Chapter 28
XXXI/Los derrotados
El descenso empezó antes de entrar: una semana de llamadas cortadas, carpetas que no encontraban mesa y silencios que volvían con sello.
Cuando Santiago y Alberto volvieron a Madrid, tal como se había acordado en Bilbao, ya no traían una estrategia. Traían lo último que quedaba de Ossau y la sospecha de que alguien había llegado antes al sitio exacto donde iban a pedir que la verdad respirara.
En el complejo policial del Paseo de las Delicias, el aire olía a desinfectante barato, a café recalentado y a tabaco.
El zumbido del techo parecía sostenido por pura costumbre.
Un agente uniformado bostezó detrás del mostrador sin mirar a nadie.
Más allá, otro cruzó el pasillo empujando un carro de carpetas.
Cerca de la puerta de la sala, dos policías de paisano aguardaban con la placa y el número al cuello, visibles sobre la camisa. Allí todo estaba identificado.
En el carro, arriba del todo, una pestaña blanca escrita a rotulador negro decía LUQUE/NÚÑEZ .
Debajo, en tipografía de imprenta: SUSPENSIÓN .
A la derecha, bajo un sello de registro demasiado limpio, figuraba una fecha: 12/06/2018.
Santiago la vio al pasar y tardó dos pasos en entenderlo.
No era la fecha de aquella mañana ni la de la reunión que estaban a punto de sufrir.
Era anterior: una fecha puesta antes de escucharlos, antes de ver qué traían, antes de que Ossau pudiera decir una sola palabra a su favor.
Alberto también la había visto. No dijo nada, pero el pulgar dejó de moverse sobre la cartera. Para él, una fecha mal puesta no era un detalle: era una confesión .
Bajo la carpeta azul asomaban otros legajos viejos, sin relación visible con ellos: fechas antiguas, siglas policiales, nombres tachados. El carro siguió avanzando antes de que Santiago pudiera leer nada que se sostuviera entero.
Santiago estuvo a punto de alargar la mano hacia la pestaña, pero se contuvo.
La cartulina quedó torcida hacia fuera. En el techo, una cámara vigilaba el corredor.
A un lado, un agente uniformado anotó un número en una libreta sin levantar la vista.
Allí todo podía quedar escrito. Precisamente por eso el silencio resultaba más sucio.
Nadie los miró al pasar. Santiago caminaba con el rostro vaciado.
Su madre había muerto días antes, en Baza, y el duelo ya no tenía forma de sacudida, sino de desgaste: cansancio en los ojos, sequedad en la garganta, una lentitud extraña en el cuerpo.
Alberto avanzaba a su lado con la mandíbula fija, pasándose el pulgar por el canto de la cartera.
La muerte de Ezequiel seguía dentro de él como una pieza caliente que no encontraba sitio.
El inspector Vicente Ranea apareció de uniforme al fondo del pasillo con pasos cortos, tensos, de hombre que llega tarde a una decisión tomada por otros.
Llevaba la corbata algo torcida, la cara mal dormida y el gesto de quien había intentado discutir lo justo para perder igual.
No parecía venir a recibirlos, sino a asistir a una ejecución que le daba vergüenza presenciar.
—He intentado frenarlo —dijo en voz baja—. O, al menos, retrasarlo… No he podido. Esto viene cerrado de arriba. Y, si ahora os negáis a entrar o montáis algo, me van a obligar a poneros a vosotros delante.
En algún despacho cercano vibró un móvil dos veces sobre una mesa.
Nadie fue a por él. Entonces, un agente uniformado abrió la puerta.
Otro, de paisano con la placa al cuello, se quedó a un lado sosteniéndola.
Del interior sonó el pestillo: un clac breve, administrativo, suficiente para convertir el pasillo en antesala.
Santiago entendió entonces que la semana no había sido espera, sino tránsito administrativo hacia una decisión ya escrita.
—Señores Santiago Luque y Alberto Núñez. Adentro, por favor.
Santiago volvió la cabeza lo justo para ver cómo el carro se alejaba. La carpeta seguía arriba. La fecha seguía allí, limpia, cerrada, demasiado bien puesta para ser un descuido.
—No me forcéis a ponerme del lado de esto más de lo que ya me han puesto.
Sin esperar respuesta, Ranea bajó la cabeza y se perdió por el pasillo con pasos cortos, serios, como si ya no quisiera seguir viendo de cerca aquello.
Santiago no respondió. Alberto tampoco. Entraron.
La sala tenía la claridad despiadada de los sitios donde nadie piensa quedarse más tiempo del necesario.
Mesa alargada. Dos sillas metálicas frente a tres.
Persiana inmóvil, cargada de polvo. Un dispensador de agua tragó aire y devolvió un borboteo hueco.
En el centro esperaba el director general Joaquín Jiménez, de traje oscuro.
A su derecha, el comisario Segundo Martínez, uniformado, sostenía un bolígrafo entre los dedos con una calma casi ofensiva.
No hubo saludo.
—Señores Luque y Núñez —dijo Jiménez—. Concluida la información reservada y a la vista de las actuaciones incorporadas, se acuerda la suspensión inmediata de la habilitación profesional de ambos, con propuesta de revocación, así como el precinto provisional del despacho de detectives privados Luque & Núñez, sito en Torrejón de Ardoz.
Lo dijo con una voz sin relieve, como si ordenara un simple archivo.
Alberto no se movió, pero el temblor le subió del cuello a las manos.
La muerte de su hijo Ezequiel ya no era una noticia pendiente: era un vacío formalizado, sentado en el mismo cuarto que aquella resolución.
Se llevó la mano al bolsillo interior, tocó el móvil y la dejó quieta.
Martínez abrió la carpeta y la empujó hacia el borde de la mesa con un movimiento exacto.
—Aquí tienen la resolución —dijo—. Deben firmarla ambos socios en señal de notificación. Aquí y aquí.
—Y firmen bajo la fecha de efectos —añadió Martínez—. La negativa a firmar se hará constar, pero no alterará la ejecución.
La fecha ya estaba impresa: 12/06/2018. Sólo les pedían poner el nombre debajo.
—Doce de junio —dijo Santiago—. Ya estaba fechado.
Martínez no levantó la vista.
—Fecha de efectos. Ustedes sólo firman la notificación.
Santiago no cogió el bolígrafo. Alberto tampoco.
Nadie habló durante un instante. Y eso fue lo peor.
Jiménez dejó escapar el aire por la nariz, molesto.
Se inclinó apenas hacia delante y golpeó una vez la carpeta cerrada con la yema de los dedos, como si bastara ese gesto para recordar quién daba por terminado el asunto.
—Hagan el favor de no alargar este trámite más de lo necesario. Firmen.
Santiago le clavó la mirada .
—No voy a firmar una infamia redactada para borrar lo que ustedes no quieren sostener —dijo.
—Ni una sola línea de eso aguanta una revisión honesta —añadió Alberto, con la voz quebrada pero firme—. No quieren hechos. Quieren silencio.
Martínez, por el contrario, no alteró el gesto. Sólo dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Señor director, no se preocupe —le dijo, para luego fijar la mirada en Santiago—. Su negativa se hará constar. La suspensión inmediata, la propuesta de revocación y el precinto provisional del despacho se ejecutarán de inmediato, con o sin sus firmas.
La puerta se abrió sin llamar del todo. El subinspector Fernando Zarrías asomó primero, conteniendo el cuerpo en el umbral.
—Perdón. Hay una ampliación de diligencias que debe incorporarse antes de cerrar esta notificación —dijo Zarrías, con una corrección tirante.
Jiménez hizo un gesto mínimo con la mano. Sólo entonces Zarrías entró del todo, con la gabardina aún salpicada de humedad y una carpeta bajo el brazo. No traía defensa. Traía otra forma de remate.
Bajo la carpeta que traía Zarrías asomaba una fotocopia vieja, doblada en cuatro. Santiago alcanzó a leer sólo dos fragmentos antes de que el subinspector la cubriera con la mano: Getxo . 1984 .
—Se incorporan diligencias —anunció—. No para discutir el hallazgo, sino para convertirlo en irregularidad: por la vía por la que se obtuvo, por la colaboración no autorizada con agentes de la autoridad franceses y por haberse metido ustedes en una investigación criminal que no podían sostener legalmente como detectives privados .
Santiago dio un paso hacia delante.
—Ustedes no están resolviendo nada ni actuando con justicia. Están limpiando una vergüenza.
—Señor Luque —cortó Jiménez—. Aquí no se debate la resolución. Han venido a ser notificados, nada más. A efectos de la suspensión y del precinto, queda unida al expediente esa ampliación para debida constancia.
—Basta ya —saltó Alberto a continuación—. Ni usted ni ellos tienen una sola prueba limpia de lo que insinúan.
Martínez anotó algo al margen de la resolución. El director estaba resuelto a dar por concluido el trámite.
—Es todo, señores. Pueden retirarse.
Al salir, el pasillo conservaba la misma luz enferma. Un agente uniformado se apartó para no rozarlos. Uno de los policías de paisano giró la cara lo justo para no tener que reconocerlos.
A la altura de la puerta, Santiago y Alberto se cruzaron con Zarrías. Él hizo una mínima pausa, como si dudara entre seguir de largo o decir algo. Alberto ni lo miró. Santiago se quedó quieto un segundo, apenas el tiempo suficiente para dejarle claro que lo había visto.
—Os avisaron de que no siguierais por vuestra cuenta —dijo Zarrías, sin detenerse del todo.
El subinspector no siguió por el pasillo. Esperó a que Santiago y Alberto se alejaran y entró en un despacho lateral donde María Marcos revisaba la diligencia. Martínez llegó unos segundos después, cerró la puerta interior y se quedó junto a la ventana, con un cigarro sin encender entre los dedos.
—Lo que le dije en La Rampa sigue ahí —dijo Zarrías—. No llegaron solos.
Marcos no levantó la vista .
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Ahora tengo un borde viejo —dijo Zarrías—. He tirado de los márgenes, no de lo que va a expediente. Notas viejas, partes que nadie cita, nombres que aparecen al lado y nunca encima.
Marcos levantó entonces los ojos.
—Habla claro.