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Cuando al fin se decidió a entrar en la taberna, la destartalada puerta se abrió causando más ruido del que era necesario.
No es que la atención fuera algo que le molestara, por el contrario, le fascinaba ver cómo la gente se la quedaba viendo fijamente cuando creían que no los veía, o cómo se apartaban de su camino al pasar, era algo que le había gustado desde niña, cuando desfilaba frente al espejo luciendo sus mejores vestidos haciendo que su madre le hiciera peinados imposibles y fingiría llevar una corona, pero hace ya una vida desde eso.
Sin embargo, en ese preciso momento no estaba buscando una entrada teatral, sino algo un poco más prudente, por así decirlo.
Dejó estático su cuerpo a unos pasos de la entrada mientras paseaba la vista por el desagradable lugar, fue entonces cuando encontró justo a quienes había ido a buscar.
Los tres amigos habían sido su objetivo desde que llegó a la ciudad.
El padre ya le había hablado sobre ellos, pero aun así tenía que estar segura, así que los había seguido.
Se había apropiado de sus rutinas, de sus gustos y había conseguido averiguar tanto como fuera posible sobre ellos, pero siempre manteniendo su distancia, esta sería la primera vez que los vería de frente, ahora que sabía que había dado con los correctos.
Cuando volvió la vista a su mesa se encontró con que uno de ellos la estaba mirando, esto hizo que inevitablemente una media sonrisa se asomara en sus labios.
Le sostuvo la mirada al extraño, ladeando la cabeza con un gesto muy similar al de un felino cuando encuentra a su presa; Sintió el momento exacto en que el hombre se tensó bajo su mirada, pero no la aparto «interesante» y solo entonces caminó con paso glorioso hacia su mesa.
Cuando estuvo de pie frente a ellos, se permitió un momento para mirarlos a todos, absorbiendo lo que le permitían ver y luego habló:
—Tengo una propuesta que hacerles.
Solo pasaron tres segundos para que el hombre en la silla frente a ella, el que había estado viéndola cuando entró, levantase la cabeza.
Le costó una barbaridad contener su asombro.
Era alto, muy alto eso lo había deducido desde la distancia pero verlo de cerca era impresionante, en especial con esa piel acaramelada.
Tenía una cicatriz en la parte superior de su ceja derecha que tocaba un poco por encima de su pómulo, sus ojos eran grandes y del color del cielo cuando se avecina una tormenta, su boca…
bueno, habría que comprobar si esos labios eran tan suaves como parecían, pero de seguro volverían loca a cualquiera.
Unos cabellos en ondas café claro, casi del color de la miel quemada, le caían sobre los hombros provocando un enredo magistral que adornaba su rostro; era hermoso, no lo podía negar ni aunque quisiera, lo era de una manera desordenada y feroz.
Ella sabía todo sobre él: su nombre era Lemus FitzGerald, socio de un pequeñísimo taller mecánico y cerrajero de la ciudad, vivía con su abuela y sus dos amigos de la infancia y los tres estaban huérfanos desde hace tiempo, igual que ella.
Siguiendo a su amigo, los mellizos inclinaron la cabeza y con el ceño fruncido posaron sus enormes ojos en ella.
La chica, Melisandre Thompson, era enfermera en uno de los pocos hospitales que aún era decente en la ciudad y su hermano Melik trabajaba en construcción, aunque se decía que fabricaba balas y provisiones ilegales, algo que ella ya había confirmado y resulta que era bastante bueno; eran como dos rayos de sol, con sus rubias cabelleras y ojos verdes; sus rasgos eran increíblemente delicados, como tallados sobre la piel, parecían dos muñecos de porcelana o alguno de esos ángeles que solían pintar en las iglesias.
—¿Disculpa? —El rubio la estaba viendo expectante— Ni siquiera nos conoces, ¿qué clase de propuesta podrías hacernos que pueda interesarnos?
Nuevamente una sonrisa le jugueteó en el rostro. Sabía que iban a dudar y en los últimos meses se había metido tanto en sus rutinas que podía decir que ya los conocía más que cualquiera, así que quiso demostrarles.
—Oh, te equivocas cariño, los conozco más de lo que crees —respondió sin dejar de sonreír—. Como por ejemplo, sé que a tus veintitrés años sigues durmiendo con la luz encendida, lo que en lo personal me parece fabuloso, pues lo haces muy ligero de ropa.
Cinco segundos pasaron antes que una tos camuflara la risa ahogada de Lemus, mientras que Melik, con el rostro contraído entre el asombro y el horror, fulminase a su amigo con la mirada.
Lemus se aclaró la garganta lanzando una mirada de disculpa al rubio y haciendo un ademán con la mano en dirección a Rose, expresó:
—¿A mí también me has visto ligero de ropa?
Ella lo miró de pies a cabeza, a la vez que levantaba una ceja e ignoraba su comentario. No había ido hasta ahí para coquetear.
—Sé que ninguno de los tres está contento con lo que nuestro querido general y su padre hacen con nuestro pueblo, y también sé que a diferencia del resto, ustedes no se quedan de brazos cruzados.
—El general, a ella bien se le podía llenar la boca de veneno solo con nombrarlo.
Geofrey Randall era lo peor que alguna vez llegó a pisar Inglaterra, sin embargo ella sabía de primera mano que el padre podía ser mucho, mucho peor que el hijo—. ¿O acaso me equivoco, Lemus FitzGerald?
Las tres personas en la mesa intercambiaron miradas. Ya era momento de que empezaran a tomarla en serio. Vio cómo Lemus se removió un poco en su asiento, la miró fijamente, estaba intrigado, lo sabía; pero antes de que él pudiera hablar la rubia a su lado se enderezó y tomó la palabra.
—No sabemos de qué estás hablando, ni cómo sabes nuestros nombres, pero si no te has dado cuenta, estás interrumpiendo. —Melisandre hizo un gesto con la mano señalando la mesa—. Así que si eres tan amable, podrías retirarte.
La indignación empezó a fluir en su interior.
No había entrado en esa pocilga arriesgándose a manchar su ropa para que la despachen moviendo una mano.
Aniquiló a la chica con la mirada. «¿Qué demonios se cree esta rubiecita?
» y sin dar importancia a lo que le habían dicho, tomó asiento en la mesa, justo al lado de la rubia.
—Verás Melisandre, el punto aquí es que no he atravesado los fluidos corporales de una docena de borrachos solo para irme sin más, así que tanto tú como tus…
—Rose miró sin recato a los dos jóvenes junto a ella y les hizo un guiño, tan atrevida e irreverente como solo ella podía ser—… encantadores amigos, me van a escuchar.
Los hermanos intercambiaron miradas y luego contemplaron inquietos a Lemus, pero él tenía sus ojos puestos en ella, desde el principio, como si quisiera encontrar en su rostro las respuestas del universo y eso la estaba haciendo sentirse nerviosa.
Luego de unos segundos, que se le hicieron eternos, Lemus se inclinó sobre la mesa y le dedicó una sonrisa que no le resultó tan amigable.
—Ya que nos interrumpiste —dijo, haciendo un gesto con la cabeza—. Trata de ser breve.
A pesar de la clara hostilidad, Rose se permitió por fin respirar con tranquilidad. Por un momento pensó que no la escucharía, pero esto, por pequeño que fuera, significaba un paso más cerca de su propósito.
—El asunto es simple: al igual que ustedes no estoy a gusto con lo que pasa en la ciudad —paseó la vista por los tres chicos frente a ella esperando a que alguno protestara, pero ni una sola palabra salió de sus labios—.
Y, para ser sincera, estoy empezando a sentirme algo claustrofóbica con tantos guardias cerrando la entrada.
—¿Eso dice la que vive en una iglesia? —se bufó el de ojos grises, el cual Rose había identificado como el líder de los tres y un idiota presumido— Pero a todo esto ¿eso qué tiene que ver con nosotros?
—Tiene que ver —refutó mirando fijamente a esos ojos de tormenta—.
Porque quiero que se unan a mí, y me ayuden a devolverle a nuestra gente una porción de lo que el Régimen les ha quitado.
—La sorpresa invadió el rostro de sus acompañantes apenas las palabras salieron de sus labios y un sentimiento de satisfacción le invadió el pecho—.
Los he visto, sé lo que hacen; las medicinas ilegales que ingresan para los enfermos, lo sé todo y puedo ayudarlos.
En ese momento se hizo el silencio, nadie en la mesa hablaba, el ambiente se puso tenso y Rose tuvo que bajar sus manos para que no vieran que estaba estrujando sus dedos sin piedad.
Era su última oportunidad, llevaba meses observando, años buscando y sabía que eran los indicados —Necesitaba que fueran los indicados— y ahora, al verlos de frente, cualquier duda al respecto se había disipado.