Las balas silenciosas del Norte Chapter 35 #3
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Chapter 35 #3

Fuera caía una llovizna fina. Santiago levantó la mirada al cielo gris sin encontrar nada.

David encendió un cigarro y se lo ofreció; el gesto fue torpe, de hijo que no sabe qué hacer cuando por fin tiene delante a su padre fuera de una reja.

Llevaba ojeras hondas, el cuello agarrotado por horas de carretera y espera.

Alberto tardó un segundo en coger el cigarro.

Los dedos le temblaron apenas. Aspiró despacio, como si todavía tuviera que pedir permiso.

—¿Y ahora qué? —preguntó Alberto, casi en un hilo.

Santiago no respondió. Miraba la acera mojada, la hilera de coches, el humo del cigarro deshaciéndose en el aire frío.

La ciudad se quedó atrás en el retrovisor: asfalto mojado, limpiaparabrisas y tres hombres en silencio.

***

El trayecto empezó mudo. Durante kilómetros sólo estuvo el ruido del asfalto y la respiración medida de los tres, como si una palabra pudiera dejar rastro.

La carretera abierta los puso más nerviosos que las puertas cerradas. Nadie les decía dónde mirar, cuándo levantarse, cuándo callar. Esa ausencia de orden también era una forma de miedo.

Santiago apretaba el canto del asiento con los dedos, hasta sentir el pulso en la yema. David alargaba algunas salidas, corregía tarde y volvía al carril con ese cuidado excesivo de quien lleva algo recién devuelto y aún no se atreve a creerlo del todo.

En una parada sin nombre, Alberto pidió bajar. No lo pidió: lo dijo. David tardó un segundo en frenar; primero miró al retrovisor, luego a la salida, como si buscara asegurarse de que aquel gesto no traía compañía. Frenó. Santiago tampoco preguntó.

La luz del baño era blanca y fatigada. Alberto cerró el pestillo y se quedó quieto, con las manos apoyadas en el lavabo, escuchando si alguien venía detrás.

Nadie vino. Aun así, el cuerpo no lo entendió: le temblaron los dedos, finos, como en Basauri cuando pasaban las llaves.

Levantó la vista al espejo y se encontró con una cara que había aprendido a no pedir: piel apagada, ojeras viejas, el surco hundido de la boca, la marca de un sueño roto.

Se tocó el nudo de la corbata y lo encontró flojo, como si hasta la ropa hubiera dejado de creer en él.

Se lavó las manos. El agua estaba templada y, aun así, tardó en sentirlas suyas.

Al secarse, inhaló hondo y la punzada le cruzó las costillas: el golpe donde no se ve, guardado como un recibo.

Entonces le subió una arcada seca. Se inclinó sobre el lavabo y se quedó así, respirando por la boca, sin vomitar, con los ojos abiertos y húmedos.

Le vino Ezequiel con una claridad brutal: la bolsa del hospital, la firma, el cuarto vacío.

Le vino Irati tirada en el suelo. Y la frase del sargento Goicoechea: ya está escrito . Todo junto, sin turno.

Tuvo la tentación de llamar a Santiago. No lo hizo. Había pasado demasiado tiempo aprendiendo a no hacer ruido con el derrumbe.

Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y rozó un blíster medio vacío.

Hacía meses que dormía a tramos: unas noches con una pastilla partida, otras con un vaso de whisky malo en cualquier pensión o en la cocina de un piso prestado.

No le había servido para curarse de nada.

Sólo para llegar al día siguiente sin venirse abajo del todo .

Se apoyó en el lavabo hasta que el temblor bajó un grado. No buscaba alivio; buscaba no caerse. La mano derecha apretó la porcelana con una rabia contenida, como si pudiera dejar allí, por fin, el exceso de obediencia.

Se recompuso con un gesto aprendido: agua en la cara, mandíbula arriba, hombros en su sitio.

Abrió la puerta y salió sin mirar a nadie.

Fuera, el aire olía a gasóleo y serrín mojado.

David estaba de pie junto a la puerta trasera.

No dijo nada. Le sostuvo la puerta. Alberto se quedó un segundo mirándolo, con la respiración todavía desacompasada, antes de inclinarse y entrar.

David sostuvo la puerta con la misma concentración con que antes había sostenido expedientes, llamadas y horarios. Esta vez no había papel que ordenar; sólo un hombre intentando entrar en un coche.

La carretera continuó hacia el Sur. Volvían absueltos y, aun así, todavía les costaba aflojar el encierro.

Al sentarse, Alberto apoyó la frente un instante contra el cristal frío.

David no arrancó. Tenía las manos en el volante, pero no lo sujetaba: se sujetaba a él.

Miró al frente sin girarse, tragó saliva y dejó pasar unos segundos antes de poner el motor en marcha, como si hasta el ruido pudiera romper algo.

Santiago estiró la mano a medias —un gesto de padre, de compañero— y la dejó cerca, sin tocar. Nadie dijo nada.

Ninguno preguntó por Baza. Todavía no podían nombrar una llegada.

Santiago lo vio de reojo y entendió que no era sólo el viaje ni la sala ni Basauri. En Alberto se había ido quedando otra cosa: una fatiga de hombre que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose con lo justo, sin médico que llegara a tiempo ni palabra que le sirviera de amparo .

El coche salió despacio del área de servicio y volvió a la carretera con tres hombres dentro y el silencio ocupando todo lo demás.