Las balas silenciosas del Norte Chapter 22
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Chapter 22

XVIII/El precio

Bajé del coche lo justo para leer el sitio: barandilla húmeda, viento bajo, un par de motores al ralentí demasiado lejos para ser casuales. Nadie habló. Después de Isaba, ya sabíamos que la frontera no era mapa; era condición.

Vibró el prepago una sola vez. Jossette no abrió conversación: la recortó.

Bayona seguía, pero sólo como punto de recogida.

Entrar en un bar, recoger un sobre y salir.

Sin abrirlo allí, sin discutir detalles, sin preguntas que obligaran a repetir la cita.

El sobre no traía todavía el acuerdo completo con los franceses.

Traía una señal previa: la prueba de que el canal seguía abierto.

Apagué el teléfono y lo guardé. Nos movimos sin hablar, coche a coche, dejando que la distancia hiciera su trabajo.

El bar estaba en una calle sin encanto, de barra corta y dos puertas.

Entré con Legarza; Alberto se quedó fuera, visible junto al turismo.

Manuela sostuvo entrada y salida desde el borde, de perfil, obligando a que cualquier mirada tropezara primero con ella.

Pedí el sobre. El camarero no preguntó. Legarza lo guardó contra el cuerpo y salimos .

No lo abrimos hasta volver al coche. El pliego no traía aún el acuerdo con Antoine Chavanell y Étienne Leblanc: Chavanell, viejo coronel de gendarmería adscrito a la DGSI, y Leblanc, su responsable operativo adjunto, dos nombres de frontera vieja que en otro tiempo habían tratado con el coronel Galindo, conmigo y con Alberto desde el otro lado del Bidasoa.

Traía sólo lo necesario para que no nos dejaran fuera antes de tiempo: un punto previo de encuentro, una lógica general de acceso y la confirmación de que la siguiente fase no se sostenía ya con medios propios.

La hora exacta, el número definitivo de hombres y las condiciones cerradas vendrían después, en Hendaya.

—Aquí no nos cobran un servicio, Santiago —dijo Legarza, doblando el papel—.

Nos marcan las condiciones. Si este sobre existe y el canal sigue abierto después de Ossau, es porque allí demostramos que sabíamos llegar, tocar la boca del zulo sin contaminar la prueba y sacar una evidencia útil.

El mérito oficial se lo quedarán ellos. A nosotros, de momento, eso sólo nos compra seguir dentro del trato.

Dentro del mismo sobre venía otro coste. El hallazgo tocaba suelo galo, quedaba bajo intervención francesa y dejaba en sombra el modo exacto de acceso. El papel decía tanto por lo que fijaba como por lo que callaba: nombres, hora aplazada y demasiadas preguntas sin sitio donde escribirse.

Manuela seguía en el borde, leyendo entrada y salida sin apartar la vista de la calle. La dejé allí. Me aparté unos pasos del Peugeot, saqué el terminal limpio y marqué a David sin agenda. Contestó al tercer tono, sin saludo largo .

Le conté sólo lo necesario: Bayona seguía, Hendaya venía detrás y la fase ya no se sostenía con nuestros medios.

David entendió antes de que terminara. No pidió detalles del punto ni nombres.

La puerta del coronel Gonzalo Pérez ya estaba tocada desde Madrid; él no la había abierto en mi nombre ni en el de la UCO, se había limitado a comprobar que seguía viva.

Ahora bastaba con decirle que el momento había llegado.

Si Gonzalo respondía, respondería por lo que él y yo teníamos pendiente, no por el cargo de David ni por el mío.

Corté y guardé el terminal. La respuesta no llegó en el acto. Eso fue lo primero que pesó.

No volvimos al caserío de inmediato. Si el coronel Gonzalo Pérez aceptaba moverse, no tenía sentido llevarlo a Isaba ni convertir la base en punto de entrega.

Tiramos hacia un apartadero viejo, a media ladera, con una caseta cerrada y un talud que cortaba la vista desde la carretera.

El sitio servía para eso: esperar una respuesta sin meter a nadie más en la casa operativa.

Esperamos más de lo que convenía. Alberto salió varias veces a mirar la carretera y volvió sin hablar.

Legarza fumó casi un paquete de cigarrillos y fue tachando en una libreta pequeña lo que aún podía pagarse sin enseñar una cuenta: combustible, una noche más fuera, otro coche si el Peugeot quedaba señalado.

Yo hice la cuenta al revés. Si Gonzalo no aceptaba moverse, tocaría recortar hombres, fase y ambición antes de llegar a Hendaya.

Ya con la tarde vencida, cuando empezábamos a medir el silencio como una mala respuesta, oímos primero el motor.

Subió por la carretera secundaria sin apurar, limpio de acelerones, y apareció una berlina gris oscura, sobria y sin distintivos, de esas que no se recuerdan al minuto.

Se detuvo junto a la caseta y nada más. Del puesto del conductor bajó solo el coronel Gonzalo Pérez, todavía en activo como uno de los jefes del SIGC.

Cerró la puerta sin golpe, barrió una vez el talud, otra la curva de acceso, y se quedó quieto al verme.

Sólo un segundo, pero fue bastante. En la cara no le cambió casi nada; en los ojos, sí.

Hernani volvió entre los dos sin que nadie lo nombrara: una calle cerrada, disparos rebotando en persianas, un capitán con la sangre en la boca y un sargento tirando de él cuando ya no quedaba margen.

Echó a andar hacia nosotros con esa economía de movimientos de quien sigue mandando, aunque no necesite demostrarlo.

Al llegar, no me dio la mano enseguida. Me miró de arriba abajo, como si comprobara que seguía entero después de todos esos años, y yo le sostuve la mirada con la misma incomodidad.

Demasiado rango encima, demasiada gente alrededor y demasiado poco tiempo para abrazarse como dos supervivientes.

Al final apoyó su mano en mi antebrazo, breve, dura, casi un saludo de hospital mal disimulado.

Luego retiró la mano y dejó un sobre sobre el capó del Peugeot.

—Fondos fuera de circuito —dijo—. No lo apuntéis. No lo fotografiéis. No lo comentéis.

—¿Cuánto margen compra? —pregunté.

Gonzalo me sostuvo la mirada un instante antes de contestar. No era desdén. Era la forma vieja de medir si el otro seguía entendiendo en qué mesa estaba y de apartar, a la fuerza, la parte de la memoria que podía ablandarnos allí mismo.

—El justo para no caer tan pronto —dijo—.

No os compra limpieza. No os compra cobertura.

Si os paran, si os piden cuenta o si se abre una pieza, ese dinero no existe y yo tampoco.

Y no creas que me habéis sacado de Madrid para esto: David ya había tocado la puerta desde allí.

El aviso de hoy sólo me dijo que había llegado el momento.

A mí me pilló arriba, en el cuadrante norte.

Me desvié lo justo para cerrar lo mío y traerlo.

Miré el plastificado y luego a él.

—No le he llamado para que nos limpie nada —dije—. Sólo para no llegar rotos al siguiente objetivo en Hendaya.

—Me sacaste vivo de una calle que ya estaba cerrada en Hernani —dijo Gonzalo—.

Yo era capitán y tú sargento; comandante ahora, pero entonces sargento.

Y eso no se borra porque pasen treinta años ni porque cambien los empleos.

Precisamente por eso he venido. Y te diré sólo una vez que no confundas aquella deuda con una cadena de mando.

Noté el tirón viejo en la mandíbula.

—No los he pronunciado yo —dije—. Los ha traído usted al bajar del coche.

Por primera vez se le movió algo en la cara, casi nada. No era culpa ni enfado. Era memoria mal cerrada.

—Lo he traído para que no lo confundas con otra cosa —dijo—. Hoy no te cubro: te compro tiempo. No me confundas esto con una vuelta atrás ni con una forma de dejarnos en paz con lo de entonces. Es sólo una ayuda para que no os caigáis antes de llegar al siguiente punto.

Se quedó un momento mirando la carretera, no el sobre. Luego volvió a hablar sin que yo le pidiera nada.

—Y no me cuentes Ossau entero —dijo—. No hace falta.

En el SIGC no vivimos de cuentos. Sabemos desde hace años que el arsenal de ETA no se entregó entero.

Otra cosa es ponerlo por escrito. Otra, levantar piedras ahora y admitir que debajo seguían quedando armas, dinero y gente capaz de moverlas cuando todos preferían hablar de final .

No lo dijo como revelación. Lo dijo como se dicen las cosas que llevan demasiado tiempo en un cajón sin que nadie quiera abrirlo delante de testigos.

—Hay armas que se entregan para cerrar una época —continuó— y armas que se guardan para que nadie cierre del todo. No necesito saber qué habéis encontrado exactamente para reconocer el olor. Si venís de un depósito en suelo francés y habláis de Hendaya, no vais detrás de humo.

Legarza dejó de fumar durante un segundo. Alberto no levantó la vista, pero su mano se quedó quieta sobre la libreta.

—Precisamente por eso esto no puede repetirse —añadió Gonzalo—.

Una ayuda suelta es una deuda vieja. Dos ayudas ya son línea.

Y una línea, con mi empleo y con vuestro asunto, se convierte en conducto.

Si eso aparece, no sólo os abre a vosotros: abre al SIGC, abre preguntas sobre qué se supo, qué se dejó quieto y por qué ahora alguien vuelve a tocar depósitos que oficialmente convenía dar por amortizados.

—Por eso no habrá una segunda llamada, comandante —remató—. David me avisó antes y hoy me confirmó que el hueco se había acabado. He venido por esa deuda, no por su cargo ni por el tuyo. Una vez es una ayuda. Dos ya serían otra cosa.

—Lo sé, me lo ha dejado muy claro —dije—. Si mañana necesitamos más, ya será otra caída.

Gonzalo asintió una vez, como quien oye una frase que no le gusta, pero reconoce.