Las balas silenciosas del Norte Chapter 12 #2
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Chapter 12 #2

Cuando Jarri colgó, el aviso les alcanzó ya con el coche cambiado, en un terminal limpio visto de refilón y apagado enseguida.

La matrícula correspondía a un vehículo oficial de la Policía Autónoma Vasca.

Y detrás venía el dato que no querían encontrar: José Miguel Sueskun.

Ertzaina. Con eso bastaba. Legarza bajó el nombre y la regla por la misma vía: identidad confirmada.

No tocar. Sólo mirar. Jarri trabajaba así desde hacía años: antes que un gesto o una cara, le entraba el perímetro de los inocentes, la gente que no sabía que ya estaba quedando entre una puerta, un coche y una posible salida.

Jarri no mandó imagen. Bajó lo justo: abrigo corriente, mochila plana, paso neutro y la costumbre de no entrar nunca recto en un sitio.

Con el nombre ya fijado por el sistema, a Santiago y Alberto les bastaba esa descripción breve y la manera del hombre de ocupar la calle para no tener que adivinar.

Unos minutos más tarde, al girar por una calle de talleres cerrados, vieron un turismo oscuro mal puesto junto a un portal.

Capó levantado, una puerta trasera entornada y un hombre inclinado hacia el asiento como si buscara una herramienta.

Del Hoyo, por el auricular corto, bajó la lectura primera: avería o espera.

Santiago no llegó a frenar del todo. Alberto le tocó apenas el antebrazo.

—No —dijo Alberto.

No levantó la voz. Miraba el ángulo de la puerta, el brazo demasiado metido dentro del coche y la forma en que el cuerpo del hombre dejaba libre la retirada.

A Alberto no le daban miedo los golpes abiertos; le daban miedo los segundos previos mal leídos.

En Donostia había aprendido eso tarde, cuando a un inspector al que quiso como a un hermano lo mataron antes de que la lectura terminara de cerrarse.

—Eso no es una avería —añadió—. Nos están esperando. Si nos acercamos, les regalamos el segundo que falta.

Santiago sostuvo un instante más la escena y entonces lo vio también: nadie espera así con medio cuerpo fuera y una salida tan limpia detrás.

No miraron otra vez. Siguieron de largo, doblaron dos calles después y dejaron que el coche oscuro se quedara atrás sin haberles arrancado ni una cara más ni una maniobra de aproximación.

Alberto soltó el antebrazo de Santiago y volvió al cristal.

En el prepago, Legarza escuchó sin interrumpir. Jarri dejó el dato y la lectura: el paisano no estaba haciendo calle por su cuenta; llevaba un hilo, una carpeta y una ruta de enlace. Con la matrícula ya cruzada, el nombre de Sueskun dejaba de ser sospecha y pasaba a fase.

Se hablaban por un terminal limpio con auricular y pulsador corto: tres palabras útiles, nada más.

Lo demás se leía. Cuando el barrio cambió de aire, bastaron unos segundos: tres encapuchados bajaron por la pendiente, arrastraron dos contenedores hasta el cruce y les prendieron fuego con una mecha corta.

El humo bajó pegado al suelo, negro y aceitoso, y la gente se apartó sin ruido: una persiana cayó a medias, una mujer tiró del brazo de un niño y un coche dio marcha atrás.

A lo lejos sonó una sirena. El humo no anulaba el dispositivo, pero lo ensuciaba: daba mejores salidas al que quisiera perderse y peores ángulos al que necesitara leer una cara sin moverse.

Tardaron poco en recuperar lectura útil. El fuego quedó dos calles más abajo y el humo, aunque seguía cruzando el barrio, ya no les rompía la línea principal. A partir de ahí, el dispositivo volvió a reducirse a lo que tenía que ser: puerta, tiempo y manos.

A media mañana, el barrio era una caja mojada: naves bajas, talleres cerrados, charcos como espejos sucios y la lluvia fina pegada al asfalto.

El mismo hombre al que Jarri había visto dejar la furgoneta apareció entonces a pie, por una calle lateral, del lado equivocado de la escena: abrigo corriente, mochila plana pegada al costado, paso neutro.

Ni rápido ni lento. No fue directo al local.

Cruzó primero hacia un escaparate apagado, miró el cristal como quien se compone la ropa y dejó correr un semáforo entero sin aprovecharlo.

Después retomó la marcha, cambió de acera dos veces en menos de cien metros y sólo entonces giró hacia la puerta, como si quisiera asegurarse de que nadie pudiera leer una línea recta entre la furgoneta, su cara y el sitio al que iba.

Sólo después entró en una cafetería discreta, de ventanal corrido y barra larga, uno de esos sitios donde nadie parece escuchar del todo.

—Ahí está —susurró Alberto, sin mover los labios—. Mismo abrigo. Misma mochila. Ha tardado de más a propósito .

Santiago lo vio cruzar la calle antes de que Alberto terminara de perfilarlo. No por la cara —la cara siempre miente—, sino por el modo de ocupar espacio: como si el aire le debiera paso. La puerta del establecimiento lo tragó y Santiago sintió, por un latido, la presión de un control ya activado.

Irati iba sin paraguas y sin el radar que solía traer encima.

No buscó reflejos; no midió la puerta. Ni siquiera se quitó el abrigo al entrar.

En ella, aquella falta de vigilancia tenía menos de descuido que de obediencia.

Eligió mesa como si ya supiera cuál era.

No pidió café. No dudó. Se sentó frente a Sueskun a una distancia que no era de confianza ni de extraños: era de costumbre rota.

Apoyó el bolso en el suelo, pegado a la silla, como se apoya un seguro.

A través del ventanal, para Santiago y Alberto, la escena fue un golpe seco: demasiada puntualidad, demasiado poco margen para fingir otra cosa.

Un sobre fino cambió de mano sin ceremonia. Desde fuera no podían saber qué llevaba dentro. Bastaba ver cómo Sueskun lo pesaba antes de guardarlo, sin soltar la carpeta.

Ya no era sólo una cita torcida ni un control de barrio: con el clima nuevo asentándose arriba, encuentros así empezaban a pesar también como engranajes de un cierre que necesitaba administración, no sobresaltos.

El ertzaina no abrió el sobre allí mismo. Lo levantó apenas con los dedos, comprobó el grosor sin contarlo y lo guardó en la carpeta con la misma naturalidad con la que otros guardan una multa ya esperada. Después miró el reloj, no a Irati, y dejó la taza intacta .

No hablaron. Sueskun miró el reloj. Irati no tocó la taza.

Un cliente del fondo giró la cabeza hacia el ventanal.

No leyó a Alberto en el banco; esa posición estaba bien cosida al toldo y al paso de la gente.

Lo que alcanzó fue el coche de Santiago, más lejos, a través del cristal: un reflejo mal cubierto en el parabrisas entre coches aparcados.

Se detuvo un segundo de más. En un cristal así, un segundo es un mensaje.

—Sal de tu posición —dijo Alberto.

La retirada fue limpia, pero no gratis: dos giros, una duda fingida en un semáforo, un desvío tardío para perder ángulo y el cuerpo trabajando para no mirar atrás cuando el instinto lo pedía.

Santiago sintió la tentación de buscar una última vez el ventanal; la cortó en seco.

Si el del fondo ya les había leído la posición, lo siguiente no sería discusión ni susto: sería una matrícula, una cara o una patrulla a destiempo.

Lo que quedaba era Irati, demasiado quieta, frente al ertzaina al que ya le habían puesto nombre.

Santiago encendió el intermitente dos calles tarde, como si se equivocara.

No se equivocaba. Sólo comprobaba. Ajustó el espejo.

En el vidrio vio un fragmento del cielo gris, unas luces repetidas, un edificio sin historia.

Nada que explicara nada. Pensó en el hostal y en lo fácil que era convertir un sitio prestado en una dirección.

Volvieron al hostal sin hablar. Alberto comprobó la mirilla por inercia, dejó la bolsa a mano y apoyó la llave en el poyete con cuidado, metal contra madera, sin ruido. Antes de entrar, habló sin mirarlo, como si se lo dijera al aire para no repetirlo :

—Si ella se sienta con él y luego vuelve aquí, ya no la siguen a ella sola —dijo Alberto.

Santiago no respondió. Lo peor no había sido ver a Sueskun. Había sido ver que Irati ya sabía cómo sentarse frente a él.

No se quedaron a comprobarlo. Esa misma noche recogieron lo poco que tenían fuera de la bolsa y dejaron Zumaia atrás: el hostal había dejado de ser un sitio prestado para convertirse en una dirección demasiado usada. Hacía falta otro, más lejos y sin memoria de ellos.