Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 2
6%

2

“Algunas personas quieren que algo ocurra,

otras sueñan con qué pasará, otras hacen que suceda”.

—Michael Jordan

Rose

28 de septiembre del 2068

H abían pasado tres meses planeando este golpe y aún estaba aprendiendo a confiar sus planes a otras personas.

A decir verdad, estaba aprendiendo a confiar en otras personas.

Aunque a Rose le costaba admitir que no era fácil, en especial después de haber pasado más de la mitad de su vida rehuyendo de la compañía.

Aun cuando sabía que ellos eran honestos —porque lo sabía—, que querían lo mismo y que habían sufrido e incluso así siguieron adelante siendo personas de bien, los muros de su cerebro y los de su corazón se negaban a caer por completo.

Ya había sido traicionada antes por alguien que creyó conocer, ya había tenido amigos que al final se habían convertido en monstruos y eso era difícil de olvidar, así que, por su bien, iba a mantener todo de manera profesional sin involucrar más de lo necesario.

Esa tarde todo estaba tranquilo. El cielo oscurecía cada vez más y algunas estrellas empezaban a asomarse a pesar de la capa de niebla que cubría el ambiente; era perfecto para el trabajo que iban a hacer.

Todos estaban en sus posiciones mientras aguardaban la señal, a la espera de que el momento llegase.

Rose se encontraba en lo alto de un árbol, camuflada dentro de las hojas con su gabardina verde.

El sonido de una bocina rompió el silencio y se inclinó para poder ver más allá de los árboles.

Desde su ubicación se alcanzaba a ver a lo lejos el camión que se acercaba al sendero, este se dirigía a toda prisa a las reservas militares y venía cargado de todo tipo de provisiones, desde alimentos no perecederos, hasta productos de aseo.

Eso era algo que habían averiguado con antelación.

Sin duda sería un gran golpe, lo que significaba que tenía que prepararse.

Rose torció el gesto en una sonrisa traviesa, separó los pies y mientras respiraba profundo fue saltando de rama en rama hasta terminar en el suelo rocoso.

Cuando el camión estuvo lo suficientemente cerca, se desprendió de su chaqueta para dejar al descubierto su figura entallada en una blusa rosa con escote de corazón, que acababa encima del ombligo, llevaba un abrigo de tela delgada para cubrir los tatuajes de sus brazos —que eran bastantes y no los únicos—, sus largas piernas se apreciaban con los jeans que llevaba junto con un par de botas negras.

Se acomodó la peluca rubia estilo muñeca que le caía en la barbilla, se colocó los lentes de montura y se preparó.

Antes de salir de su escondite dedicó una mirada a un punto fijo en el extremo izquierdo de su posición, donde sabía que se encontraban los demás, les dio un asentimiento con la cabeza que respondió con un silbido muy similar al de un pájaro pequeño, lo que hizo que, sin quererlo, se le escapara una risa apenas audible. Toda la situación era nueva para ella.

Cuando las luces del camión empezaron a iluminar la carretera, salió en escena.

—Detengan el auto, por favor, ¡deténganse! —gritó moviendo los brazos de arriba a abajo con fingida desesperación.

No estaba segura si iban a detenerse, no era un secreto para nadie que todos los que trabajan con los militares eran unos completos hijos de puta; pero también era del conocimiento de todos que no solían resistirse a las mujeres en especial cuando creían que todas les pertenecían.

Además, con las ridículas prendas que ella vestía sería un premio para ellos.

El camión desaceleró y fue acercándose muy lentamente hasta donde Rose se hallaba, cuando estuvo justo enfrente de ella uno de los hombres abordo bajó la ventanilla y la reparó de pies a cabeza.

—¿Qué hace una señorita sola en estos lados del bosque a estas horas de la noche? —La mirada del militar no había dejado de recorrer descaradamente su cuerpo.

El hombre podía tener unos cuarenta años, tenía el cabello salpicado de canas y el rostro enmarcado con unas gruesas cejas negras que resaltaban sus ojos azules, los cuales la estaban mirando en ese preciso momento de manera lasciva.

—L-lo… Lo siento señor, es que hace unas horas he venido a dar un paseo por el bosque y me he perdido.

—Un hipo surgió de sus labios, totalmente entregada a su papel, al mismo tiempo que las lágrimas empezaban a resbalar por su rostro como una cascada—.

Empecé a escuchar ruidos y me asusté, así que corrí y ahora no sé dónde estoy.

El llanto se precipitó nuevamente de su garganta y su cuerpo se convulsionó en pequeñas sacudidas.

Los dos hombres se miraron por un breve momento sin decir nada, luego uno de ellos, el que iba manejando —que era un poco más joven que su compañero y de cabello rubio extremadamente claro, casi blanco, que combinado con sus ojos azul cielo, lo hacía ver un poco siniestro— se inclinó y le dijo algo a su compañero en el oído que hizo que este sonriera sin dejar de mirarla.

—¿Qué te parece si te acercamos a la ciudad, preciosa?

¡Bingo! Eso era justo lo que necesitaba oír; hizo un esfuerzo inhumano por reprimir una sonrisa que amenazaba con salir de sus labios y asintió enérgicamente con la cabeza, mientras intentaba secar las lágrimas de sus mejillas con el dorso de su mano.

—Muchísimas gracias, señor.

El hombre se apresuró a abrir la puerta del camión para que entrara.

El auto tenía un fuerte olor a cigarrillo y a grasa que penetraba en el ambiente e hizo que su estómago diera un vuelco de desagrado.

Cuando el motor del camión volvió a encenderse dejó caer su actuación y desenvainó sus jambias —siempre se había sentido inclinada por las armas antiguas, en especial las armas blancas— y puso una sobre el cuello del tipo canoso, justo en la yugular.

—¿Nunca te dijo tu mami que no debes subir a extraños en el carro? —Su voz no fue más que un ronroneo, y su mano nunca dejó de hacer presión sobre la daga en su cuello.

Cuando el conductor fue a sacar su arma, la puerta se abrió de golpe y unas manos lo tomaron con fuerza mientras lo sacaban con violencia del camión.