Las balas silenciosas del Norte Chapter 19
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Chapter 19

XV/ Preparativos

Volví a Madrid desde el frente abierto de Isaba sin haber dormido.

Un mensaje de Legarza me esperaba en el móvil: «Santiago, sin margen.

Vuelve entero.» El cansancio me dejaba una vigilancia sucia en el cuerpo: cristales, coches repetidos, puertas que se abrían detrás.

Bajé del tren con lo mínimo, cambié de acera dos veces antes de doblar la esquina y busqué en los reflejos el coche que llevaba días imaginando.

La calle no me devolvió nada reconocible.

Antes de entrar en Aromas de Café , en la calle de Fernando el Santo, me quedé un momento junto al cristal.

Madrid olía a otra cosa que el Norte: gasolina, pan reciente, acera seca entre riegos.

Elegí una cafetería sin historia a esa hora, con luz mala, barra de barrio y una televisión colgada en la esquina donde seguían hablando del cambio de gobierno de aquellos días.

Me senté con la pared a la espalda, la puerta de frente y el cristal devolviéndome la calle.

La fase abierta en Isaba empezaba a pedir más de lo que podíamos sostener desde el despacho.

Luis y Alberto sabían que iba a tocar esa puerta; Legarza me había dejado claro el límite: apoyo lateral sí, arrastre al núcleo no.

David llegó minutos después. Capitán de la UCO, mi hijo seguía entrando en los sitios como si la puerta le debiera una lectura. Barrió barra, salida y mesa antes de sentarse. Al pasar me apoyó la mano en el hombro. Después se le quedó en la cara el trabajo.

—Papá.

No sonreímos.

—Siéntate, David.

El silencio se quedó en medio .

—Cuéntamelo todo como me prometiste —dijo—. No sé qué estás haciendo ahora en el Norte. Petra tampoco suelta nada cuando llamo a la oficina. Y en casa mamá y Carmen están demasiado preocupadas para seguir fingiendo normalidad.

Asentí. Llamé al camarero, esperé a que dejara los cafés y bajé la voz.

Le di nombres sueltos, no un relato: Irati Mendiola, el croquis rehecho, zulos posibles con armas y dinero que ETA nunca entregó, San Sebastián empujando por juzgado y Torrejón con riesgo de cierre del despacho.

David fue colocando cada pieza en silencio.

Al final añadí lo único que no podía seguir tratándose como dato: Irati, además, era familia.

David dejó la taza en la mesa.

—¿Familia nuestra cómo?

—Por mi tío Aurelio —dije—. Hay ADN suficiente, una línea familiar que ya no puedo ignorar y una confirmación que Ignacio conoce en Baza.

—¿Ignacio lo sabe?

—Lo sabe. Tenía que saberlo. Esa línea también pasa por él.

—¿Y ella? ¿Cómo se lo ha tomado?

—Lo bastante para entender que ya no podemos tratarla como una pieza del caso.

Seguí con lo necesario: si llegábamos tarde, lo enterrado en aquellos zulos bastaba para matar de nuevo a gente que ni siquiera sabía que seguía dentro de una guerra vieja.

La siguiente fase ya no cabía en anticipos, coches prestados y combustible pagado de bolsillo.

Si entraba por banco, oficio o cuenta visible, nos fijaban antes de llegar al punto .

David escuchó aquello sin interrumpir. Se le tensó el cuello; luego miró un segundo hacia la puerta, como si necesitara medir fuera lo que acababa de entrarle dentro. Cuando volvió a mí, la voz todavía no le salía del todo ordenada.

—¿Quién más lo sabe? —preguntó—. Y dime cuánto margen real queda antes de que el dinero os fije.

—Pocos —respondí—. Luis, tu tío. Alberto. El equipo que sostiene esto conoce el asunto entero; algunos siguen en activo. Y en Baza, Ignacio. Fuera de ese núcleo, nadie. Nos queda margen para no pararnos hoy. Para abrir otra fase limpia, no.

—Espera —dijo David, casi perdiendo la compostura—. Entonces lo sabe Ignacio en Baza, lo sé yo aquí, y mamá y Carmen siguen fuera. ¿Eso es lo que me estás diciendo?

—Todavía no se lo he dicho a ellas —respondí—. Tenía que decírtelo antes a ti porque esto ya no entra por un solo sitio. Esta noche hablaré en casa.

David bajó la vista un instante. Cuando volvió a levantarla, ya estaba haciendo la cuenta.

—Entonces escúchame bien —dijo al fin—. Ya habéis cruzado la línea. Yo no puedo poner a la Unidad a moverse por intuiciones, y menos fuera del circuito oficial. Si tiro de un hilo, tengo que poder sostenerlo. Si me traes barro, nos hundimos todos.

—No te he traído esto para que metas a la UCO ni para que me cubras por escrito —dije—. Te lo he traído porque necesito saber si aún queda una puerta capaz de sostener la siguiente fase sin banco, sin oficio y sin rastro.

En la cara se le juntaban el hijo y el capitán, y ninguno terminaba de ganar .

—Yo no puedo cubrirte ni mover medios, y tampoco voy a abrir esa puerta en nombre de la UCO.

Como mucho, puedo comprobar si sigue viva.

Gonzalo Pérez. Sigue en Intervención del SIGC.

No es una puerta mía; es tuya. En casa he oído ese nombre desde pequeño.

No como un amigo. Hernani, los noventa, una calle cerrada demasiado deprisa…

y un capitán que salió vivo porque un sargento —mi padre— se metió donde no debía.

Si alguien puede decirte que no por teléfono y aun así escuchar, es él.

Gonzalo Pérez no era un contacto. Era una puerta que yo había dejado cerrada durante treinta años. No nos debíamos amistad; nos debíamos una escena que ninguno había vuelto a contar entera.

—De acuerdo —dije.

Volvió a mirarme. No apartó la mirada, pero le tembló un párpado antes de decir lo siguiente.

—Puedo tocar esa puerta una vez —añadió—. No abrirla en tu nombre ni sostenerla después. Si responde, será por lo que tengáis pendiente él y tú, no por mí. Dentro de un par de días podré decirte si sigue viva. Si responde, te llegará.

Noté el pulso en la muñeca.

Asentí.

—Papá —dijo, bajando la voz—. A partir de ahora, si me ocultas algo, no podré ayudarte. Y no me pidas que queme mi carrera por una verdad a medias. Con Irati no lo intentes: si vas a contarles a mamá y a Carmen que hay otra Salgueiro dentro de esto, dilo.

—Lo diré esta noche.

David asintió, pero no aflojó la cara .

Salimos del bar sin mirarnos. Él caminó como si siguiera de servicio. Nos despedimos en la calle. Entonces añadió:

—Y otra cosa. Tu nieta Lucía pregunta por ti. Cumplió la semana pasada tres años. Cada vez menos, pero cuando lo hace no sé qué contestarle.

***

Raquel dejó la cuchara en la encimera y vino hacia mí antes de pensárselo.

Me rodeó el cuello un segundo, breve pero entero, como quien comprueba que vuelves con cuerpo.

Luego me besó. Con la punta del dedo empujó una carpeta azul un centímetro, dejándomela a la vista en la mesa de la cocina.

Trabajaba como funcionaria en la Seguridad Social, entre expedientes, prestaciones y citas previas; en su tiempo libre echaba una mano en la Asociación de Víctimas del Terrorismo, casi siempre con lo que mejor sabía hacer: trámites, pensiones y reclamaciones.

No hacía falta abrir la carpeta para imaginarla: copias, certificados, requerimientos, teléfonos escritos a mano.

Sonó el portero automático una vez. Raquel miró el reloj, se secó las manos y pulsó sin preguntar. Era mi hija Carmen. Al pasar junto a mí de nuevo, mi esposa me rozó los dedos con los suyos. Fue su manera de reconocer que yo estaba allí. Y de dejar lo demás para después.

Un momento después se oyó la llave en la cerradura y luego los pasos de mi hija en la entrada.

Entró con el bolso aún colgado del hombro y un documento en la mano.

Al verme, se le aflojó la cara. Vino derecha hasta mí, me echó los brazos al cuello un instante y después me besó en la mejilla.

Sólo entonces retrocedió medio paso y levantó el papel .

—Mañana me toca renovar el DNI —dijo—. Ya me han hecho volver una vez por una copia y no quiero encontrarme otra vez con que falta algo. Si vas a estar aquí, acompáñame.

Cenamos los tres en la cocina, sin prisa y sin levantar apenas la voz.

Raquel servía, Carmen apartaba el pan a un lado del plato y yo procuraba seguir el hilo de cosas pequeñas: una compañera de la asociación, una cola en la oficina, el vecino del quinto.

Las dos sabían lo suficiente para notar que algo se había movido otra vez, aunque todavía no tuvieran nombre para ello.

—¿Has vuelto de verdad o sólo has pasado por casa? —preguntó Raquel. Luego dejó el plato sobre la mesa y añadió, con la voz cansada pero firme—. No me lo llames trabajo si lo que ha vuelto es lo de siempre.

—Y hay otra cosa —dije—. Ha aparecido una mujer en el Norte. Se llama Irati Mendiola. Hasta hace poco era una testigo. Ahora sabemos que es familia.

Carmen dejó el vaso sin beber.

—¿Familia cómo?

—Por Aurelio y por los Salgueiro —seguí—. Hay un informe de ADN, papeles y nombres cruzados. No está cerrado como en una escritura, pero basta para no tratarla como una extraña. Ignacio lo sabe en Baza. David, desde esta tarde.

—Entonces lo sabe Ignacio. Lo sabe David. Y nosotras seguimos aquí, esperando a que encuentres el momento de ponernos otra familia encima.

Raquel no la corrigió. Miró la carpeta azul, luego el documento del DNI de Carmen y al final a mí.

—¿Tiene hijos?

—Sí .

La mano de Raquel quedó sobre la carpeta, quieta.

—¿Y ella sabe quiénes somos?

—Lo bastante para entender que ya no la estamos sacando sólo por el caso.

Carmen soltó aire por la nariz, sin mirarme.

—No me digas “familia” como si fuera una diligencia.

—No lo es —dije—. Y por eso tenía que decirlo aquí.

—Tenías que haberlo dicho antes —respondió.

Asentí.

—Hoy lo sabían Ignacio y David antes que vosotras. Eso está mal. No tengo una defensa buena.

Raquel apartó el plato un poco, sin levantarse.

—Si es familia, se dice entero —dijo—. Y si está en peligro, también. No la metas en esta casa como otra deuda sin nombre.

Carmen recogió el documento del DNI y lo guardó en el bolso con demasiado cuidado.

Esa noche el teléfono vibró dos veces. Una, con el nombre de Petra. La otra, de David: un mensaje escueto con un nombre: «Cabo 1.ª Manuela Simón». Dejé el móvil boca abajo.