Las balas silenciosas del Norte Chapter 19 #2
34%

Chapter 19 #2

Me asomé al balcón sin abrir del todo la hoja.

Aparté el visillo y dejé la cocina a oscuras detrás.

La calle caía hacia el portal por la izquierda y hacia la esquina por la derecha; desde allí se veía el alero de la entrada, el contenedor de vidrio y la marquesina apagada de la parada.

Bajo el alero había dos hombres. Uno fumaba con el hombro pegado al telefonillo.

El otro tenía el móvil en la mano, pero miraba el reflejo de la puerta en el cristal del portal.

No hablaban entre ellos. Dejaron pasar a una mujer con bolsas, a un repartidor y a un taxi que se detuvo unos metros más abajo. Ninguno se movió. Sólo cuando el taxi arrancó, el del móvil cambió de sitio medio paso y quedó con la espalda a la esquina, cubriendo mejor la salida.

Detrás de mí crujió apenas una baldosa. Raquel se había acercado sin encender la luz. No preguntó qué hacía. Se colocó junto al marco, sin asomarse del todo, y miró el mismo trozo de calle.

—El de la izquierda lleva diez minutos ahí —dijo.

—¿Los habías visto?

—Desde la cocina. Uno fingía hablar por teléfono, pero no hablaba.

Abajo, el fumador tiró la colilla y la pisó despacio. Luego levantó la vista sólo hasta el primer piso, no más. Bastó.

No parecían allí para entrar. Estaban tomando casa: portal, horarios, luz encendida, quién bajaba y quién volvía tarde. Convertían una rutina en ficha.

—¿Han venido por ti o por nosotras? —preguntó Raquel.

—De momento, a tomar medida —dije—. Por eso me preocupa.

—Mañana no te vayas —dijo.

—Mañana estoy aquí —dije.

Asintió. La promesa quedó sobre la mesa, junto al teléfono apagado.

Dormimos por turnos sin decirlo. Raquel dejó la puerta del dormitorio entornada; Carmen no cerró la suya. El móvil apagado quedó sobre la mesa de la cocina, al lado de la carpeta azul. A las seis, el ascensor subió vacío o eso pareció. Nadie preguntó quién era.

Al día siguiente, el piso amaneció con pasos en la escalera. El cuerpo, mal acostumbrado, quiso contarlos antes que la cabeza. Dentro, la cocina seguía con la misma luz baja y todos escuchábamos demasiado.

—¿Qué pasa? —preguntó Raquel. Sonaba cansada, nada más.

—Se ha movido algo del trabajo —dije—. Están tocando despacho, vigilando abajo y haciendo preguntas donde no deben. Puede que hoy no llamen a esta puerta. Quiero que estéis tranquilas sin hacer ruido.

—¿Trabajo… o el Norte? —dijo, y dejó el cuchillo sobre el plato sin ruido. Antes de mirarme, miró a Carmen un segundo, recordándome que ciertas palabras se parten en dos delante de ella—. ¿Te acuerdas de cuando llamaban a casa para “actualizar datos”?

No supe qué contestar.

A media mañana llamó David. Esta vez hablaba el hijo, pero sin soltar del todo al capitán.

—Si los habéis visto, cuenta con que querían dejarse ver o con que hay otro más limpio que no habéis visto —dijo—.

No los mires como dos tipos fumando: son la capa visible del seguimiento.

No muevas a mamá ni a Carmen por impulso.

Si salen, me avisas antes. Si repiten dos veces la misma ruta, ya hay patrón.

Le respondí lo justo para no abrir otro frente dentro de casa.

—De acuerdo.

—¿Me estás oyendo… o me estás diciendo que sí?

—Te oigo —dije—. Y lo haré.

Hubo un segundo de silencio. Al otro lado, David respiró hondo.

—Si se abre una ventana, la cabo primera Manuela Simón te recoge y te saca —dijo David—. Es de mi gente en la UCO y lee bien calle, perímetro y salidas. No la metas en casa ni la conviertas en escolta familiar. Si aparece, será coche, borde y salida. Una sola capa. Si la enseñáis, la quemáis.

Colgué y me quedé un segundo con el teléfono en la mano, oyendo la cocina al otro lado.

Antes de salir con Carmen, bajé solo hasta el rellano y esperé el ascensor un piso más abajo. Dejé pasar a una vecina con un carrito y a un hombre que no había visto nunca en la finca. En el portal ya no estaban los dos del alero, y eso me gustó menos.

Carmen me esperaba arriba con el bolso cruzado y la carpeta pegada al costado. No preguntó por qué bajaba primero. Miró hacia la escalera, luego hacia la puerta de casa, y guardó el resguardo provisional dentro del bolsillo interior.

Esa misma tarde acompañé a Carmen a renovar el DNI.

No tomamos el camino más corto. En la cola de la oficina se me pegó al costado.

Cada vez que la puerta automática se abría, alzaba la vista para comprobar quién entraba, quién salía, quién repetía.

De pequeña, cuando sonaba el teléfono de madrugada, se quedaba sin aire; Raquel acabó llevándola a una psicóloga para que aprendiera a dormir.

Carmen era abogada y revisaba dos veces cualquier papel; en ventanillas como aquella, además, siempre parecía faltar algo: una copia, un certificado, una firma.

Mientras esperábamos, Carmen sostuvo el resguardo entre los dedos y no miró el móvil. Cuando la llamaron a ventanilla, me sostuvo la mirada un instante antes de avanzar .

La funcionaria leyó el nombre, volvió a la pantalla y pidió la copia que Carmen ya llevaba preparada. Mi hija la sacó sin discutir.

Antes de volver a la calle, Carmen guardó el resguardo en el bolso y se quedó un segundo con la mano dentro.

—No desaparezcas otra vez durante tanto tiempo —dijo, bajo. Asentí. Fue lo único que pude darle.

Al volver a casa cayó la tarde de golpe. Raquel preparó café y Carmen se encerró un rato en su cuarto con los apuntes. Yo me quedé en el salón, frente a un informativo al que le faltaban siempre las mismas respuestas.

Entonces llamó Petra. Habló poco y deprisa: ya habían pedido las llaves del archivo auxiliar y el inspector Ranea preguntaba por un disco duro concreto, como si supiera de antemano qué buscaba.

No me pidió instrucciones. Sólo quería que yo entendiera que aquello ya había bajado a cajones, llaves y máquinas.

Dejé el teléfono sobre la mesa. La carpeta azul quedó entre mi mano y el borde. Raquel me miró desde la cocina y no preguntó. En el pasillo, Carmen cerró una puerta despacio. El archivo auxiliar, el disco duro y las llaves ya no quedaban sólo en el despacho.