Las balas silenciosas del Norte Chapter 28 #2
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Chapter 28 #2

—Getxo. Ochenta y cuatro. Un arquitecto en una obra de cuartel. Peio no firma nada, pero aparece demasiado cerca en dos sitios distintos. Y alguien de los suyos lleva años abriendo y cerrando por dentro sin pedir permiso. No sé si eso es ayuda. No me huele a ayuda.

Martínez apagó el cigarro sin haberlo encendido.

—¿Nombre?

—Todavía no. O no uno que se pueda escribir.

Marcos cerró la carpeta.

—Eso no está en la ampliación.

—No.

—Ni va a estar.

—Si no lo escribo, se nos puede mover otra vez.

—Si lo escribes, nos mueve a todos. Por ahora, lo de Luque y Núñez basta. Que caigan ellos.

El subinspector asintió, pero no pareció aliviado.

—No es ayuda —dijo—. Es deuda.

Marcos lo miró entonces.

—Pues que la deuda siga sin expediente.

Zarrías bajó la vista. Por primera vez aquella mañana, no tuvo nada que añadir.

Se quedó mirando el borde de la carpeta, donde la uña de Marcos había dejado una marca blanca.

Aquella deuda sin expediente también lo dejaba a él dentro, aunque nadie fuera a escribirlo.

Martínez abrió al fin la ventana un palmo; entró aire frío y el cigarro, todavía entero, rodó hasta el borde del cenicero.

En la calle, el frío dolía al menos sin disimulo. Santiago y Alberto entraron en un bar cercano, se sentaron al fondo y dejaron el café enfriarse sin tocarlo.

—No querían cerrarnos un local —dijo al fin Alberto—. Querían dejarnos sin el sitio desde el que todavía podíamos plantarles cara.

Santiago no respondió. El teléfono sonó casi de inmediato.

La voz de Petra salió quebrada desde la primera sílaba.

—Jefe… han venido una comisaria de policía y varios agentes uniformados. Quieren cerrar el despacho ahora mismo. Nunca he visto una cosa así. Dicen que conmigo no tienen que hablar porque yo no soy nadie, pero que, si usted no baja, lo van a hacer igual.

Alberto le tocó el antebrazo con una presión mínima.

—Ve tú, Santi. Yo no puedo ver cómo rematan eso.

Santiago fue solo.

El pasillo del edificio olía a archivo, humedad y costumbre.

Petra lo esperaba junto a la puerta abrazada a una carpeta.

En cuanto vio a Santiago, se le deshizo la cara.

Dio un paso hacia él como si fuera a sostenerse de su llegada, pero sólo consiguió romper a llorar en silencio, con los labios temblándole y los ojos ya vencidos.

Sabía lo que significaba aquel cierre: el final del negocio y de la vida ordenada que todavía colgaba de él.

Junto al despacho aguardaban varios agentes uniformados con el material de precinto preparado. A un paso de ellos, la comisaria María Marcos observaba la escena con una serenidad hueca, casi insolente. No necesitaba alzar la voz: le bastaba con sentirse cómoda en aquel papel.

—La empleada no es parte notificable —dijo Marcos sin mirar a Petra—. Usted sí. Firme aquí para dejar constancia de la ejecución.

Santiago ni siquiera tomó el bolígrafo.

—No voy a firmarles nada —dijo, clavando los ojos en Marcos—. No está cerrando una oficina. Está tapando lo que no se atreven a sostener en un expediente.

Marcos sostuvo la mirada sin un solo temblor.

—Su enfado no tiene efecto suspensivo —dijo—. Hagan constar negativa de firma.

Uno de los agentes anotó algo en el impreso. Otro desplegó la cinta azul con los distintivos del CNP. El cierre siguió adelante sin vacilar un segundo.

Los policías trabajaron con una eficacia muda.

Uno tendió la cinta de precinto sobre el cristal y estampó el cierre con un golpe seco.

Otros dos entraron apenas un minuto para retirar lo que el impreso autorizaba: la bandeja de entrada, el cuaderno abierto, la caja pequeña de tarjetas, dos carpetas de trabajo.

Se llevaban lo necesario para que el vacío pareciera correcto.

Uno de los policías tendió a Santiago la diligencia y la copia que acreditaba el cierre. Él no las cogió. Tras unos segundos, el agente retiró ambos documentos y dejó constancia de la negativa en el expediente. Petra, a un lado, asistía a todo sin poder intervenir.

—¿Puedo recoger al menos el cuadro con las fotos de mi marido? Se me ha quedado dentro —empezó Petra.

Marcos levantó la mano, la palma abierta, sin brusquedad.

—No procede .

En el descansillo sonó un ascensor. Luego unos pasos. Luego otra vez silencio.

A través del cristal sellado, el rótulo de Luque & Núñez había quedado apenas torcido. Dentro, una silla seguía arrimada a la mesa como si alguien fuera a volver en cinco minutos. En el cuaderno abierto, media frase se detenía a mitad de línea.

Santiago apoyó la palma en el vidrio y la dejó allí un momento, por pura memoria física.

—Lo siento, Petra.

Ella bajó los ojos primero. No era mujer de lágrimas rápidas, pero el gesto se le quebró igual.

—Hasta el final, jefe —dijo—. Cuando mataron a mi marido se me rompió la vida. Usted me devolvió trabajo. Rutina. Un poco de sitio. Y ahora también eso se lo llevan.

Se abrazaron en la esquina del pasillo, torpemente, sin ceremonia. Al separarse, Petra guardó la copia doblada en la carpeta con un cuidado casi religioso.

María Marcos hizo una última comprobación visual del precinto, dio una orden breve y echó a andar.

Los agentes la siguieron en fila, cargando carpetas, cinta sobrante y formularios como si acabaran de intervenir un piso de delincuentes.

Desde la calle subió el parpadeo azul de los vehículos policiales.

Las luces destellaban contra los cristales del portal.

Ya en el umbral, Santiago se volvió una vez más. Le rozó a Petra la mejilla con la mano y le apretó el hombro con una ternura cansada, casi fraterna. No dijo nada. Ella asintió entre lágrimas.

Cuando salió a la calle, no miró atrás. Al pasar ante un escaparate, se vio más viejo, más vacío, como un hombre que ya no abría ninguna puerta. La tarde bajaba sobre Madrid en un gris sin relieve.

En algún despacho, la versión limpia empezaba a circular con membrete, sello y fechas impecables. Allí, detrás del precinto azul, quedaban el rótulo torcido, la silla arrimada a la mesa y una frase interrumpida en mitad de línea.