Chapter 17
XIII/ La cunet a
Lo dejaron junto a la cuneta, a pocos metros del asfalto, en el tramo visible que habían elegido para que lo recogieran pronto. Aun así, ninguno confundía visibilidad con salvación. Aquella misma claridad también lo dejaba al alcance de quien llegara primero.
Sueskun avanzó por el margen buscando metros, no salida. El barro se le pegaba a las botas y la respiración se le deshacía en tiras cortas. A mitad de tramo vio, en el borde, una huella de ida y vuelta que el agua no había borrado del todo. No supo leerla; sólo entendió tarde que no era suya.
El coche llegó sin prisa y se quedó fuera de foco, metido entre la maleza.
El motor se apagó sin toser. Después vinieron los pasos.
El ertzaina levantó la cara a trompicones.
No lo reconoció por la cara al principio, sino por algo peor: una forma de pisar, un gesto breve de la mano y esa manera de acercarse que bastó para helarle lo que aún le quedaba de aire.
—Tú… —dijo Sueskun—. Tú no.
El otro siguió avanzando, sin darse prisa ni regalar un gesto que pudiera servir de amparo. En esa economía había algo peor que la violencia: una costumbre vieja de hacer lo necesario y marcharse sin dejar nada fuera de sitio.
Sueskun retrocedió un paso corto y torpe, como si aún esperara que un nombre bien dicho pudiera devolverlo a otra jerarquía. No lo dijo. Levantó la mano a medias y la dejó caer al ver que el otro seguía avanzando igual.
El otro no respondió enseguida. Controlaba la respiración: inhalar sin ruido, exhalar sin prisa. En ese compás, a Sueskun se le vació la cara. Entendió lo justo: no lo habían alcanzado por la cita, sino para cerrarlo.
—Tengo hijos —dijo Sueskun, y la frase le salió como si mordiera.
—No he venido a escuchar eso —dijo el otro.
La frase cayó sin rabia, como si ni siquiera mereciera ser discutida. Fue eso lo que terminó de vaciarle la cara a Sueskun: no la amenaza, sino la certeza de que allí ya no quedaba ningún resto de negociación.
El policía vasco entendió entonces, tarde, que lo habían dejado caminar para traerlo justo hasta allí. El disparo fue seco. Con silenciador, lo que más sonó fue el cuerpo al caer.
No comprobó el cadáver de inmediato. Miró primero alrededor. Luego se agachó, recogió el casquillo y la tela húmeda y los metió en una bolsa negra. Antes de cerrar el nudo, alisó el borde con dos dedos. Fue un gesto breve, casi mecánico. En la ladera sonó metal contra piedra, sin eco.
Repasó una vez el borde y arrancó. Mientras el coche se perdía ladera abajo, marcó un número.
—Ya está —dijo.
Colgó sin esperar respuesta. Durante un segundo pensó en una orden antigua, en Getxo, aquel 1984, y en un precio que seguía corriendo por debajo de todo lo demás.
Luego lo devolvió al sitio donde guardaba lo que no convenía tocar dos veces.
En la cuneta sólo quedaron el cuerpo, la lluvia fina y el hueco frío de algo que había sido cerrado.
Cuando la primera luz empezó a recortar bordes y matrículas, la escena ya llevaba un rato cerrada y enfriándose sola al borde de la carretera .
Luis recibió la llamada en retaguardia, fuera del coche, con la espalda al asfalto. Escuchó sin pedir repeticiones. Cuando volvió, traía ya la frase reducida a lo necesario.
—Lo han encontrado y ya hay ambulancia —dijo—. José Miguel Sueskun: muerto. Han movido parada y orden de traslado. Esto ya lo está cerrando otro.
Pararon en un apartadero, cada vehículo en su sitio, sin ponerse en espejo.
Motores al ralentí. Puertas cerradas con cuidado.
Nadie discutió al muerto. Lo urgente ya estaba en otra parte.
Santiago cerró la mano derecha y la abrió otra vez, despacio, como si aún notara en los nudillos el peso de antes. No dijo nada.
—No querían que llegáramos al siguiente punto —dijo Legarza—. Querían que no quedara nadie a quien seguir preguntando.
Morcón clavó los dedos en la rodilla. Pensó, como cada vez, en un nombre que ya no decía en voz alta.
—Y los niños siguen fuera —dijo—. Eso es lo que cuenta ahora.
—Irati sigue sola —dijo Santiago—. Llamo ya. Y a los hijos se llega antes que ellos. Si no, todo lo demás da igual.
***
Sueskun ya no podía ayudarles en nada. Lo urgente estaba en otra parte: Irati y los niños. Santiago marcó con el terminal limpio, sin agenda. Seguían en el apartadero, con el motor vivo y el día entrando por capas.
Irati respondió al segundo tono. Al fondo se oía vajilla y un murmullo de local pequeño. Santiago habló antes de que ella pudiera formular la primera pregunta .
—Santiago —dijo ella—. Estoy en una cafetería. Hay mucha gente. Mesa cerca de la fachada, pero veo la puerta.
—Escúchame bien —dijo Santiago—. Sueskun ha muerto. No vuelvas a casa. Quédate ahí, con gente alrededor, y dime sólo una cosa: los niños, ¿estaban con él o están contigo?
Hubo una pausa; la cucharilla se quedó suspendida. Irati no respiró en alto.
Al otro lado sonó el roce seco de una silla contra el suelo y un vaso tocó plato con un golpe breve. Irati tardó un segundo de más en responder.
—¿Muerto?… —dijo al fin, casi sin voz. Después tragó aire como pudo—. No están conmigo. Estaban con él. Con su padre. Dime que no los han tocado.
—Muévete a otra mesa, sin prisa —dijo Santiago—. Que la puerta te quede en ángulo. Si el que repite se queda cerca, dices “andén” y cortas. Yo te devuelvo.
—Sí —respondió Irati—. El mismo hombre ha entrado dos veces en cinco minutos y sigue cerca de la puerta, como contando. Me he cambiado de mesa. No estoy sola.
—No llames preguntando por tus hijos y no vayas a comisaría —dijo Santiago—. Eso deja rastro. Quédate ahí. Cuando yo pueda, te saco de ese punto.
—Entendido —dijo Irati—. No me muevo.
—Cuelga —dijo Santiago—. No repitas mi nombre. Si algo se tuerce, “andén” y fuera. Espera mi llamada.
Cortó. Guardó el terminal limpio y se quedó un segundo con la mano en la bolsa, oyendo el motor y la lluvia de fondo. Luego miró a Legarza .
Legarza asintió. Abría ruta y comprobaba cola. Santiago sostenía el enlace. El punto de reencuentro quedó dicho en dos palabras y nadie lo repitió.
Salieron.