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Melik
«¡O h! ¡Dios mío!, ¡esta chica está loca de remate!
», fue lo primero que pasó por su mente cuando le dijeron que asaltarían un camión de suministros del campamento militar.
Una cosa era entrar medicina de manera ilegal, hacer armas para la resistencia y otra muy diferente era dar un golpe de esa magnitud.
Esa chica iba hacer que los mataran a todos.
Pero en ese momento mientras la veía en acción tirándose del árbol y actuando como toda una profesional, un pensamiento distinto cruzó por su mente.
No sobre la locura de Rose; ella estaba como una cabra.
Aunque no podía negar que le agradaba, su atrevimiento y la coquetería sin filtro que usaba con él y cualquiera que se le atravesaba le parecía tan refrescante como una brisa de verano.
Sin embargo, de lo que estaba seguro al verla era que no iban a morir; al menos no ese día.
Tenía los rizos rubios completamente desordenados por la brisa, los dedos de las manos los sentía fríos, incluso, con los guantes puestos.
—¿Qué demonios está esperando Rose?, ¿qué me congele? —se preguntó a sí mismo.
En eso la vio entrar en el camión y esa fue la señal.
Se colocó una máscara que solo le tapaba los ojos y tenía forma de animal tal como las de los demás; la suya era un león.
Se acercó sigilosamente por el lado contrario al que estaba ella y abrió la puerta del conductor con un estruendo, sacando al hombre de un tirón.
Una vez en el suelo, le quitó el arma y apuntó justo entre los ojos.
—Te recomiendo que te quedes quieto —dijo en el mismo tono aburrido con el que siempre escuchaba hablar a Rose y a Lemus, y se acercó un poco más al hombre que lo miraba con los ojos muy abiertos—.
O si no, me veré en la penosa posición de hacerlo por ti.
—Le dio una sonrisa de medio lado que hacía justicia a su máscara.
El hombre lo miraba con los ojos desorbitados, y los paseaba de él a Rose, quien acababa de salir del camión sosteniendo la daga en el cuello del segundo conductor.
Él aún no entendía su amor por ese tipo de armas, pero debía aceptar que era un poco espeluznante.
La chica se había puesto su máscara, que era de un zorro y para opinión de él, le quedaba perfecta. Enseguida se posicionó a su lado.
—¿Quiénes son ustedes? —gritó el imbécil que estaba siendo sometido con la daga. Tenía la nariz rota y la sangre ya había manchado toda su camisa blanca.
—Parece que se estaban divirtiendo —le dijo a Rose en tono jocoso; ella sonrió en respuesta—. Y para contestar a tu pregunta... —el rostro de Melik había perdido todo rastro de amabilidad mientras hablaba a los conductores— somos las bestias de Nottingham, y resulta que estamos hambrientos.
Melik tocó el furgón del camión donde iba la comida; en un rápido movimiento, levantó el arma y golpeó al hombre en la cabeza con la cacha, dejándolo inconsciente. Este cayó justo al lado de su compañero, quien compartió la misma suerte.
En ese momento el vagón del camión se abrió por completo y Lemus apareció tras él; ya era hora de que abriera la maldita cerradura.
Lemus
Todo estaba marchando según el plan, no había espacio para errores, y aunque hacer un golpe de esa magnitud podía ser su cruz, Lemus estaba fascinado.
Rose logró que el camión se detuviera y debía aceptar, a regañadientes, que su interpretación había sido magnífica. Si no supiera lo que tramaba lo habría creído por completo; y Melik había logrado con gran facilidad someter al conductor; ahora era su turno.
Se apresuró y corrió detrás del vehículo mientras sus compañeros distraían a los conductores; sacó las herramientas del bolso que llevaba cruzado, se puso los audífonos como siempre hacía cuando necesitaba concentrarse, y empezó a violar la cerradura del camión.
Desde pequeño había mostrado destreza con las manos, armando y desarmando cosas, cuando ayudaba a su madre en la tienda de antigüedades.
Más adelante, justo antes de que todo cambiase y el mundo se fuera a la mierda, había aprendido a manipular cerraduras, combinaciones y crear llaves maestras, pero nunca lo había puesto en práctica en algo tan grande.
Sí, había hecho pequeños robos; en especial en habitaciones de hospitales, para sacar medicinas para su familia y las personas más necesitadas, pero nada así.
Tuvo que quitarse por un momento la máscara de lobo que llevaba para poder ver bien.
Era una cerradura nueva de doble protección, tal como lo había dicho el contacto del padre Sirilo, ese que ellos aún no conocían ni siquiera por nombre.
Consistía en una combinación de cuatro dígitos para desbloquear la puerta, justo como las de las cajas fuertes y luego tenía una aldabilla interna de seguridad para abrirla.
Al otro lado del camión parecía que uno de los hombres estaba gritando, debía darse prisa.
A pesar del clima frío, tenía la frente perlada en sudor por el esfuerzo de abrir la maldita puerta; miró el reloj que llevaba, faltaban cuarenta y cinco minutos para la media noche, y empezaría el toque de queda impuesto por el Régimen.
El toque se imponía en los sectores más pobres con el fin de mantener la producción activa y el orden; lo que Lemus pensaba que era pura mierda.
Luego de girar la cerradura por cuarta vez se escuchó un clic.
«¡Al fin!, gracias a los cielos», pensó.
La primera estaba lista, lo que faltaba era pan comido.
Le tomó cuarenta segundos abrir la segunda cerradura y cuando lo logró, esta hizo un gran estruendo.
Volvió a colocarse la máscara y fue a reunirse con el resto; quienes tenían a los dos hombres inconscientes a sus pies.
—Parece que fue toda una fiesta —les dijo mientras señalaba con un gesto de cabeza a los conductores. Sin poder evitarlo, también inspeccionó el cuerpo de Melik y Rose en busca de daños—. Una lástima que no me invitaran.
Ambos se giraron hacia él, Melik le dio un asentimiento con la cabeza, una confirmación de que estaba bien, como si supiera que había estado buscando algún daño en él.
Llevó los ojos hacia los conductores que yacían en el suelo: uno con la camisa ensangrentada, otro con la nariz rota.
Su ceño se contrajo de golpe. Eso no era parte del plan; habían dicho “sin sangre”.
Se suponía que lo harían de la forma más tranquila posible.
—Dijimos que solo los dejaríamos inconscientes. —Se dirigió a Rose, pues estaba seguro de que había sido cosa de ella—. Eso —dijo, señalando la sangre que ya cubría gran parte de la camisa del conductor—, no era necesario.
Rose se limitó a mirarlo por un momento en el que la sonrisa se borró de golpe de su rostro. Aunque Lemus no la soportaba la mayoría del tiempo, se arrepintió de inmediato de haber sido el causante del cambio en su expresión.
—Sí, lo era.
—¿Qué fue lo qué pasó? —cuestionó, mas, enseguida entendió que el golpe no fue mero impulso. De pronto se sintió un idiota por haber abierto la boca— ¿Qué te hizo?
Ella pasó la mirada de él al hombre tendido en el suelo.
—Nada que una nariz rota no pueda solucionar —dijo, quitándole importancia con un gesto de la mano—, la próxima vez lo pensará dos veces. Haré la llamada.
No le dio tiempo de decir nada más: sacó el móvil del bolsillo trasero del pantalón y, de inmediato, llamó al refuerzo: el famoso “Enzo”, un supuesto “amigo” de confianza suyo que, según se suponía, llegaría con un camión para traspasar los suministros.
No podía negar que sentía cierta curiosidad por saber quién era aquel tipo y de dónde conocía a Rose.
Al principio había creído que se trataba del contacto de su padre, pero este le había dejado claro que no, que se trataba de alguien distinto.
Y eso le hacía preguntarse cuánta gente estaba realmente involucrada en todo aquello.
Melik hizo la señal para avisarle a su hermana que todo iba bien, ella le respondió de la misma manera.
A los pocos minutos, Melisandre hizo sonar de nuevo la alarma: alguien se acercaba.
No lo pensó; tomó a Rose y a Melik y los arrastró a toda prisa hacia la espesura de los árboles.
El metal de las armas ya pesaba en sus manos y el corazón le golpeaba el pecho.
Miles de posibilidades le cruzaban la mente.
«Tal vez los militares enviaron más hombres al camión al ver la demora». Apretó las armas con más fuerza. El ejército no le arrebataría nada más; ya había sido suficiente.
Una bocina retumbó desde la carretera y Rose se soltó de su agarre, saliendo del escondite. «¡Qué demonios pasa con esta mujer!». Como si hubiera adivinado su pensamiento, ella le miró con una sonrisa burlona.
—Es Enzo.