Chapter 27 #5
Al terminar, bajó la mirada al móvil y lo giró un centímetro, sólo uno. Ya no esperaba que sonara. Esperaba otra cosa, absurda: que dejara de ser verdad. La pantalla siguió negra.
Santiago lo miró y por primera vez no vio al socio que ordenaba papeles cuando todos perdían pie. Vio a un padre sentado delante de una pantalla negra.
Alberto seguía con la mirada en la pantalla.
Santiago reconoció ese hueco porque venía de otro sitio distinto al suyo, pero tenía la misma temperatura.
Elena estaba muerta. Ezequiel también. Y aun así los dos estaban sentados allí, rodeados de prueba, como si el mundo les exigiera utilidad antes que duelo.
Dominique dejó la palma sobre la carpeta cerrada, no para poseerla, sino para impedir que alguien la moviera sin decidirlo. Laura Alamar no miraba ya el contenido, sino los huecos legales que no encontraba por ninguna parte.
Laura cerró la libreta despacio. La dejó encima de la mesa sin soltar del todo el bolígrafo. Dominique no la miró, pero acercó un centímetro la carpeta hacia ella, como si compartiendo el peso pudiera hacerlo menos insoportable. No lo hizo.
—Y si no hacemos nada, dentro de un mes parecerá que nunca estuvo allí —dijo Dominique.
Legarza se movió por fin desde la puerta, apenas un paso.
—Esa es la ratonera —dijo Legarza—. Si lo movemos mal, les damos la excusa. Si no lo movemos, lo ordenan ellos y lo entierran como les convenga. Nadie nos va a devolver lo que se rompa.
Jossette dejó el cigarro apagado sobre el alféizar y lo miró como si fuera una señal inútil.
—Ya no hay ventana —dijo—. Sólo gente esperando al otro lado para decir que hemos llegado mal.
Nadie le respondió. La frase había dejado a Jossette más solo de lo que estaba junto al alféizar, con el cigarro inútil entre los dedos y todas sus ventanas cerradas a la vez.
Santiago miró la mesa un momento. Irati ya no estaba secuestrada, pero el daño seguía dentro de la casa y alrededor de los hijos. Había vuelto al eje de los chicos porque creyó que desaparecer del todo los dejaba más solos y más a merced de quienes ya les habían entrado por dentro.
—Entonces hay que llegar a Madrid con algo que aguante —dijo al fin—. Sin darles nosotros la excusa antes de abrir la boca.
Ninguno discutió. Vidal apretó la mandíbula.
Jarri dejó quieto el cúter sobre la mesa.
Dominique no apartó la mano de la carpeta.
Laura bajó los ojos. Seguían allí por lealtad, por costumbre o porque irse sin decir nada habría sonado demasiado parecido a aceptar el cierre.
En la habitación no quedaba una sola fe intacta, pero tampoco quedaba nadie capaz de abandonar primero a los otros.
—Esta noche aquí no vamos a arreglar nada —dijo al fin Legarza—.
Sólo a no rompernos más delante de ellos.
No volvemos a juntar a todos. La semana que viene, Madrid.
Tú y Alberto. Yo moveré lo que pueda desde fuera.
Lo justo para ver qué sigue en pie y si aún hay una forma de que Ossau llegue a prensa o a la oposición antes de que lo entierren del todo.
Nadie intentó retener a nadie. Legarza abrió la puerta antes que el resto.
Vidal se levantó despacio, recogió los papeles y los ordenó por pura costumbre, aunque ya no ordenaran nada.
Jarri apagó la luz del pasillo y se quedó un segundo con la mano en el interruptor.
Jossette aplastó el cigarro sin haberlo encendido.
Dominique cerró la carpeta despacio y Laura la recibió bajo el brazo, como quien lleva una prueba y, al mismo tiempo, una excusa contra ellos.
Fueron saliendo en silencio, de uno en uno, como quien abandona una posición que todavía tendría que defender.
Sobre la mesa quedaron el cerco claro de una taza y una viruta de papel junto al cenicero. El resto lo habían recogido como se recoge una posición antes de dejarla atrás.
La puerta del piso se cerró tras el último con un sonido seco. Entró aire frío. Santiago y Alberto fueron los únicos en quedarse un instante más, junto a la mesa ya vacía. En la madera quedaba la marca rectangular de la carpeta. Alberto no la miraba. Miraba el móvil.
Santiago estuvo a punto de decirle algo sobre Ezequiel, pero ninguna palabra servía.
Sólo le acercó la chaqueta que se había quedado en el respaldo.
Alberto tardó en cogerla. Cuando lo hizo, cubrió un segundo la mano de Santiago con la suya, sin mirarlo.
Fue un gesto mínimo, casi involuntario, y en él cupieron los dos muertos, la prueba perdida y la vergüenza de seguir respirando sin saber para qué.
Santiago miró hacia el vidrio. Afuera, el agua seguía cayendo sobre una ciudad que no se había calmado: sirenas lejanas, un canto roto de manifestación, ikurriñas pegadas a la lluvia y un escaparate aún abierto en su herida.
Nadie llamó salida a aquello. Santiago apagó la luz tarde, cuando ya no quedaba nadie a quien proteger.
Durante los días siguientes, la marca rectangular de la carpeta siguió apareciendo donde no debía: en la mesa del piso, en la guantera del coche, en la mano inmóvil de Alberto, en cada llamada que se cortaba antes de nombrar Ossau.