Las balas silenciosas del Norte Chapter 23 #3
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Chapter 23 #3

No entraron detrás de él. Dejaron pasar a dos parroquianos, esperaron medio minuto bajo el alero y cruzaron la puerta separados, como si no fueran juntos.

La taberna era oscura y olía a vino viejo.

En el reservado del fondo, la puerta no ajustaba bien.

La rendija era mínima: suficiente para que algo saliera; suficiente también para que quienes estaban dentro se confiaran.

La primera voz llegó rota por la pared, tragada a medias por el ruido de la barra.

A Santiago le rozó una memoria vieja: Pasajes, un alijo de drogas, el coronel Galindo dando la orden y un concejal de HB esposado entre cajas mojadas y olor a gasoil.

El nombre le subió un segundo después: Bonifacio Sagarzazu.

La otra voz era más baja, más tensa. No la sacaron al instante. La confirmación llegó por un giro, por una forma de cortar las frases, por lo que Alberto ya llevaba anotado: Añorga.

Eligieron una mesa sin mantel junto al tabique del reservado, de espaldas al salón y con visión oblicua de la puerta.

Alberto no usó ningún dispositivo electrónico.

Acercó un hombro a la pared común y dejó que la rendija mal ajustada y el ruido de la barra hicieran el resto.

El yeso transmitía lo justo: voces rotas, golpes de vaso, una silla arrastrada, palabras sueltas que habría que coser luego con cuidado.

Era menos de lo que habrían querido y bastante más de lo que podían permitirse.

La primera frase llegó cortada por una risa de barra y el golpe de un vaso.

—…Madrid… arriba lo quieren limpio… —mascó Sagarzazu entre un golpe de vaso y una risa ajena—. Cambian la baraja y aquí nadie levanta la voz.

—Lo de esa noche se queda como está —dijo la otra voz, baja—. Ojos hubo. Pero de aquí no sale nada enseñable.

—Eso es lo que nos han dicho —remató Sagarzazu.

A Santiago se le apretó la nuca. Conocía esa música.

Un camarero abrió la puerta del reservado sin entrar del todo. La conversación se cortó. Sólo se oyó el ruido de la barra y el agua contra el cristal. El camarero dejó una botella, recogió dos vasos vacíos y se fue sin mirar a nadie.

Cuando salió la palabra arsenales , a Santiago se le enfriaron los dedos. No hizo un gesto.

—Los de Madrid andan husmeando —dijo Añorga—. Después de lo de San Sebastián, alguno ya debería haber entendido que aquí, en Euskadi, no se entra y se sale como si nada .

Alberto buscó a Santiago con un vistazo corto. Bastaba para saber que lo de la encerrona no se había quedado en la calle.

La conversación siguió a tirones, con nombres dichos a medias, cargos tragados y frases que no llegaban enteras: cierre , limpio , no enseñar .

Cuando se abrió el reservado y salieron, Santiago y Alberto no se levantaron.

Pagaron primero, esperaron a que el camarero volviera a la barra y sólo cruzaron la puerta cuando Sagarzazu dobló la primera esquina.

Añorga había salido antes; Sagarzazu lo seguía a unos metros.

Entonces se movieron, ya con la calle lavándoles la cara.

***

Santiago y Alberto quedaron bajo el toldo cerrado de una tienda, con la farola de lado y el cruce delante. Allí, en el paso estrecho, el policía local se detuvo bajo la luz. Sagarzazu quedó unos metros atrás, mal disimulado en la lluvia. Un paraguas oscuro entró en la farola y se acercó sin prisa.

Al principio fue sólo una silueta bien recortada bajo el paraguas. Luego, al girar la cara hacia la farola y echarse el abrigo hacia atrás con el mismo gesto que Luis le había descrito, Alberto la reconoció.

Era la comisaria María Marcos.

Marcos sacó algo del bolsillo del abrigo. No lo vieron bien hasta que la farola cogió el canto: un sobre pequeño, rígido. Se lo pasó a Añorga sin mirarlo. Él lo guardó por dentro, rápido.

Hablaron pegados al paraguas, poco y deprisa. El sobre ya era suficiente .

—¿La has visto? —murmuró Alberto, casi sin labios.

—Sí —dijo Santiago.

Marcos fue la primera en apartarse. Cerró el paraguas al alejarse, sin volver la vista. Añorga se quedó inmóvil un instante; luego se reunió con Sagarzazu. La calle siguió allí, mojada y vacía.

No volvieron a Mondragón, donde Vidal seguía cosido y cubierto, ni se quedaron cerca de Rentería.

Legarza les había dejado una base de paso en Villafranca de Ordizia, fuera del radio caliente y aún útil para salir hacia Francia antes de que cambiara la luz.

Santiago y Alberto salieron del radio de Rentería con la ropa oliendo a taberna y calle mojada.

Antes de entrar, rodearon la manzana, miraron el portal desde dos ángulos y aparcaron sin rutina.

Antes de sentarse, Santiago cerró una llamada limpia con Legarza y le pasó sólo lo confirmado: Añorga, Marcos, el sobre y las frases sobre limpio , enseñable y no enseñar . Lo demás quedaba fuera de la voz.

Dentro había lo justo para aguantar la noche. Santiago se dejó caer en la silla y se masajeó los dedos, aún fríos. Desde la taberna, una frase no dejaba de volverle: arriba lo quieren limpio .

Nadie habló de dormir. La base de Villafranca era sólo una pausa: en cuanto amaneciera, tendrían que volver a moverse hacia la ventana francesa.

Alberto dejó el vaso en la mesa con cuidado, sin hacerlo sonar.

Santiago bajó la vista. Arsenales . Francia. El sobre pasando de una mano policial a otra fuera de cauce.

Afuera seguía lloviendo. En la mesa quedaban el vaso, la humedad de la manga y una palabra que ya no sonaba a investigación: cierre . Antes de amanecer, el barro tendría que responder por esa palabra.