Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche
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“El mundo no será destruido por quienes hacen el mal,
sino por aquellos que solo se quedan mirando”.
—Albert Einstein
Lemus
L a tienda de antigüedades siempre había sido su sitio seguro, todo tenía el olor a su madre, cada rincón era como ver un pedazo de ella, el sonido de su risa vibraba en las paredes.
Ahí tenía permitido armar y desarmar todo aquello que ella consideraba inofensivo para un niño de su edad y Lemus no desaprovecha la oportunidad para hacerlo.
Había descubierto a eso de los seis años que tenía habilidad con las manos, su mente podía encontrar la manera de hacer funcionar prácticamente todo aquello que creía dañado y desde entonces no había dejado de hacerlo.
En esos instantes estaba creando desde cero una llave que le ayudase a hacer funcionar el carrusel japonés que Elena, su madre, había traído del último viaje.
Su mamá era un espíritu libre, decía su padre.
Deseosa siempre de conocer, viajar y aventurarse a lo que el mundo le trajera.
En un principio, Lemus se sintió aterrado de esto, creyendo que algún día ella podría decidir no volver, sin embargo así como la tienda era su sitio seguro, su madre decía que el suyo era él y eso lo hacía el niño más feliz de la tierra, porque no había nada que él amara en el mundo más que a ella.
—Eres muy inteligente, niño mío. —Un par de brazos lo rodearon por la espalda y el olor a jazmín proveniente de su mamá se filtró en sus fosas nasales. Una sonrisa tiró de sus labios—. Algún día vas a hacer cosas grandes, Lemus y yo estaré muy orgullosa.
—¿Lo haré, mamá? —Una emoción pura e infantil se filtró en sus palabras, mientras giraba su rostro para ver los ojos grises; tan iguales a los suyos; que lo veían con amor.
Dejó un beso en su mejilla y los brazos que lo rodeaban se hicieron más fuertes.
—Lo harás mi niño, solo debes esperar.
25 de junio de 2068
El clima nublado de Nottingham invadía las calles de la ciudad.
El olor a humedad y podredumbre hacía presencia entre los mendigos que se refugiaban de la lluvia.
Cada día que pasaba era igual que el anterior, un verdadero suplicio; una cadena interminable de actos que no cambiaban, pero que dejaban a su paso más víctimas y desamparo.
Él había sido joven cuando todo se vino abajo, pero no tanto como para no recordar cómo era el mundo antes de eso, antes del desamparo, del retroceso en el tiempo donde los azotes volvieron a estar de moda.
La vida era mejor, sabía que lo era; había risas, alegría.
Ahora, viendo a su alrededor, pareciera que sus recuerdos no fueran más que telarañas que se vuelan con el viento.
Podía sentir algunas miradas curiosas mientras hacía su camino por las calles del sector tres.
Su rostro levemente golpeado y el labio reventado no eran un secreto para nadie de ese lado de la ciudad.
Las peleas se habían convertido en la única manera de poder explotar sin terminar en prisión o colgando en medio de la plaza.
No había día en que la rabia y el dolor no amaneciera junto a él y saberse atado de manos, saber que un movimiento en falso podía hacer que perdiera lo poco que le quedaba, lo había llevado hasta el lado más oscuro de la ciudad a desahogar lo que en otra parte no podría.
Sin embargo, Lemus sabía que la gente lo miraba, no tanto por sus golpes, sino por la curiosidad de quien habría sido el pobre desgraciado con quien se habría enfrentado esa vez.
Para nadie era un secreto que él peleaba, no solo por gusto sino por el dinero que esto dejaba y que muy pocas veces había perdido.
Hace tiempo que su vida se había convertido en una rutina, Allí nada cambiaba. Todo era igual que siempre, pero un día apareció ella.
Todos sabían sobre la nueva joven que estaba viviendo en la ciudad, pero poco conocían de ella.
Se rumoreaba por el mercado y la plaza que había hecho una entrada escandalosa a bordo de una motocicleta, de esas que estuvieron de moda hace varios años atrás y que vivía en la iglesia del bosque, a las afueras de Nottingham.
La mujer tenía ese tipo de belleza que hace que te quedes contemplando sin atreverte a acercarte: como los animales salvajes, o los eclipses; su cabello era de un rojo vivo, que hacía contraste con sus ojos de ese muy peculiar color ámbar.
Los ángulos afilados de su rostro marcaban cada uno de sus gestos y resaltaban sus labios grandes y carnosos; era hermosa aunque temeraria.
Lemus la encontraba irresistiblemente atrayente.
Su identidad era un enigma para todos. Él la había visto desde la distancia en varias ocasiones, mayormente comprando víveres en el mercado negro; los olores de la carne cruda y el parloteo de los vendedores parecían ser algo nuevo para ella.
Se notaba que no era de por allí, pues Nottingham era una de las ciudades más pobres en el orden de sectores impuesto por el Nuevo Régimen.
El número tres de siete, siendo la uno la más baja, dando así a denotar una completa desorganización en el mercado: cada puesto estaba ubicado uno al lado del otro, mezclando sus olores con las incesantes habladurías de los vendedores que se confundían con el ir y venir de los compradores y los ladridos de los perros hambrientos de la calle.
Era todo un espectáculo, y para nada, el sitio donde se esperaba ver a una chica como aquella.
Lo único que se podía decir con certeza sobre la extraña, es que no era una persona muy amigable, y mucho menos sociable.
Nunca se le había visto con alguien que no fuera el sacerdote de la ciudad.
Sin embargo, había algo en ella: una determinación en su mirada, que hacía que la gente se apartara de su camino cuando pasaba.
No era miedo lo que transmitía, sino algo más, y él tenía cierta curiosidad por descubrirlo.
Como todos los viernes luego de salir del taller donde trabajaba hace varios años y que le permitía, gracias a su habilidad con las manos, tener algo de comodidad en casa, se fue a la taberna “El Dragón'', donde se encontró, como cada viernes, con Melik y su melliza Melisandre; los tres eran amigos desde los siete años y lo siguieron siendo después que los padres de ambos murieran en la revolución que derrocó al rey.
Desde entonces su abuela había acogido a los mellizos y desde ahí crecieron prácticamente como hermanos, los tres fueron víctimas del gobierno y las circunstancias.
La taberna no era precisamente un sitio agradable: el piso siempre estaba mojado y había un olor rancio que perfumaba todo el lugar, por no hablar del hombre de la barra, al que le gustaba escupir cuando hablaba con su agujereada boca.
Pero por lo menos el licor era bueno y juntándose con la música, servía para olvidar por un momento los problemas.
Sabía que desde que todo ocurrió, hacía ya diez años, él había cambiado, no era ni rastro del joven lleno de sueños que algún día fue: las peleas se habían convertido en su día a día y ese aire de protección que había empezado a mostrar de joven se había intensificado casi hasta el grado de no dejarlo dormir.
Su prioridad era su familia, saber que tenía que protegerlos, su único propósito.
Entre los tres habían estado planteando hipótesis sobre la misteriosa chica de la iglesia.
Hacía ya casi ocho meses desde que apareció y nadie había conseguido averiguar aún algo sobre ella.
Estaban en medio de una teoría sobre que era una espía del ejército o una asesina a sueldo, pues de estos últimos suelen verse más de lo que uno creería, cuando la puerta de la taberna se abrió causando un estruendo y la sombra de la extraña apareció en el marco, justo como si la hubiesen invocado.
De inmediato la mayoría de los clientes se voltearon a verla.
La joven hizo caso omiso de las miradas y empezó a inspeccionar el lugar con claro desagrado, parecía que buscaba a alguien; estaba usando una gabardina verde botella que terminaba en una capucha, el color le combinaba perfecto con su cabello rojo como el fuego.
Llevaba pantalones negros ajustados de cuero, que hacían notar sus largas piernas acentuando aún más las curvas de su figura.
El rostro no se le apreciaba debajo de la capucha pero aun así, se le hacía imposible apartar la mirada de ella.
Solo cuando levantó el rostro, pudo captar un destello color oro que se encendía en sus ojos como una llama.
Cuando sus miradas se encontraron, aunque lo quiso, no pudo apartar sus ojos de los suyos, hasta que, sin decir una palabra, ella caminó directo hacia la mesa en la que él y sus amigos se encontraban.
Lemus siguió cada uno de sus pasos hasta que estuvo al fin en frente de ellos y fue ahí cuando se permitió detallarla un poco mejor: la nariz respingona, las pecas en su rostro, la mirada depredadora y entonces sintió cierta pesadez en su mente, como si ya hubiese visto aquellos ojos ambarinos antes y esa mirada feroz.
La chica había paseado su vista sobre los tres y con el asomo de una sonrisa en los labios carnosos, fijó sus ojos en él y les dijo:
—Tengo una propuesta que hacerles.
Rose
Sabía que ellos estarían en ese horrendo bar.
Los había estado observando desde que llegó a la ciudad, hace ya varios meses, siguiendo sus pasos igual que con todos los posibles prospectos, justo como se lo había recomendado el padre Sirilo para averiguar quiénes eran las personas más adecuadas para compartirles la propuesta.
Llevaba años trazando este plan, había vivido en dos ciudades distintas estudiando a la gente, esperando el momento adecuado para actuar, antes de haber llegado aquí a donde el padre se había instalado hace poco más de un año, en reemplazo del sacerdote anterior que había muerto de vejez; un lujo que no todos tienen en estos días.