Chapter 26
XXV/Represalias
Al día siguiente, por la tarde, con el barro de Ossau aún pegado a las botas de quienes habían estado allí y el aviso corriendo en llamadas cortas, la presión dejó de discutirse. Empezó a cobrarse.
El local de EH Bildu en Pamplona tenía esa gravedad doméstica de las sedes donde la política convive con una disciplina antigua: carteles de campañas pasadas, una ikurriña plegada en un rincón, olor a café recalentado y humedad de abrigos.
La sala de entrada, con folletos de presos etarras, vasos de plástico y ceniceros viejos, quedaba fuera; el despacho interior estaba al fondo, sin tránsito, reservado para las conversaciones que no debían salir al pasillo.
Las persianas, a medio cerrar, dejaban una luz enferma sobre la mesa. Dos teléfonos apagados descansaban boca abajo. Allí el silencio formaba parte del método.
Joseba Etxebarría permanecía junto a la ventana, casi inmóvil, esperando. Pero no estaba quieto del todo: llevaba varios minutos cambiando el peso de un pie a otro, con la mandíbula apretada, atento a cada golpe de lluvia contra la persiana.
La puerta se abrió sin llamar.
El sargento Andoni Goicoechea entró empapado, con ropa de calle.
Traía lluvia en la ropa, urgencia en la cara y ese cuidado tenso de quien sabe ante quién está hablando.
Cerró con suavidad y se quedó un segundo de más junto a la puerta, sin avanzar aún, como si antes de dar el tercer paso tuviera que ordenar dentro de sí mismo la manera exacta de decirlo .
—Dime —ordenó Etxebarría sin volverse.
Goicoechea avanzó dos pasos. Las botas mojadas dejaron dos marcas oscuras en el suelo. Sin mirarlas, arrastró la alfombrilla con el pie y las tapó. Sólo entonces levantó la vista hacia la espalda del batasuno, con la cautela hosca de quien está acostumbrado a responder, no a discutir.
—Han llegado a Ossau —dijo al fin, con la voz más áspera de lo normal—. Y esta vez no hablamos de un escondite menor. Si abren bien ahí dentro, nos levantan demasiado.
Al decirlo, no pronunció txakurras , pero la palabra le pasó por la cara.
Etxebarría la oyó igual: los de Madrid, los de verde, los que volvían siempre con papeles, tierra en las botas y muertos ajenos a pedir cuentas en una tierra que ellos seguían sintiendo ocupada, incluso cuando ya no lo decían en voz alta.
—¿Cuánto margen tenemos? —preguntó Etxebarría, demasiado rápido. Al hacer la pregunta se volvió por fin, y en su cara ya no había cálculo, sino una tensión mal contenida.
—Poco —respondió Goicoechea, sin esconder ya la prisa—. Han fijado el sitio y no se van a quedar en el agujero. Si no cortamos ahora, detrás vendrá todo lo demás.
—No vienen a mirar —añadió Goicoechea—. Vienen a mandar. Siempre vuelven igual: con una placa en la cabeza y la idea de que aquí todo les debe explicación.
—Dijiste que no nos volverían a marcar un depósito —susurró Etxebarría. Se pasó la mano por la boca antes de seguir, como si quisiera sujetarse algo por dentro—. Si tiran de ahí, se nos meten hasta la cocina .
Al político se le endureció la boca. No era sólo miedo a los zulos. Era otra cosa más vieja y honda: el rechazo físico a que aquellos hombres —Madrid, Guardia Civil, Policía, pasado— volvieran a entrar por una puerta que él creía cerrada.
Goicoechea no replicó de inmediato. Tragó saliva, asintió una sola vez y bajó un instante la vista, no por duda, sino por esa mezcla de obediencia y alarma con la que en su oficio se recibe una noticia que ya llega tarde.
La luz de la calle tembló un instante en la pared y se apagó.
Nadie comentó nada. La habitación se quedó inmóvil.
La lluvia golpeó la persiana con más fuerza y, en algún lugar del local, una tubería crujió dentro de la pared.
Etxebarría sostuvo un segundo más la mirada sobre el ertzaina, como si esperara no una explicación, sino un nombre.
—Si han llegado hasta ahí, alguien les ha dejado una entrada —dijo Etxebarría—. ¿A quién tenéis cerca?
Goicoechea miró un segundo hacia la persiana, como si al otro lado pudieran estar oyendo el nombre antes de que él lo dijera. Luego volvió los ojos hacia el político.
—Irati Mendiola —dijo al fin—. La exmujer de Sueskun. Llevaba semanas mal cerrada: la habían empezado a medir por los hijos, dejándoles oír nombres y frases fuera de casa para ver qué repetían luego dentro. Hoy, además, ella ha buscado ayuda fuera. Ya no es sólo un riesgo. Es una entrada abierta.
Etxebarría no se movió al oír el apellido.
Sueskun era un asunto cerrado. Lo intolerable era otra cosa: que el cerco, después de tanto trabajo, ya hubiese entrado por la casa, por los hijos y por una mujer del radio doméstico que debía haber seguido quieta.
En eso no había épica ni traición limpia.
Había desorden. Y ahora, además, había que cobrarlo.
—Entonces, antes de que siga cayendo nada —dijo al fin—, acude al canal antiguo. «Otso». Antes del amanecer.
—Y que Ekintza esté lista —continuó Etxebarría—: los que entran en una casa, meten miedo y cierran salidas sin dejar más ruido del necesario.
Si han empezado a remover, nosotros cobramos por ahí.
Que entiendan otra vez que aquí no se entra con lodo en las botas y apellido de Madrid para salir limpio.
—Para mover a Ekintza así —dijo Goicoechea, con cautela— también hará falta que el PNV mire hacia otro lado. O que dé el beneplácito.
Etxebarría se volvió del todo. Ya no había prisa en la cara, sino mando.
—Eso déjalo de mi cuenta —dijo—. Y tú empieza ya a obedecer mis órdenes.
Goicoechea no replicó. Bajó la vista lo justo para aceptar el sitio que le acababan de marcar.
—Quiero resultado. Sin móviles. Sin gente de sobra. Y que no quede nada capaz de volver a hablar. ¿Me has entendido?
—Entendido. A tus órdenes.
Goicoechea salió sin prisa y cerró con el mismo cuidado con el que había entrado. Etxebarría se quedó de pie, mirando los teléfonos boca abajo.
Al otro lado de la persiana, Pamplona seguía moviéndose como si nada.
** *
Horas después, ya en la costa, la represalia adoptó otra forma: mesa apartada, voz baja, papel por delante.
El restaurante La Rampa , en San Sebastián, estaba casi vacío.
El reservado figuraba a nombre de alguien común, sin apellidos ni datos útiles.
Habían llegado por separado, sin móviles, y habían dejado la comida pedida y pagada antes de sentarse, para no tener que interrumpir nada a mitad ni llamar otra vez al camarero.
La comisaria María Marcos había elegido esa mesa por tres razones: la música ambiental, el cristal grueso y un pasillo que se veía entero desde dentro.
Allí, si alguien quería escuchar, tenía que acercarse. Y, al acercarse, se delataba.
Marcos hacía girar el cuchillo entre los dedos, sin mirarlo. Martínez fumaba despacio, con la vista perdida en la cortina. Los dos parecían esperar no a un hombre, sino a una confirmación.
La cortina se movió.
Entró el subinspector Fernando Zarrías, mojado, con ojeras de carretera. Venía del CNP, pero llevaba ya años moviéndose como enlace en el CNI, entre cadenas de mando que no siempre se decían toda la verdad. Se sentó sin saludar.
—Bueno —dijo Martínez, expulsando una bocanada de humo—. Suelta lo que traes.
Zarrías apoyó los codos en la mesa. No habló enseguida. Al otro lado de la cortina, unos platos chocaron; la tela se hinchó un instante hacia dentro. Los tres se quedaron quietos. Cuando el ruido pasó, Marcos bajó apenas la voz.
—Ahora sí —dijo—. Habla.
—Han abierto un zulo —dijo Zarrías por fin—. Y del otro ya hay gente alrededor .
—¿Lo has pisado tú? —preguntó la comisaria.
—No entero. Lo bastante.
—¿Para qué? —dijo Martínez, sin apartar el cigarro de los labios.
—Para confirmar que no era humo. Y para ver que Luque y Núñez han llegado demasiado lejos para dejarlo correr.
—¿Estás seguro de que han llegado solos? —preguntó Marcos—. Porque para leer eso no basta con suerte, terreno y dos detectives por libre, por mucho oficio de Guardia Civil que trajeran detrás.
Zarrías sostuvo la mirada un instante.
—No los tengo cruzados con ningún equipo oficial —dijo al fin—. Pero tampoco me creo que hayan llegado hasta ahí sólo con fango y suerte. No veo estructura formal; veo ayuda. No sé de dónde, pero la hay.
Marcos ladeó apenas la cabeza, con el cuchillo quieto de pronto entre los dedos. No parecía convencida.
—Hay alguien dentro que abre puertas antes de que nadie las pida —dijo—. Y eso no es ayuda. Es otra cosa.
Martínez apagó el cigarro en el plato.
—Entonces no nos sobra tiempo —murmuró.
Marcos no contestó de inmediato. Apoyó el cuchillo sobre el plato y dejó que el silencio pesara un segundo más de la cuenta.
Martínez apoyó los antebrazos en la mesa, sin soltar el cigarro medio consumido.
—Entonces han seguido tirando del hilo —dijo.
—¿Y por arriba? —preguntó Marcos, sin dejar de girar el cuchillo—. ¿Qué te ha bajado por ese lado?
Zarrías entrelazó los dedos. El gesto parecía buscar firmeza y no terminar de encontrarla .
—Que no quieren ruido. Ni dos lecturas. Una sola versión. Pronto. Arriba no están todos en lo mismo, pero ya sé qué voz pesa más.
Martínez soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Y qué esperan de nosotros? —preguntó el comisario.
Zarrías miró a Marcos un segundo de más, como calculando hasta dónde podía llegar sin quedarse colgado él.
—Que lo hagáis respirable.
—Desarróllalo.
—Que se queden sin salida dentro y sin apoyo fuera.
La comisaria dejó pasar el silencio y volvió a Zarrías.
—Si aceptamos, dime una cosa. ¿Quieren taparlo del todo o torcerlo para que les sirva?
El subinspector dudó una fracción.
—Hundirlo del todo, no. Haría ruido. Lo quieren torcido: que parezca que se han salido de sitio y que, luego, lo demás corra solo.
Martínez alzó la vista, exhalando el humo despacio.
—¿Y Ekintza?
El subinspector no contestó de inmediato.
—Ekintza ya ha empezado el trabajo sucio en la calle —dijo al fin—. Intimidar, cortar salidas, meter miedo. Si vosotros rematáis lo demás, basta.