Chapter 26 #2
—¿Y Añorga? —preguntó Martínez, aplastando la ceniza contra el borde del plato.
Marcos no apartó los ojos de Zarrías.
—Añorga sabe qué parte le toca —dijo.
La comisaria recogió el cuchillo, lo cerró y lo dejó junto al plato .
—Bien. Entonces no hablamos de una operación —dijo—. Hablamos de dejarles una sola forma de caer.
Martínez se echó hacia atrás.
—¿Y tú qué ganas con esto, aparte de la caja que te baja por la vía vasca? Porque aquí nadie ha venido por patriotismo —preguntó Martínez.
Zarrías no respondió enseguida. Miró el plato, luego la cortina. Cuando habló, ya no intentó parecer limpio.
—Gano que mi nombre no sea el primero que aparezca cuando alguien necesite un culpable con placa y poco respaldo.
He pasado demasiados años llevando recados de unos a otros para que ahora me dejen como el que abrió la puerta.
Si esto se ordena bien, soy enlace útil.
Si se desordena, soy el subinspector que estuvo en todas partes y no mandaba en ninguna.
Alzó la vista hacia Marcos.
—Y gano futuro. No me voy a disculpar por decirlo. Hay gente que cobra en billetes. Yo cobro en no caer, en expediente limpio y en estar sentado en el lado correcto cuando se reparta lo que viene.
Martínez ladeó la cabeza, sin sonreír.
—Al menos no me has dicho patria —dijo Martínez.
La comisaria bajó apenas la vista al mantel antes de responder, como quien ya ha medido lo que ese nuevo orden puede repartir a quien llegue útil y limpio al siguiente despacho.
—Si esto se desborda, al primero que van a abrirle el cajón es a ti.
—Lo sé.
—Entonces más te vale no dejarme descubierta.
Zarrías sostuvo la mirada .
—Si escondiera algo, me caería encima antes que a vosotros.
Martínez miró a Marcos. La comisaria sostuvo el silencio unos segundos más, midiendo.
—Vale —dijo al final la comisaria—. Tú marcas hasta dónde llega la línea. Nosotros decidimos cómo se cierra aquí.
El subinspector asintió, casi sin aire.
Martínez se incorporó despacio.
—Y ellos dos, Luque y Núñez, dejan de ser un problema abierto.
—Bien.
Nadie brindó ni estrechó la mano.
Al otro lado de la cortina volvió a sonar la vajilla. Dentro, la mesa ya había decidido lo suficiente.
XXVI/La casa contaminada
Esa misma noche, cuando en La Rampa aún olía a tabaco frío, vajilla usada y comida sin tocar, la orden ya había salido de la mesa.
Mondragón se recogió pronto, como hacen los pueblos que saben leer el aire antes que el boletín.
Lo que allí se había decidido en voz baja, aquí empezó a moverse con manos.
Bajo la lluvia fina y la luz sucia de las farolas, avanzaban pegados a las fachadas, disueltos en la sombra. Eran cuatro. Los justos para entrar y salir sin dejar demasiada memoria ajena.
Antes de entrar, se colocaron cubrezapatos finos y ajustaron los guantes.
Xabier Landa, «Otso», no se puso detrás de nadie: se abrió medio paso hacia el rellano y la escalera, contando tiempos con una calma sin adornos.
No llevaba prisa: llevaba método. Añorga se pegó al marco de la puerta y leyó el buzón sin tocarlo.
No necesitó mirar de nuevo la nota que Marcos le había puesto en la mano en Rentería: portal, hora, sin parte.
Aquello era su parte del sobre. En el grupo, el interior empezaba siempre fuera.
Entraron como si ya conocieran el portal: sin mirar alrededor más de lo imprescindible, sin tocar lo que no hacía falta.
Al frente, Iñaki Chaos caminaba con los hombros tensos. Detrás, Eneko Rezola avanzaba sin hablar. Otso quedaba lateral, no retrasado, mandando los tiempos sin tocar nada. Añorga mantenía abierta la lectura de la escalera y la calle, con el portal todavía en los ojos.
Otso ladeó apenas la cabeza. Chaos entendió la señal y levantó la mano. El portal de madera negra estaba cerrado y no había luz en el rellano. Durante un instante no se oyó nada; sólo el zumbido lejano de un transformador y la lluvia bajando por el patio interior.
—Aquí —murmuró Chaos, y la palabra quedó suspendida en el aire.
Ya en la puerta del piso, Chaos introdujo la ganzúa.
Un clic de cerradura. Otro. Un tercero.
Dentro olía a frío, a moho, a café olvidado.
El piso era un refugio prestado. La taza seguía en la mesa con el aro seco; el bolso no estaba y el abrigo tampoco.
Allí apenas se sostenía la vida. Alguien había salido con prisa, como quien deja un sitio a medio cerrar porque cree que todavía podrá volver.
Entonces, ya dentro, la quietud se rompió. Un golpe de agua en una bajante y el clic del ascensor subiendo, cercano, como si alguien lo hubiera llamado desde el segundo. Rezola levantó la vista. Chaos no necesitó mirarlo para entender: había vecinos despiertos. Apretó el ritmo sin decirlo.
En la calle, un coche pasó despacio y volvió a pasar. Añorga esperó un segundo de más antes de moverse. No era todavía alarma, pero bastó para que Chaos dejara de mirar el interior del piso y empezara a medir tiempos.
—Cinco minutos —murmuró Otso, sin apartar la vista de la escalera—. Y abajo.
Rezola apagó la luz del recibidor con los dedos envueltos en guantes.
—Vacío —susurró desde la cocina.
Chaos no respondió. Ya había visto bastante: el recibidor a oscuras, el radiador tibio, la manta en el sofá, el libro abierto boca abajo, la mesa sin recoger. El salón estaba a medias, como si la vida allí no hubiera llegado a asentarse nunca del todo.
Chaos caminó por el salón sin tocar nada. No buscaba una casa: buscaba lo que podía servir sin delatar que habían estado allí.
Rezola levantó una carpeta arrugada que había quedado medio vencida junto a un aparador. Al enderezarla, cayeron dos recibos doblados y una tarjeta metida a presión entre papeles sin valor aparente.
No parecía gran cosa. En el reverso, a bolígrafo, alguien había dejado un número corto, escrito deprisa.
Despacho de Detectives Luque bastó con leer en voz baja el texto de la tarjeta.
Al otro lado, Goicoechea tardó apenas un minuto en devolver un cruce básico desde la terminal de la Ertzaintza: Luque y Núñez no eran simples detectives de Madrid, sino dos guardias civiles, y había indicios suficientes de que se habían metido demasiado en la lectura de los depósitos.
Antes de cortar, Goicoechea pidió dos segundos, dejó la línea abierta y trasladó el dato al jefe.
Chaos colgó sin decir adiós. El cálculo había cambiado.
Si aquellos dos estaban detrás de Ossau y del resto del hilo, Irati ya no servía sólo para escarmentar.
Servía viva: para recuperar al menos el dinero, medirles el movimiento y ponerles un precio encima de la prueba.
Segundos después, el terminal vibró otra vez.
Esta vez no hizo falta adivinar el sentido: Goicoechea devolvía la línea ya pasada por arriba.
La última palabra ya no era del sargento. Venía de Peio.
Chaos sacó un terminal barato, marcó el número de Aitor —el hijo mayor, el mismo al que ya habían usado para tantear la casa— y esperó. Al otro lado tardaron en coger. Cuando la voz salió, todavía era de casa; precisamente por eso sonó ya tocada por fuera.
—¿Aitor? Escúchame bien y no digas mi nombre. Si tu madre te llama o aparece por casa, le dices que todo sigue igual, que suba tranquila, y no la acompañéis. En cuanto sepas que va a volver, me mandas un toque a este número. Si haces otra cosa, te pesará. ¿Lo has entendido ?
Al otro lado hubo un silencio largo. Luego la respiración del chico cambió.
—¿Otra vez…? —susurró Aitor, y en la vacilación hubo menos miedo por ella que por lo que pudiera caerle encima a él—. Vale. Haré eso.
—No preguntes ahora. Hazlo y ya está. Y no uses ese teléfono para avisar a nadie.
Hubo un roce, como si el chico hubiera tapado el micrófono con la mano para que no lo oyeran desde dentro. Luego dijo muy bajo:
—Se lo diré.
La voz le salió ya distinta: no de chico asustado, sino de alguien a quien acababan de moverle el suelo sin darle tiempo a entender por qué.
Chaos colgó sin despedirse. El piso ya no estaba limpio.
Otso fue el primero en moverse hacia la escalera.
No hizo falta repetir la orden. Bajaron sin ruido y se repartieron alrededor del portal: uno al portalón, otro al coche, otro al ángulo muerto de la esquina.
Dentro no quedaba nada que hacer. La trampa ya no estaba en el piso, sino en la vuelta de Irati.
Sólo faltaba que la falsa normalidad trabajara.
XXVII/El último umbral
El teléfono sonó de madrugada, en el piso franco. En la pantalla no apareció nada útil: ni número, ni nombre, ni la señal mínima del prepago con el que Irati Mendiola solía moverse. Santiago lo supo antes de contestar: faltaba la única palabra que ella decía siempre al abrir esa línea: andén .
Santiago contestó antes de pensar. El dedo le resbaló una vez sobre la pantalla. Durante un segundo no supo dónde estaba. Esperó oírla y, al no hacerlo, sintió que la noche se abría debajo de él. Luego volvió a la penumbra húmeda del piso y al olor agrio del sudor en el pasillo.
La voz llegó distorsionada y neutra, como si hablara detrás de un vidrio. No se presentó. No adornó nada.
—Tenemos a Irati. Tres días. Queremos el dinero del último zulo. No aviséis a nadie si queréis que siga viva.
Y colgaron. A Santiago se le quedó clavado un detalle mínimo: un zumbido de ventilación constante y, al final, un clic seco, como de tapa cerrándose. Sonaba a interior.
No dejaron nada más. Hablaban del dinero de Ossau, el del segundo zulo. Y eso bastó para que en la habitación cambiara el aire.