Las balas silenciosas del Norte Chapter 29
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Chapter 29

XXXII/ La última trampa

Después de Torrejón no quedaba casi nada que cerrar.

El precinto en la puerta del despacho de detectives había hecho el resto.

Los borraron con lenguaje correcto: suspensión, diligencias, entrega, archivo provisional primero y, al final, definitivo.

Aun así, varias noches seguidas, Santiago y Alberto volvieron al edificio cuando la calle estaba vacía, levantaron apenas el adhesivo policial con calor y paciencia, entraron sin encender más luz que el flexo del fondo y, antes de irse, pegaron los bordes otra vez con una precisión casi ofensiva.

Al salir, el precinto volvía a quedar en su sitio. Ellos, no.

Santiago llevaba allí dentro el mismo gesto de siempre: ordenar papeles, fijar horas, mirar otra vez lo que ya no servía para nadie.

Alberto fumaba junto a la ventana entreabierta del archivo y dejaba salir el humo por la rendija, atento al rellano como si aún hubiera algo que proteger.

No pensaba en Ezequiel de una sola pieza, sino por fragmentos que llegaban mal: el divorcio que sufrió cuando su hijo apenas tenía cinco años, convertido en costumbre hostil, los años en que no supo estar donde tocaba, la caída del adolescente hacia la droga mientras él seguía creyendo que todavía había tiempo para corregir.

Ahora el duelo le llegaba mezclado con lo anterior: no sólo la muerte, también los años en que había confundido distancia con tiempo disponible.

Santiago lo miraba de reojo cuando Alberto creía que nadie lo hacía. La pena le estaba quitando cuerpo.

En casa, la normalidad no llegó a cuajar.

Santiago volvía de noche, dejaba las llaves en el cuenco de la entrada y se quedaba un segundo de más escuchando el piso, como si todavía esperara un rellano hostil al otro lado de la puerta.

Raquel no le preguntó el primer día. Le bastó verlo medir otra vez ventanas, horarios y silencios para entender que había regresado sólo con el cuerpo.

Algunos mediodías, Alberto se sentaba a comer con ellos, invitado con una naturalidad sobria que evitaba la compasión.

Raquel le acercaba la fuente sin insistir.

Carmen, desde el otro lado de la mesa, le decía a veces: «Come algo más, Alberto», o le preparaba un táper para más tarde, como si el cuidado tuviera que entrar por la vía de lo útil.

David pasaba por allí con la excusa de cualquier recado y con el cuerpo ya partido entre el hijo y el padre; dejaba en una silla un muñeco pequeño o una mochila infantil antes de volver a salir, y a Santiago le bastaba ese resto doméstico para sentir el peso de otra generación ya alcanzada por el mismo daño.

La víspera de marcharse otra vez, Santiago preparó una bolsa pequeña con la misma economía de siempre.

Raquel lo vio desde la cocina y no levantó la voz.

Alberto acababa de irse hacía poco; aún quedaba en la mesa un vaso sin recoger y, junto a la nevera, una sillita infantil plegada que David había dejado apoyada allí por falta de sitio.

Raquel reconoció antes la manera de doblar la ropa que la propia decisión: dos mudas, una camisa oscura, el neceser justo. Siempre había sabido distinguir una salida de trabajo de una despedida mal disimulada.

—Si todo estaba cerrado, ¿por qué vuelves a llevar esa bolsa? —preguntó Raquel.

Santiago tardó en responder. Dijo la media verdad que aún podía sostener en casa: que quedaban un par de flecos, un cierre de llaves, dos direcciones que no podían quedarse sueltas.

David, apoyado en el quicio de la cocina, no dijo nada al principio.

Miró la bolsa y luego a su padre con esa reserva profesional que no disimula lo filial.

Sabía leer demasiado bien lo que significaba salir otra vez así: sin cobertura limpia, sin estructura visible, con el cuerpo ya puesto por delante del papel.

Raquel bajó la vista a la bolsa. No miraba la ropa: miraba las llamadas cortadas, los regresos con barro en los zapatos y una parte de él todavía en otra provincia.

—No me lo llames flecos —dijo—. No otra vez. Cada vez que lo nombras así, la casa vuelve a llenarse de cosas que nadie explica delante de los niños.

Carmen, que hasta entonces no había intervenido, levantó por fin la vista de los papeles que ordenaba sobre la mesa.

—Papá, no vuelvas a decirlo como si fuera un recado más —dijo—. Y yo ya no sé mirar una llamada sin calcular primero dónde estás tú.

Santiago quiso decirle que esta vez sería distinto, pero le dio vergüenza ofrecer otra promesa pequeña en una casa que ya había pagado demasiadas.

Raquel cogió las llaves de la encimera como si pesaran más de la cuenta.

—No has vuelto —dijo—. Al menos no me obligues a llamar trabajo a esto delante de los tuyos.

David siguió callado un segundo más. Luego habló con la voz baja, casi rendida.

—¿Lo sabe alguien más? —preguntó.

Santiago reconoció en la pregunta el tono que David traía del trabajo y no de la infancia.

No contestó enseguida. Carmen apartó una carpeta y se quedó inmóvil.

Santiago se quedó un momento mirando la bolsa ya cerrada, el vaso todavía en la mesa y la sillita infantil contra la pared, sabiendo que en aquella casa nadie ignoraba ya que aquello seguía mandando incluso cuando parecía haberse terminado.

El viaje de vuelta al País Vasco obedeció a una obligación antigua.

Legarza había salido temporalmente del país y todavía quedaban un par de direcciones por revisar: llaves, entradas, restos de uso, puntos de apoyo que no convenía dejar sueltos cuando el tablero ya se cerraba sobre ellos.

Había que comprobar qué seguía limpio, qué debía clausurarse y qué no podía caer en manos ajenas.

Recoger por última vez el oficio antes de desaparecer del todo.

Alberto no discutió el viaje: mientras pudiera leer una entrada, una llave o un resto de uso, todavía había una parte de él que no se había entregado del todo.

Hicieron el trayecto desde Madrid con lo mínimo.

Entraron por el Norte con lluvia baja y esa luz gris que no acaba de amanecer nunca.

En una rotonda vieron restos de una barricada deshecha: madera húmeda, un contenedor volcado ya apartado a un lado y cristales barridos a medias.

Más adelante, en la entrada de un pueblo, quedaban aún los ecos de una manifestación dispersada a golpes: carteles pisoteados, dos furgones de la Ertzaintza con las luces apagadas y un grupo de probatasunos replegado bajo los soportales, con esa quietud rabiosa que deja una carga reciente.

Revisaron dos direcciones, dejaron otra marcada para cerrarla del todo y, ya de noche, se sentaron en una mesa del restaurante Alameda, en el entorno de Oñati, para decidir si hacían una última comprobación o retomaban carretera hacia el sur al amanecer .

El móvil vibró sobre la mesa entre dos vasos y un cenicero de cristal. Santiago miró la pantalla y no necesitó leer dos veces: Irati.

—Santiago... ¿eres tú? —dijo ella.

La voz llegaba baja, gastada, con un hilo de aire roto al final de cada frase, como si hablara desde un cuarto pequeño o con la mano puesta sobre la boca.

Al fondo sonó algo mínimo, un golpe seco, y ella calló medio segundo antes de seguir.

Santiago se incorporó apenas. Alberto levantó la vista al momento, sin preguntar todavía.

—Necesito que vengas. Ahora. Tú. No tardes.

—¿Qué pasa? —preguntó Santiago.

—Ven a casa. Mondragón. No hables por teléfono... Si aún queda algo limpio, está aquí. Y si tienes que contarlo... —la voz se le quebró un instante— que no sea por esta línea. Lo van a oír igual.

Quiso seguir. Santiago oyó una respiración retenida, un roce seco al otro lado —como una puerta interior o una mano buscando apoyo en la pared— y luego el corte. No fue una despedida. Fue una interrupción.

Santiago se quedó con el teléfono pegado al oído unos segundos más, escuchando una línea muerta que ya no decía nada y, aun así, seguía ocupando la mesa.

El ruido del restaurante volvió de golpe: cubiertos, una cafetera, dos voces al fondo, la lluvia contra el cristal.

Bajó despacio el móvil y vio su propia mano demasiado quieta sobre la pantalla negra.

Alberto apagó el cigarro en el cenicero sin apartar la vista de él. No preguntó todavía.

—¿Irati? —preguntó Alberto.

—Quiere que vaya a su casa. Ahora.

Alberto no se movió todavía. Tenía la cara devastada de los últimos días.

Fumaba con una velocidad distinta, como si cada cigarro llegara tarde a un sitio donde ya no quedaba nadie.

No hablaba de su hijo. Pero el temblor fino de la mano derecha seguía allí, aferrado al cuerpo como una culpa vieja que ya no podía traducirse en método.

Santiago lo vio. No dijo nada. Desde hacía días empezaba a aprender que a Alberto había que vigilarlo sin hacerle sentir custodiado.

—Así no —dijo—. Si nos quiere allí ya, es porque algo va mal.

Santiago llamó una vez. Irati no respondió. Probó de nuevo. Nada.

Miró la pantalla apagada y comprendió antes de decirlo que aquella llamada no los estaba acercando a Irati; los estaba colocando.

—Hay que avisar a alguien —dijo.

—¿A quién? —preguntó Alberto—. Legarza está fuera. Vidal y los otros ya no pueden pisar aquello sin encender todas las alarmas. Jarri sirve para leer y, si está cerca, para llegar antes que el papel. Jossette, por lo menos, mueve Estado al otro lado.

Santiago asintió una vez. Marcó primero a Legarza. No respondió. Dejó el aviso parco y colgó. Después buscó a Jarri de memoria.

—Soy Luque. Irati Mendiola acaba de llamarme. Su casa. Mondragón. Ahora mismo. Huele mal.

—Estoy fuera de sitio —dijo Jarri—. Me pilla lejos. Intentaré llegar, pero no sé si podré. Id con cabeza y no deis nada por limpio.

—Tira para allí —dijo Santiago.

La comunicación se cortó.