Chapter 18
XIV/ Casa ajena
Antes de que Isaba nos tragara a todos, yo todavía estaba en Málaga.
Vivíamos en una casa mata de la avenida de Velázquez, en Málaga capital.
De noche, las llamadas no suenan: vibran contra la mesilla, contra el azulejo del baño, contra el sueño ajeno.
La fachada baja, encalada, daba directa a la calle; detrás quedaban un pasillo corto, la cocina y un patio pequeño con la pila y dos macetas.
Más allá de los tejados bajos llegaba el ruido amortiguado de algún camión temprano, una moto aislada, el primer furgón de reparto.
Cuando el teléfono vibró, sentí que la casa entera lo había oído, aunque nadie llegara a moverse.
Vi el nombre de Santiago en la pantalla y crucé el pasillo sin encender la luz. Entré en el baño y eché el pestillo. Al otro lado quedaron Daniela y la niña; a este, la voz de mi hermano. No llamaba para contarme nada: llamaba porque ya me necesitaba dentro.
—Lluvia.
—Recibido.
Corté y me quedé quieto. Al otro lado sonó un muelle de cama, leve, y después el roce de unos pies en el pasillo. En ese instante me inquietó más la casa que el Norte: haber dejado la llamada demasiado cerca de los nuestros.
Cuando abrí la puerta del baño, Daniela ya estaba despierta.
En la cocina seguía su taza, con el asa orientada hacia la ventana del patio, como siempre.
Junto a las llaves descansaba la carpeta fina.
La vi y entendí que no la había puesto allí por primera vez.
Daniela la rozó con las yemas y la apartó medio palmo, como si bastara dejar a la vista el orden mínimo con el que llevaba tiempo defendiendo aquella casa, la niña y lo poco que todavía dependía de nosotros.
Ella tenía el móvil en la mano. Miró la pantalla un instante y la apagó antes de guardarlo. Comprendí entonces que Daniela ya había aprendido a sostener partes de su vida sin contar conmigo.
Daniela era casi una generación más joven y, aun así, había aprendido antes que yo a dormir con un oído puesto en el portal y otro en la niña.
—Tengo que salir por un tiempo —dije—. Ahora. Me voy al País Vasco.
Daniela no levantó la voz. Miró el bulto que yo aún no había terminado de preparar, luego la carpeta y, al final, a mí.
—Lo que me da miedo no es que te vayas, Luis —dijo—. Es que vuelvas y ya no sepas vivir aquí.
Hubo un tiempo en que a Daniela le bastaba con que yo volviera.
La había sacado de un bar de carretera y durante un tiempo los dos quisimos creer que eso alcanzaba.
Las ausencias fueron gastando esa promesa sin romperla del todo, hasta dejar una forma cansada de seguir ahí, sostenida más por la casa, la niña y el futuro que por nosotros dos.
Desde el cuarto llegó el roce de una mochila y luego la voz de Gisela, todavía tomada por el sueño.
—¿Te vas otra vez?
No entré en el cuarto. Me quedé en el quicio. Desde allí podía verla sin invadirle el sitio; con Gisela siempre había sido así: cerca, pero un paso fuera.
—Mamá no duerme cuando dices eso —murmuró—. Se queda oyendo el portal .
Daniela cogió la carpeta y me la enseñó apenas un segundo.
—Aquí está lo de la niña, la casa y el banco —dijo—. Y si mañana aparece alguien con una notificación, no firmo nada ni recojo nada sin asesoría.
Asentí, apagué el teléfono personal y guardé aparte el terminal limpio. Repartí efectivo, me metí la cartera profesional en el bolsillo interior, comprobé el peso habitual del arma corta y preparé una bolsa pequeña. Si mezclaba trabajo y casa, acababa dejando rastro en los dos sitios.
No hubo abrazo ni promesas. Daniela apartó a Gisela medio paso y me dejó sitio para pasar. Era su manera de sostener la escena sin dejar que se viniera abajo del todo.
Salí del barrio sin acelerones. En la primera rotonda hice un giro tonto y volví a entrar por otra calle para ver si alguien repetía. Nadie lo hizo. Aun así, no me tranquilizó.
A los dos semáforos dejé de engañarme. No subía sólo por trabajo. Subía porque Santiago ya estaba dentro y porque, si no llegaba, lo dejaba entrar sin mí en una zona donde el papel podía cerrársenos por delante. El otro frente venía conmigo: la casa que acababa de dejar detrás.
Puse rumbo a Isaba con eso ya dentro: detrás quedaban Daniela y Gisela; delante, Santiago, los compañeros y el Norte.