Chapter 16
XII/El cerroj o
La comarcal estaba mojada y vacía. La lluvia dejaba una película fina sobre el asfalto, y en ella cualquier luz se delataba antes. Santiago lo sabía por oficio y por cuerpo. En noches así el terreno se iba pagando metro a metro.
Iban en dos coches y dejaban distancia entre uno y otro para no parecer un equipo.
No iban a ciegas. Irati había dejado una pauta y Jarri la había confirmado en carretera: Sueskun se movía por citas breves de sitio y hora, siempre en salidas donde bastaban un coche, una ventanilla y dos minutos.
El plan cabía en poco: llegar a una de esas ventanas, reducirlo en segundos y meterlo dentro antes de que nadie pudiera ver demasiado o dar aviso.
En el auricular entró la voz de Del Hoyo, cortante y desde arriba.
—Limpio por arriba. De momento —dijo.
Santiago conducía el primero. Vigilaba espejo, arcén y borde de monte, en ese orden.
A su lado, Legarza iba de ojos. Detrás, Alberto llevaba guantes finos y la linterna pequeña guardada; Jarri seguía cruces y matrículas; Morcón iba listo para sujetar si el cuerpo se desordenaba.
Dos curvas por detrás, Luis y Vidal cerraban con un Ford Focus azul oscuro de alquiler, ajeno a cualquier matrícula que pudiera vincularse al despacho: para las entradas más calientes, Santiago había impuesto la norma de no usar nunca los coches propios.
En el auricular sólo cabían una palabra, una matrícula o un cambio de ángulo.
Iban a por un ertzaina armado y sabían que no tendrían una segunda oportunidad .
Santiago levantó el pie y dejó que el coche rodara.
A lo lejos, en una salida de grava de la GI-627, poco antes del alto de Santa Águeda y de la entrada a Arrasate, había un vehículo parado con el motor en marcha.
A su lado, un hombre inclinado hacia la ventanilla.
Se apartó un paso del coche, miró una vez hacia la carretera y otra hacia la curva por la que debía aparecer quien esperaba.
Luego volvió a inclinarse sobre el cristal.
—Es él —murmuró Legarza—. La cazadora. Y la funda.
—Solo —dijo Jarri—. Sin apoyo a la vista.
Santiago no respondió. Alzó la mano, palma abajo, y la dejó caer un palmo: despliegue. Se abrieron en abanico, cada uno a su ángulo, sin gastar una palabra.
La entrada fue rápida. Esperaron a que volviera a inclinarse sobre la ventanilla y a que dejara de mirar la carretera durante un segundo.
Jarri llegó primero por el lado desde el que Sueskun no podía verlo bien.
El ertzaina se volvió tarde, con medio cuerpo todavía metido en el coche, y Morcón lo estrelló contra la puerta antes de que pudiera coger aire para gritar.
Alberto le bajó las manos y le sujetó la muñeca que buscaba el arma por puro reflejo.
La chapa sonó hueca. Legarza se abrió hacia la comarcal para vigilar faros.
Santiago entró el último, no para golpear, sino para que aquello durara sólo unos segundos y nadie perdiera de vista el reloj.
Sueskun buscó el costado por instinto. Alberto le cortó la muñeca antes de que llegara y le sacaron la Sig Sauer P320 de la funda.
La dejaron segura, fuera de su alcance, sin comentar nada.
Cuando entendió qué clase de gente lo había cogido, el gesto se le llenó de una mezcla fea de miedo y rencor .
—Quieto. Manos donde las vea —dijo Santiago.
—¿Qué queréis? —balbuceó Sueskun. Miró una cara, luego otra, como si intentara encajarlas deprisa en algún sitio útil. Al oír el habla de fuera y ver cómo lo tenían cogido, tragó saliva—. ¿Quiénes sois vosotros?
Santiago se acercó un paso. Su voz no llevaba amenaza; marcaba tiempo.
—Ahora no te hace falta saberlo —dijo Santiago—.
Te hace falta entender otra cosa: no te hemos cogido al azar y no hemos venido a ciegas.
Primero vas a decirme para quién estabas esperando ahí.
Luego veremos cuánto sabías tú de verdad.
Pero no aquí, en mitad de la carretera, con el coche abierto y sin saber quién más está mirando.
Sueskun parpadeó, descolocado por un segundo.
Le cubrieron la cabeza con una capucha para moverlo sin que pudiera orientarse ni leer la ruta.
Después lo sacaron de la salida de grava sin hacer ruido y lo llevaron a un cobertizo apartado, fuera de las casas.
Necesitaban un sitio donde sacarle información en pocos minutos, antes de que amaneciera.
El cobertizo olía a humedad y gasoil. Santiago abrió lo justo; Alberto dio una luz rápida al interior y la apagó.
Lo sentaron. Morcón se quedó detrás, inmóvil.
Legarza en la puerta. Jarri en sombra, viendo ángulos.
Alberto, cerca de la mesa, escuchando más que mirando.
No había amanecido; con luz, aquello empezaba a tener testigos.
Alberto le retiró entonces la capucha. La bombilla desnuda le cayó de golpe en la cara.
Sueskun tardó un segundo en enfocar: primero la mesa coja, luego la puerta tapada por Legarza, después la sombra quieta de Morcón detrás y, al final, a Santiago.
Quiso decir algo, pero sólo le salió una respiración rota.
Tenía la camisa pegada al cuerpo y la mandíbula floja, como si el miedo le hubiera aflojado por dentro lo que aún intentaba sostener por fuera.
—No sois de aquí —murmuró Sueskun al fin—. Sois de Madrid.
La frase no le dio firmeza; se la quitó. Miró otra vez la puerta y se le fue el aire.
Santiago se quedó a su altura, sin invadirlo. Esperó un instante, escuchando: lluvia fuera, un goteo lento dentro. Luego habló, dejando que el silencio hiciera antes su trabajo.
—Mírame —dijo al fin, sin alzar la voz—. Ya sabemos lo bastante de ti como para no perder la noche en teatro. Lo que hagas a partir de ahora sólo cambia una cosa: cuánto tardamos en llegar a lo que ya llevas encima.
Sueskun apretó los labios y miró una vez la puerta. Después bajó los ojos.
Santiago dejó pasar otro segundo. Afuera seguía lloviendo; dentro, el goteo marcaba el tiempo mejor que ningún reloj.
—No me mezcles cosas —continuó—. Empieza por la salida de grava. Por esa. Quién te daba el sitio, quién te fijaba la hora y cuánto sabías tú antes de llegar. Si sólo te daban un punto y una hora, dilo así. Si te daban también consigna o ruta, dilo también. Lo demás vendrá después.
Sueskun alzó la vista con un resto de resistencia mal medida.
—No sé de qué salida me hablas —dijo demasiado deprisa—. Y no tenéis una mierda contra mí.
Morcón le cortó la frase con un golpe seco al estómago.
Sueskun se dobló, soltó el aire y el cobertizo se quedó lleno de la respiración rota, del goteo y de la lluvia detrás de la chapa.
Tardó unos segundos en volver a sentarse.
Cuando lo hizo, respiraba con la boca abierta y ya no administraba la escena.
—Yo no sé nada —dijo Sueskun cuando pudo tomar aliento—. A mí me dicen dónde y cuándo. Si preguntas de más, te apartan. Sitio y hora. Siempre así. El croquis venía después. Lo demás… te lo comes cuando ya estás metido.
Legarza le venció la silla un palmo hacia delante y Jarri le cerró el cuello lo justo para recordarle que el margen se había acabado. No era asfixia larga ni castigo: era un corte limpio para que dejara de administrar silencio. Cuando volvió a coger aire, siguieron.
Luis llegó al cobertizo desde el segundo coche. Entró lo necesario: oír, no quedarse en la escena. Se quedó un paso atrás, con la libreta pequeña y el bolígrafo corto en la mano, listo para fijar sólo lo imprescindible.
Cuando el ertzaina recuperó el resuello, Santiago siguió por el mismo hilo, sin abrir otro frente antes de tiempo.
—No me vendas que eras sólo una ventanilla de carretera —dijo Santiago—. A Irati ya le enseñaste bastante más que eso. Ahora sigues por ahí.
—Quiero la frase exacta del croquis —pidió Jarri desde la sombra—. Tal como venía escrita y tal como te llegó. Ni resumida ni explicada por ti.
—«Entrada por seto, no por portón».
La frase del croquis quedó un momento en el aire. Jarri no añadió nada. Santiago tampoco. Dejaron que el silencio la asentara antes de abrir la siguiente puerta.
Alberto no miró a Santiago todavía. Lo intervenido a Sueskun no daba un punto cerrado; daba una franja, el mismo tipo de ladera boscosa que Irati había alcanzado a copiar de memoria. Si aquello era cierto, haría falta otra puerta para convertir la franja en sitio .
—Otra cosa —dijo Santiago—. Arkaute e Ispáster. Quiero saber si esas palabras te dicen algo.
Sueskun tardó un segundo en alzar la vista.
—Arkaute me sonaba a cobertura o a nombre puesto desde arriba —dijo al fin—. Ispáster no era para mí. Ese nombre se dejaba quieto. No preguntábamos por eso.
Santiago no apartó la vista de él.
—Escucha bien —dijo—. Nueve, cuatro, tres… —fue soltando los dígitos despacio, sin énfasis, como quien pone una pieza en la mesa y espera a ver qué cara cambia primero—. No te pregunto de dónde salió. Te pregunto qué te decía a ti oír ese número al lado de Arkaute, Ispáster y Chaos.
Sueskun levantó la vista como si le hubieran abierto otra puerta dentro del mismo miedo. Parpadeó una vez. Luego quiso cerrarse otra vez por orgullo o por hábito.
—No sé qué cojones me estás cantando —dijo demasiado deprisa—. Un número no prueba una mierda.
Nadie habló de inmediato. Legarza le venció otra vez la silla un palmo, lo justo para romperle el aire y dejarle claro que ya no estaba eligiendo cuánto callar.
Morcón no llegó a tocarle: bastó la mano en el hombro y el peso mal puesto.
Sueskun encajó el golpe en silencio. Por primera vez se le vació del todo la cara.
—Eso era Ekintza… —dijo al fin—. Yo estaba metido ahí. A mi nivel. Cuando ese número entraba en juego, ya no estabas abajo.
—Repítelo.
—Ekintza —dijo Sueskun, con la voz rota.
Luis no volvió a escribir enseguida. Levantó apenas la cabeza, como si necesitara oír el nombre una vez más dentro antes de dejarlo fijado. Entonces Santiago siguió, sin cambiar el tono.
—Y ahora Chaos . No el nombre en abstracto: qué abría, qué cerraba y qué entendíais vosotros que iba a pasar en cuanto esa palabra entraba en juego.
—No era un nombre para hablar de él —dijo Sueskun—. Era la palabra que se soltaba cuando ya no tocaba preguntar. En cuanto entraba eso, cada uno entendía hasta dónde podía mirar. Y sí: también iba pegado a uno de los vuestros, de los que conocéis por atrás. Por eso bastaba con decirlo.
—Por último, Irati —dijo Santiago—. No me digas “la presionaban” y te quedes ahí. Dime qué podían tocarle de verdad para que no rompiera. Qué le ponían delante. Dónde estaba el seguro.
Sueskun movió la cabeza, buscando una salida en falso. Tardó en decirlo. Cuando habló, la voz ya no le salió entera.
—Los niños —dijo al fin—. Eran los niños. Si ella se salía… iban por ahí.
Nadie se movió al oírlo. El cobertizo no cambió de sitio, pero sí de peso.
Ya no estaban ante una cita, un croquis o una consigna: lo que habían tocado era el perímetro de los niños.
Jarri bajó la vista un segundo, como si acabaran de ponerle delante la forma exacta de un perímetro sucio.
Vidal cerró la mano hasta blanquear los nudillos.
Santiago sintió el tirón en la mano y no dijo nada. Con eso bastaba.
—A ella la llevaban por ahí. Y a mí también —añadió Sueskun—. Eran sus hijos, sí, pero también los míos. Si me salía de la línea, no me caía sólo a mí. —Tragó saliva, incómodo con su propia voz—. Y no era sólo miedo. También estaba lo otro: años de odio pegado antes de entender nada.
El ertzaina negó una vez, desesperado, y luego se corrigió, como si temiera más callar demasiado que hablar de más.
—Después ya no era aquí —dijo al fin—. Se hablaba de paso. De frontera. De Hendaya.
Legarza habló desde la puerta, sin moverse del terreno.
—Si Hendaya era paso, antesala o entrega, dilo ahora.
—Hendaya era antesala. Eso sí lo oí. Más de una vez. Después… una rotonda grande, un puente estrecho y un camino que no se coge de frente. No sé más. O no lo sé entero. Si supiera más, no estaría aquí así.
Después de Hendaya, el cobertizo se quedó un momento en silencio. Ya no había mucho más que sacar sin volver a girar sobre el mismo miedo.
—Si me soltáis, no llego lejos —dijo—. Pero no me dejéis tirado sin una llamada a una ambulancia.
Santiago lo sostuvo un instante con la mirada.
—No hemos venido a matarte —dijo—. Te dejamos en un tramo visible. Caminas por el arcén, no miras atrás y saldrá una llamada a emergencias. Te dejamos vivo. Después, ya no depende de nosotros.
—Muerto aquí, nos cae todo encima —añadió Luis—. Vivo, la escena ya no significa lo mismo.
Sueskun asintió muy despacio. La derrota pesaba más que la silla.
Morcón le volvió a cubrir la cabeza. Alberto abrió la puerta. La noche entró primero. Lo sacaron sin hablar, guiándolo hacia el arcén ya elegido.
Lo dejaron en un tramo visible, con referencias claras y sin curva ciega. La llamada a emergencias salió del terminal limpio cuando ellos ya estaban entrando en los coches. Había que irse antes de que otros fijaran la escena y les cerraran el margen.