Chapter 36
XXXIX/Exilio interior
Había pasado casi un año desde la absolución.
El país volvía a entrar en campaña, con municipales y autonómicas a la vista, y ellos, que ya no esperaban justicia de ningún sitio, se sorprendían todavía calculando si aquel ciclo electoral podía abrir lo que el Gobierno anterior había dejado enterrado.
Alberto no tenía familia a la que volver de verdad, y Santiago había terminado siendo para él algo más que un socio o un compañero: un hermano elegido.
Por eso, durante el último año de enfermedad de Pedro, Alberto lo había acompañado largas temporadas a Baza.
No venía como visita ni como huésped. Venía porque aquella casa, con sus silencios y su cansancio, también había empezado a reconocerlo.
Después de la absolución, cuando los pensamientos de desaparecer empezaron a repetirse con una puntualidad que ya no podía disfrazar de cansancio, Alberto aceptó por fin ayuda: un psiquiatra, una psicóloga y la vigilancia discreta de Santiago, al que ya no sabía llamar sólo compañero.
Luis también subía de vez en cuando durante aquellos meses, menos que Santiago y casi siempre con el tiempo justo: una tarde robada al servicio, una noche al lado de la cama, alguna mañana de regreso antes de que Málaga volviera a reclamarlo.
A veces coincidían los dos hermanos en el cuarto de Pedro y hablaban poco.
Les bastaba escuchar la respiración del padre para saber que la distancia entre ambos ya no se medía sólo en kilómetros.
David, por su parte, aparecía de cuando en cuando durante la enfermedad de su abuelo.
Llegaba con bolsas de farmacia, algún recado pendiente y esa manera suya de no quedarse nunca del todo quieto.
Aquel día los dejó en la casa y regresó sin quedarse a comer.
No lo hizo por frialdad, sino porque también él tenía una familia a la que atender y una versión que seguir conteniendo desde fuera.
Antes de llegar, en la gasolinera, al bajar del coche, un hombre lo miró un segundo de más. No dijo nada. Santiago volvió a casa con esa sensación antigua que no necesita palabras. La casa familiar, encalada y austera, lo esperaba con una quietud heredada: no juzgaba, pero tampoco abrazaba.
Al cruzar el zaguán, Santiago miró primero el suelo, luego el marco de la puerta, como si aún esperara encontrar una marca, una pisada, algo fuera de sitio. Se dio cuenta tarde de que ya no buscaba una escena. Sólo una casa.
Pedro, su padre, se iba apagando sin estridencias.
No había delirios ni frases para adornarlo: sólo ratos de lucidez y una respiración que se iba quedando corta.
Y esa lucidez era lo que más le costaba a Santiago.
La mirada del viejo lo reconocía todo: el fracaso, la cárcel, el cansancio que ya no lograba esconder.
Santiago tardó en tocarle la mano. No por rechazo: por miedo a que aquel cuerpo pequeño ya no coincidiera con el padre al que había obedecido media vida .
Y, por debajo de esa agonía, estaba la otra ausencia: Elena, su madre. Murió poco antes de que lo encerraran, en ese punto cruel en el que todavía se es hijo y ya no se sabe a qué puerta llamar. En Basauri, su nombre no se gastó: se endureció.
Los cuatro años entre barrotes habían enseñado al tiempo a no dejarse contar; el año de fuera no había corregido esa lección. En Baza, cada hora volvía a sonar entera.
Alberto se quedó cerca, pero en silencio.
Respiraba con cautela, como si aún esperara una orden para aflojar.
A veces, al levantarse de la silla, se llevaba la mano al costado sin darse cuenta.
Una mañana, al acercarle un vaso a Santiago, se le fue un segundo el pulso y el agua tembló en el borde antes de quedarse quieta.
Santiago cuidaba a su padre con lo que tenía a mano: agua en una cucharilla, la manta ajustada, la gasa en los labios. En la mesilla, los blísters marcaban el día mejor que el reloj. Al partir una pastilla con la uña, le subía un asco seco, no al cuerpo del padre, sino al mundo.
Sus hermanas se turnaban sin ceremonia. Araceli apuntaba horas y dosis en una libreta pequeña; Inmaculada iba de la cocina al cuarto con esa inquietud de quien no encuentra ya un gesto que arregle nada.
Cada vez que pasaba junto al perchero, enderezaba la chaqueta de Pedro, aunque nadie fuera a ponérsela.
A veces se detenían en una receta, en un sello, en el dinero de la medicación.
Santiago las escuchaba con la mirada baja, clavando la palma en el canto de la encimera.
—Mañana hay que bajar al centro de salud —dijo Araceli—. A ver si esta vez nos firman lo de la medicación, porque no vamos a estar pagándolo todo .
Santiago asintió sin mirarla. Era cansancio. Al final, el día cabía en poco: una cama, agua, y esperar a que el pecho de Pedro volviera a coger aire.
—De quietud ya he tenido bastante —dijo Santiago—. Déjame con él.
Cuando la casa quedaba en calma y sólo se oía la respiración irregular de Pedro desde el dormitorio, Santiago salía al patio.
La noche allí no era oscura: era pesada.
Pensaba en Raquel, en cómo había seguido sosteniendo la casa mientras él desaparecía tras muros fríos, y en Carmen, que en la primera visita a la cárcel llegó con una carpeta bajo el brazo y, al verlo tras el cristal, sólo acertó a decir: aguanta .
Las dos seguían dentro del mismo precio, aunque nadie lo llamara ya por su nombre.
En el pasillo, Alberto seguía en la silla baja junto a la pared, con las manos enlazadas y la espalda vencida apenas lo justo para no llamar la atención. No hizo ademán de moverse. Desde allí bastaba para entender que esa parte del cuidado, y de la despedida, le pertenecía sólo a Santiago.
A veces, al salir del cuarto de su padre, Santiago se detenía en el pasillo más de la cuenta. Miraba a Alberto sin llamarlo: la respiración pareja, las manos quietas, la cabeza todavía fuera del pecho. Luego seguía andando. Era su forma de no dejarlo solo del todo.
Una noche oyó un golpe breve en el pasillo. Salió pensando en Pedro y encontró a Alberto junto al baño, una mano en la pared, la otra en el pecho. Alberto negó antes de que Santiago preguntara. Santiago volvió a cerrar la boca.
En la mesa baja del pasillo, junto a un vaso de agua a medio beber, quedaban un sobre de farmacia y una receta doblada en cuatro. Nadie preguntó por ellos. La vergüenza ya hacía su trabajo.
Una madrugada, Santiago se despertó sin saber muy bien por qué.
La casa estaba en silencio, pero era un silencio distinto al de otras noches: le faltaba algo, una respiración, un peso en el aire.
Se incorporó, cruzó el pasillo a oscuras y encontró la cama de Alberto vacía, la manta apartada a un lado con cuidado, como si no hubiera querido hacer ruido ni siquiera al levantarse.
Lo encontró en el patio. Sin chaqueta, pese al frío.
Sentado en la silla de hierro que nadie usaba desde el verano, con la espalda recta y la mirada puesta en el pozo seco del fondo, el que llevaba años sin agua y que nadie se había decidido a cegar.
Sobre la mesa, a su lado, el blíster abierto: dos hileras vacías, las demás pastillas todavía en su sitio, alineadas como si contarlas fuera lo único que le quedaba por hacer bien.
Santiago no encendió la luz del porche. Se quedó un momento en el quicio de la puerta, midiendo la distancia, y luego cruzó despacio, sin prisa, como quien no quiere espantar algo que todavía puede quedarse quieto.
—¿Cuántas? —preguntó, sin mirar el blíster, sólo a él.
—Ninguna —dijo Alberto—. Todavía.
No fue una promesa. Fue apenas la verdad de ese minuto.
Santiago no le preguntó qué iba a hacer.
No le pidió explicaciones ni le recordó lo que tenía, ni a quién.
Sabía que las palabras, en ese punto, sólo servían para que el otro tuviera que defenderse de ellas.
Se sentó a su lado, en el suelo frío del patio, y fue quitando las pastillas del blíster una a una, sin prisa, guardándolas en el bolsillo como quien recoge algo que se ha caído sin querer nombrar la caída .
Alberto no se lo impidió. Tampoco dijo nada más.
Se quedaron así, los dos, mirando el pozo seco hasta que el cielo empezó a aclarar por detrás de la tapia y el frío se volvió soportable.
Cuando amaneció del todo, Alberto se levantó primero, se pasó la mano por la cara y entró en la casa sin decir una palabra, como si aquello tampoco fuera a nombrarse nunca entre ellos.
Santiago se quedó un momento más, con el blíster vacío en la mano, antes de guardarlo también y volver adentro.
Pedro no era sólo un padre agotado en una cama.
Había ingresado de guardia raso en el Cuerpo y llegó a teniente sin perder la costumbre de mirar primero por los hombres que llevaba detrás.
Por eso había desconfiado siempre más de ciertos jefes que del enemigo visible: a un mando se le puede obedecer; lo imperdonable es que no proteja a los suyos.
Una noche, mientras le cambiaba la almohada, vio que Pedro seguía despierto, los ojos clavados en el techo como si leyera en él una historia antigua. Santiago se sentó a su lado sin hacer ruido. La pausa entre ambos tenía peso, pero no era hostil. Era una pausa llena de reconocimiento.
—Papá —susurró—. ¿Me oyes?
El anciano giró la cabeza con lentitud.
—Siempre te oigo.
—Nos equivocamos —dijo Santiago al fin—. Nos metimos donde creíamos que había ley… y era otra cosa. Y cuando dejó de convenir, nos apartaron.
Pedro lo miró con una dureza sin ira.
—Eso no es nuevo.
El anciano cerró los ojos un instante, como si midiera la fuerza que le quedaba para seguir hablando. Cuando volvió a abrirlos, no había blandura en la mirada, sólo cansancio.
—Os dejaron solos —añadió al cabo de un momento—. Eso lo he visto yo antes con guardias y luego con hijos. A los de abajo les piden el cuerpo; los jefes administran el resto. Y cuando llega la hora de responder, ya no queda nadie al frente. En el Norte os mandaron mucho. Protegeros, bastante menos.
—Nos tumbaron —murmuró Santiago, bajando la cabeza—. Nos dejaron sin sitio.
El viejo negó despacio. Respiró por la boca. Durante un instante pareció que la frase no iba a salir; luego la empujó con la poca fuerza que le quedaba.
—No. Os arrebataron el relato . Que no es lo mismo.
La frase lo dejó sin aire. Santiago miró la bombilla del techo, el borde de la sábana, la sombra de la mesilla: cosas quietas, domésticas. Cerró los ojos un segundo.
—¿Hice bien…?
Pedro apretó su mano, con lo poco que le quedaba de fuerza.
—Hiciste lo que eres.
Santiago quiso soltar la mano, pero Pedro no la dejó ir todavía.
Eso fue todo. No hubo reproches. Tampoco alivio.
Santiago le habló entonces de las copias francesas, de los zulos que seguían sin cauce y de esa espera miserable que se parece demasiado a la esperanza cuando un país empieza a repartir otra vez las llaves. Pedro escuchó con los ojos medio cerrados. Cuando Santiago terminó, movió apenas la cabeza.
—No esperes que te devuelvan el relato por una urna —dijo el viejo, tomando aire—. Si lo abren, será porque les conviene a los que entren en cualquier mesa. Y, aun así, si lo abren, que no te dé vergüenza aprovecharlo.
Santiago no contestó enseguida. Pensó que aquello también era perder: que la verdad sólo pudiera volver cuando servía a alguien. Pero Pedro tenía razón en una cosa, quizá en la única que seguía siendo práctica: una puerta abierta por interés seguía siendo una puerta.
Al salir del cuarto, Santiago apoyó la espalda en la pared del pasillo. La casa olía a manzanilla y a medicamento. En la mano llevaba, doblado, el fallo absolutorio. Lo apretó hasta marcarse los dedos.
En otra carpeta, guardadas fuera de la vista de Pedro, seguían las copias: fotografías borrosas, inventarios incompletos, referencias a zulos que ETA no había entregado y que nadie parecía tener prisa por mirar.
Alberto las revisaba algunas noches con una atención que no confesaba.
No por fe política, sino porque necesitaba creer que alguna mesa nueva querría sacar aquello a la luz, aunque fuera para golpear a otra.
Afuera, muy lejos todavía, algo empezaba a moverse hacia la casa. Santiago no sabía aún qué traía consigo; en aquella casa, cualquier llegada empezaba ya a parecer otra forma de prueba.