Chapter 23 #2
El tipo se levantó y echó a andar hacia los aseos.
Al pasar por la línea de visión de Alberto, bajó apenas el móvil.
Alberto no hizo el amago de girarse; sólo adelantó un paso desde la columna y apoyó la mano en el antebrazo de Santiago, quieto.
El gesto bastó para que ninguno de los dos se moviera.
Irati siguió hablando, pero apretó más el bolso contra el cuerpo.
—Me quedaron de mi exmarido antes de que lo quitaran de en medio —dijo ella, sin levantar la mirada—.
Nombres que oía en casa, en la calle, en llamadas a medias…
Yo hacía como que no los entendía. Después de su muerte empecé a repasarlos sola.
Y, desde que me dijiste que me moviera, todo suena distinto.
Hizo una pausa breve, como si se le hubiera secado la boca.
—Y hubo otra cosa, también esta mañana —añadió—. Aitor repitió en voz baja un apellido que no tenía por qué conocer. No sonó a muchacho que trae algo de la calle. Era de la casa vieja, de los que yo había aprendido a no decir delante de nadie.
Santiago levantó la vista de golpe.
—¿Qué apellido? —preguntó, brusco .
Irati negó una vez, muy despacio. Parecía que el apellido le hubiera quedado atravesado en la garganta. Miró hacia la barra, hacia la televisión y hacia el pasillo de los aseos, donde el hombre del móvil ya no estaba donde debía. Al final volvió a Santiago.
—Salgueiro —dijo al fin, casi sin voz—. Dijo Salgueiro.
El apellido cayó sobre la mesa con más peso que el papel doblado. Santiago no respiró durante un segundo; por un instante no vio la cafetería, sino una cocina antigua y una silla vacía. Alberto, desde la columna, dejó de mirar el local por primera vez.
—¿Quién le enseñó ese apellido? —preguntó Santiago.
Irati apretó los labios hasta que se le borró el color.
—Eso es lo que no sé. Lo peor no fue que lo dijera. Fue cómo lo dijo: como si alguien hubiera probado fuera qué podía volver a entrar en casa.
Alberto volvió lentamente la vista al local, pero ya no recuperó del todo la misma distancia.
—No están sólo mirándote —dijo Santiago, muy bajo—. Están buscando dónde te duele. Y si han empezado por ellos, ya no basta con cambiar de puerta.
Irati alzó la cabeza de golpe.
—No me hables así de mis hijos —dijo, tajante—. No los conviertas en una pieza más de esto.
—No he dicho eso —intervino Alberto, desde su sitio, sin dejar de mirar el local—. Digo que ya no basta con vigilar tu puerta. Tienes que vigilar lo que vuelve a casa con ellos.
Santiago bajó al fin la vista hacia el papel doblado. No lo abrió todavía. Alberto seguía de pie junto a la columna, medio girado hacia el local. Irati se humedeció los labios, miró un instante hacia la televisión —donde seguían repitiendo la palabra presos — y sólo entonces volvió a hablar.
—Hay una policía nacional de alto rango de la que hablaban en casa. La comisaria Marcos. Yo la vi antes. Entraba, tomaba café, hablaban dos minutos y se iba. Nadie la nombraba delante de mí como si importara, pero todos bajaban la voz cuando ella aparecía.
Santiago no apartó los ojos de ella.
—¿Marcos era parte de lo de tu marido?
Irati tardó en contestar.
—No sé si parte. Sé que estaba cerca. Y sé que, cuando alguien como ella entraba en aquella casa, mi exmarido dejaba de hablar como un hombre de la calle y empezaba a hablar como si ya hubiera una forma preparada de contar las cosas.
Alberto giró apenas la cabeza desde la columna.
—¿Qué forma?
Irati rozó con los dedos el papel doblado, sin acercarlo más.
—Eso está ahí. Lo que puedo decir en voz alta es que no sonaba a investigar nada. Sonaba a dejarlo todo atado para que lo de San Sebastián, lo de mi exmarido y lo que viniera después pudieran contarse sin que oliera a lo que era.
Santiago entendió la frase antes de que ella la rematara.
—Una versión respirable.
Irati asintió, casi imperceptiblemente.
—Sí. Una versión que cualquiera pueda tragar sin hacer demasiadas preguntas.
—¿Quién más? —preguntó Santiago.
Irati bajó aún más la voz .
—Guergue. Goicoechea. Esos nombres sí los oí en casa. Mi madre les ponía café. Yo quise creer que eran otra cosa. Pero lo demás no quiero decirlo aquí.
—¿Lo demás está en el papel?
Irati miró hacia la barra antes de responder.
—Lo justo para que sepáis por dónde empezar. No me hagáis decirlo aquí.
—Si lo llevas encima, también te hunde a ti —dijo Alberto desde la columna.
—Ya estoy hundida si alguien decide escribirlo así —respondió ella—. Por eso os lo doy a vosotros.
—Tienes que moverte otra vez —dijo Santiago al fin—. Hoy mismo. Si la gente con la que andaba tu marido ya te ha puesto el ojo encima, no se va a quedar en seguirte. Van a averiguar dónde duermes, por dónde sales, a quién llamas. Y, cuando tengan eso, te cierran también ese refugio.
Irati negó despacio.
—No puedo. Si desaparezco del todo, me los quitan.
Ya me han dejado caer la palabra: custodia.
Y sé cómo funciona eso: un informe, una denuncia bien redactada, dos frases sobre inestabilidad o miedo, y ya no eres una madre perseguida sino una madre incapaz.
No tendrían que detenerme. Les bastaría con convertir mi miedo y mis cambios de casa en un papel contra mí.
Un camarero pasó demasiado cerca con una bandeja. El tintineo los cortó a la vez. Irati retiró la mano del bolso, como si hubiera recordado de golpe dónde estaba.
Cuando el hombre se alejó, Irati dijo, ya muy bajo:
—Va demasiado deprisa. Si os han llegado a vosotros y a mí casi al mismo tiempo, ya no nos siguen. Nos están cerrando .
Afuera, la lluvia golpeaba el cristal sin pausa. Al fondo del local, una silla arrastró una pata con un chirrido corto. Alberto giró apenas la cabeza desde la columna: el hombre del móvil ya no estaba, pero dos mesas seguían demasiado quietas.
Santiago cogió por fin el papel. No lo desplegó allí.
Le sorprendió lo poco que pesaba y, aun así, la urgencia con que pedía otra calle, otro coche, otra luz.
Lo dobló una vez más y se lo guardó en el bolsillo interior, junto a la tarjeta francesa, como si las dos cosas pertenecieran ya al mismo retraso.
—No vuelvas directa a casa —murmuró Alberto, acercándose por fin a la mesa sin sentarse—. Cambia dos veces de rumbo. Si ves la misma cara en dos portales, no subas.
Santiago añadió, aún más bajo:
—Y, si notas que te siguen o que alguien ya sabe dónde estás, no vuelvas al refugio. Métete en un sitio con gente y nos buscas después. Pero no entres allí.
Santiago vio a Irati cruzar la lluvia sin volver la cabeza, demasiado deprisa para fingir calma. La puerta se cerró. En el bolsillo interior, el papel seguía sin abrirse, junto a la tarjeta francesa. Dos mesas continuaron sin hacer ruido.
XXII/La vía de cierre
A la tarde siguiente, con la noche bajando otra vez sobre Guipúzcoa, Santiago y Alberto tiraron hacia Rentería después de abrir por fin la nota de Irati en un coche sin luz, lejos de la cafetería, de la lluvia sobre el cristal y de aquellas mesas demasiado quietas .
La nota no era un croquis ni el original de Aitor.
Era peor: una copia hecha a escondidas por una madre que no se atrevió a retirar el papel de su hijo.
Les dejaba lo justo: comisaria María Marcos, policía local Añorga, Rentería y una pauta de hora.
Alberto completó el resto. No iban a abrir una operación nueva ni a tirar del hilo hasta el fondo; sólo querían comprobar si detrás de lo que Irati había oído y de aquella rutina había de verdad un cauce de cierre o una alarma mal leída.
Antes de moverse, Santiago tiró del único hilo que podía afinarles el rostro sin hacer ruido: su hermano Luis, el comisario.
Después de San Sebastián, Luis había bajado a Málaga para intentar sostener el frente de casa que se le había abierto por el sur; desde allí sólo podía ayudarles de lado.
No buscaban un informe, sino ojos. Luis devolvió una foto vieja de servicio, una descripción breve —pelo oscuro, corte limpio, mandíbula estrecha, manera de echar el abrigo hacia atrás al parar— y una sola advertencia: si era la comisaria María Marcos, no iría a ciegas ni dejaría nada que se pudiera enseñar.
Irati no les había dado una dirección exacta, sólo una pauta: tarde, Rentería, un policía local, una taberna a la que entraba sin uniforme y de la que no salía siempre a la misma hora.
Desde el coche, mientras buscaban dónde dejarlo fuera del radio, Alberto vio reflejados en el escaparate de una ferretería el turismo oscuro y cuatro caracteres de la matrícula, junto con la cara del conductor inclinada sobre el volante.
Aparcaron dos calles por encima. Antes de bajarse del todo, Alberto cruzó el dato en el sistema informático MISTRAL.
La devolución llegó fría: coincidencia parcial con Javier Añorga, suficiente para seguir, no para dar nada por probado.
Luego cerraron el coche y bajaron a pie por aceras distintas.
Antes de acercarse, Alberto llamó a Jossette desde un prepago y le dio sólo lo imprescindible: nombre, matrícula parcial, punto y hora.
Josef Anido —Jossette— no podía decirles lo que iban a oír allí dentro, pero sí leer el estado del circuito con más finura que ellos.
Devolvió dos avisos cortos: ventana cerrándose y, después, más bajo: si vais, sólo escuchad; si intervenís o dejáis huella, os lo van a devolver por escrito .
No caminaron recto detrás de él. Esperaron a que Añorga entrara en la calle de la taberna y sólo entonces cambiaron de acera, se dejaron cubrir por un portal y avanzaron por tramos cortos, usando escaparates, parabrisas y charcos para no perderlo ni regalarse.
La lluvia fina amortiguaba pasos y, al mismo tiempo, obligaba a afinar el oído.