Las balas silenciosas del Norte Chapter 27 #4
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Chapter 27 #4

Al otro lado no respondió enseguida. Luis oyó una respiración contenida y el roce de algo —quizá una mano sobre el teléfono, quizá la tela de una manga— antes de que Daniela volviera a hablar.

—Ya lo sabes, Luis. Yo ya no estoy ahí. Lo intenté, de verdad. Pero tú volvías siempre con la cabeza en otro sitio.

No estaba fría. Estaba agotada de no poder permitirse otra cosa.

—Dani, espera… no me cuelgues. No sé cómo volver ni qué decirte ya.

No te estoy pidiendo que arreglemos nada esta noche.

Sólo… no me cierres la puerta del todo. Ni siquiera estuviste en el entierro de mi madre —dijo Luis, con una urgencia que ya sonaba a derrota.

Lo oyó en cuanto salió: pobre, casi injusto. Ya no supo retirarlo.

—No hagamos esto más largo —dijo ella—. Me quedo en la casa. Te llamará el abogado para los papeles y para recoger tus cosas. Gisela está dormida. Mañana tiene colegio.

Al otro lado, Luis creyó oír una puerta pequeña cerrarse con cuidado, quizá la del cuarto de la niña. Daniela bajó la voz.

—Lo de tu madre… te llamé cuando fuiste a Baza. Te di el pésame. No iba a llevar a la niña allí, Luis. Ni a fingir delante de todos que esto seguía entero. Llevamos años pagando algo que no era nuestro. Esta vez volviste tan abajo que, si no cerraba la puerta, nos arrastrabas a las dos.

—Yo no quería meteros en esto… Dani, de verdad. Creí que podía sostenerlo. Que todavía podía volver y arreglar algo.

—Lo sé —dijo Daniela, y la voz se le quebró apenas antes de rehacerse—. Pero no voy a dejar que Gisela aprenda a escuchar la vida como si siempre fuera a sonar una sirena. Yo me ocupo de ella. Tú ocúpate de lo tuyo.

Y colgó .

Luis dejó el móvil en la mesa y se quedó inmóvil un instante, como si la voz siguiera todavía en la casa.

Minutos después, el aparato vibró con un mensaje breve.

No había reproches; había lista: Llaves en el buzón.

Banco: firma el lunes. He dejado tus camisas en bolsas.

No llames para negociar conmigo; si tienes alguna duda, ponte en contacto con mi abogado.

No te acerques al colegio de Gisela sin mi permiso.

El mensaje terminó de echarlo de la casa. Se hundió en la silla. Un temblor le recorrió los antebrazos. Las lágrimas tardaron unos segundos en llegar; cuando lo hicieron, fueron breves, densas, sin alivio.

Volvió al salón. Recogió un vaso para llevarlo al fregadero y se le resbaló de los dedos. El cristal se rompió en el suelo. No se movió para recogerlo.

Se sentó otra vez en el sofá. El silencio terminó de asentarse.

Allí, lejos de Baza y del silencio del entierro, se quebraba otro tramo de una familia que llevaba meses sosteniéndose a pulso.

***

Al día siguiente, Bilbao lo recibió sin luz.

Santiago todavía traía en el cuerpo la casa de Baza: la persiana a medias, el cuarto ya vacío, el pasillo donde el después sonaba a trámite y el entierro recién hecho.

Allí todo era humedad, café recalentado y un radiador viejo trabajando a destiempo.

En la calle, el frío se pegaba a las fachadas.

En una esquina, una cuadrilla de chavales abertzales había dejado un escaparate roto durante la noche; más abajo, una manifestación dispersa arrastraba ikurriñas mojadas bajo la lluvia.

El Norte seguía ahí, entero, esperando .

Subió sin detenerse. Nada más entrar, el aire le pesó. El piso franco parecía haber perdido la forma de reunión y conservar sólo la costumbre de seguir abierto. Un móvil vibró una sola vez, boca abajo, sobre la mesa. Nadie lo tocó.

No estaban todos. Ya no podían estarlo. Luis había caído hacia Málaga; Morcón sostenía el rastro escrito desde otro sitio; Del Hoyo vigilaba accesos; Marquina guardaba la salida; Manuela y David quedaban fuera de foco, en el borde de llamadas que nadie podía reconocer.

La habitación era sólo el núcleo que aún podía hablar sin convertirlo todo en una lista de blancos.

Alberto ocupaba la silla más cercana al radiador, encorvado sobre el móvil apagado.

Vidal estaba junto a la ventana, con un plano doblado sobre las rodillas y la pierna mala estirada sin querer reconocerlo.

Jarri se había quedado de pie en el otro extremo del vidrio, leyendo la calle sin apartar del todo el cuerpo de la pared.

Dominique y Laura trabajaban en la mesa: la primera con la carpeta de Ossau bajo las manos; la segunda con una libreta abierta y el bolígrafo quieto.

Legarza no se sentaba: ocupaba el espacio entre la puerta y la mesa, como si aún pudiera ordenar una retirada.

Jossette fumaba sin encender junto al alféizar, mirando hacia fuera, no por vigilancia, sino por costumbre de buscar ventanas.

Aquel aparato pesaba demasiado en las manos de Alberto, aunque ya no sonara. Tenía la cara gris, como si hubiera envejecido en la misma silla. No lloraba. Se había quedado más lejos que eso.

Nadie se atrevió a preguntarle por Ezequiel. Tampoco a apartarle el teléfono de las manos. Era la única forma en que Alberto seguía sentado .

—¿Cómo vienes, Santi? —preguntó Vidal sin apartar la vista de la ventana.

—Reventado —dijo—. He enterrado a mi madre. Luis está hecho polvo. David me ha pedido que pare. Y, aun así, estoy aquí.

La frase cayó en el salón como algo que nadie sabía dónde dejar. Santiago apoyó la mano un instante en el borde de la mesa, no para mandar, sino para no perder pie.

Vidal apartó por fin la vista de la ventana.

No dijo pésame. Ninguno de ellos sabía ya pronunciar esa palabra sin que sonara pequeña.

Sólo inclinó la cabeza, muy poco. Jarri hizo lo mismo desde el vidrio.

Durante un instante la habitación dejó de ser operativo y fue otra cosa: hombres y mujeres demasiado cansados para consolarse.

—Nos están dejando sin sitio —dijo después—. El despacho, el papel, el tiempo… Todo lo que tocamos acaba en una mesa que no es la nuestra. Nos queda muy poco para que no tapen del todo lo de Ossau.

Vidal no abrió el plano. Lo había rehecho tres veces desde la muga, con rutas, cambios de coche y tiempos muertos; ninguna servía si al final todo acababa entrando por una mesa ajena.

Jarri no se separó del vidrio, pero ya no buscaba amenaza en la calle.

La amenaza estaba dentro de la carpeta, esperando sello.

Vidal cerró los dedos sobre el borde del plano hasta arrugarlo un poco.

En Zaragoza había aprendido que un plano no salvaba a nadie si llegaba tarde.

Jarri, al otro lado del vidrio, bajó la barbilla.

No era miedo a la calle; era la vergüenza de no encontrar ya dónde poner el cuerpo para proteger a los demás.

—Tenerlo, lo tenemos —dijo Alberto, alzando por fin la cabeza. Tardó en encontrar la frase siguiente—. El primer volcado: fotos, marcas, cifras… la ubicación básica del arsenal y del dinero de Ossau.

Se detuvo. Miró el móvil. La palabra dinero le había salido sin peso, como si perteneciera a una vida en la que todavía se podían ordenar las pérdidas.

—Pero así no podemos enseñarlo —continuó—. Dirán que salió por una vía irregular, que lo tocamos fuera de sitio. Si lo sacamos mal, lo invalidan.

Ahí se le fue la voz. Dominique terminó por él:

—Si esperamos demasiado, lo ordenan ellos y sólo nos dejan una versión recortada.