Las balas silenciosas del Norte Chapter 27
61%

Chapter 27

XXVIII/Cara a cara frente al enemigo

El amanecer apenas existía. Los tres días habían quedado en amenaza pura; la segunda llamada los encogió hasta dejarlos en unas pocas horas.

El punto llegó poco antes, sin saludo ni negociación: una explanada embarrada del lado español de la muga, cerca de Behobia, a pocos minutos de Irún.

La pelea por Madrid quedaba después. Santiago llevaba aún la nota de Irati doblada en el bolsillo, sin necesidad de volver a mirarla; el dinero iba ya cargado en el furgón, sin que nadie lo llamara rescate.

Bastó para ponerlos en marcha con los imprescindibles.

A distancia del perímetro acordado, el Crossland y el Ateca aguardaban con los motores apagados; Marquina cubría el furgón del dinero y, más atrás, Morcón y Del Hoyo sostenían la retaguardia y la salida.

De cara al otro lado, sólo Santiago debía contar.

Los demás eran distancia, ángulo y retirada.

Una claridad gris, indecisa, caía sobre el descampado. El viento traía olor a metal mojado.

Santiago avanzó despacio hasta su marca, en el lado pactado del límite, con los hombros tensos y las manos visibles.

Detrás, sólo los imprescindibles mantuvieron la distancia convenida, sin cerrarse: una fila abierta, un escalón de fango entre cuerpos, porque el suelo también contaba.

Nadie quería ofrecer un blanco compacto en mitad de una frontera donde cualquier error podía convertirse en pretexto.

Jarri no miraba sólo la arboleda: leía huecos entre cuerpos, puertas de coche, hombros que podían convertirse en línea de tiro. Legarza, un paso más atrás vigilaba manos antes que caras. Si una subía medio palmo más de lo debido, aquello dejaba de ser intercambio.

La orden era vieja y sencilla: nadie disparaba sin señal. Allí, un gatillo nervioso podía costar más que una vida.

Al fondo, junto a la línea de árboles, las figuras comenzaron a moverse.

El grupo Ekintza no emergió: se deslizó.

Santiago distinguió primero dos figuras en el borde del ramaje y después otras, peor recortadas, inmóviles más atrás, cubriendo el flanco y la retirada.

Un poco separado del resto, casi fuera del dibujo, había otro cuerpo quieto que no ocupaba calle como los demás: no avanzaba, no cubría, no parecía allí para lo mismo.

Algunos venían al intercambio; otros quedaban fuera de vista, aguardando una señal que no debía producirse.

Avanzaban sin prisa, sin sobresaltos. Lo hacían en un orden irregular pero preciso, envueltos en prendas oscuras, armas a media altura, rostros velados por el contraluz. El espacio abierto parecía estrecharse a su alrededor.

—Deteneos aquí —dijo Santiago, más para sí que para los suyos.

Se quedó quieto, con las suelas hundidas en la tierra mojada, y sintió el frío treparle por las botas.

Unos metros por delante, separado del resto, apareció Ansola Larrañaga, «Peio el Viejo». Era una figura enjuta, algo vencida de hombros, con esa fatiga reseca de quien ya no necesita exhibirse para mandar. Al meterse la mano en el bolsillo, le tembló una fracción de segundo; lo ocultó enseguida.

El acuerdo se reducía a una raya imaginaria sobre la tierra removida .

Peio inclinó apenas el rostro, midiendo a quien tenía delante.

—Venís con nuestro dinero —dijo, señalando con la barbilla el vehículo.

Santiago dejó que el «nuestro» se quedara colgando. Aquella suma incompleta y sucia pesaba como si se la debieran entera.

—Sí, y yo he venido a por ella. Nada más.

—Directo al grano. Mejor así.

Detrás del veterano etarra, una linterna se encendió un instante. Una silueta femenina salió de la arboleda, sujeta por dos hombres. Llevaba las manos atadas; el rostro, sucio; el abrigo, desgarrado. La detuvieron unos metros antes del corredor.

La habían dejado en el punto peor: demasiado lejos para agarrarla, demasiado cerca para que cualquier arma la alcanzara. Santiago entendió que aquella cuerda no estaba sólo en las muñecas; la mantenían también entre dos fuegos.

Irati.

Peio levantó una mano, haciendo callar un murmullo que se produjo entre los suyos.

—La soltaré cuando compruebe el dinero —dijo, sin apartar la vista de Santiago.

—No. Quiero que la sueltes ahora —dijo Santiago, con la mandíbula apretada.

Peio ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa cansada.

—No. Primero se comprueba el dinero. Luego ella cruza. Así funciona esto —replicó con voz firme.

Santiago cargó el peso sobre el pie izquierdo, apenas un amago. Del otro lado, dos armas subieron lo justo. Jarri susurró su nombre sin mover los labios. Legarza no miró a Santiago; miró las manos de los otros.

—No he venido a negociar. El dinero está ahí. Ella se viene conmigo —insistió Santiago, sin apartar la mirada de Irati.

—¿Sabes qué pienso? —dijo Peio—. Que unos ponen el cuerpo, otros recogen lo que sale de esto y ni siquiera pisan barro.

Lo dijo casi con cansancio.

El sargento Guergue se acercó al furgón por el corredor permitido, sin cruzar el límite.

La puerta quedó abierta como una boca negra.

Alberto, reservado hasta entonces junto al vehículo, tenía medio cuerpo cubierto y medio cuerpo vendido; Marquina le cubrió el hombro desde atrás.

Guergue revisó los fajos, levantó dos paquetes al azar y los dejó caer otra vez con ese golpe sordo de papel compacto.

Abrió una caja, miró dentro sin tocar más de lo imprescindible y tardó un segundo más de la cuenta en levantar la vista.

En la arboleda, una boca de cañón subió un centímetro y volvió a quedarse quieta.

A su espalda, la figura apartada alisó con dos dedos la solapa del abrigo, como si ordenara algo que sólo él estaba viendo.

El claro quedó inmóvil. No fue hasta entonces cuando Guergue dio el visto bueno.

—Está todo —anunció.

Peio no celebró. Sólo asintió, muy despacio: una orden firmada.

—Bien —dijo—. Ahora escucha: cuando ella cruce, nadie se mueve. Ni un paso, ni una mano tarde.

Hizo un gesto mínimo con la barbilla. Una señal sin teatro .

—El dinero vuelve, sí —añadió—. Pero lo otro ya no. Las armas y la droga nos las habéis sacado del juego. Ahí nos habéis metido un gol. Y no te engañes: los franceses no van a pregonar lo que han encontrado. También ellos saben cuándo algo les conviene más callado que contado.

Peio no le quitó los ojos de encima. Irati se detuvo a un palmo del límite, en el corredor abierto entre ambos bandos.

—Siempre acabas volviendo a lo mismo, Irati —dijo Peio—. Igual que tu madre.

Ella levantó la barbilla. Su rostro estaba lleno de suciedad y magulladuras, pero en los ojos le brillaba un filo.

—No me hables como si supieras nada de mí —dijo Irati—. Ni vuelvas a decir mi nombre.

—Tu madre también quiso vivir como si lo de atrás no contara…

—¡No vuelvas a meterte en su vida! —le espetó—. No tienes derecho ni a nombrarla.

La voz de Irati Mendiola quedó vibrando un segundo en el claro.

Nadie se movió. Santiago sintió la tierra húmeda prendida a las botas.

Se contuvo porque ella estaba a un paso del corredor y porque cualquier quiebra podía echarla atrás.

Pero al oír a Peio nombrar a su madre, algo viejo se le abrió por dentro con una violencia casi física: Ispáster, la silla vacía de su tío Aurelio en Navidad en casa de sus padres, su primo Ignacio en la silla de ruedas.

Se le trabó la mandíbula. Cuando habló, ya no fue cálculo.

—Quiero saber por qué mataste a Aurelio Salgueiro —dijo entonces—. Quiero oírtelo a ti.

Peio no contestó de inmediato. Lo miró como si calibrara primero de dónde salía aquella pregunta en mitad del intercambio. Luego habló sin apartar la vista .

—A ese txakurra no lo olvidé —dijo al fin—. Se metió donde no debía. Con mi compañera. Con la vida que yo había decidido que era mía. Después vino lo demás. O eso me repetí hasta poder hacerlo.

Irati dio un paso corto, apenas uno, como si aquella respuesta le hubiera entrado de lleno.

—¡Mírame! —le dijo de repente—. ¡Tú la rompiste! ¡Y después mataste a Aurelio!

—¿Aurelio? —repitió Peio—. Para vosotros siempre acaba volviendo lo mismo: un muerto al que le dejáis seguir mandando.

—No lo reduzcas a un nombre —dijo Irati—. Era mi padre.

Peio ladeó la cabeza.

—No me vengas con esa mierda —dijo—. Te has salido del sitio que te tocaba y ahora quieres llamarlo otra cosa… A un txakurra …

De pronto, un chasquido seco estalló a la derecha del descampado.

Todos reaccionaron por instinto: un cuerpo bajó, un arma salió, los ángulos se cerraron.

Sonó un cerrojo demasiado alto. Durante un segundo nadie apuntó al ruido: siguieron apuntando a hombres.

En la retaguardia nadie avanzó; sólo manos firmes sosteniendo el perímetro del furgón, esperando una señal que no llegó.

Un cuervo enorme salió volando del tronco donde había estado posado.

Desde la retaguardia, apoyado contra el marco del Ateca, Vidal murmuró entre dientes:

—Poneos listos.

Peio levantó la mano sin volverse hacia su grupo.

—¡Quietos todos! —ordenó .

Santiago tardó un segundo en responder. Miró la raya rehecha en la tierra removida, luego a Peio, y sintió cómo el recuerdo le subía entero, sin pedir permiso.

Volvió la carretera estrecha, la radio baja, los dos Land Rover parados en fila por un control que nunca llegó a serlo.

Volvió el fogonazo antes que el estampido, y el estampido antes que el propio cuerpo, que tardó un segundo entero en entender que seguía vivo.

Volvió el silencio de Ignacio a su lado, que no llegó a gritar porque ya no sentía las piernas para gritar con ellas.

—Yo estaba allí, en Ispáster, en el ochenta, cuando mataste a seis compañeros en la carretera y dejaste a mi primo Ignacio metido en una silla de ruedas de por vida —dijo—. Y también estaba junto al coronel Galindo cuando te arrestaron en Bidart. Ninguna de las dos veces se me ha olvidado.