Las balas silenciosas del Norte Chapter 23
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Chapter 23

XXI/El laberinto

El Focus no estaba aparcado: estaba escondido en un aparcamiento sin nombre, a las afueras de Mondragón, ya pasada la mañana siguiente a la encerrona de San Sebastián.

La lluvia borraba los contornos. Dentro quedaban pólvora, vendaje húmedo y sudor frío, pegados a la tapicería como otra capa de la noche anterior.

En la guantera, una radio pequeña soltaba boletines a media voz: tráfico, política, una nota breve sobre disparos en San Sebastián y una investigación abierta.

Nada más. Demasiado limpio para una noche así.

Santiago respiraba corto, sin llenar del todo el pecho.

A su lado, Alberto se ajustó las gafas con la mano; en la manga llevaba seca una línea de sangre que ya no era nueva.

La herida leve del hombro le había endurecido el gesto, pero seguía mirando el parabrisas como si la siguiente señal fuera a salir del agua.

Vidal no estaba con ellos: Legarza lo había dejado en el piso franco de apoyo, cosido de urgencia, con Del Hoyo y Morcón turnándose el cierre y la entrada.

Jarri cubría cruces y matrículas desde fuera. Nadie andaba ya suelto.

Luis tampoco seguía ya en el radio inmediato.

Había salido de San Sebastián entero por fuera, pero al llegar al piso franco se quedó sentado con la camisa manchada, mirando el suelo, como si el tiroteo le hubiera alcanzado tarde y por dentro.

Luego entraron las llamadas de Málaga, una detrás de otra, y lo que llevaba meses resquebrajándose en su casa terminó de abrirse.

Luis quiso quedarse: no podía dejar a Santiago arriba ni al grupo así, herido y visto.

Fue Santiago quien lo cortó, casi sin mirarlo: «Baja.

Aquí no me sirves roto». Luis obedeció más vencido que convencido.

El ataque seguía en lo que faltaba y en lo que dolía: un hombre abajo, un coche menos, dos apoyos recortados y una ventana francesa —el único enlace aún utilizable con Hendaya y con quienes podían mover información o cobertura allí— corriendo al otro lado.

Santiago llevaba la tarjeta francesa en el bolsillo interior, aún seca dentro de una funda de plástico; el reloj, en cambio, seguía parado desde la noche anterior, con el cristal rajado y una hora inútil clavada bajo la esfera.

El segundo zulo, el de Ossau, continuaba enterrado.

Si perdían esa hora, no perdían sólo una prueba: perdían el hilo material que unía la encerrona con lo que venían siguiendo desde Isaba.

Santiago miró el retrovisor. Nada: una oscuridad mojada.

Volvió a mirar. En la esquina del parabrisas, un haz de faro resbaló por la lluvia y desapareció al doblar.

Estaban allí sólo para medir si podían moverse sin arrastrar cola.

Legarza había sido claro una hora antes: aguantar dispersos, no fijar rutina, no perder el hilo francés y no regalar un blanco.

El móvil vibró antes de sonar. La pantalla parpadeó: la cobertura entraba y salía. Vio el nombre de su hijo y contestó.

No habló. Esperó. La voz de David llegó baja:

—Ya estoy en Madrid. Desde aquí saco a mamá y a Carmen y os libero ese frente.

Hubo una pausa corta.

—¿Estás bien, papá?

Santiago tragó saliva.

—Sigo vivo. Alberto también. Vidal no está para moverse. El resto aguanta como puede.

David tomó aire .

—He dicho lo justo para volver a la Unidad sin levantar sospechas.

Asunto familiar. Nada más. Manuela también baja: llevaba demasiados días fuera sin cobertura limpia y, después del tiroteo, canta igual que yo.

Ya ha cambiado de coche antes de entrar en Madrid y ha sido ella la que ha dicho que mamá y Carmen no pueden dormir hoy en el mismo sitio.

La cobertura crujió. David desapareció medio segundo y volvió con la voz más cortada.

—Si me quedo arriba, os cargo la casa de Madrid: mi destino, mi apellido, el portal de mamá.

Santiago cerró los ojos un momento. La señal crujió; la barra de cobertura cayó y volvió a subir. Apretó una vez la mano libre contra el volante.

—No quiero arrastrarte más. Ya te he metido bastante.

—Anoche ya me metieron por mi placa, papá.

Y esta mañana mamá me ha dicho que un coche pasó dos veces despacio y se quedó mirando el portal.

A lo mejor no es nada. O a lo mejor ya hacen lo de siempre cuando no quieren tocaros de frente: miden horarios y asustan primero al que os obliga a moveros.

Manuela sacará a mamá y a Carmen. Sin ruido.

Con lo puesto. Esta noche no duermen en casa.

Y, si mis mandos atan que estuve implicado en un tiroteo, fuera de servicio y fuera de zona, me abren un expediente de expulsión.

Santiago apoyó la frente en el volante.

—Hazlo. Sácalas de ahí.

Hubo un segundo de silencio. En la radio, una tertulia pasó por encima de la nota de los disparos en el centro de San Sebastián, como si nombrarlos una vez bastara para dejar la ciudad en paz.

Santiago pensó en Vidal vendado, en la orden de Legarza y en el otro punto aún sin abrir.

Seguían parados allí, midiendo si podían moverse sin arrastrar la marca de la noche anterior.

David respiró hondo antes de terminar:

—Tened cuidado.

La llamada se cortó.

La lluvia seguía trazando líneas rectas sobre el cristal. Santiago dejó el móvil en el asiento y le puso la mano encima un segundo. En la radio, Madrid seguía sonando lejos: voces de gobierno nuevo, apoyos, equilibrio, palabras ordenadas para que nada pareciera moverse demasiado deprisa.

Alberto no dijo nada. Seguía mirando el parabrisas. Sólo alzó la mano y recolocó, por hábito, la rejilla del aire. Luego, sin apartar la vista del agua, dijo lo justo:

—Si la ventana francesa sigue abierta, no tenemos mucho más.

Santiago miró la hora de la cita con Irati, aunque el reloj no sirviera para nada. Alberto lo entendió sin preguntar. Si ella había pedido hablar en ese momento, tampoco eso era casualidad.

***

Antes de darles paso, Jarri llevaba varios minutos leyendo el entorno inmediato de la cita: curva de llegada, matrículas repetidas, puerta, salida y cualquier sombra que pudiera haber prolongado hasta allí una vigilancia previa sobre Irati Mendiola.

Sólo cuando dejó de ver el mismo coche ni la misma figura en dos esquinas habló por el auricular desde fuera, sin apartar los ojos de la calle.

—Si alguien la ha seguido hasta aquí, mirará el local, la puerta y quién sale con prisa. En Hipercor aprendí que no siempre van contra el que buscan: revientan a la mujer, al niño, al que sea, para hacer daño a la casa entera. Si entráis, entrad ya.

Santiago y Alberto entraron separados por unos pasos.

Habían cerrado el encuentro con Irati una hora antes, a través de un teléfono prepago y una sola frase útil: andén , sitio público, salida fácil a secundarias y nada de esperar dentro más de diez minutos.

Por eso eligieron aquella cafetería. Pidieron dos cafés al pasar: lo justo para ocupar sitio y justificar la espera.

Irati Mendiola los esperaba en una mesa esquinera, pegada a la pared, con el bolso apretado contra el cuerpo. No sonrió. Tenía la cara vencida por una noche mal dormida y algo más antiguo que el sueño.

En la televisión, sintonizada en ETB y con el volumen casi perdido bajo el ruido de la barra, un presentador moderaba a dos tertulianos que pedían la liberación de los presos etarras dispersos por las cárceles españolas.

En el faldón, una frase corría una y otra vez: el PNV daba por hecho que Sánchez traspasaría el sistema penitenciario al País Vasco.

Lo que se decía parecía venir de otro país, pero allí dentro no sonaba ajeno: era la misma palabra —cierre— buscando una forma pública.

Jarri siguió fuera, cubriendo la salida y las matrículas.

Las luces bajas ayudaban a que nadie fijara bien una cara.

Alberto se quedó un segundo junto a la puerta, fingiendo leer el menú de tiza.

Sus ojos, en cambio, contaban movimientos: quién entraba, quién salía, quién bajaba la voz al cruzar miradas.

Después cruzó el local sin prisa y se situó de pie junto a la columna más cercana a la mesa de Irati, lo bastante cerca para oír y lo bastante abierto para ver la barra, los aseos y el reflejo del cristal.

Santiago avanzó hasta la silla frente a ella.

Santiago no se sentó del todo. Apoyó una mano en el respaldo de la silla y habló sin saludo, con la voz baja y dura:

—No tenemos tiempo. Tú y tus hijos estáis en peligro grave.

Irati lo miró como si aquella frase no la sorprendiera, sólo la terminara de ordenar. Tragó saliva antes de responder.

—Aitor hablaba por teléfono esta mañana —dijo—. En voz baja. Cuando entré en el pasillo se calló, pero antes le oí dos palabras que no debería estar diciendo: San Sebastián. Tiroteo. Y luego otra, como la dicen ellos: txakurras de Madrid.

Santiago no se movió. Alberto, desde la columna, tampoco. A Irati le bastó esa quietud compartida para entender que no había oído una fantasía de muchacho ni una consigna repetida sin cuerpo.

—Después lo oí en la radio —continuó—. Una nota breve. Disparos en San Sebastián, investigación abierta, nada más. Como si hubiera sido una pelea de madrugada. Entonces llamé.

Santiago se sentó al fin, despacio.

—Fuimos nosotros.

A Irati se le cerró la mano sobre el bolso.

—Entonces ya no están sólo mirándome a mí —dijo—. Están metiendo a mis hijos en medio. O quizá llevan tiempo dentro, que es peor.

—Las mesas —musitó Alberto, sin apartarse de la columna—. Demasiado quietas .

Irati deslizó un papel doblado bajo el periódico arrugado.

Tenía una esquina húmeda y la doblez vencida, como si lo hubiera abierto y cerrado demasiadas veces antes de decidirse a entregarlo.

Santiago no lo tocó al instante. Dejó pasar un segundo y miró la barra.

Un camarero secaba tazas sin mirar a nadie.

Al fondo, cerca del pasillo de los aseos, un hombre sostenía el móvil demasiado alto, con la pantalla ladeada hacia el local.