un escritorio que parecía ser de roble, sobre el que reposaba una montaña de papeles desparramados.

Pero lo que lo dejó sin habla fue el cuadro que estaba colgando en la pared, era un enorme retrato de los difuntos reyes de Inglaterra, derrocados del poder por el nuevo régimen.

Sus ojos casi se salen de sus cuencas al ver la imagen.

En ella aparecían el rey y la reina junto al príncipe, que en ese momento tendría unos doce años, y la princesa, que en el cuadro se veía como una niña pequeña, parecía tener alrededor de los cinco años.

Lo que significaba que el cuadro era antiguo, pues si bien recordaba, los príncipes ya eran un poco mayores cuando todo ocurrió.

Lemus llevaba años sin ver esos rostros, prácticamente había olvidado cómo eran, pues el régimen había prohibido que se tuvieran retratos o cualquier alusión a la familia real desde su exterminio; de hecho, era considerado un acto de traición hacerlo.

Incluso el internet estaba controlado, monitoreado por servidores que bloqueaban cualquier búsqueda sobre la antigua monarquía.

Lo poco que las nuevas generaciones sabían de ellos era lo que el régimen tenía como versión oficial y era enseñada en las escuelas,  así que ahí estaba la pregunta que daba vueltas por su cabeza: ¿qué era realmente ese lugar y quién era en realidad Rose Fleming?

Miró de reojo a Melik quien estaba escudriñando todo el lugar con desconfianza, y luego paseó la mirada por el resto de los presentes terminando en Rose, quien se encontraba sospechosamente callada.

—Quiero saber qué es este lugar y porque guardan cuadros de los reyes caídos, y no me diga que es una iglesia porque obviamente no lo es.

El padre curvó las comisuras de su boca con una media sonrisa y abrió los brazos hacia la mesa que se encontraba en el centro, invitándolos a sentarse.

—Permíteme decirte muchacho, que estás equivocado. —La voz del padre era pausada y firme a la vez, como solo la saben emplear aquellos que llevan años dedicándose a la oratoria—. Esta sí es una iglesia, solo que no del tipo convencional.

—¿Qué se supone que significa eso? —La pregunta de Melik salió agresiva de sus labios, pero él sabía que estaba más nervioso que otra cosa.

Sin embargo, Rose clavó sus ojos en el chico rubio al instante.

—Cuida como le hablas.

—Él no ha dicho nada malo. —La defensa a su hermano salió de inmediato—. Su pregunta es tan válida como nuestra desconfianza ahora mismo.

Fue consciente del impacto de sus palabras en Rose.

Él mismo estaba sorprendido por lo que había dicho, pero no mentía.

Toda esa situación; su vida, su pasado y la mierda que los rodeaba día tras día; lo había vuelto suspicaz, incapaz de bajar la guardia.

El haber aceptado a Rose y el robo que acababan de hacer, eran para él un paso monumental de confianza que acababa de irse a la basura.

El cura puso una mano sobre el hombro de la chica, mientras que con la otra masajeaba el puente de su nariz.

Se veía cansado y a la vez acostumbrado a este tipo de reacciones.

—Lo que trato de decir, es que no están en una iglesia común y corriente —retomó la conversación—. Sino en una de las que se utilizaban como casas seguras por la realeza. La entrada por la que ingresaron es la secreta. En la parte de adelante y los laterales hay dos más que son las oficiales.

Un silencio absoluto se apoderó del lugar. Aún intentaba asimilar lo que acababa de escuchar cuando, casi por instinto, buscó a Rose con la mirada. Ella alzó el rostro en ese mismo instante y sus ojos se encontraron.

Rose lo observaba como si esperara algo de él, aunque no supiera qué, y esa expectativa lo puso nervioso. Antes de que pudiera reaccionar, ella se levantó, rompiendo el momento.

—El padre trabajaba con la realeza —dijo Rose—. Cuando todo se fue a la mierda, nadie visitó ninguna de las casas seguras, al parecer el Régimen no sabía de ellas cuando tomó el poder.

—¿Casas? —la pregunta se resbaló sola de sus labios, su cerebro iba a explotar en cualquier momento; mientras su mirada se intercalaba del cura a Rose, pero esta vez fue Enzo quien contestó:

—Sí, están repartidas por todo el país, ahí es donde…

—Cómplices, ellos son los cómplices —Melik lo cortó antes de que el chico terminara la frase. La palabra salió casi en un susurro. Enzo les estaba sonriendo ampliamente.

—Así es, he pasado los últimos meses visitando algunas ciudades y casas seguras, viendo qué tan fuertes están las alianzas.

«Cómplices». La mente de Lemus voló a mil por hora.

Pudo sentir como cada neurona de su cerebro funcionaba para tratar de darle sentido a toda esa situación; si lo que estaban diciendo era cierto, entonces lo que ellos habían realizado no era un simple atraco.

Eso era una revolución y ellos se encontraban en medio de ella.

A pesar de ser una completa locura, un suicidio seguro, y que Rose les había mentido e involucrado deliberadamente, la emoción se apoderó de su cuerpo y un sentimiento salvaje, casi primitivo, acabó despertando en su interior.

Sin embargo, había otra cosa que le intrigaba.

—La información de los camiones, los viajes y suministros —comentó con cautela—. ¿Cómo es posible que las otras iglesias sepan cosas como esa?

El padre Sirilo compartió una mirada con Rose y Enzo antes de darle un leve asentimiento con la cabeza a la pelirroja. Rose se pasó las manos por el cabello y sus ojos se volvieron a encontrar por un segundo antes que empezara a hablar.

—Tenemos un infiltrado en el Régimen.