Chapter 26 #3
Santiago volvió a mirar la pantalla apagada, como si pudiera obligarla a devolverle una respiración, un ruido, una palabra de Irati. No había nada.
Alberto entró primero. El piso franco de paso, en las afueras de Tolosa, seguía oliendo a humedad, café frío y ropa mojada.
En el patio interior, una persiana golpeó dos veces contra el marco y luego quedó temblando.
Hasta poco antes, la conversación había girado alrededor de Ossau: el primer volcado, las marcas, el dinero, una evidencia por fin tocada.
La certeza era dura, sin un gramo de alegría: habían llegado al centro real del asunto.
El segundo zulo no era un escondite viejo.
Era la mentira final de ETA todavía respirando bajo tierra.
Santiago sólo tuvo que decir tres cosas para que empezaran a moverse: tres días, dinero, ninguna prueba de vida.
Los demás llegaron en tandas. Marquina apareció un minuto después, para confirmar que el coche estaba limpio y volvió a bajar.
Luego entraron Mikel Legarza, Jarri y Morcón; a Vidal lo subieron después, cosido y pálido, más útil sentado que de pie.
Del Hoyo sostuvo el exterior desde el portal trasero.
Luis seguía en Málaga, atado a llamadas, papeles y a una casa que se le iba cerrando sin hacer ruido.
Su número estaba en la lista de contactos, pero nadie lo tocó: Santiago ya lo había mandado demasiado lejos para pedirle que volviera a romperse por ellos.
Al fondo, Laura Alamar y Dominique Thomas separaban carpetas: lo que aún podía viajar, lo que ya estaba quemado, lo que convenía no tocar. Allí no cabía una reunión completa ni un refugio estable; sólo una mesa mínima de crisis, con anillos fuera y tiempo prestado dentro.
Legarza levantó una mano, bastándole el gesto:
—Nadie sale como bloque. Nadie contesta como bloque —dijo. Miró alrededor, uno por uno—. Si nos ven movernos juntos, ya les hemos contado cuántos somos, quién manda y dónde nos duele. Uno habla. Los demás desaparecen.
Vidal, hundido en una silla junto a la pared, asintió una vez, cortado. Cada respiración le tiraba del costado.
—Teléfonos boca abajo. Ventanas cerradas. Nadie pisa portal sin pareja —dijo, sin incorporarse—. Y no me miréis así. No es teatro. Una voz, una cara, una salida… Con eso les basta. Si alguien habla fuera, habla uno. El resto no existe.
Morcón, por reflejo, tocó el bolsillo. Vidal lo vio y negó una sola vez. La mano bajó.
Cuando estuvieron todos, Santiago repitió la llamada entera, palabra por palabra, para que no hubiera versiones. Dejó sobre la mesa el plazo, el dinero y la ausencia de prueba de vida. Lo demás tenía que resolverse allí.
Jarri quedó cerca de la mirilla. Afuera, el agua seguía cayendo.
En el portal sonó una puerta metálica. Jarri se quedó inmóvil con la mano en la mirilla. Nadie respiró hasta que los pasos bajaron hacia la calle.
—¿Y si la tienen delante de una pistola ahora mismo? —dijo Jarri desde la mirilla, sin volverse—. Decidlo también en voz alta. Que no se nos olvide mientras hablamos de rutas.
Nadie contestó. En la mirilla, Jarri seguía mirando.
Vidal hizo ademán de incorporarse y el dolor le cortó el gesto. La rabia le endureció la boca antes de hablar.
—Precisamente por eso.
—¿Por eso esperamos? —soltó Jarri.
—Por eso no les damos también la ruta —respondió Vidal desde la silla—. Si salimos mal, la matan igual. Y además aprenden cómo movernos la próxima vez. El dinero es el anzuelo: nos obliga a salir, a elegir camino y a enseñar quién puede moverse todavía.
Vidal tomó aire con dificultad. Zaragoza le pasó por la cara como una ráfaga: luces de casa-cuartel, ventanas rotas, mantas sobre cuerpos pequeños. No dijo nada de eso entero. Sólo apretó la mandíbula.
—A mí no me habléis de depósitos viejos —añadió—. Viejo es lo que ya no mata. Eso seguía esperando a alguien.
Nadie tuvo que preguntar de dónde venía esa frase.
Jarri apartó apenas la frente de la mirilla. Hipercor le volvió en un fogonazo sin imagen completa: carros, bolsas, niños, un sábado cualquiera convertido en blanco .
—A los de fuera siempre les parece pasado —murmuró—. Hasta que vuelve a entrar en una casa.
El salón se quedó quieto. Alberto miró el teléfono mudo antes de hablar.
Alberto se pasó la mano por la boca. Lo que una hora antes parecía ventaja acababa de obligarlos a moverse al paso de otros. Lo habían visto con sus propios ojos: cajas, billetes, armas que no debían seguir allí. La tierra devolvía la mentira.
—No han pedido armas —dijo Alberto—. Ni droga.
Apretó los dedos contra el borde de la mesa.
—Eso ya les ha delatado. El dinero todavía les compra tiempo.
—Han pedido lo único que puede volver a circular sin que nadie quiera reconocerlo. Si lo damos, recuperan una pieza. Si no…
Miró el teléfono.
—Si no, ella sigue allí.
—Y nos miden —dijo Legarza. Nadie levantó la vista—. A quién mandamos, qué coche sale, por qué puerta, quién se queda fuera. El dinero es una parte. Lo que quieren de verdad es ver cómo estamos puestos. Y que Ossau llegue a Madrid manchado por nosotros antes de que pueda hablar.
Dominique cerró una carpeta y la dejó aparte, bajo la palma.
—Esto, así, no resiste Madrid —dijo Dominique.
Santiago levantó la vista.
—¿Tan mal?
—Peor —respondió ella—. Lo tocaron franceses, lo tocamos nosotros, lo miraron demasiados ojos y nadie quiere firmar el primer minuto. Firmarlo sería admitir que seguía ahí. Si lo hacemos cruzar por la puerta equivocada, lo convierten en una anécdota sucia en cuanto llegue al expediente.
Santiago escuchaba sin mirar a nadie. Abrió la mano sobre la mesa y dejó, al lado del teléfono, la tarjeta francesa, la nota doblada de Irati —copia de lo que había alcanzado a ver en el papel de Aitor— y el reloj roto que seguía marcando una hora inútil.
La había vuelto a doblar después de leerla, como si cerrar la nota pudiera cerrar también lo que traía dentro.
Cada vez que la miraba, no veía una pista, sino otra forma de daño.
Lo poco que Ossau les había dado de fuerza se le vino abajo dentro del pecho.
Irati estaba primero. Aurelio seguía debajo de todo.
Y, junto a eso, ardía la vergüenza de haber servido media vida para que ahora les pidieran aceptar como cierre una mentira bien vestida.
Laura Alamar le sostuvo la mirada desde el fondo.
No hizo falta más. El secuestro lo había desplazado todo: ya no bastaba con tocar algo verdadero si el precio lo pagaban otros antes de que sirviera.
Metió el pulgar bajo el doblez de la nota de Irati. No necesitaba abrirla otra vez. Ya sabía lo que decía.
Laura cerró la carpeta que tenía delante y la apartó sin ruido.
—No os puedo dar una salida limpia —dijo Laura. Tardó un segundo en seguir—. Me gustaría poder mentiros con eso. Pero, si la hubiera, ya la estaríamos usando. Lo único que puedo sostener es un mínimo de orden: quién habla, qué se mueve y qué prueba no se contamina más.
Santiago miró la tarjeta francesa, la nota de Irati ya cerrada y el teléfono mudo. Abrió la boca, pero no dijo nada. Sólo cuando bajó la vista al reloj roto consiguió ordenar la frase.
—Entonces primero la sacamos viva —dijo—. Después intentamos que lo que encontramos en Francia siga siendo verdad cuando llegue a Madrid.