Chapter 21
XVII/Sin retaguardia
Llegamos a Isaba con el valle de Ossau todavía pegado a la ropa.
La tierra se había secado en los bajos del pantalón, la humedad seguía agarrada a las mangas y quedaba ese olor a hierro viejo que dejan las cosas cuando han pasado demasiado tiempo enterradas.
Dentro del caserío no había alivio: sólo madera húmeda, café recalentado y una mesa que ya no servía para descansar.
Alberto dejó el recorte topográfico junto a la cafetera, pero no se sentó.
Legarza seguía de pie, cerca del mapa, sin dar la espalda a la puerta.
Vidal revisó el cerrojo, apagó una luz del pasillo y recolocó una silla que estorbaba la salida.
Jarri tomó la ventana sin pegarse al cristal.
Luis sostenía la carpeta fina con la mano, leyendo antes de abrirla.
Manuela quedó en el umbral, con medio oído fuera: porche, grava, motor y cualquier repetición al volver la curva.
La señal volvió un instante y entró Petra.
No lloraba ni corría; por eso era peor. Había salido sin firmar, con la voz baja y el despacho ya sonando detrás: cajones, llaves, máquinas encendidas por manos ajenas.
David permanecía en Madrid, haciendo lo que podía por fuera, al margen de la oficialidad de su unidad en la UCO y sin aparecer vinculado al cierre.
Quizá todavía pudiera comprarnos unas horas antes de que aquello quedara inventariado, precintado y en manos ajenas.
—Ya estoy fuera, Santiago —dijo Petra—. El despacho ya no es nuestro .
Corté. Miré la carpeta de Luis y pensé en lo justo: archivo, llaves, máquinas, cobertura civil. Le comuniqué la noticia.
—Eso ya se veía venir —dijo Luis—. David puede arañar unas horas desde Madrid. Nada más. Y si las araña, vendrán sin sello y sin respaldo.
Alberto no soltaba el recorte. Tampoco hacía falta que dijera nada.
Ossau nos había dejado sin excusa para parar: el croquis servía, Sueskun no había sido ruido e Irati había señalado hacia algo que seguía enterrado.
Aunque Madrid nos cerrara la espalda, el grupo entendía lo mismo en silencio: habíamos dado con un depósito real de ETA y lo habíamos dejado en cadena sin romperlo.
Lo descubierto en la frontera también nos daba algo frente a Francia. No mando ni cobertura; sí una razón para que no nos apartaran antes del segundo punto.
Nadie lo celebró. Se notaba sólo en la forma de mirar la mesa y en cómo Alberto guardaba el recorte contra el cuerpo: por primera vez en demasiados días, la hipótesis tenía peso, olor y cadena. No daba consuelo, pero mantenía al grupo en pie.
El canal de Jossette vibró entonces. No traía una vía nueva, sino el resto estrecho de la que seguía abierta.
—Bayona sigue —dijo—. Amanecer. Pocos y limpios.
Los franceses os dejan seguir, pero estrechan el acceso: cuentan mejor a quién dejan pasar y se quedan con todo lo que toque cadena.
Y moveos con esto dentro: hay ruido de Ekintza en la misma franja francesa, cerca del segundo punto.
Si llegáis tarde, no entráis detrás de nosotros; entráis detrás de ellos.
Jarri apartó apenas la cortina. El mismo coche había pasado dos veces en menos de media hora por la carretera de abajo. En un acceso como aquel, y a esa hora, bastaba. No estábamos solos leyendo el borde.
Ossau pesaba demasiado para enseñarlo sin más.
En Francia, primero se controlaba, se ordenaba y se decidía qué parte convenía enseñar.
De nuestro lado tampoco sobraban ganas de poner al aire, con cadena material delante, cuánto seguían vivos por debajo el dinero, las armas y la continuidad de todo aquello.
El silencio duró poco, pero pesó. Me apreté el nudillo contra la palma hasta encontrar el dolor limpio. Sobre la mesa quedaban tierra seca, un recorte arrugado y la carpeta de Luis bajo su mano: lo único que todavía podía sostenernos por detrás.
—Luis, frente administrativo y David fuera —dije—. Si David gana horas, las usamos; si no, el despacho se da por perdido. Manuela, coches y umbral. Jarri, matrículas y repeticiones. Vidal, cierres y salida. Legarza, Alberto y yo vamos al punto. Nadie repite ruta ni dibuja grupo.
Miré a mi hermano antes de añadir lo último.
—A Irati no se la deja sola otra vez —dije—. Y a los hijos, menos. Ese frente lo sostienes tú por fuera, Luis, con lo que David pueda seguir moviendo desde su lado, sin traerlo aquí más de la cuenta. Si llegan antes a ellos, todo lo demás habrá dado igual.
Nadie discutió. Luis dobló la carpeta y la dejó bajo la mano, como si sujetara con ella lo último que todavía podía retrasar algo.
Manuela abrió la puerta, escuchó el porche y volvió a cerrarla sin ruido; antes de soltar el pomo, miró hacia la grava, ya contando por dónde sacaríamos los coches si el caserío dejaba de ser base.
Vidal apagó la luz de la entrada. Legarza aplastó el cigarro en seco.
Alberto se guardó el recorte topográfico contra el cuerpo .
—Y otra cosa —añadió Luis, antes de que nadie se moviera—. Esto sigue comiéndonos el bolsillo. Una fase más así y no discutimos Bayona: discutimos gasolina, coches y con qué seguir sin regalar el rastro.
Irati ya no seguía en la casa anterior. Intentaba reagruparse con los chicos en otra vivienda provisional, pero ese frente seguía siendo el más frágil: ya les habían entrado por dentro y cualquier paso en falso podía devolverlos a su radio antes de que nosotros llegáramos al siguiente punto.
Afuera seguía lloviendo sobre Isaba. Dentro, la base ya no protegía: sólo juntaba papeles húmedos, hombres difíciles de mover y una mesa demasiado pequeña para todo lo que acababa de caer encima.
Al amanecer saldríamos hacia Bayona con menos red, menos hombres, ninguna oficina detrás y el precio todavía sin pagar.