Las balas silenciosas del Norte Chapter 20 #2
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Chapter 20 #2

—Ni un dedo más —dijo Luis—. Primero foto, referencia y bolsa limpia. Si tocamos mal, no sólo perdemos el hallazgo: abrimos el otro frente.

Vidal apretó la mandíbula y retiró la mano. No discutía el método: peleaba contra el tiempo. Aun así, obedeció .

El pecho se me cerró de golpe. Tragué y la saliva no bajó.

El temblor quiso asomar en la mano derecha; lo aplasté contra el muslo.

Ispáster entró sin pedir permiso: estampido, tierra en la boca, el oído buscando sitio.

Después, la cama y aquella máquina metiéndome aire con paciencia.

El zulo no era el atentado, pero el cuerpo no entendía de fechas.

—Joder… —se le escapó a Vidal, bajo, con la voz raspada. Luego cerró la mandíbula.

El haz barrió un instante el techo y volvió al suelo. Alberto apretó los labios, pero no dejó que el gesto subiera a la cara.

Bajé con cuidado, escalón a escalón, notando cómo cedía el suelo bajo mi peso. La tierra fría me empapó los guantes al instante. Antes de tocar nada, miré: bordes, apoyos, salida. Luego respiré, áspero.

Luis no bajó del todo; se quedó en la boca, medio cuerpo dentro y medio fuera, controlando embocadura, cadena y cualquier error que luego pudiera volverse papel.

—Yo me quedo arriba —dijo bajo, sin adornos—. Si alguien viene, lo oiremos antes en la embocadura. Y si esto sale mal, quiero verlo venir antes de que nos lo escriban.

—Santi —dijo Alberto desde arriba, sin dramatismo—. Si te falla el aire, no bajes más. No hace falta.

—Sigo.

Alcé la vista hacia arriba y sostuve la mirada de Alberto un segundo. Luego bajé la barbilla y seguí, como si el aire no fuera un problema que pudiera permitirme nombrar.

Me incliné sobre una de las cajas y levanté apenas la solapa del plástico. Dentro había envoltorios, algunos rotos, dejando ver el polvo marrón: nada limpio, nada perfecto; la rutina sucia de siempre .

—Esto no lo ocultó un loco —dijo Jarri, desde arriba, con el tono práctico de quien enumera, colocado cerca de la boca como si fuera una puerta—. Lo hizo alguien con método. Y con tiempo.

—Y con protección —añadió Legarza.

—Y con un plan de borrado si esto se abre mal —cerró Luis, apenas por encima de un susurro—. Para que, cuando pregunten, aquí no conste nadie.

No respondí. Me limité a sostener la linterna sobre un fusil AK ennegrecido, sin tocarlo: madera hinchada, grasa cuarteada, metal cansado. El peso seguía allí.

Trabajamos lo necesario para fijarlo: fotos, referencias, inventario preliminar y muestras guardadas con limpieza. Los franceses cerraron sus bolsas con la disciplina muda del protocolo: número, hora, firma. Nosotros anotamos lo justo para salir con ello vivo y sin contaminarlo.

Al terminar, lo tapamos de nuevo para que desde fuera pareciera un pedazo más de monte: lona, tierra, hojas. Ya tenía número, cadena y peso bastante para meternos a todos en un problema si lo cogían otros o si entraba mal en el expediente.

Uno de los agentes franceses subió a ganar cobertura y volvió al cabo de un minuto.

Habló bajo con el más veterano y este me lo tradujo sin cambiar la cara: Chavanell y Leblanc ya estaban avisados.

El hallazgo quedaba en cadena francesa, la ventana se cerraba en cuanto saliéramos y no habría segunda entrada por el mismo punto.

Cuando alcanzamos de nuevo la pista donde habíamos dejado los coches, volvió algo de señal. Entonces llamó Petra.

Atendí sin apartarme del grupo, de cara a la pista. Petra no saludó. Entró ya respirando por dentro .

—Jefe… está aquí Vicente Ranea, el inspector de Seguridad Privada del CNP, con dos agentes —dijo Petra—. No vienen a preguntar. Vienen a precintar. Están abriendo cajones, mirando ordenadores, pidiendo llaves. Y han preguntado por ti y por Núñez.

Detrás de su voz se colaba el despacho: un cajón arrastrando, papel golpeando mesa, un hombre diciendo “por aquí”. Petra tragó aire.

—¿Traen una orden o una notificación oficial? ¿Algo con número?

—Sí. Traen una resolución y un número de registro —dijo—.

Han dicho «precinto» dos veces. Me han puesto un papel delante para que firme la entrega de llaves…

y el inspector ha preguntado por ti y por Alberto como si supiera dónde tocar.

Ha soltado también San Sebastián y tráfico de drogas, y tu nombre ha quedado colgado de esa línea.

—No firmes nada. No entregues llaves ni claves. Sal del edificio y llámame en cuanto puedas sin que te oigan.

Corté y me quedé quieto. El barro seguía en las botas, pero el golpe ya no venía del monte.

Conté dos respiraciones y miré a Alberto. Le bastó. El golpe de Madrid todavía estaba entrando cuando entendimos que aquí ya no nos quedaba ni un minuto de sobra.

Entonces entró Jossette, cortante, sin saludo ni contexto. Una sola ráfaga de voz.

—Bayona. Amanecer. Venid pocos —dijo—. Hendaya sigue detrás, pero antes hay que recoger señal. Ossau era sólo la primera boca. Detrás viene el segundo punto. Si tardáis, lo pisan otros .

Se hizo un silencio corto y espeso. Bayona ya tenía hora, y Hendaya seguía al fondo como la puerta que aún no nos dejaban tocar.

—Vamos.

Alberto empezó a moverse. Los demás lo siguieron con esa prisa contenida que sólo aparece cuando todo se abre a la vez.

El barro seguía en las botas. El despacho, precinto. Bayona ya tenía hora. A partir de ahí, las preguntas costaban metros y cada minuto arrancado al fango nos lo cobraba después el papel.