Las balas silenciosas del Norte Chapter 22 #4
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Chapter 22 #4

Alguien no había seguido nuestros coches: había entendido nuestra necesidad.

El coche al ralentí avanzó medio metro y quedó atravesado donde no estorbaba a nadie salvo a nosotros. En la boca de metro, uno de los jóvenes dejó de fumar y miró hacia la esquina. Luego bajó la vista.

Jarri no miraba la calle. La cerraba por umbrales: portal, esquina, coche, acera. En el Norte, muchas veces, el primer perímetro había sido una casa.

Vidal gruñó sin dejar de observar.

—Creo que nos huelen desde hace rato.

Levanté una mano. Quietos. La respiración se nos quedó corta, contenida .

El primer aviso fue un fogonazo seco desde algún punto alto. Un solo disparo. Después, el impacto y el escaparate estallando en vidrio. El casquillo no lo vi: lo oí girar sobre el asfalto mojado.

El punto alto no volvió a hablar.

—¡Cobertura! —grité, empujando a David hacia el vano del motor—. ¡Al bloque, no al cristal!

Luis me rozó el codo y señaló con la barbilla una salida lateral. Ruta de fuga. Punto.

Del fondo de los portales salieron tres hombres y una sombra más atrás.

No corrían. No improvisaban. Dos llevaban el peso del golpe, con fuego corto desde ángulos distintos; el tercero cerraba la salida limpia; el de atrás no necesitaba disparar.

Arma corta, no ráfaga: bajo la chaqueta y fuera.

No venían a cazarnos en carrera, sino a meternos en una calle medida de antemano.

Alguien soltó el nombre — Chaos — y la calle se cerró otro palmo. No sonó a presentación. Sonó a señal.

Un paso atrás, casi fuera del foco, avanzaba uno al que los otros obedecían sin mirarlo. No gritaba. Le bastaba con mover la barbilla, y cada gesto suyo cerraba una salida.

Los primeros tiros nos partieron. David cruzó bajo, buscando el bloque del motor. Hizo lo correcto. Por eso quedó donde lo esperaban. Cayó de bruces. La mejilla contra el asfalto mojado.

Le agarré la nuca y lo hundí contra el asfalto antes de que levantara la cabeza. Le latía el cuello como una cuerda tensa.

—¡Aquí! —soltó, sin aire.

—¡Calla y arrástrate! —le ordené, tirando de él.

Legarza respondió con dos tiros secos. Alguien retrocedió un paso. No más.

— ¡ Txakurrak ! —escupió uno. Lo demás se perdió entre cristales y sirenas. Alcancé a oír dos nombres: Bidart. Galindo.

Los nombres salieron como deuda personal.

Otro impacto reventó el cristal del coche. Un fragmento de vidrio le abrió la ceja a Alberto. Fue un corte feo, pero superficial. No se llevó la mano: respondió con tres disparos rápidos y siguió en pie.

La hora ajena apretaba.

Cuando los tiros empezaban a apagarse, llegaron las sirenas.

Lejanas primero. Luego demasiado cerca. Durante un instante pensé que abrían la calle.

La cerraron. Las patrullas entraron despacio y se atravesaron en las bocacalles, con una geometría fría.

Ninguno avanzó hacia nosotros. No parecía auxilio. Parecía perímetro.

Sentí un escalofrío, hondo.

Mi reloj yacía en el suelo, abierto en dos, con el cristal triturado en charcos. Lo recogí y noté el metal frío en la palma.

Las luces azules quedaban al fondo, sosteniendo el corte. Nadie entró en el humo. Nosotros, dentro. Guardé el reloj roto y tiré de los míos hacia la sombra del coche. Sin correr. Con David tan cerca del suelo, no había táctica que valiera si yo no lo sacaba primero.

No me detuve a pensarlo. Convertí el miedo en órdenes.

—¡Legarza, derecha! ¡Vidal, conmigo! ¡Jarri, ojo al flanco! ¡David, al suelo! ¡No avances!

—¡No por ahí! —cortó Manuela desde la esquina—. ¡Cubren desde dentro!

Lo vi trabajar desde el suelo y el golpe me llegó por dos sitios: la calle y el apellido. David cubría, no regalaba cuerpo, no rompía la línea. Yo sólo veía a mi hijo pegado al asfalto. El cuerpo obedecía a lo que tenía al alcance de la mano.

Vidal se incorporó apoyando un hombro en el coche.

Sacó la pistola con un gesto viejo, sin prisa visible.

Dos disparos cortos, a ras: cabezas abajo, no terreno ganado.

Entonces estalló el cristal cerca, con ese golpe seco y civil de escaparate roto.

A un paso, Jarri encajó el sonido antes que nadie: para él, Hipercor no era un recuerdo: era otra forma en que el ruido volvía a estallar.

A Vidal, la esquirla le abrió la piel por encima de la sien.

Se le fue la vista un segundo y cayó de lado, más desorientado que vencido.

Ya no bastaba con aguantar: cada segundo empezaba a costarnos cuerpo.

—¡Vidal! —grité.

Vidal respiraba, pero tenía la mirada perdida. Un hilo de sangre le bajaba hasta la oreja.

—Estoy… —intentó decir.

No pudo terminar.

Cuando no pudieron avanzar sin exponerse, cambiaron de táctica. Un fogonazo más. Un destello en la esquina. Luego nada.

Creí verle mirar el reloj. O quizá fue mi propia mano cerrada sobre el metal roto. Luego bajó la barbilla.

Los vi irse con un gesto mínimo: dos tiros cortos de cobertura y la calle tragándoselos sin carrera ni desorden.

Cuando ya no quedaba nadie a quien perseguir, las patrullas aflojaron el corte tramo a tramo.

Unos se retiraban porque habían terminado.

Los otros, llegaran tarde o avisados, cerraban otra cosa .

No podía saber si aquello era coordinación, retraso deliberado u obediencia a una orden torcida. En la calle, el efecto era el mismo.

—Repliegue al segundo corte —ordenó un sargento de la Ertzaintza, más para los suyos que para nosotros.

Dos hombres cubrieron la salida con tiros cortos; los demás se disolvieron entre portales y pasos estrechos. Las patrullas no entraron detrás. Cerraron el marco por fuera.

Legarza revisó la calle. Un segundo. Dos.

Cuando el ruido bajó un grado, Manuela fue primero a Vidal. Le limpió la sangre de la sien, le sostuvo la cabeza un segundo y comprobó pupilas antes de decir que seguía con nosotros. Después cerró el corte de Alberto, rápido, sin sacarlo de la línea.

Luis se agachó junto a él un instante y le habló al oído, corto, para que respirara y mirara donde debía: suelo, coche, bocacalle.

David, apoyado contra la pared, recuperaba aire sin hacer ruido y sin apartar la vista de la bocacalle.

—Papá —dijo, apenas un murmullo—. Este ángulo nos barre.

—Lo sé —le dije—. Pegado a mí. Cambiamos de coche cuando baje del todo.

No preguntó por la hora. Miró mi mano cerrada sobre el reloj roto y entendió lo bastante.

Soltamos el tramo uno a uno. Aseguramos salidas y esperamos lo que no llegó: una orden clara, un refuerzo, alguien que asumiera el mando real de aquello. Volvió el ruido: una persiana, un motor lejano, el agua. La última luz azul giró la esquina. El tramo quedó solo.

Vidal caminaba ladeado, con la sangre pegada a la oreja. Alberto parpadeaba contra el rojo que le bajaba por la ceja. David apoyaba mal una rodilla y no lo decía. La tarjeta seguía seca en mi bolsillo.

Miré el tramo vacío, la lluvia borrando y las bocacalles abiertas otra vez como si nada hubiera pasado. La tarjeta seguía en el bolsillo; el reloj, roto en la mano. Entre los dos ya no marcaban una hora. Marcaban retraso. Nos habían dejado salir, pero salíamos tarde, heridos y vistos.