5
“Todos necesitamos alguna vez a un cómplice.
Alguien que nos ayude a usar el corazón”
—Mario Benedetti
Rose
E staba ansiando llegar, el clima estaba helado, como de costumbre, y la chica sentía que el aire le cortaba cada vez que tocaba su piel.
Sus dientes castañeaban sin parar y la delgada tela del ridículo chal que llevaba puesto no ayudaba para nada.
Se reprochaba mentalmente por haber dejado la gabardina olvidada.
En eso, sintió que algo se deslizaba sobre sus hombros e impregnaba su cuerpo de calidez.
—Estás temblando, bella. —El aliento de Lemus hizo cosquillas en su cuello, mientras su chaqueta la cubría del viento.
Incrédula, y sin saber bien qué contestar, le agradeció en un murmullo casi inaudible, pero por el suave apretón que el castaño dio en su cintura, supo que la había escuchado.
Las cosas entre Rose y Lemus nunca habían sido perfectas.
Vivían a la defensiva, listos para lanzarse una indirecta ante el menor descuido, y ella lo sabía, buena parte de esa tensión nacía de su propio miedo.
Lemus quiso conocer la iglesia cuando sellaron la alianza, hablar con el padre, entender su mundo, pero Rose no se lo permitió.
Inventó excusas que ni ella misma creyó, y aunque notó en su mirada que él dudaba, decidió respetar sus límites.
Rose, en cambio, apretó los dientes y esperó, agradeciendo en silencio esa paciencia.
Pero al final, esa contención solo consiguió que sus discusiones se volvieran más frecuentes.
Ahora lo llevaba agarrado de su cintura directo al lugar que había servido de casa para ella en el último año.
Ya alcanzaba a ver la iglesia de cerca, sus grandes picos destacaban desde la distancia, y el campanario se veía imponente, Era imposible no verla.
La pintura estaba desgastada por el paso de los años, por lo que se tornaba algo grisácea, pero con eso y todo, era magnífica.
Llegaron primero que los demás, como era de esperarse.
Era la primera vez que llevaba a alguien a ese lugar y se sentía nerviosa; siempre había estado sola con Enzo, por eso le costaba un poco estar rodeada de personas y más aún confiar.
Pero ese había sido un buen día; la misión resultó todo un éxito, lograron cargar todos los suministros antes de que los conductores despertaran y se marcharon sin dejar rastro.
El viaje de regreso tampoco había estado tan mal.
La puerta de la iglesia se abrió de repente, y una enorme bola de pelos entre amarilla y naranja salió por ella.
—¡Misifuz! Regresa inmediatamente dentro —gritó una mujer a un gato, que apenas podía caminar de lo gordo que estaba. Era Sophia, la ama de llaves.
Ella y el padre habían sido los responsables de la educación de Rose y Enzo, los habían criado y amado como si fueran una familia, eran todo lo que tenía; por eso, cuando vio a la mujer, fue inevitable que una gran sonrisa se dibujara en su rostro.
—¡Sophia! —Rose se encaminó a zancadas hacia ella— ¿Qué estás haciendo despierta? Es más de la medianoche.
Sophia era una de las personas más bondadosas que existía, con esos grandes ojos cafés y el cabello rubio y liso como la seda, el cual siempre llevaba en un perfecto moño amarrado en la nuca.
Era alta y tenía una figura esbelta que la hacía parecer de la realeza; a Rose siempre le había parecido absurdo que no se hubiera casado.
—La última vez que me fijé, ya era mayor para que me pusieran horas de dormir.
—Sabes a lo que me refiero, si el Régimen te ve afuera… —No pudo terminar lo que estaba diciendo porque Sophia tenía la mirada fija en algo, o más bien en alguien a sus espaldas.
«¡Mierda!». Se había olvidado por completo de Lemus.
Poco a poco se separó de Sophia, dio un giro y se encontró de frente con la mirada intrigada de Lemus, quien la estaba observando encantado.
—Disculpe —dijo él dirigiéndose a Sophia—. No era mi intención interrumpir.
Rose puso los ojos en blanco, estaba buscando lucirse, y por lo visto Sophia cayó redondita.
—¡Oh! no te preocupes, muchacho. —La mujer paseó la vista entre ambos, mientras ampliaba la sonrisa—. Hace tiempo que quería conocer a los nuevos amigos de mi Rose.
Lemus le devolvió la sonrisa a Sophia, una grande y encantadora que Rose no pudo evitar ver, hacía resaltar un hoyuelo en su mejilla derecha. Cuando se percató de su mirada, la sonrisa en sus labios se volvió felina mientras le dedicaba un guiño.
«Imbécil, imbécil, imbécil».
—No somos amigos. —Ese era su infantil intento de venganza, pero nada más decirlo un nudo se formó en su garganta.
Ambos la miraron al instante; Sophia tenía el ceño fruncido con expresión interrogante y Lemus solo se limitó a verla. Toda sonrisa desapareció junto con aquel hoyuelo de su rostro, y entonces, él dio un paso hacia donde ella se encontraba.
—Y entonces ¿qué somos, bella?
Rose estaba tratando de buscar una respuesta, pero con sinceridad, no sabía exactamente qué decir. ¿Eran amigos? Ella no lo sabía, no recordaba cuándo fue la última vez que se permitió tener un amigo nuevo aparte de Enzo, y con él, las cosas no habían acabado precisamente bien.
Pero desde que conoció a Lemus en el bar no habían interactuado mucho más allá que no fuera sobre los planes contra el Régimen; algo que era totalmente su culpa. Sin embargo, era consciente de que no eran unos desconocidos, ellos eran… algo más.
Sin apartar la mirada respondió:
—Somos cómplices. Cómplices de la misma realidad.
La seguridad en sus palabras salió con más fuerza de la que en realidad sentía y Lemus ladeó la cabeza analizando su respuesta; un cielo de tormenta se veía en esos ojos y una pequeña y triste sonrisa se asomó en sus labios, pero no dijo nada, no la contradijo y eso por alguna razón le dolió.
Rehuyendo a su mirada se agachó para alzar en brazos al gordo gato que había llegado hasta sus pies ronroneando para llamar la atención y se dispuso a entrar en la iglesia, pero no sin antes notar la mirada triste que le dio Sophia a Lemus ni mucho menos el tono en su voz cuando le dijo:
—Deberíamos entrar, muchacho, está helando acá afuera.
Melisandre
El viaje en el camión fue toda una tortura, Melik no dejaba de lanzar miradas furtivas al chico nuevo, mientras que él no paraba de disculparse por lo sucedido.
Estaba a punto del colapso, nunca había sido partidaria de las discusiones pues se consideraba a sí misma una persona tranquila, más dada a ayudar que a cualquier otra cosa, bueno, a menos que sucediera algo que la hiciera salir de sus casillas, por lo que decidió aliviar la tensión.
—¿Cómo es que no te habíamos visto nunca?
Enzo giró la cabeza hacia ella, y su cabello, ya no tan perfectamente peinado, cayó sobre sus ojos, los cuales la miraban sorprendidos por la pregunta o más bien porque ella le preguntara algo teniendo en cuenta los hechos.
Ella le regaló una sonrisa invitándole a hablar y él, con algo de nerviosismo, le devolvió el gesto.
En el acto, unos pequeños hoyuelos se formaron en sus mejillas y unas arruguitas se posicionaron en sus ojos cuando sonrió.
—No estaba en la ciudad —respondió, volviendo a poner la vista en el camino—. Me encontraba en las ciudades vecinas, reuniéndome con unas personas. Hace apenas unos días que volví.
Sentía curiosidad por saber quiénes eran esas personas, pero antes de poder preguntárselo, su hermano se le adelantó.
—¿Qué personas?
Sin apartar la vista de la carretera, Enzo sonrió de medio lado y dijo:
—Cómplices.
El resto del camino transcurrió en silencio, no podía dejar de pensar en lo que acababa de decir Enzo, ¿quiénes eran esos cómplices?
y ¿por qué Rose no les había hablado de ellos?
Su mente no dejó de dar vueltas hasta que llegaron a la iglesia.
Hacía mucho tiempo que sentía curiosidad por conocer el lugar, a pocas personas de Nottingham les gustaba ir allá, pues decían que era un poco siniestro; pero ahora, viéndola de cerca, podía decir que siniestra no era la palabra que la describía, sino más bien: antigua y maravillosa. Como salida de un cuento.
Se apresuró a bajarse del camión para poder contemplarla mejor. Todo le parecía maravilloso, se metió en un estado de ensoñación detallando todo; fue así como notó que la motocicleta de Rose ya estaba aparcada en un extremo del lugar.
El terreno era inmenso, y estaba rodeado de todo tipo de árboles; en la parte derecha, se lograba ver un columpio que colgaba de la rama de un árbol, y fue inevitable para ella no preguntarse en ese momento, como habrá sido la vida de Rose al haber crecido en un lugar como aquel.
Ella había perdido a sus padres también, pero al menos tenía a Melik y a Lemus.
Como siempre ocurría, su mellizo adivinó lo que estaba pensando.
—Debió ser… interesante, crecer en este lugar.
Antes de que pudiera contestar, la voz de Enzo resonó a sus espaldas:
—Esta no es la iglesia en que nosotros crecimos, hace apenas un año que llegamos aquí. —Siguiendo la mirada de Mel, agregó con una media sonrisa—. Ese columpio lo puso Rose allí, le gusta estar sola.
—¿Nosotros? —La curiosidad era clara en la voz de su hermano—. Es decir que Rose y tú crecieron juntos.
—Sí, ya habrá tiempo de contarlo todo.
Melisandre se limitó a asentir con la cabeza, clavando su vista en un punto en el horizonte, avergonzada de que la hubieran descubierto hablando de ellos a sus espaldas, pero lo cierto era que había muchas cosas que no sabían.
Enzo se adelantó sin decir una palabra, atravesando las grandes puertas del lugar, que ella ni siquiera había notado.
La puerta de acceso estaba escondida entre maleza, piedras y hierba, si Enzo no hubiese caminado hacia ella, no habría podido adivinar que estaba ahí.
Cuando entró se quedó sin palabras. Si por fuera era maravilloso, por dentro robaba el aliento.
Especialmente porque no era una iglesia.
La gran sala que los recibió se extendía en forma de media luna, y estaba amoblada con hermosos sillones de terciopelo color crema y azul, y una gran lámpara de araña colgaba con cristales sobre sus cabezas.
Al fondo se divisaba una enorme escalera en forma de caracol que daba paso al segundo piso, y detrás de esta, más salones que se perdían en la distancia.
Melisandre tenía los ojos como platos mientras detallaba todo el lugar.
Con la boca desencajada por el asombro, miró a su mellizo solo para darse cuenta de que estaba tan perplejo como ella.
Siguieron avanzando y vieron a su izquierda una hermosa cocina abierta, que tenía en el centro un pequeño comedor rústico que no encajaba para nada con el resto de la casa.
Sin embargo, se notaba que había sido usado con mucha frecuencia.
—Pero… esto… se suponía que era… ¿en dónde estamos? —Las palabras le salían atropelladas de los labios y su vista se paseaba por el lugar—. Esto no es una iglesia.
—No. —Enzo miraba ambos con el semblante serio—. Esta es nuestra casa —dijo haciendo un gesto con las manos para abarcar el lugar—. Ahora vamos, deben estar esperándonos.