Chapter 20
XVI/La caverna
Ya de noche, cuando la casa intentaba apagarse, dejé el vaso en el fregadero sin hacer ruido. Lo de Petra seguía abierto sobre la mesa como una segunda carpeta: el inspector Ranea, las llaves, el disco duro.
El aviso de Josef Anido, Jossette, entró poco después, parco, por el canal que nunca adornaba nada: el cruce del croquis con lo intervenido a Sueskun daba ventana corta en los bosques de Bious, por detrás del Pic du Midi d’Ossau, ya en suelo francés.
Fui al armario, saqué la bolsa pequeña y apagué el teléfono personal.
Me quedé un segundo en la cocina. La carpeta azul seguía sobre la mesa, el móvil boca abajo a su lado, y todo parecía colocado para un día que ya no iba a existir.
Escuché dentro: agua en las tuberías, un plato asentándose, la respiración de los míos al otro lado del pasillo.
Luego fui hacia la entrada con la bolsa en la mano.
Sonó el telefonillo una sola vez. La señal pactada quedó temblando en el pasillo.
Cuando cogí la chaqueta, Raquel ya estaba en el pasillo. Descalza, sin encender la luz. Miró la bolsa y luego a mí. No había sorpresa en la cara; sólo cansancio viejo.
—Me dijiste mañana, no esta noche, Santiago —dijo.
—Lo siento —respondí, y al decirlo supe lo poco que valía.
Mi mujer sostuvo la mirada un segundo más y asintió apenas.
Detrás de ella, Carmen apareció en la puerta de su cuarto, quieta, con una mano en el marco.
No dijo nada. Besé a Raquel en la frente; ella me sujetó la muñeca un instante antes de soltarme.
Luego rocé el hombro de Carmen al pasar.
No me apartó la mano, pero tampoco la retuvo.
Bajé por la escalera sin esperar al ascensor.
La cabo Manuela Simón esperaba junto al portal, al lado del Seat Ateca gris oscuro, con el motor vivo y la calle ya leída. La casa quedó arriba, todavía respirando detrás de mí. Yo iba de nuevo hacia el Norte, esta vez hacia un punto muy concreto en la frontera francesa.
La noche se deshizo en autovía, peajes evitados y silencio de coche.
Madrid quedó atrás por el retrovisor, sin consuelo.
A ratos la carretera era sólo asfalto negro y luces de camión; a ratos entraba el Norte, primero por la humedad, luego por la curva de los montes y al final por esa manera de cerrarse el aire cuando uno se acerca otra vez a frontera y piedra.
Condujo Manuela buena parte del trayecto. Lo hacía como trabajaba: sin teatro, sin brusquedad, leyendo carril, salida y espejo con una concentración limpia que no necesitaba exhibirse. En una gasolinera de madrugada cambiamos de asiento.
—Mi padre siempre decía que quería verme de uniforme —dijo al fin—.
No por lucirlo, sino por servir en algo que todavía valiera la pena.
A mí me pasa igual. Ya sé que suena ingenuo, pero no he entrado para pedir una oficina ni para pasar años mirando cómo otros deciden.
Quiero estar donde haga falta y hacer bien mi trabajo.
No le contesté enseguida. La vi reflejada un instante en el cristal lateral cuando pasó la luz fría del amanecer: joven, despierta, con un orgullo limpio que todavía no había aprendido a defenderse del barro.
En otro tiempo, antes de que el Norte me llenara de barro y el miedo acabara convirtiéndose en costumbre, yo también había hablado así. No me dio ternura. Me trajo memoria .
—No es ingenuidad —dije al final—. Lo difícil es seguir pensándolo después de unos años y no dejar que te lo llenen de barro otros. Hoy no vienes a demostrar nada. Vienes a sostenernos por fuera y a sacarnos si hace falta. Haz eso bien y ya estarás sirviendo más que muchos.
Cuando volvió a amanecer por detrás de los montes, ya cerca de Isaba, ella seguía mirando la línea de camiones del otro sentido como si aún estuviera leyendo servicio.
En la ladera, el caserío seguía oscuro. La grava mojada devolvió primero el Seat Ateca y, un minuto después, el Opel Crossland.
Alberto abrió desde dentro. Jarri ya estaba en la ventana.
Legarza salió el último, con la bolsa muda del recorte topográfico bajo el brazo.
Hubo café breve, un repaso de coches, teléfonos, bolsa y salida.
Veinte minutos después volvíamos a estar en carretera, con la frontera por delante.
El punto no venía de una llamada aislada: lo que Irati Mendiola había dejado al principio y lo intervenido al ertzaina José Miguel Sueskun acababan en el mismo lado del mapa.
No íbamos a tantear monte al azar. El zulo quedaba al noroeste del Pic du Midi d’Ossau, en la ladera boscosa que cae sobre Bious-Artigues, cerca del antiguo camino de servicio que sube hacia los lagos de Ayous.
Salimos de base en el Ateca y el Crossland hasta el último punto limpio.
Antes de dejar los coches, Legarza confirmó por canal corto que la ventana seguía viva.
Cruzaríamos por un paso de mugalaris estudiado desde los años duros contra ETA; al otro lado, un guía francés marcaría el acceso y se apartaría.
Íbamos a comprobar si el zulo seguía allí y si sabíamos entrar sin arruinar la prueba ni la salida .
Durante unos minutos, el mundo fue sólo peso y agua: botas hundiéndose, un arroyo fino, la ropa mojada pegada al cuerpo.
El monte callaba con una quietud hostil, como si esperara a que fuéramos nosotros quienes lo rompiéramos primero.
Subíamos con el barro pesando en las botas y la certeza de que, si alguien había ganado antes altura o vista, ya estaba midiendo nuestros pasos.
Desde el último punto limpio avanzamos a pie en fila corta y sin hablar.
Legarza abría lectura con Alberto; Del Hoyo iba pegado al terreno; Jarri y Vidal cerraban los ángulos que el bosque dejaba vivos.
La boca, si aparecía, no admitiría más de cuatro cuerpos.
Luis quedó en la embocadura para cadena, validación y cualquier deriva del cauce formal.
Por detrás quedaban Isaba, la retirada francesa y Morcón, cada uno en su capa, midiendo qué podía abrirnos después el expediente si aquello salía mal.
Manuela quedó en la pista forestal con los coches, el motor y la salida. Si algo subía o repetía, lo sabríamos por ella primero. Dentro del monte, los teléfonos iban apagados y guardados. Si había que decidir algo, se decidía a mano y a metros, no a golpes de pantalla.
Allí cada paso pertenecía ya a otro cauce.
Jossette no había abierto una puerta nueva: había reabierto una vieja, la de Antoine Chavanell, viejo coronel de gendarmería adscrito a la DGSI.
Chavanell venía de los años en que Galindo, Santiago y Alberto trabajaban la misma frontera desde lados distintos.
Étienne Leblanc, responsable operativo adjunto, ponía el límite: deuda vieja sí, entrada secreta no.
El guía esperaba al otro lado, con dos hombres de la DGSI algo más atrás.
No venían a escoltarnos ni a compartir mando: venían a sostener la ventana, a comprobar que dábamos cuenta en suelo francés y a quedarse con la cadena si había hallazgo.
La vegetación se cerró. La hojarasca se tragaba las pisadas y el arroyo hacía el resto. Al cruzar el agua, la luz bajó un punto: la ladera tapaba el cielo.
No fuimos de frente hacia el claro. Bordeamos la loma por la vegetación baja, pegados al cierre vegetal, obedeciendo la frase como si aún mandara alguien desde el croquis.
Fue ahí, entrando por el seto y no por el portón del terreno, donde el suelo empezó a devolvernos la razón.
Entendí entonces otra cosa: si alguien vigilaba la zona, acabábamos de decirle que habíamos llegado.
Del Hoyo se agachó primero, sin tocar aún, y leyó el barro, la inclinación y el borde rehecho.
Trazó con el pulgar una línea corta en el barro: la raíz, luego el respiradero tapado.
No estaba encontrando el punto: estaba confirmando que aquella era la manera correcta de llegarle.
Desde la bomba-trampa de 1986, desde el cuerpo del teniente Mateu en el suelo —mando y amparo para los suyos hasta un minuto antes—, Del Hoyo no volvía a mirar una entrada como simple monte.
Los muertos le habían enseñado que el terreno avisa antes que el papel.
—Aquí —dijo Del Hoyo, bajo.
Una raíz retorcida sobresalía como una vértebra. Debajo, medio tapado por tierra húmeda y musgo, había metal. A un metro, tragado por helechos, asomaba un tubo fino enlodado: respiradero o drenaje. Bastaba.
Me arrodillé. Aparté fango, raíces y piedra suelta con los nudillos. El aire que salió de abajo traía moho, óxido y grasa degradada.
Golpeé el metal. La chapa respondió con una vibración sorda .
—Sí, parece que es aquí —murmuró el guía, en voz baja.
El guía clavó la palanca con cuidado, envolviendo el mango con tela para no dejar grasa ni fibras. Empujó. La chapa cedió milímetro a milímetro.
El zulo soltó aire frío y húmedo, con olor a papel podrido, metal viejo y encierro.
Desde la pista llegó un sonido seco: un motor bajando a ralentí y, después, silencio.
No era cerca. Arriba, Manuela lo habría oído también.
Esperé un segundo antes de encender la linterna.
Si alguien nos estaba leyendo desde fuera, ese era el momento en que menos podíamos permitirnos parecer hallazgo y más debíamos seguir pareciendo monte.
Dentro había paquetes de droga y dinero envueltos en plástico —unos hinchados por el agua, otros mordidos por hongos—; cajas metálicas picadas y abolladas; y, más atrás, bajo lonas rígidas, armas con el brillo muerto: fusiles con corrosión, cargadores pegajosos de grasa rancia.
En una de las cajas quedaba una etiqueta comida por la humedad, apenas dos números y una sigla en rotulador negro.
Todo llevaba años debajo. Nada estaba limpio, pero casi todo seguía siendo reconocible.
Bastaba para que dejara de ser pasado y volviera a ser riesgo.
Vidal hizo un gesto de entrar con la mano, impaciente. Luis lo cortó en seco.