Las balas silenciosas del Norte Chapter 13
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Chapter 13

IX/ Verdades oculta s

Ya en el hostal de las afueras de Mondragón, llegaron sin ir de frente: un desvío corto, una rotonda de más, un tramo a oscuras sólo para escuchar si alguien repetía distancia.

En la recepción no dieron conversación. Detrás del mostrador, el empleado llevaba sudadera negra, el flequillo peinado hacia atrás con exceso de agua y tinta vieja asomándole por el cuello y el antebrazo.

No dijo nada. Miró la llave, luego a ellos, y volvió a la televisión muda sin dejar del todo de seguirles.

Cogieron llave, subieron y dejaron que el edificio los tragara sin registrarles la cara dos veces.

Cerraron y empezaron el recuento. Alberto comprobó la mirilla y el corredor sin regalar perfil. Santiago depositó los terminales apagados en la bolsa opaca y la dejó en el fondo del armario, lejos de la pared exterior.

No tardaron en entender que el hostal tampoco servía ya para esperar.

No por haberlo usado demasiado, sino porque ya podía entrar en radio de señalamiento.

Santiago no quiso apurar la habitación. Bajaron sin hablar, dejaron la llave y salieron en el Crossland con un solo criterio: no apoyarse más en ese sitio.

Condujeron cinco minutos sin línea recta.

Una glorieta de más, una nave cerrada, una gasolinera sin clientes, un descampado con valla torcida.

El punto lo eligió Alberto por descarte: un lateral de polígono industrial con farola mala y salida por dos direcciones, lo bastante visible para ver llegar a alguien y lo bastante feo para que nadie recordara una parada .

—Vamos a hacerlo fácil —dijo Alberto—. Primero: por qué fuiste a buscarnos a Madrid.

Segundo: si has venido porque te han mandado o porque te han apretado.

Tercero: por qué estabas con Sueskun en esa cafetería.

Y no lo niegues, porque te hemos visto. Siéntalo antes de contestar, porque a partir de aquí ya no vale hablar como si no hubiéramos estado allí.

—Amenaza —dijo al fin. Se le quebró un instante la voz, pero no la bajó—. Ya sé lo que visteis. Y ya sé lo que parece. Si no venía hoy, antes de que salieran del instituto me hacía llegar el castigo por los niños. José Miguel Sueskun fue mi pareja. Es ertzaina. Ahora tiene a mis hijos con él.

La frase cayó y nadie la tocó enseguida. Irati tragó una vez antes de seguir.

—Fui a Madrid porque no podía mover esto allí sin que él lo supiera antes de que yo acabara de hablar —añadió—.

No podía ir a una comisaría; no con un ertzaina dentro de casa y con mis hijos en medio.

Y no fui a cualquiera. Fui a vosotros porque Aurelio Salgueiro os alcanzaba a vosotros.

Lo otro… lo otro era que, si el croquis era real, no quería dejarlo en manos de quien pudiera hacerlo desaparecer antes de mirarlo de verdad.

Santiago respiró una vez por la nariz y dejó que el pueblo se quedara atrás antes de cortar.

—Dinos qué le diste a tu exmarido. Y de qué hablasteis —dijo Santiago, sin girarse.

—Le llevé un sobre con copias de horarios, autorizaciones y papeles del instituto de mis hijos —dijo—.

Quería comprobar que seguía obedeciendo incluso ahí.

Lo guardó sin mirarlo. Luego me enseñó un croquis dentro de su carpeta, muy poco tiempo, sólo para que yo lo viera.

No me dejó tocarlo. Al salir de allí me metí en un baño de la estación y lo pasé a papel de memoria, antes de que se me borraran los detalles.

Antes de cerrar la carpeta, dijo algo de Arkaute .

Y después, Chaos . No sé si hablaba para mí o para otra cosa.

Santiago no levantó la vista enseguida. Sostuvo el volante con una mano y, con la otra, recibió el papel del croquis cuando Irati se lo alcanzó entre los asientos.

Lo miró al paso de una farola: curva de secundaria, caserío mal escrito, cruz apretada y la nota al margen: entrada por seto, no por portón .

No era un mapa entero. Era un recorte de ladera y bosque, una franja sin nombre limpio, suficiente para orientar una entrada y no bastante para llegar sin cruzarla con otra cosa. La nota del seto pesaba más que la cruz: no decía dónde estaba todo, decía cómo no debía entrarse por el sitio visible.

—No me explicó para qué era ese croquis —dijo Irati desde atrás—. Creo que me lo enseñó para que yo supiera que lo tenía. No era información para mí, claramente: era su manera de dejarme eso dentro sin decir más.

Alberto miró el croquis doblado en su mano y no dijo nada.

—Te creemos una cosa —dijo Alberto—: que vienes apretada y que no estás administrando esto a tu gusto. Lo demás no podemos darlo por bueno sin comprobarlo. Después de verte con él, no.

Santiago bajó una marcha sin aviso y metió el coche por una calle industrial más estrecha.

No era capricho: buscaba espejo limpio. Miró una vez al retrovisor, otra al cruce del fondo, y sólo cuando vio que nadie repetía el giro devolvió el coche a la vía principal.

La tensión iba en eso: conducir, escuchar y preguntar al mismo tiempo sin regalar el pulso.

Santiago no apartó la vista de la carretera.

El croquis podía ser una pista o un cebo.

Si era un cebo, querían medir coche, llamadas y tiempo de reacción.

Si era real, lo que hubiera allí podía cambiar de manos en cuanto notara que alguien se acercaba.

En los dos casos, lo primero no era entrar: era mirar sin tocar y salir sin dejar otra marca.

Y si el croquis era bueno, no sólo comprometía a quien lo hubiera guardado: podía forzar a más de uno a decidir, en pleno tiempo de recomposición, si aquello debía leerse como prueba o apagarse como resto incómodo.

—Escúchame bien —añadió Santiago—. No tires hacia casa si notas seguimiento. Entra en un sitio público, quédate a la vista y espera. Te daremos otro teléfono y un punto de recogida. Si hay riesgo, dices la consigna: andén . Cuelgas. Esperas.

—Entendido —dijo Irati.

Santiago pensó momentáneamente en Raquel y en Carmen mientras dejaba atrás las últimas luces.

Había creído que bastaba con mantener el Norte fuera.

Ahora el Norte ya sabía por dónde empezar a buscar.

Se metieron en una calle sin salida junto a unas naves y allí fijaron lo imprescindible: Irati saldría primero, en otra dirección, con un punto de recogida ya mentalizado y sin volver la cabeza.

Santiago apagó luces un segundo, dejó rodar el coche y volvió a encenderlas más adelante, sólo para comprobar si alguien repetía la maniobra detrás. No apareció nadie. Alberto dobló el croquis y lo guardó con cuidado.

—Y si vuelven a marcarte el paso, no te paras donde ellos quieran —dijo Alberto—. La segunda vez ya no te prueban: te esperan.

PARTE III. LA VUELTA AL NORT E