Las balas silenciosas del Norte Chapter 29 #3
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Chapter 29 #3

El agente más cercano no contestó. Miró el móvil que Santiago llevaba aún en la mano, luego la puerta, luego otra vez sus botas, como si estuviera colocando tres cosas en una misma línea. Llevaba el dedo fuera del gatillo, pero la mano no tenía ninguna duda. Hizo un gesto corto con el cañón.

—Móvil al suelo. Despacio.

Santiago obedeció sin agacharse: dejó caer el aparato desde la altura de la cadera, con la pantalla hacia arriba, procurando que quedara fuera del charco y lejos del umbral. El golpe fue pequeño, pero a él le sonó como si acabaran de quitarle la última prueba que todavía le pertenecía.

Pensó en agacharse a recogerlo si caía mal, y descartó el impulso antes de que el cuerpo lo obedeciera. Aquella noche, hasta corregir un centímetro podía acabar pareciendo otra cosa.

No les sirvió de nada. El agente que los encañonaba los obligó a abrir más las piernas y a quedarse clavados en el porche.

La luz de la linterna resbaló por las losas mojadas, se detuvo un instante en las suelas de Alberto y subió después hasta sus manos abiertas.

Alberto tragó saliva calculando: dónde caían sus pies, qué marcas quedaban, qué frase iba a venir después.

Entonces llegó el segundo vehículo detrás del primero.

No buscó sitio: se cerró sobre la calle con un chirrido corto, dejando la salida estrecha entre ambos coches.

Bajaron otros dos ertzainas. Uno ajustó el chaleco con un tirón seco.

No hubo preguntas de apoyo ni reconocimiento de situación: uno cubrió el acceso; el otro fue directo a la entrada.

Nadie miró alrededor como quien llega a una emergencia.

Uno de los agentes empujó la puerta con el antebrazo y entró con la linterna alta. Desde donde estaba, Santiago no vio el salón entero. Vio primero una masa caída al fondo; luego, una silla volcada y, sólo cuando el haz barrió hacia la izquierda, entendió que era Irati en el suelo.

La reconoció por el perfil y por la ceja izquierda cortada, con la cabeza vencida hacia un lado. Sólo después, a un lado del cadáver, distinguió el arma: demasiado recta, demasiado limpia, demasiado obediente al borde de la alfombra como para pertenecer al desorden vivo de una muerte .

Alberto no dijo el nombre de ella. Miraba el arma. En sus ojos pasó una comprensión sin consuelo: aquello no estaba puesto para encontrarlo, sino para contarlo.

Uno de los ertzainas se llevó la mano al radioteléfono y abrió comunicación con una rapidez ya decidida.

—Confirmada presencia de una mujer en el interior. Posible Irati Mendiola. Muerte violenta. Activad a la policía judicial, la científica y a los sanitarios. Escena asegurada.

Otro completó sin vacilar:

—Dos varones en el acceso principal. Procedemos a su aseguramiento.

Santiago oyó la expresión y vio venir lo demás: cordón, policía judicial, científica, ambulancia, fotografía, notas, cadena de custodia. Las palabras acababan de abrir un cauce y, dentro de ese cauce, todo lo que traían de Francia empezaba a quedarse sin aire.

Los cachearon allí mismo, con movimientos rápidos y burocráticos. Después llegaron las bridas.

—La puerta estaba así. No hemos entrado. He hecho fotografías exteriores —dijo Santiago.

Nadie le contestó. Las bridas siguieron su curso.

El sargento Andoni Goicoechea apareció cuando el perímetro ya estaba levantado.

Entró de uniforme, con el chaquetón abierto sobre el cinturón de servicio, y no llegó como una patrulla más.

Llegó mandando. Barrió el aire con la mano abierta: porche, jardín, puerta, y los agentes se movieron al momento: uno al cordón exterior; otro, a la entrada; otro, hacia el coche.

Miró primero el cuerpo, luego el arma, luego el suelo inmediato.

Cada mirada encontró sitio antes de que nadie le explicara nada.

Se acercó a Santiago lo necesario para que pareciera trámite y no confidencia .

—No os mováis más de lo necesario —dijo primero, en un tono casi administrativo. Miró un instante la puerta, luego a Santiago y a Alberto, como si los colocara también a ellos dentro del cuadro—. A estas alturas, lo que digáis ya va a ir detrás.

Después alzó la voz:

—¡Quedan detenidos por homicidio!

Alberto hizo amago de hablar. Goicoechea no le dejó coger aire suficiente.

—Guárdalo para el abogado.

Dentro, las fotos y las notas ya habían arrancado cuando uno de los agentes cantó la hora: veintidós treinta y cuatro.

A Santiago le chirrió por dentro. Su reloj, antes de que se lo retiraran, no decía eso cuando habían llegado.

No fue una duda grande: fue algo peor, una precisión que llegaba demasiado hecha.

Alberto, a su lado, hizo una mínima cuenta muda y levantó apenas la barbilla, como si acabara de oír una precisión preparada antes de la escena.

Goicoechea se inclinó sobre el agente que tomaba notas y le dictó dos frases en voz baja. El bolígrafo no dudó.

—Perímetro asegurado —informó otro.

—Quiero un abogado —dijo Santiago, antes de que los empujaran hacia el vehículo—. Jorge Argote. Y comuniquen la detención a mi hijo David.

Un agente lo anotó sin mirarlo o fingió hacerlo. Goicoechea ya se había dado la vuelta. El trámite quedó dicho, pero nada cambió.

—Traslado inmediato a comisaría de los detenidos —ordenó Goicoechea .

Los levantaron de las rodillas y los empujaron hacia el vehículo. Antes de entrar en el furgón, Santiago alcanzó a ver una vez más el salón, el cuerpo de Irati y el arma puesta con esa limpieza ofensiva que no correspondía a ninguna muerte verdadera.

Luego le cerraron la puerta delante.

La lluvia siguió cayendo mientras el procedimiento terminaba de adueñarse de la noche. Y Santiago entendió, con una claridad sin consuelo, que ya no los perseguirían hombres, sino papeles.