Las balas silenciosas del Norte Chapter 14
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Chapter 14

X / Los que quedan atrá s

En el hostal de Zarautz, la noche no estaba quieta.

Bajo la puerta entraba una línea de luz fija, demasiado recta para esa hora.

En el pasillo, un carrito chirrió una vez.

Avanzó apenas. Luego se quedó inmóvil. Santiago no levantó la cabeza de golpe.

Miró primero la rendija. Después, la sombra baja al otro lado.

Por último, a Alberto, ya pegado a la puerta, con la mano en el picaporte.

Habían elegido Zarautz por eso: cerca del frente de Irati y Sueskun, y todavía lo bastante impersonal para no fijar antes de tiempo una base operativa.

Al llegar, había contado demasiado orden donde no tocaba: el recepcionista escribiendo a mano en un cuaderno en vez de teclear, una tarjeta de una empresa de seguridad apartada con familiaridad, las cámaras cubriendo más de la cuenta la recepción y la puerta principal.

Luego, al subir, había visto otra cosa: una puerta entreabierta un segundo de más, una televisión encendida sin volumen y una pareja que no hablaba ni miraba la pantalla.

Ahora la recepción seguía despierta dentro del silencio, como si el hostal entero estuviera escuchando por encargo.

Alberto cerró con cuidado y se quedó un instante escuchando, sin pegar la frente a la madera.

—No veo a nadie pegado todavía —dijo—, pero el sitio ya no respira igual. Nos han leído el hostal o nos lo están empezando a cerrar por abajo.

Santiago se apretó el nudillo engrosado del índice derecho hasta encontrar el dolor limpio. La mano ya iba por delante .

—Si vuelve a repetirse algo en el pasillo o abajo, en la recepción, salimos antes de amanecer —dijo—. Por la escalera de emergencia, sin pasar por mostrador y sin dejar una imagen limpia en las cámaras. Si aquí entra ya más vigilancia o un aviso formal, nos dejan fijados antes de movernos.

Hasta entonces había mantenido a su primo Ignacio fuera.

No por distancia, sino por disciplina. Cada vez que el caso rozaba Ispáster, apartaba el nombre y seguía.

Pero la mujer, la sangre y la noticia de que Peio el Viejo seguía vivo habían levantado otra vez todo aquello.

Se quedó un segundo con el pulgar hundido en la vieja lesión, oyendo el carrito inmóvil al otro lado y la respiración de Alberto cerca de la puerta.

Luego cogió el prepago de su primo y entró en el baño.

Sabía que era una mala decisión en un sitio así.

Precisamente por eso la tomó deprisa. Abrió el grifo lo justo para meter ruido, encendió el aparato lejos del cuerpo y marcó.

En el espejo no miró la cara. Miró la mano: el temblor corto que volvía siempre por el mismo sitio.

Al volver al Norte, el cuerpo avisaba antes.

—Lluvia.

Al otro lado se oyó primero el respirador. Después, un leve golpe de metal y la voz de Ignacio.

—¿Solo?

—Sí. Cuelga. Te devuelvo yo.

Cortaron. La primera llamada era sólo para comprobar que el canal seguía limpio; la segunda, devuelta desde el otro lado, para decir lo imprescindible.

Santiago no estaba rompiendo esa regla. Estaba rompiendo otra: mantener a Ignacio fuera.

Esperó con el aparato apagado en la mano.

En el pasillo oyó pasos, una vacilación breve frente a su puerta y el roce de unas llaves o de algo metálico antes de que siguieran de largo.

Cuando entró la devolución de Ignacio, respondió al primer tono.

—No me lo adornes, Santi. Cuéntame qué pasa y por qué me llamas.

Santiago cerró los ojos un instante. Apoyó la yema del pulgar en el punto duro de la articulación, buscando allí el punto de orden, y cuando volvió a abrir la boca la voz le salió más baja de lo que quería.

—No estoy en Madrid, Ignacio. He vuelto al Norte con Alberto, y esto ya no es un trabajo de los de fachada.

Ha reaparecido una línea de tu padre que creíamos enterrada.

Ha salido una mujer. Hay prueba biológica.

Todo apunta a que es hija suya, de aquellos años.

Y Peio el Viejo sigue vivo. —Se le secó la boca al decir el nombre—.

Te llamo porque ya no podía seguir dejándote fuera.

Durante unos segundos sólo se oyó el respirador.

Entró aire. Salió aire. Luego el ritmo se le descompuso, como si la máquina hubiera tenido que perseguirlo.

Sonó un golpe de metal, más seco que antes, y el roce de una rueda corrigiéndose contra algo.

Santiago imaginó el gesto sin verlo: Ignacio recolocándose a la fuerza en la silla.

—¿Has vuelto al Norte y me lo sueltas así?

—dijo al fin, y por debajo de la aspereza asomó algo más roto que enfado—.

O sea que mi padre dejó otra vida detrás y nos llega ahora…

Ahora, después de todo. —Calló un segundo, buscando respiración en el aparato—.

¿Y ese tipo sigue vivo? ¿El hijo de puta que nos arruinó la vida y me dejó clavado a esta silla anda todavía por ahí?

—Sí. Y si te llamo ahora es porque ya no podía seguir callándomelo. Tenías que saberlo .

Ignacio tardó un momento en rehacerse. Al otro lado se oyó cómo recolocaba la postura, metal contra metal, y cómo forzaba la respiración a volver a sitio.

—Escúchame bien. A esa mujer no la dejes sola, porque la van a trabajar como han trabajado siempre a los nuestros. Y si ese etarra sigue vivo, ya no me lo llames pasado, Santi. No después de mi padre. No después de la casa. —Tomó aire con esfuerzo—. Si das con él, no me falles otra vez.

Santiago no respondió enseguida. Había entendido demasiado bien lo que Ignacio acababa de ponerle en la mano.

No le estaba pidiendo que lo encontrara.

Le estaba dejando dentro algo más grave, con la silla, la vida rota y la carretera de Ispáster empujando a la vez.

No sabía qué haría si llegaba ese momento.

Sí sabía que ya no podía fingir que no había oído la petición.

—Te he oído. No se me va a ir.

Al otro lado no respondió nadie enseguida.

Santiago oyó sólo el respirador volviendo a su ritmo y un roce de metal, como si Ignacio se hubiera echado hacia atrás en la silla para aguantar el golpe sin seguir hablando.

Luego entró el clic seco de la llamada cortada.

Santiago se quedó un segundo con el teléfono en la mano, oyendo aún ese silencio mecánico que quedaba después de su primo.

Apagó el prepago, lo dejó sobre el lavabo y se pasó la mano por la boca antes de salir del baño.

Cuando abrió la puerta, Alberto ya lo estaba esperando con la cara puesta otra vez en la noche.

—Ahora toca método —dijo Alberto—. Lo de Ignacio ya está dicho, y no lo vas a arreglar aquí dentro dándole más vueltas. Si nos quedamos en el golpe familiar, perdemos la salida, el margen y la calle .

—Tenemos la calle encima y el otro frente no va a tardar —dijo Santiago—. Si esto nos entra en papel antes de movernos, nos dejan atados: despacho, llaves, cobertura y versión oficial corriendo por delante. Quiero a Luis aquí antes de que eso eche a correr.

Alberto sostuvo la mirada un instante más largo de lo normal. El golpe le pasó por la cara y volvió al sitio.

—Hazlo —dijo Alberto—. Si tu hermano entra ahora, todavía puede leerlo como frente administrativo y no como derrumbe consumado.

Antes de marcar a Luis, Santiago encendió un segundo el móvil personal, apagado desde hacía horas. Un mensaje de Carmen esperaba, sin urgencia: «Llámame cuando puedas, no es nada grave». La llamó.

—Solo quería saber si estás bien —dijo Carmen, al primer tono, con la voz de quien no esperaba que él respondiera de verdad—. No hace falta que me cuentes nada.

—Estoy bien —dijo Santiago—. Dile a tu madre que estoy bien.

Colgó antes de que ninguno de los dos tuviera que sostener el silencio que venía después. Apagó otra vez el terminal y lo guardó. Con Ignacio había tenido que aguantar el golpe. Con Carmen, por una vez, solo había tenido que decir una frase corta y que fuera cierta.

Santiago encendió el terminal limpio y marcó. Luis contestó al segundo tono.

—¿Limpio?

—Sí.

—Te necesito esta vez en persona. Ya no es sólo calle. Si esto nos entra por vía oficial antes de movernos, nos atan. Y tengo a una mujer sin cobertura formal que no puede quedarse sola. Vente a Isaba. Sé bien lo que te estoy pidiendo.

Luis tardó un instante. Santiago lo imaginó leyendo ya por dentro no sólo fecha, validación y puerta de entrada, sino también esa casa y lo que significaba entrar allí otra vez. No era una reunión cualquiera, sino uno de esos puntos donde la fase se repartía de verdad.

—Estoy en Madrid, cerrando una reunión en la Dirección General. Salgo ahora —dijo Luis al fin, después de un silencio algo más largo—. Coche discreto. Sin peajes. Sin mensajes.

—Hecho. Si aparece ella y nota algo raro, la clave es “andén”. Corta y espera devolución.

Colgó y separó los dos terminales. Alberto metió el croquis en la carpeta muda y se la pegó al costado, bajo la ropa. Repartieron efectivo, revisaron llaves y dejaron fuera todo lo que no fuera imprescindible para salir y volver a entrar.

Salieron en dos tiempos. Alberto bajó primero. Santiago esperó un minuto, escuchó otra vez el pasillo y tomó la escalera sin dejar que la cámara del rellano le regalara la cara entera. No pasaron por recepción.

Ya en carretera hicieron una comprobación sencilla: dos rotondas, un desvío corto y una gasolinera abierta donde entraron y salieron sin comprar nada.

Servía para eso: cristales, reflejos, tiempos de aparición.

Necesitaban saber si seguían circulando como viajeros corrientes o si ya tocaba moverse con otro cuidado.

En uno de esos reflejos, Santiago cazó dos letras de una matrícula que le sonaron repetidas. No alcanzaban para fijar un coche, pero sí para dejar de tomarlo por azar .

—Haz otro bucle —dijo Santiago—. Quiero ver si alguien vuelve a aparecer cuando cambiemos el recorrido. Si repiten al romper la lógica del trayecto, ya no es casualidad ni coche de paso. Y, al final, entramos por otro lado.

Alberto dejó pasar un turismo, tomó una salida secundaria y volvió a la comarcal por detrás.

En ese cambio apareció un utilitario gris por el mismo carril y demasiado cerca en tiempo.

En la rotonda siguiente eligieron la salida menos lógica.

El gris siguió recto. Eso no despejaba nada: sólo estrechaba el margen.

No hacía falta esperar más. Zarautz ya no les servía. Si la fase iba a abrirse de verdad, tocaba volver a Isaba, a la casa donde todos los suyos sabían que el operativo dejaba de improvisar y volvía a tener centro.

A la altura de un cruce pequeño pararon cinco minutos en un bar de carretera que seguía abierto por costumbre más que por clientela.

Entraron sin hablar, con la humedad pegada a la ropa y el cansancio ya subiendo por las piernas.

En la pared del fondo había una ikurriña desteñida y dos pegatinas viejas medio arrancadas junto a la máquina de tabaco.

La televisión colgada en la esquina daba un informativo con el volumen bajo: el nuevo gobierno ya en marcha, el Congreso todavía en los rótulos.

El camarero les sirvió dos cafés sin preguntar de dónde venían.

Un hombre en la barra levantó los ojos una vez, los sostuvo medio segundo de más y volvió al vaso.

Santiago dejó el café a medias y salió primero a estirar la espalda junto al coche.

El aire frío le limpió un segundo la cabeza, pero no el cuerpo.

Alberto pagó en metálico. Al volver a la carretera no hablaron del bar ni de la televisión.

Bastaba con la pared, la pantalla y aquella mirada para saber que el Norte seguía midiéndoles la noche.

Llegaron a Isaba de madrugada, después de un trayecto demasiado atento a cada cruce como para medirlo en kilómetros.

La casa aparecía oscura sobre la ladera, sin una sola concesión a la idea de refugio.

Era una de esas bases operativas de frontera que no figuraban en ninguna parte y que, sin embargo, todos los suyos sabían leer igual: allí se abría mesa y se repartía la fase.

Santiago dejó rodar el coche los últimos metros y apagó las luces antes de tiempo.

Alberto abrió sin golpear. Entraron deprisa, cerraron y echaron el cerrojo.

Dentro, la casa seguía siendo sólo eso: una casa cerrada de noche, útil para aguantar unas horas, no para confiarse. Desde la penumbra del pasillo salió Legarza, ya vestido, sin sorpresa en la cara, como si llevara un rato despierto escuchando la grava.

Miró primero las botas mojadas, después la puerta y por último a Santiago.

—Si habéis vuelto así, Zarautz ya no os servía —dijo, sin preguntar nada más—. Dejad el barro en la entrada. En diez minutos abrimos mesa.