Chapter 29 #2
Luego marcó a Jossette. Tampoco estaba en condiciones de llegar a tiempo, pero respondió a la segunda y tomó el dato sin una sola pregunta de más: dirección, hora aproximada, olor de trampa.
Dijo que lo intentaría. Santiago supo por el tono que no los alcanzaría antes del cierre, pero también que no iba a dejar caer aquello del todo.
Pagó antes de que el camarero se acercara. Cogió la chaqueta. Alberto hizo lo mismo sin decir nada. No confiaban en ir solos. Simplemente, llegarían solos primero.
***
Irati colgó el teléfono y se quedó un momento con la mano apoyada en la mesa, como si necesitara sostener algo real antes de moverse. La cocina olía todavía a la cena que no había terminado de recoger. Fuera, la lluvia había amainado hasta quedar en un goteo intermitente desde el canalón.
No llamó a nadie más. Había gastado ya la única llamada que le quedaba dentro, la que había ensayado en la cabeza durante días sin decidirse a hacerla, y ahora, hecha, no le quedaba fuerza para otra.
Pensó en Aitor, en Julen, en si habían heredado de ella esa costumbre de mirar dos veces antes de cruzar una puerta, o si eso, con el tiempo, también terminaría pesándoles a ellos.
Se levantó y apagó la luz de la cocina, dejando encendida sólo la lamparita del pasillo, la de siempre, la que llevaba encendida desde que sus hijos eran pequeños y le daba miedo la oscuridad completa.
Se sentó en el sofá sin quitarse el abrigo, como quien no se atreve a instalarse del todo en su propia casa.
Miró el teléfono, ya apagado, y pensó que debería haber dicho más, o menos, o de otra manera; que las palabras justas para pedir ayuda nunca le habían salido bien, ni de joven ni ahora.
Pensó que, si algo le pasaba, quería que alguien supiera que no se había callado por cobardía, sino porque había aprendido, demasiado tarde, que callar y sobrevivir habían sido durante años la misma cosa.
Un coche pasó despacio por la calle y no llegó a parar. Ella contuvo la respiración de todos modos. Cuando el motor se alejó, se rio un poco de sí misma, bajito, sin ganas.
El segundo coche sí se detuvo.
***
Bajaron al viejo Peugeot 406 de Santiago.
Dentro olía a tabaco frío y a carretera acumulada.
Antes de abrir la puerta del conductor, Santiago se detuvo un instante y miró el hueco donde, meses atrás, habrían esperado el T-Roc y el Crossland, mal aparcados a propósito, desalineados, dejando claro sin decir nada.
Ahora no había nada: ni sombra, ni reflejo, ni un motor enfriándose.
El hueco decía bastante: el dispositivo había terminado y ellos ya no viajaban bajo ninguna sombra amiga.
Santiago arrancó sin brusquedad. Mientras salían, pensó en lo poco que aún quedaba fuera del archivo: el registro fotográfico del hallazgo francés, el primer volcado, el código mínimo de cadena, notas cruzadas que ya no servían para empujar nada, pero sí para recordar que no habían ido detrás de humo.
Si aquella llamada era una trampa, no buscaba sólo ponerlos bajo un cadáver: buscaba volver inservible todo lo anterior.
La carretera hacia Mondragón se estrechó en silencio. No iban hacia una cita, sino hacia un lugar que otros, probablemente, ya habían terminado de ordenar .
Llegaron al pueblo a las diez y veintisiete de la noche.
Dejaron atrás el centro y siguieron hacia una franja de casas apareadas en las afueras, donde el pueblo se iba deshaciendo en calles más anchas, setos bajos y parcelas estrechas comidas por la lluvia.
A esa hora ya había vida recogida detrás de algunas persianas: una lámpara encendida al fondo de un salón, el parpadeo azul de un televisor en otra casa, una cocina todavía despierta.
La de Irati estaba al final de una hilera, con una vivienda gemela pegada al costado y un pequeño jardín delantero cercado por una verja metálica.
La luz del porche no estaba encendida. La verja exterior, en cambio, ya estaba abierta de par en par, vencida hacia dentro con una naturalidad demasiado dócil para esa hora y ese sitio.
Santiago no fue directo a la puerta principal.
Se quedó un segundo junto a la verja abierta, leyendo el conjunto: la calle mojada, una ventana encendida al otro lado de la hilera, la casa gemela con luz tenue en la planta baja y una bicicleta infantil apoyada bajo el alero vecino.
Más lejos ladró un perro, y otro respondió desde alguna parcela de atrás.
Nada de eso alteró la quietud de la entrada.
Ni una persiana moviéndose por curiosidad, ni una silueta recortada en un visillo, ni un gesto de quien acaba de oír algo raro.
Cruzaron el pequeño paso de losas sin hablar.
Al llegar al porche, Santiago se detuvo otra vez.
La puerta no estaba abierta del todo, pero sí mal cerrada, cedida apenas unos centímetros, lo justo para que la oscuridad interior respirara hacia fuera.
En el borde del marco había humedad reciente; junto al felpudo, barro más oscuro que el resto, como si alguien hubiera entrado con prisa y otro hubiera corregido después el paso .
—¡Irati! —llamó Santiago desde el porche, sin tocar aún la hoja—. Soy yo.
No respondió nadie.
La casa no devolvió ni un roce. Ni pasos arriba, ni tuberías, ni el golpe doméstico que siempre queda en una vivienda viva.
Santiago acercó la mano al canto de la puerta y la empujó apenas un centímetro más, lo justo para abrir un ángulo mínimo sin rebasar el umbral.
No vio nada útil todavía: sólo una franja de suelo, penumbra y el arranque oscuro del recibidor.
El olor le llegó entonces, asentado, con un fondo metálico y viejo en el aire quieto.
Bajo el encierro venían la sangre reposada y el tiempo detenido.
A Santiago se le clavó algo antes incluso de cruzar el umbral: aquel olor no era el de una sangre recién vertida.
Habían tardado apenas media hora desde la llamada, y aquello olía a mucho más tiempo del que la cronología permitía.
Alberto se agachó apenas bajo el alero, sin tocar nada, y leyó la entrada desde las suelas hasta el silencio.
No miraba sólo la puerta: miraba también el sendero de grava, el quicio, la holgura exacta de la hoja y el hecho mismo de que la verja exterior hubiera quedado abierta, como si alguien quisiera ahorrarles hasta el gesto de entrar.
—Ni pomo ni marco ni interruptores —murmuró—. Y no pases. Si cruzamos ahora, entramos ya escritos.
Santiago sacó el móvil e hizo varias fotos rápidas desde fuera: puerta, marco, barro junto al felpudo. Lo hizo por reflejo, antes de que otros nombraran la escena por él.
Esperaron todavía unos segundos bajo el porche.
La lluvia fina caía a su espalda y la casa abierta quedaba delante, respirando un olor viejo que pedía entrar y, al mismo tiempo, lo prohibía.
Santiago pensó un instante —sólo un instante— que, si Irati seguía viva al fondo, cada segundo fuera del umbral era una cobardía.
Alberto le leyó la duda en la forma de cargar el peso hacia delante.
—Si cruzas, les regalas la escena —murmuró Alberto, sin mirarlo—. Y si no cruzas, te la van a dejar igual.
Alberto miró la pantalla del móvil de Santiago un segundo más de la cuenta. En cuanto aquello echara a andar, también Ossau y lo poco salvado de cadena quedarían debajo de otra historia.
—Si vienen, no regalamos nada —dijo Alberto, casi sin mover los labios.
—Lo justo para que conste —respondió Santiago, con la vista fija en la calle—. Y ni una palabra que puedan ordenar por nosotros.
El primer coche de la Ertzaintza dobló la esquina sin buscar número ni portal.
No redujo hasta estar encima de la verja.
Frenó seco, con las ruedas mordiendo el asfalto mojado, y el haz de los faros les cortó las piernas desde abajo.
Durante un segundo sólo hubo motor, lluvia y luz blanca sobre la casa abierta.
Los dos ocupantes bajaron casi a la vez, sin mirarse entre ellos, como si no acabaran de descubrir una incidencia, sino de confirmar una ubicación que ya traían dentro.
—¡Manos a la vista! ¡Atrás! ¡Al suelo! —gritó el primero, ya con el arma fuera, antes incluso de que la portezuela terminara de cerrarse.
La orden llegó antes que las caras. Dos linternas les entraron de frente y les borraron los ojos; detrás, el motor del coche quedó encendido junto a la verja, con la lluvia vibrando sobre el capó.
Santiago levantó las manos despacio, sin girarse del todo, cuidando de no rozar la puerta ni el marco.
Alberto hizo lo mismo a su lado, pero dejó el pie donde estaba, clavado en la losa húmeda.
Ninguno dio un paso. Santiago oyó cómo uno de los agentes pisaba la grava sin vacilar, abriéndose hacia la izquierda para cubrir el ángulo del jardín, mientras el otro quedaba alineado con ellos y con la entrada.
El segundo llevaba el arma demasiado alta para una comprobación y demasiado estable para un susto.
Durante un segundo Santiago tuvo la certeza de que la casa ya no era el centro de la trampa: el centro acababa de moverse hasta el porche.
—No hemos entrado —dijo Santiago, midiendo cada palabra—. La puerta estaba así. Hay una llamada registrada en mi móvil.
Por dentro, Santiago hizo la cuenta que no podía decir en voz alta: llamada, llegada, puerta, barro, fotos, patrulla. Cada pieza ocupaba ya un sitio demasiado rápido. Si ahora añadía un nombre, alguien lo pondría en la primera línea antes de que él pudiera explicar la segunda.
Alberto no añadió nada. Sólo negó apenas con la cabeza cuando Santiago estuvo a punto de decir el nombre. No regalarles más, decía ese gesto. No todavía.
—La llamada —murmuró Santiago, apenas audible.
—Luego —cortó Alberto, sin mirarlo—. Primero que no nos escriban la boca.