Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 4
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Lemus

E l camión que se acercaba era un furgón antiguo, nada en comparación con los que utilizaban los militares, grandes y ostentosos.

Frenó justo delante de ellos; la puerta del conductor se abrió y un joven, tal vez de unos veintidós años, bajó del vehículo.

Casi alcanzaba la altura de Melik, tenía los ojos color café, el cabello oscuro peinado hacia atrás con un rizo rebelde sobre la frente y la ropa perfectamente arreglada.

Parecía un niñito de papi y mami, y miraba a Rose como si fuera la octava maravilla del mundo.

Estaba a medio respiro de hablar cuando Rose salió disparada de donde estaba y se lanzó a los brazos del recién llegado, solo para que él la atrapara en un gran abrazo mientras le susurraba algo al oído; era la primera vez que ella se mostraba afectuosa desde que la conocía, y ver eso, por alguna razón, le generó una sensación desagradable en el cuerpo.

—Se nos agota el tiempo —dijo Lemus, llamando la atención de ambos. Demasiado tarde se dio cuenta que tenía los ojos de Melik fijos en él.

—Tienes razón. —Rose se separó y Lemus notó que su rostro había adquirido un leve tono rosa—. Enzo, estos son Lemus y Melik, las personas de quienes te hablé.

Enzo miró a ambos por un instante, los estaba evaluando.

Él por su parte no se movió ni un centímetro de donde estaba y se encargó de tomar cada detalle del recién llegado.

Puede que Rose confiara en él, pero eso no significaba que ellos también tenían que hacerlo, pues ni siquiera lo conocían.

Al final Enzo se acercó y les tendió una mano que ambos aceptaron, para luego retirarse hacia el camión militar que seguía abierto.

—No se queden ahí parados. —La voz de Rose llegó alta y clara a sus oídos—. La comida no va a descargarse sola.

De esa manera empezaron a pasar todo de un camión a otro. Y honestamente lo hicieron a tiempo récord. Cuando acabaron, aún les quedaban diez minutos para que llegara la medianoche.

—Llama a Mel —habló dirigiéndose a su hermano—. Es hora de irnos.

Nadie quería ser descubierto en la calle cuando llegaba el toque de queda.

Los métodos de castigo implementados por el régimen rayaban en lo sádico, era como si un día hubiesen decidido abrir un libro de historia y sacar todos los métodos de tortura, castigo y asesinato antiguamente utilizados y traerlos de regreso.

La prueba estaba en el gran poste montado en la plaza principal de la ciudad donde se llevaban a cabo los azotes.

—¿Quién es Mel? —Enzo tenía el ceño fruncido y miraba a Rose expectante.

No entendía qué era lo que tenía el recién llegado que le molestaba tanto. Era como una piquiña bajo su piel. Realmente ni siquiera lo conocía y él no era de tomar juicios apresurados contra las personas; pero su sola voz hacía que le dieran ganas de estamparlo contra la pared.

—Es la hermana de Melik, ha estado haciendo guardia.

—Rose le sonreía de una manera que en los últimos dos meses Lemus nunca le había conocido.

Ella era hermética, cerrada, nunca hablaba de nada más que lo profesional, no compartía con ellos.

Era una aliada y solo eso. Pero no con Enzo—. Fue quien nos avisó que venías.

Había algo entre ellos, cierta familiaridad y cercanía que Lemus no sabría descifrar.

No podía asegurar que estaban saliendo o tal vez solo eran amigos, aunque tampoco es que le importara, se dijo.

En realidad solo sentía un poco de curiosidad por saber quién era él y de donde se conocían, pues ya de por sí la historia de Rose era casi un misterio.

Lemus tenía la esperanza de que con la llegada de Enzo algo de eso cambiaría.

Estaban cerrando las puertas del furgón cuando se escuchó un ruido proveniente del bosque y, antes de siquiera poder tocar sus armas, el niño de papi había sacado una flecha de la enorme ballesta que cargaba a la espalda.

Estaba apuntando directo a la frente de Mel.

Su hermana se quedó atónita, mirando al extraño con los ojos abiertos como platos, antes de dirigir una mirada aterrada hacia él. Su cuerpo bramó de ira.

—¡Je! Cálmate, ella es Melisandre —se apresuró a decir Rose al mismo tiempo en que Melik, rojo de la ira, gritaba:

—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!—Él quería hacer eco de sus palabras. Le estaba tomando todo su autocontrol para no estampar al nuevo contra algo.

Enzo bajó rápidamente la ballesta y se quedó mirando a Mel con la sorpresa y la vergüenza pintada en el rostro. En ese momento Lemus sintió una chispa de simpatía por el idiota.

—Yo… —En su voz solo remarcaba el hecho de que estaba avergonzado—. Lo lamento —logró decir al fin.

Estaba a punto de decir algo al respecto, pero Rose le lanzó una mirada asesina en la que advertía que se quedara callado, así que apretó los labios y se decidió a imaginar las mil maneras en que podía golpear al recién llegado. Pero mirar la cara asustada de su hermana no ayudaba.

Se tragó sus palabras y subió al camión, listo para acabar con ese día. Ya solo quedaban cinco minutos para la medianoche, estaba ansioso por irse, pero Rose le frenó poniendo una mano sobre su pecho.

—Tú viajas conmigo —le dijo sin siquiera mirarle a los ojos.

Cuando ella vio que él no tenía intenciones de moverse, señaló el camión y agregó:

—En la cabina solo hay espacio para tres personas, alguien debe venir conmigo en la moto.

—Antes de que él pudiera hablar levantó una mano y empezó a enumerar con los dedos—.

Enzo es quien maneja. —Levantó el primer dedo—.

Supongo que Melik querrá ir con su hermana.

—Levantó dos dedos más y posó su mirada en él—.

Así que a menos que quieras irte caminando, vendrás conmigo.

La observó por un instante y, aunque al principio pensó en discutir, en los últimos meses había aprendido a conocerla; ahora sabía que existía una mejor manera de hacerla rabiar.

Solo una cosa lograba sacar a relucir un poco de la verdadera Rose, escondida bajo toda esa seriedad.

Se acercó un paso más hasta donde estaba y dejó que una sonrisa coqueta se dibujara en su rostro antes de que la risa escapara de sus labios.

—¿Qué es tan gracioso? —inquirió Rose con la frente arrugada al tiempo que hacía un mohín con sus labios.

Él amplió más la sonrisa antes de acercarse a ella.

—Si quieres que te sujete de la cintura, solo debes pedirlo, bella.

El calor invadió el rostro de Rose al mismo tiempo que la satisfacción llegó a él, quien no podía asegurar si el sonrojo era de vergüenza o de rabia, pero, de cualquiera de las dos formas, se daba por bien servido. Rose le lanzó una última mirada iracunda antes de dirigirse a Enzo.

—Nos vemos en la iglesia, date prisa.

Ninguno de ellos había ido nunca a la iglesia donde vivía Rose, cada vez que se encontraban lo hacían en sitios estratégicos y públicos para evitar sospechas.

Como en el bar “El Dragón”, aunque al inicio eso pareció llamar aún más la atención de la gente, pero con el pasar de los meses, justo como pasaba con todo, el interés se fue perdiendo.

Así que ahora estaba bastante intrigado; al fin irían allí.

Se adentraron al bosque para llegar a la motocicleta que estaba oculta entre los árboles.

Rose le ofreció un casco mientras subía y encendía el motor; cuando estuvo sentado, ella giró un poco la cabeza para mirarle haciendo que sus rostros se rozaran.

Nunca habían estado tan cerca, y ahí, viendo sus ojos a tan solo unos centímetros, volvió a sentir que ya los conocía.

—Sujétate duro, lobo.

—Como gustes, bella .

Al fondo las campanas empezaron a sonar fuerte y de forma continua.

—Ya es medianoche, dijiste que a esta hora recibiríamos el mensaje de que todo estaba despejado —comentó casi gritando para que ella lo escuchara a través del sonido del viento.

—Y lo recibiste. —Lemus no pasó por alto el tono jocoso que utilizó—. Justo ahora lo acabas de hacer.

Se quedó callado por un segundo, incrédulo y con el ceño fruncido.

—¿Las campanas?

—Sí, las campanas. —Ahora Rose estaba riendo—. Son el llamado de las bestias.