Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 1 #3
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Los tres chicos parecían estarse comunicando por telepatía, compartiendo gestos y miradas que solo tienen quienes llevan una vida juntos. Ella tuvo eso una vez, hace mucho tiempo, no tuvo tiempo de divagar en el pasado porque quien había identificado como Lemus se aclaró la garganta.

—Solo por curiosidad, ¿por qué deberíamos confiar en ti?, ¿cómo se supone que podrías ayudarnos tú?

Sabía que tendría que hacerles confiar en ella, a fin de cuentas, no era más que una extraña para todos en este lugar.

—Cuando el Régimen tomó el poder, prometió que todo mejoraría, y por el contrario, estamos peor, la gente muere de hambre en estos sectores, mientras que en los sectores uno y dos, conocidos antes como Londres, hay más comida que personas. Quiero justicia —respondió.

Lemus la miró por un momento, analizando lo que acababa de escuchar y Rose empezó a sentirse nerviosa; tal vez no había sido convincente, a decir verdad no pensó que él dudaría tanto.

Sabía cuán harto estaba de toda la situación, cómo recurría a peleas clandestinas para sacar la rabia que tenía dentro y creyó que la noticia de aliarse en contra del gobierno opresor la tomaría con más entusiasmo.

Sus ojos, que estaban fijos en los de él, se desviaron sin permiso yendo hacia el lugar donde la camisa que llevaba se pegaba a sus pectorales definidos, cuando este se cruzó de brazos.

—Todos sabemos lo que hizo y hace el Régimen, pero eso no contesta a mi pregunta —habló al fin, con la voz más seria de lo que ella esperaba—.

No sabemos nada de ti, nadie en la ciudad lo sabe y ahora vienes, te sientas en nuestra mesa y sueltas algo como esto sin siquiera darnos una razón para confiar.

—Esta vez su mirada se sintió pesada sobre ella—.

Lo siento, pero vas a tener que hacerlo mejor, o irte.

Tenía la mandíbula tan apretada que en cualquier momento podría partirse los dientes.

Sabía que él tenía razón. Había evitado contestar a su pregunta porque sinceramente no tenía una respuesta.

No había una razón real por la cual ellos deberían confiar en ella, más allá de las ganas que todos tenían de acabar con el Régimen, al menos no una que pudiera decir; pero había algo que tal vez podría ayudarla.

—No somos tan distintos. —Su voz se escuchaba amortiguada por los murmullos del lugar, su mente estaba viajando al pasado, a ese que constantemente prefería evitar recordar—.

Ustedes y yo no somos distintos. Sé que todos saben lo que ha hecho el Régimen, pero también sé, que no todos sufrieron pérdidas de primera mano por ellos —guardó silencio por un momento y centró su mirada en los mellizos, en lo que sabía de ellos—.

Su padre murió defendiendo a la familia real y lamento su pérdida.

Melisandre se tensó al escucharla y Melik tomó su mano y la apretó entre la suya.

—Yo perdí a toda mi familia en ese enfrentamiento —continuó hablando, aunque trataba de ignorar los recuerdos que luchaban por salir—.

Por eso vivo en la iglesia, un sacerdote se encargó de mí luego de quedar huérfana.

Tal vez no sea lo que esperaban oír, y sé que no saben nada de mí, pero compartimos el mismo dolor, y eso de alguna manera nos une ¿no creen?

—Luego de un momento de silencio, agregó—: pienso hacer justicia por mis padres, por los padres de todos.

El silencio volvió a reinar entre los cuatro, podía sentir cómo la estaban evaluando, pesando cada palabra que había dicho y era horrible, no soportaba la sensación de tener que depender de alguien más, hacía diez años que había cortado topa dependencia física y emocional de las personas, pero sabía que tenía que ser así.

Tarde se había dado cuenta que no podría hacer esto sola.

Casi podía escuchar los engranajes de sus cerebros funcionar; hasta que, de manera casi imperceptible, el mellizo miró a su amigo y asintió con la cabeza, Rose no lo pasó por alto, y sintió como el peso que no sabía que tenía en el pecho se iba aminorando poco a poco y la esperanza crecía en su interior.

—Muy bien, bella, cuéntanos ¿cómo es que nosotros cuatro vamos a ayudar a todo el mundo, sin que nos maten en el intento?

—El rostro de Lemus había adquirido un halo salvaje, su mirada, aunque aún cautelosa, mostraba las ansias que tenía de levantarse y eso hizo que en sus botas de cuero los dedos de sus pies se encogieran.

—Oh, yo nunca dije que seríamos sólo los cuatro —contestó en un ronroneo, inclinándose sobre la mesa—. Tengo mis contactos. —Extendió una mano en dirección al chico de los ojos de tormenta—. Por cierto, soy Rose. Rose Fleming, no Bella.

Lemus con una sonrisa maliciosa entrelazó su mano con la de ella y dejó salir una pequeña risa.

—Como quieras, ahora cuéntanos el plan.

El corazón le estaba latiendo desbocado y cuando se volteó para mirar a los mellizos encontró que llevaban en su rostro las mismas ganas de hacer justicia que ella. Así que se permitió respirar, alzó la vista, miró a sus nuevos aliados y les devolvió la sonrisa salvaje y ansiosa.