Las balas silenciosas del Norte Chapter 27 #2
63%

Chapter 27 #2

Lo tenía delante. Tan cerca que el cuerpo le pidió una sola cosa.

Había esperado esa distancia durante años sin admitirlo, y ahora la tenía en el barro, al alcance de una mano.

Le vino la voz de Ignacio, rota por el respirador: No me falles otra vez.

Si no cruzaba entonces, quizá no volvería a tenerlo así.

Y no podía hacerlo sin entregar a Irati y a los suyos a una matanza.

Peio se acercó un paso. Medio pie le quedó demasiado cerca, rozando el límite. Lo suficiente para que Santiago le oliera la humedad, el tabaco viejo, la leña apagada.

—Y, con todo, sigues ahí —dijo—. Aguantando el sitio que te dejan. Sin decidirte a cruzar… Anda, dispárame…

Santiago sintió que la mano derecha dejaba de pertenecerle.

No llegó a levantarla, pero el cuerpo ya había contado la distancia: Peio, la raya, el hueco bajo la chaqueta.

En el borde de la arboleda, dos armas corrigieron ángulo.

Una de ellas no apuntaba a él. Apuntaba al corredor donde Irati seguía de pie.

Irati lo vio antes que nadie. No retrocedió. Tampoco gritó. Sólo dijo su nombre, muy bajo:

—Santiago.

El nombre le entró como un golpe limpio.

La rabia siguió allí, intacta; lo que cambió fue el cuerpo de Irati dentro de la línea de tiro.

Detrás, Jarri había dejado de respirar; Legarza mantenía la vista fija en las manos de los otros; Vidal, desde la retaguardia, murmuró algo que nadie alcanzó a oír.

Santiago mantuvo los dedos abiertos a la fuerza, como si la mano quisiera cerrarse sola.

Durante un segundo, Peio tuvo lo que había venido a buscar: la prueba de que todavía podía arrastrarlo hasta el mismo barro, delante de Irati y de todos los suyos.

Detrás de él, nadie lo frenó. Peio retiró el pie y la raya en el suelo volvió a quedar entera, rehecha por una bota al retroceder, como si incluso aquel exceso tuviera que cerrarse antes de la retirada.

—Pensaste que con sacar los zulos a la luz nos dejabais acabados —dijo Peio—. Y mírate: has venido hasta donde te han traído, viendo sólo lo que te dejan ver. Lo nuestro no se termina donde vosotros queréis cerrarlo. Que te quede claro, txakurra : al final habéis llegado para perder.

La frase le entró a Santiago por donde más dolía. Peio mentía y aun así rozaba una parte que allí, quieto, con Irati a un lado y los suyos sosteniendo el barro a la espalda, no podía negar del todo.

Se le tensaron los dedos hasta dolerle. Un paso bastaba para echarlo todo a perder. Quiso avanzar, desmentirlo con el cuerpo, partirle la cara allí mismo. Pero no podía. Y esa impotencia lo dejó clavado.

Peio hizo un gesto breve con la barbilla. Sólo entonces el grupo Ekintza comenzó a retirarse.

Nadie bajó las manos. Ni siquiera cuando las primeras espaldas empezaron a desaparecer entre los árboles. El dinero seguía dentro del furgón abierto unos segundos más, como si todavía pudiera llamar a otro disparo.

Al cruzar hacia la arboleda, se detuvo un instante y dijo sin girarse:

—Sabía que acabaríais viniendo hasta aquí. Siempre venís tarde: cuando el muerto ya está enterrado, cuando el dinero ya ha cambiado de manos, cuando sólo queda ponerle sello al daño.

La figura apartada seguía mirando a Peio. No con obediencia, sino con una quietud más antigua, de deuda guardada durante demasiados años.

El último en retirarse fue él. Esperó a que Peio y los demás quedaran ya medio tragados por la arboleda antes de moverse. No miró hacia el dinero. Al pasar junto a un tronco húmedo, apoyó dos dedos en la corteza y siguió.

Sólo cuando el último movimiento se perdió entre la maleza empezó a bajar el aire. Aun así, nadie bajó del todo la guardia.

Irati sólo vaciló cuando él ya no podía verla.

No cayó. Santiago se acercó despacio y le tocó el brazo, lo justo para que supiera que estaba allí.

Ella bajó la vista a la mano de él, abierta aún, y por un instante pareció entender que en aquel gesto también se había quedado algo suyo. Cruzó del todo la raya sin apoyarse.

—Vamos —dijo Santiago .

Empezaron a volver sin hablar. Irati caminó entre ellos sin mirar atrás, con las muñecas todavía marcadas y la respiración corta, pero sin soltar el paso.

El furgón quedó atrás, abierto unos segundos más, con el hueco del dinero y el barro alrededor.

Santiago mantuvo la mano derecha abierta hasta llegar al coche; le dolía no haberla cerrado, y le dolía más saber por qué.

XXIX/ La casa del dolor

Cuando Santiago cruzó la puerta de casa en Baza, todavía sentía la mano derecha como si no hubiera terminado de volver de la muga. El viaje ya no se parecía a una misión, sino a una bajada a destiempo desde un frente que seguía abierto.

Habían pasado apenas unas horas desde el intercambio en la muga y la dispersión forzada del grupo.

El rescate de Irati Mendiola no había cerrado nada: sólo había aplazado la salida.

Bajó al sur porque su padre lo llamó al amanecer, después de días entrando y saliendo de ciudades y pueblos del Norte y de otros refugios donde el sueño llegaba a cuentagotas.

No podía permitirse volver a casa, a Madrid; no todavía.

El operativo no se había roto del todo, pero sí había quedado esparcido, herido y en guardia.

Alberto siguió en el Norte con el material, las llamadas y lo poco que aún podía sostenerse sin abrir otra grieta.

La noticia de Ezequiel le llegó por una llamada corta, mientras revisaba el primer volcado de Ossau: su hijo había muerto por una sobredosis, después de años entrando y saliendo de esa zona donde la culpa de un padre nunca sabe si llega tarde o se queda corta.

Nadie supo qué decirle. Alberto sólo apagó la pantalla, la dejó boca abajo y siguió sentado, como si cualquier movimiento pudiera hacerlo caer.

Vidal seguía fuera de movilidad plena, remendado a medias; Legarza sujetaba el cierre de fase con lo poco que quedaba en pie, y el resto se había repartido entre coberturas, retirada y sombra.

Santiago bajó solo, en el Mégane gris del equipo, reservado para tramos limpios, con la sensación de llevar todavía el barro prendido al cuerpo.

Irati había quedado ya fuera de sus manos inmediatas, pero no a salvo de lo que le habían dejado dentro ni de la contaminación que seguía abierta alrededor de sus hijos. La devolvieron viva; lo demás seguía adherido al grupo como una capa de cansancio, dinero perdido y derrota mal tragada.

No la habían devuelto a Mondragón ni al radio inmediato de los chicos.

La dejaron primero en un piso de apoyo, limpio sólo de puertas, no de daño, para que pudiera bajar la sacudida sin volver esa misma noche al sitio por donde habían entrado a por ella.

Era un resguardo breve, nada más: un lugar para contener el temblor antes de que Irati, por decisión propia, volviera a arrimarse al eje de los hijos creyendo que así los protegía mejor.

No hubo discurso en la llamada de Pedro, el padre de Santiago.

Sólo la frase que no admitía réplica: «Tu madre se apaga.

Date prisa» . Colgó y condujo sin mirar el reloj y con el móvil en silencio, sin apagarlo.

Cada vibración le subía por el brazo como un latigazo.

Aunque fuera hasta Granada, el País Vasco seguía en el bolsillo, esperando el momento de sonar otra vez.

A medida que bajaba hacia Andalucía, el cielo se fue aclarando.

Dejó atrás el gris del Norte, la lluvia y el barro, y entró en una luz limpia que no consolaba.

Los pueblos que iba dejando atrás devolvían el sol desde las fachadas encaladas, una claridad tan directa que no dejaba sombra donde guarecerse.

Aparcó frente a la casa. Afuera, el sol seguía haciendo su trabajo, indiferente.

El calor se le pegó a la camisa nada más bajar del coche, espeso y quieto, tan distinto del frío que llevaba prendido al cuerpo desde el Norte.

La puerta se abrió con el mismo gemido de siempre.

Dentro olía a medicinas, a ropa limpia y a flores marchitas.

La enfermedad había encogido las habitaciones y les había quitado ruido.

Una fina capa de polvo cubría el alféizar de la ventana entornada: nadie había tenido tiempo para esa clase de cosas.

Cruzó el pasillo con cuidado, sin atreverse a pisar fuerte.

Abrió la puerta del dormitorio sin hacer ruido. La luz entraba a rayas por la persiana. Araceli estaba sentada junto a la cama, las manos entrelazadas sobre el regazo. Se levantó al verlo; en la cara traía cansancio y algo más antiguo.

—¿Cuánto llevas aquí, hermana? —preguntó en voz baja.

—Toda la tarde —dijo—. Anoche estuvo peor… Pensé que no vendrías.

—Me avisó papá —dijo—. Vine lo más rápido que pude.

Araceli asintió. Dio un paso hacia él, como si fuera a abrazarlo, pero se quedó a medio camino. Al final sólo le apretó el antebrazo y lo dejó pasar.

—No te reprocho que subieras otra vez al Norte, Santi —dijo—. Te reprocho lo que se queda aquí: papá en vela en la cocina con la radio, mamá alzando la cabeza cada vez que sonaba el teléfono, nosotros midiendo las palabras para que no se notara el miedo. Eso también cuenta.

Abrió la boca para contestar. No le salió nada. Asintió apenas, torpe, pidiendo perdón sin palabras.

Araceli le colocó el cuello de la camisa con un gesto antiguo, de hermana mayor, y apartó la mirada antes de que a los dos les diera vergüenza.

—No la dejes sola —añadió la hermana—. Te estaba esperando.

Se hizo a un lado para dejarle sitio.

Elena se despertó al cabo de unos minutos. Los ojos hundidos, pero claros; la piel, demasiado fina sobre los pómulos.

—¿Santi…? —susurró.

Le tomó la mano. Fría, frágil. Temió apretarla demasiado.

—Estoy aquí, mamá.

Le subió la manta hasta el pecho y le apartó un mechón blanco de la frente. El gesto lo dejó más desarmado que cualquier reproche.

Ella lo sostuvo largo rato, con esa mezcla de ternura y despedida que no admitía atajos.